(Jn 6,1-21)
amos a abordar ahora la lectura del capítulo 6 del Evangelio de Juan, y tomaremos para nuestra reflexión los veintiún primeros versículos. En esta primera parte del capítulo se nos refieren dos episodios: la multiplicación de los panes y la marcha de Jesús sobre las aguas. Podemos leer este texto como una auténtica introducción a la realidad de la Eucaristía de Jesús. Juan no recoge, en efecto, el relato de la institución de la Eucaristía en el relato de la última cena. Propone la escena del lavatorio de los pies y, a continuación, el largo discurso de Jesús, que atraviesa los capítulos 13-17 y en el que enseña unas dimensiones que son, además, constitutivas de su Eucaristía y de nuestra entrada en la Eucaristía de Jesús: vida de caridad, de unión con él como él está unido con su Padre, presencia del Espíritu, nuestro combate en el mundo. Jesús sitúa ya, en este capítulo 6, su vida, su enseñanza, su presencia en medio de nosotros, sus acciones, sus gestos, en una perspectiva que es la que hoy acogemos al celebrar su Eucaristía. Y el extenso discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún, que ocupa la segunda parte del capítulo 6, es un discurso sobre el pan de vida, sobre la Eucaristía del Señor.
De este modo, se nos refiere la multiplicación de los panes a modo de introducción al discurso sobre la Eucaristía de Jesús. Tenemos que leer esa multiplicación intentando comprender en ella la Eucaristía, no solo como una celebración (aun cuando en este relato de la multiplicación se evoquen algunos de los mismos gestos de la celebración eucarística), sino como una nueva lógica de la existencia humana, a la luz de la vida de Jesús; la Eucaristía imprime en la vida de los hombres la exigencia de una humanidad nueva, de otro modo de comportarse y de relacionarse los unos con los otros en nombre del Señor, en función de su presencia y del don que él quiere ser para nosotros.
«Algún tiempo después, pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea (el Tiberíades). Lo seguía una gran multitud, pues veían las señales que hacía con los enfermos». Hemos visto que Jesús había subido a Judea después de haber realizado su segunda señal en Caná (en el capítulo 4). Le hemos visto a continuación junto a la piscina de Betesda, en Jerusalén; y desde allí vuelve a subir al otro lado del lago de Galilea. Todo un trayecto para recorrer. Y le seguía una gran multitud. «Jesús se retiró a un monte, y allí se sentó con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos». Nos encontramos, por tanto, en un clima pascual, y desde esta perspectiva de la Pascua judía nos va a introducir Jesús en lo que va a ser la realidad de su Pascua. La celebración judía de la Pascua es el recuerdo de un acontecimiento pasado, el de la liberación de Egipto; y Jesús quiere convertirla en una celebración nueva: la celebración de su presencia en medio de nosotros, instaurando, una relación nueva de él con nosotros y de nosotros con él y, a través de él, de nosotros con Dios, de Dios con nosotros y de
nosotros unos con otros; una relación nueva, marcada por una libertad a partir de ahora definitiva, puesto que es la libertad que Dios da a sus hijos.
«Alzando la vista y viendo la multitud que acudía a él, Jesús dice a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para que coman esos?”. (Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer.) Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo”». Aquí tenemos, pues, de nuevo a Jesús frente a una gran multitud. Hemos visto, en la descripción que nos proponía el comienzo del capítulo 5, a Jesús caminando solo entre la multitud de enfermos que se agolpaban a su paso. Aquí son las multitudes humanas las que se encuentran ante el Señor. La cuestión planteada por Jesús podemos tomarla a dos niveles, como ocurre a menudo con los símbolos que emplea san Juan. Está aquí la cuestión del pan y, por consiguiente, la cuestión del hambre del hombre; está también este otro pan y esta otra hambre que nos revela el evangelio. Ahora bien, para leer adecuadamente este pasaje tenemos que ver, sobre todo, el vínculo que religa estas dos realidades. Dicho con otras palabras: el texto no tiene que ser leído simplemente a un nivel en el que hablaría del hambre física del hombre, abriendo a una respuesta que Jesús daría directamente a la cuestión, siempre actual, del hambre en el mundo. Está también esta otra hambre en el corazón del hombre, que necesita ser saciada. Está este otro pan que Jesús ofrece y del que va a decir, en el gran discurso eucarístico, que es el don de sí mismo que él hace al hombre. Con todo, conviene ver también y sobre todo el vínculo que hay entre estas dos realidades, sin que se trate por ello de centrar únicamente nuestra atención en la cuestión que plantea el hambre en el mundo. Es posible que el modo en que el hombre comprende el don que hace Jesús, así como el modo en que él es asociado al mismo, abra también una perspectiva sobre lo que sería otra manera de vivir entre nosotros, que nos permitiría asimismo afrontar algunas cuestiones fundamentales, como la del hambre del hombre. La situación en la que se encuentran los hombres es la que expresa Felipe: no tenemos gran cosa. Doscientos denarios no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo. No hay gran cosa y, por consiguiente, se corre fácilmente el riesgo de que haya excluidos, puesto que no van a recibir todos.
