• No se han encontrado resultados

(Jn 5,1-18)

amos a abordar ahora la lectura del capítulo 5. Entramos así en otra fase del evangelio. Después del capítulo primero, que contiene el Prólogo y la llamada a los primeros discípulos; después del capítulo segundo, que sitúa todo el evangelio a la luz del signo pascual y nupcial iluminando la vida de Jesús, hemos asistido, en los capítulos 3 y 4, al encuentro de Jesús con unos interlocutores procedentes del judaísmo, y a continuación con una samaritana. En cada una de estas ocasiones se piden ciertas iniciativas para entrar en la actitud de fe en Jesús, gracias a la cual, tal como afirma el Prólogo, recibimos la facultad de llegar a ser hijos de Dios.

He aquí ahora que, a partir del capítulo 5, Jesús va a revelar, poco a poco, lo que él es para el hombre, con unas afirmaciones que se multiplicarán a lo largo de los capítulos siguientes: «Yo soy la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida, el buen pastor, la resurrección y la vida». Jesús se encuentra así en el corazón de la revelación que nos proporciona el evangelio en cada uno de estos capítulos, del mismo modo que, en los discursos que siguen habitualmente a los relatos, Jesús se revela como alguien a quien tenemos que descubrir y acoger, que ilumina nuestra vida y que nos la da. En el capítulo 5 aparece un tema, el tema del juicio. En el camino que sigue Jesús, un camino en el que, tanto a través de los gestos que realiza como a través de los discursos que pronuncia y en los que se revela al hombre, en este camino –decíamos– se está llevando a cabo un juicio.

Este tema del juicio, sin embargo, debemos tomarlo como a dos niveles. Está el nivel en el que el hombre actúa oponiéndose a Jesús. Se trata de aquellos a los que se dirige Jesús: judíos, como dice san Juan, los judíos que juzgan a Jesús. Estos someten la acción de Jesús a un proceso, erigiéndose en jueces de su conducta y de sus actitudes. El proceso se va a desencadenar al final del texto que vamos a abordar esta mañana. Como vamos a ver, finalmente es portador de muerte. Para Juan, se trata del proceso fundamental del evangelio. Hasta tal punto que, cuando arrestan a Jesús (en el momento en que entra en su pasión), Juan no desarrolla la parte del proceso que depende de la autoridad judía. Este proceso se ha ido realizando a lo largo de todo el evangelio: los judíos han clausurado desde ese momento el proceso a que han sometido a Jesús, y este no desfilará sino muy brevemente ante ellos para ser entregado, a continuación, a Pilato en el momento de la Pasión.

Tenemos, pues, aquí una primera dimensión del juicio: el juicio del hombre, que conduce a la muerte, porque su fin es descalificar, excluir y, finalmente, matar. Basta con que reflexionemos un poco en ello para que caigamos en la cuenta de la frecuencia con

que el juicio del hombre es portador de muerte. Ahora bien, a otro nivel, se realiza el juicio de Dios, que es, por su parte, portador de vida. Se trata de un juicio con el que Dios quiere salvar y dar la vida al hombre. Cuando se somete a juicio a Jesús, tal como lo explicita la incoación de su proceso y su juicio definitivo por Pilato, en el fondo es el mismo Jesús el que juzga; pero el juicio que él lleva a cabo en nombre de Dios es un juicio que salva al hombre, que quiere dar la vida al hombre. En el discurso de Jesús que sigue al episodio que hemos considerado esta mañana, empieza ya a imponerse el tema del juicio. Desgraciadamente, no tendremos tiempo para desarrollarlo. Con todo, en este debate, Jesús se va revelando poco a poco, y su luz viene a chocar con nuestras tinieblas: mientras que el juicio del hombre quiere excluir a Jesús y condenarle a muerte, él, que es la luz que las tinieblas no pueden sofocar, es portador del juicio de Dios, de ese juicio que salva al hombre y vuelve a darle vida. Vamos a tomar, pues, esta mañana los dieciocho primeros versículos del capítulo 5.

«Después de esto, celebraban los judíos una fiesta, y Jesús subió a Jerusalén». Jesús, como ya sabemos, había subido a Galilea atravesando Samaría. Tras haber regresado a Caná para realizar una segunda señal, se encuentra ahora de nuevo en Jerusalén, con ocasión de una fiesta de los judíos (una fiesta de la que no se dice más; no es la Pascua, sino otra fiesta que Jesús va a celebrar en Jerusalén). «Hay en Jerusalén, junto a la puerta de los Rebaños, una piscina llamada en hebreo Betesda, con cinco soportales». Ya tenemos, pues, descrito el contexto en el que se va a desarrollar el episodio; nos encontramos junto a esta piscina. «Yacía en ellos una multitud de enfermos, ciegos, cojos y lisiados que aguardaban a que se removiese el agua. Periódicamente bajaba el ángel del Señor a la piscina y agitaba el agua, y el primero que se metía, apenas agitada el agua, se curaba de cualquier enfermedad que padeciese». Detengámonos en esta descripción de una multitud que padece diferentes enfermedades: enfermos, ciegos, cojos y lisiados. En los evangelios sinópticos aparecen con frecuencia descripciones parecidas cuando se nos habla de los desplazamientos de Jesús por las tierras de Israel. Se agolpan a su alrededor todos los que se encuentran en un estado de espera, todos los que experimentan la necesidad de algo o de alguien. Semejantes descripciones nos invitan a ensanchar nuestra mirada para ver a toda la humanidad en espera de salvación, porque es esta la que aquí se significa. Por allí por donde pasa Jesús, se encuentran todos los hombres que cargan sobre sí tantos males, enfermedades, penas, dificultades...: todos esos hombres que esperan la salvación. Jesús se encuentra cerca de la piscina de Betesda, donde a veces surgía el agua, cargada de una virtud curativa. El que conseguía entrar inmediatamente quedaba curado de cualquier enfermedad que padeciese. Lo que se puede significar de este modo es, sin duda, la realidad del mundo creado por Dios y en el que él nos ofrece tanta bondad, una bondad que podemos acoger porque viene a colmar nuestras expectativas. Sin embargo, la dificultad que se nos presenta, en este mundo donde habitamos y en el que somos objeto de la bondad de Dios a través de todo lo que él nos ofrece, es que nos encontramos en un mundo marcado por la competición. Esto es claramente lo que se nos describe aquí. Aquí no se trata de compartir, porque no todos pueden recibir el beneficio ofrecido; es

menester llegar el primero para obtener el beneficio. Ahora bien, el que llega el primero excluye, por ese mismo hecho, a los demás. Nos encontramos, ciertamente, en el mundo tal como Dios lo ha creado, en este mundo que es fruto de su bondad y en el que se une al hombre, dispuesto como está Dios a bendecir la vida del hombre. Pero este mundo es un mundo donde los hombres habitan viviendo en él una dura competición de unos contra otros y excluyéndose los unos a los otros en la misma acogida de los signos de la bondad de Dios. Esta es, claramente, la descripción que aquí se nos propone y que expresa la situación en que vivimos nosotros, la realidad del mundo en el que habitamos. No podemos decir que el mundo es malo: «Y vio Dios que era bueno». Es mucha la bondad de Dios manifestada en este mundo, pero ¿quién puede tener acceso a ella? No todo el mundo; el primero es aquí el único que consigue apropiársela.

«Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús lo vio acostado y, sabiendo que llevaba así mucho tiempo, le dice: “¿Quieres curarte?”». Tras haber contemplado a aquella multitud reunida en espera de salvación, se nos invita ahora a proyectar nuestra mirada sobre uno de los que la formaban. Un hombre enormemente animado por la virtud de la paciencia, puesto que espera su curación desde hace treinta y ocho años; en esta breve mención hay, sin duda, materia para hacernos reflexionar: a veces es preciso esperar, porque no es verdad que las cosas deban realizarse siempre enseguida. No conviene desanimarse porque los acontecimientos no se produzcan tal como los esperábamos y en el momento en que lo esperábamos.