Si queremos reflexionar aquí sobre el modo en que vivimos nosotros, los hombres, nuestra vida común en el mundo, apoyándonos en esta cuestión del hambre, ¿no es algo que podríamos expresar y traducir todavía hoy de este modo: se corre claramente el riesgo de que haya excluidos, porque aquello de que disponemos no basta para todo el mundo? Hasta tal punto que, cuando se intenta definir en qué consiste la ciencia económica, que tiene tanta importancia en el mundo de hoy, se la pone en relación con la disposición de «bienes escasos» a los que tiene acceso el hombre. Por consiguiente, es preciso organizar, distribuir, producir bienes luchando, trabajando, negociando con la escasez de los recursos que están a nuestra disposición. Con todo, la escasez de los bienes nos interpela, puesto que, al leer el Evangelio de Juan, hablamos de sobreabundancia. ¿En qué punto nos encontramos, pues? ¿Y quién tiene razón? ¿Nos da Dios realmente de manera abundante, o es que se muestra tan avaro con sus dones que
tenemos que arreglárnoslas con algo que, de todos modos, no bastará, puesto que estamos sumergidos hasta el fondo en un régimen de escasez?
Sin embargo, es posible que no se zanje la cuestión simplemente proyectando una mirada objetiva sobre las «cosas». ¿Quién va a decir si hay mucho o si hay poco? No es una evaluación «objetiva» la que nos permitirá zanjar el asunto, porque el hombre se sitúa en el mundo no solo con lo que cree descubrir su mirada, sino también con todo el movimiento de su deseo y de sus ilimitadas necesidades. Algo que nos permite decir eventualmente: nos encontramos en un régimen de escasez, hay excesivamente poco para todo el mundo; y no es solo la evaluación objetiva y exterior, sino el movimiento del deseo, el que atraviesa esta experiencia. El hombre no vive sus necesidades como el animal: tanto forraje por día, y basta. El hombre tiene necesidades que llevan toda la impetuosidad, toda la exigencia (una exigencia que no tiene límites en sí misma) del deseo humano; el hombre está abierto así a un cierto «infinito». Las necesidades del hombre están atravesadas ellas mismas por la apertura del hombre a lo que no tiene límites. Si el hombre no modera sus exigencias, si no las mesura, sus necesidades exigirán cada vez más. ¿Quién me dirá si me basta con tener tal coche en vez de tal otro, si me basta con tener dos en vez de tres...? ¿Dónde va a detenerse la necesidad del hombre? Pues parece movido por una exigencia interior que, de por sí, es ilimitada.