Y he aquí que tiene lugar un encuentro entre este hombre y Jesús, que le ve. La mirada de Jesús viene a posarse, en efecto, sobre él, y Jesús se entera de que este hombre lleva allí muchísimo tiempo. Jesús sale, por consiguiente, al encuentro de su deseo más vivo, de su deseo más profundo: «¿Quieres curarte?». Un poco así como proyectaba su mirada, en el capítulo 1, sobre los apóstoles, cuando les invitaba a seguirle]: «¿Qué buscáis?» (1,38). Esta pregunta de Jesús va, por tanto, en busca del deseo del hombre, expresando lo que es probablemente este deseo: un deseo de curación. Y es la respuesta del enfermo que somos nosotros, sin duda, el núcleo mismo de lo que se desarrolla a lo largo de esta escena. «Le contestó el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. En lo que llego yo, se ha metido otro antes”». Aparece aquí claramente la competición, la rivalidad que hemos sugerido hace un momento, cuando el enfermo parece encontrarse ahí, ¡desprovisto de toda ayuda desde hace treinta y ocho años! Ahora bien, lo importante en la respuesta que da a Jesús es el comienzo de la misma: «Señor, no tengo a nadie». Lo que le falta a este hombre para poder obtener la curación, para poder acoger la bondad de Dios que quiere llegar a todos los hombres, es la presencia y la intervención de alguien. Dios también puede llegar a ser para él el que le colma y le cura; pero hace falta alguien que le ayude. Este hombre se encuentra, por consiguiente, aislado, y cada uno de nosotros se encuentra, en cierto modo, aislado, frecuentemente abandonado a sí mismo en este mundo. ¿Acaso no es esta una situación muy frecuente en la sociedad humana, una sociedad en la que cada cual, dejado a sí mismo, está invitado a arreglárselas

completamente solo al descubrir que no hay nadie con quien pueda contar para que le socorra, para permitirle tener acceso a lo que tan profundamente desea?

«Le dice Jesús: “Levántate, toma la camilla y camina”». Este hombre no tiene a nadie y, por consiguiente, Jesús se convierte para él en aquel a quien lleva tanto tiempo aguardando. Su larga espera de treinta y ocho años desemboca ahora en algo mucho más profundo aún que la curación a la que aspira: la presencia de alguien que está ahí para él ahora. ¿Acaso no tiene como fin la presencia de Jesús en este momento ser el que actúa en favor de este hombre?

También nosotros podemos situarnos, en nuestra oración, ante el Señor, descubriendo que lo que fue la verdad para este enfermo aquel día, es también la verdad continua de nuestra vida, en la medida en que nos dejemos mirar por Jesús y en que la mirada de Jesús, al proyectarse sobre nosotros, encuentre la profundidad de nuestro deseo: «¿Quieres curarte? – Señor, no tengo a nadie», pero sé que eres tú aquel a quien espero, y que en lo más profundo de mí mismo, más aún que la curación, lo que vivo como expectativa es la expectativa de ti. Lo que el enfermo vivió al borde de la piscina, sin saberlo, era, ante todo, la espera de Jesús. Y Jesús, a través de sus palabras, describe muy brevemente el milagro que realiza. El evangelio no se detiene nunca, de hecho, extensamente en el relato de un milagro. Lo que importa es lo que se lleva a cabo en la vida de este hombre en virtud de la palabra de Jesús. Y a través de las breves palabras pronunciadas por Jesús nos invita el evangelio a comprender lo que ha pasado realmente en la vida de este hombre, una vez que se ha encontrado con Jesús y ha descubierto en él a aquel a quien esperaba. «Levántate». El hombre así acostado junto a la piscina, este hombre incapaz de caminar, oye ahora una voz que le dice: «Levántate»; porque ahora tienes la capacidad de mantenerte de pie y de existir por ti mismo, de tomar tú mismo tu vida entre tus manos: «toma la camilla y camina». A partir de ahora eres tú mismo el que va a caminar en tu propia vida, porque no estás más que en el punto de partida de un camino por el que debes caminar en lo sucesivo. El encuentro con Jesús es como el punto de partida de otra vida por la que empieza a caminar este hombre. Sabemos que, en los Hechos de los Apóstoles, el modo de vivir de Jesús, convertido en el de las comunidades cristianas y practicado por los primeros cristianos, aparece designado como «la vía», es decir, el camino por el que se han introducido a partir de ahora. ¿Acaso no dirá Jesús, en el Evangelio de Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»? Este hombre que se ha encontrado con Jesús se pone a partir de ahora en camino, porque ha descubierto al que es la vía, y en cuyos pasos puede empezar a caminar a partir de este momento, ha descubierto a alguien que le indica la ruta, porque él mismo es la ruta. Este hombre ha encontrado una vida nueva a partir de su encuentro con Jesús.

«Al punto se curó aquel hombre, tomó la camilla y echó a andar». La descripción de lo que ocurre en este momento no hace más que retomar las indicaciones dadas por la palabra de Jesús. Y es que la palabra de Jesús es portadora de su propia realización. Y el hombre que acaba de ser curado debe creer que la palabra de Jesús es portadora, efectivamente, para él de su propia realización. En el caso de un hombre que lleva

tendido en el suelo treinta y ocho años, se trata de levantarse, simplemente porque le ha sido dirigida una palabra: «Levántate. Él se levantó. Tomó la camilla y echó a andar».

«Pero aquel día era sábado; por lo cual, los judíos dijeron al que se había curado: “Hoy es sábado, no puedes transportar la camilla”. Les contestó: “El que me curó me dijo que tomara la camilla y caminara”. Le preguntaron: “¿Quién te dijo que tomaras la camilla y caminaras?”. El hombre curado no sabía quién era, porque Jesús se había retirado de lugar tan concurrido». Entramos ahora en el comienzo del debate que se convertirá en el proceso realizado a Jesús. Este ha realizado el milagro el día del sabbat, y eso no pueden admitirlo los judíos, porque piensan que están viendo a un hombre realizando una acción prohibida en este día. El debate del evangelio sobre el sabbat (más frecuente en los sinópticos) no afecta directamente a la Ley de Dios tal como fue proclamada en el Sinaí, sino al modo en que, poco a poco, quisieron «precisarla» los maestros de la ley, al interpretar la Ley de Dios. El sabbat, tal como remitía a la creación de Dios, tal como formaba parte de la Ley, era algo más global y mucho más simple. Encontramos su significación y su práctica en el capítulo 20 (8-11) del libro del Éxodo: «Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó». De este modo, queda trazada la perspectiva fundamental; pero en cuanto a decir a partir de ahí que se pueden dar tantos pasos, que se puede realizar tal acción y no tal otra, supone dar a la Ley una interpretación que viene más del hombre que de Dios. Ahora bien, es precisamente con eso con lo que choca Jesús: no es que él ponga en tela de juicio la Ley de Dios, sino la manera de comprender la fidelidad a esta Ley. Ese es el debate que comienza desde ahora con este relato. Para el hombre curado por Jesús, existe, sin embargo, una certeza que sobrepasa a todas las otras, y es la única que encuentra para oponer a los que le interpelan al verle llevar su camilla: en mi caso, no tengo más que una certeza, y esta certeza hela aquí: cuando yo no tenía a nadie, encontré a alguien, y este alguien me dijo: toma tu camilla, y yo, por consiguiente, la tomé: eso me basta.

Los que le interpelan quieren saber quién es ese alguien que viene, en cierto modo, a molestar a los que saben, quién es ese alguien que viene a dar la vida a los que le esperan. ¿Vamos a comprender por qué este hombre viene a turbar así nuestras referencias más ciertas? En este momento del relato, el paralítico no sabe aún de quién se trata: solo se ha encontrado con alguien, sin saber su nombre, sin haber penetrado aún en el verdadero conocimiento de Jesús.

«Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: “Mira que te has curado. No vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor”». Jesús le encuentra, y este encuentro se vive ahora en el templo, en la casa de Dios. A partir de ahora, ya no se trata solo del detonante de la curación, sino de una relación que se precisa: Jesús ya había

introducido al enfermo por el camino; ¿no es acaso el punto de partida de un camino por recorrer? Jesús le recuerda, pues, en primer lugar, el don del que ha sido beneficiario: «Mira que te has curado». Tiene una enorme importancia, en la relación con Jesús, poder hacer memoria, poder acordarse de los beneficios recibidos de él: las curaciones, los ahondamientos, los descubrimientos, las revelaciones que Jesús haya podido hacernos: mira que te has curado. En adelante, en función de esta memoria que te habita y que es mi presencia en ti, «no vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor». No debemos interpretar esto a la manera de una amenaza: «¡Ay de ti, si pecas! No sabes lo que te pasará si lo haces. Lo peor que pueda pasarte es, justamente, pecar». Si llevas en ti el recuerdo de tu curación, lo importante a partir de ahora será vivir en la amistad con Dios. La elección inversa sería peor que estar enfermo. La separación de Dios es, en efecto, mucho peor que la enfermedad. Jesús, al encontrarse con este hombre, da así un