Así las cosas, ¿cómo vivir juntos semejante situación, cómo vamos a arreglarnos entre nosotros, cómo vamos a comprender la manera de habitar juntos el universo? De eso es, en efecto, de lo que se trata en la «economía»: oikos significa casa, y nomos significa ley. La economía anda, por consiguiente, en busca de una cierta racionalidad, de una cierta organización de esta morada que es nuestra morada común; si se trata de organizarla juntos, ¿cómo nos las vamos a arreglar? Es esta una cuestión, entre otras cuestiones fundamentales, a las que el hombre tiene que enfrentarse y con las que tropieza de continuo. En este mundo que es el nuestro y al que definimos diciendo que es un mundo marcado por un consumo creciente, ¿no nos arriesgamos a ser víctimas de ese movimiento?; ¿no tiene límites el consumo? Cuando miramos el producto interior de los distintos Estados, la exigencia de que crezca incesantemente, y el drama que representa toda disminución, comprendemos que la ley del compartir y el agradecimiento por lo que se nos da andan lejos de definir de manera fundamental la actitud de nuestro corazón. Es como si estuviéramos atrapados en una especie de engranaje que se impusiera a nosotros, pero del que también somos cómplices. Esa es la situación por la que estamos marcados en el interior de cada na-ción, de cada sociedad. Y si observamos esto a nivel del planeta, es evidente que «no hay bastante para todo el mundo», si todo el mundo quiere poseer cada vez más. Esto es, en cierto modo, lo que podemos evocar a través de la respuesta de Felipe: lo que tenemos a nuestra disposición no basta para que cada uno reciba, no solo un pedacito, sino todo lo que desearía.
«Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?”». No hay bastante, pero, a pesar de todo, hay algo, lo poco de que disponemos.
Lo importante, para entrar en la lógica de la Eucaristía, que Jesús quiere celebrar con nosotros en el mundo, es precisamente que aprendamos a desprendernos, a entregar, a compartir ese poco que consideramos muy poco y que apenas parece servir. Esa es la situación de este muchacho, que tiene lo justo para subvenir a sus propias necesidades. Que no cierre su corazón en sus propias necesidades, que no piense simplemente en él mismo, sino que acepte ser una parte de esta multitud; que comprenda, por consiguiente, la cuestión que se le plantea a él como una cuestión que no es solo la suya, sino la de toda la multitud. Se produce aquí como una inversión del deseo exigente centrado en sí mismo, y que es la manifestación del egoísmo que habita en el corazón del hombre. Es menester invertir este movimiento del egoísmo humano, a fin de que pueda convertirse en una actitud de compartir. Es preciso que el deseo de apropiación que habita en el hombre en su relación con las cosas se convierta en un deseo y una actitud de compartir, de ponerse a disposición de los otros, de entrada en una puesta en común.
«Jesús dijo: “Haced que la gente se siente”. Había hierba abundante en el lugar. Se sentaron. Los varones eran cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: todo lo que querían». Los gestos que evoca aquí el relato de Juan son los gestos de la Eucaristía de Jesús. Jesús toma los panes, da gracias, distribuye. Lo que se evoca inmediatamente es, por tanto, la Eucaristía de Jesús sobre el mundo: Jesús transforma lo poco que se le presenta, haciéndolo pasar por él, de suerte que se transforme en su propia sustancia, en el signo mismo de su amor que se entrega. Y he aquí que da gracias a su Padre, una actitud muy diferente de la que consiste en decir: desgraciadamente estamos en un régimen de escasez. ¿No tenemos que reconocer en primer lugar la bondad de Dios con nosotros, que Dios nos da la vida y que de él lo recibimos todo? Tenemos que vivir lo que este muchacho vivió aquel día, desposeyéndose de lo que tenía y de lo que era, de lo que podía, de todo lo que constituía su propia realidad, de aquello sobre lo que hubiera sentido la tentación de hacer reposar su propia seguridad. Querer desprendernos de lo que nos pertenece, para que esté a disposición de todos, para que sea destinado al bien de todos: esa es la nueva lógica de la Eucaristía de Jesús. Si nos dejáramos asumir realmente por esta lógica, si la humanidad se dejara convertir por esta nueva lógica que Jesús viene a instaurar, ¿sería verdad que podemos seguir diciendo que hay pocos bienes y riquezas, y que no hay para todo el mundo? ¿No se deberá a que todavía debemos aprender a compartir el que proyectemos sobre las cosas una mirada de niño mimado, que siempre afirmará no hay bastante? ¿No tendremos que reconocer que Dios es bastante generoso en su bondad y en el don de su creación que ha hecho al hombre, a fin de que los hombres puedan vivir juntos respetándose y promoviéndose los unos a los otros? La mirada que se nos invita a proyectar, a la luz de este relato de la multiplicación de los panes, sería a la vez el descubrimiento del don extraordinario que Jesús nos hace de su vida, de su cuerpo, a través de la Eucaristía; porque todo pasa por él, y es él quien se entrega en todas las cosas. Por último, es de él de quien tenemos hambre, porque es él quien restaura nuestra vida, porque es él quien nos hace pasar a una vida nueva, a una
transformación de nuestra existencia ya desde ahora, al ofrecernos otra manera de considerarnos y de considerar juntos el mundo y situarnos juntos frente a él.
«Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos: “Recoged las sobras para que no se desaproveche nada”. Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales llenaron doce cestas. Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron: “Este es el profeta que había de venir al mundo”. Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo». Hay aquí claramente algo extraordinario: hay poco, demasiado poco, pero Jesús dice: «Recoged las sobras». Hay poco, pero se produce la sobreabundancia. ¿Acaso no había considerado Dios su propia creación como buena: «Y vio Dios que era bueno». ¿Acaso no es capaz de satisfacer esta creación todas las necesidades del hombre, si el hombre aprende a moderar y a disciplinar sus necesidades y, sobre todo, si aprende a mirar a su hermano, y a ver cómo, juntos, podemos y debemos hacer frente a nuestra situación? Entonces descubriremos que hay bastantes bienes, y no solo lo justo, sino que hay de sobra, estas sobras recogidas aquí en las doce cestas. «Doce» hace referencia inmediata a los doce apóstoles que están con Jesús, que alude a la existencia del nuevo Israel, que prolonga la historia de las doce tribus que componían el antiguo Israel. Estas doce cestas son el alimento puesto a disposición de la Iglesia y, a través de ella, de la humanidad. El Señor no solo se entrega así en el instante, cuando realiza esta señal, sino que quiere que su Iglesia disponga de él, que pueda atravesar la historia con estas sobras que se le han dado.
Así hemos intentado considerar la escena que describe el evangelio, a la luz de la Eucaristía, pero de la Eucaristía que penetra toda la existencia del hombre. Pero todavía nos hace falta articular los dos niveles distinguidos en nuestra lectura. Y es que ahora nos encontramos frente a otra reacción: la de la multitud que cree descubrir en Jesús a un Mesías puramente terrestre, ese que respondería a las necesidades inmediatas del hombre, ahorrando así la conversión del corazón, la transformación que se espera del hombre cuando se sitúa de verdad ante Dios y ante sus semejantes. Lo que mueve a la multitud hacia Jesús, como dirá el mismo Jesús más adelante, es el deseo que impulsa a estas personas a apoderarse de los dones que les hace Jesús, con la intención de disponer de ellos de una manera egoísta. Jesús es, pues, como el rey que va a transformar su existencia. Ahora bien, transformar la existencia del hombre en el nivel exterior es algo que no sirve, a fin de cuentas, para nada ni responde a ninguna exigencia profunda del hombre. Si eso debiera revertir en gloria de Israel, podría ser a costa de las otras naciones. El mesianismo terrestre es siempre una ilusión. Consiste en creer que los problemas del hombre se resuelven sin que este tenga que convertirse, sin que tenga que transformar su corazón. Sin embargo, es ahí, en el fondo del corazón, donde pide Jesús que tengan lugar las cosas: que este muchacho se desprenda, y también nosotros con él. Ante el espejismo del mesianismo terrestre que amenaza con renacer de tantas maneras, Jesús no puede hacer otra cosa que retirarse. No hay solución a los dramas de la historia humana más que en la medida en que el hombre se convierta de su egoísmo y se abra a
su hermano, a todos sus hermanos. Jesús se retira, pues, al monte, completamente solo, y esta retirada es la que nos va a introducir en el pasaje siguiente.
¿De qué modo se sustrae Jesús a la influencia que querrían ejercer sobre él los que han visto la señal y querían apoderarse de él para convertirle en su rey? Jesús no se define solo en relación con esta multitud; se define, en primer lugar, en su relación con su Padre, por la soledad que le habita y que está penetrada por su relación con su Padre. A partir de la comunión con su Padre es como Jesús considera a la multitud y como vive en medio de ella. A partir del misterio de Dios que habita en él es como vive todo esto. A partir de una nueva relación con Dios es como, a nuestra vez, podemos renovar nuestras relaciones entre nosotros. Jesús está ahí, en soledad, que es el lugar donde vive plenamente la inmediatez de su relación con su Padre. Hemos hablado de la Iglesia, que