Para todos es conocida la velocidad a la cual la ciencia y la tecnología se han venido desarrollando. Sam Hill indica que, en 1997, la lista de las 10 invenciones más importantes estaba compuesta por electricidad, microprocesadores, compu- tadores, ADN, teléfono, automóvil, Internet, televisión, refrigeración y avión. En nuevas listas de áreas de desarrollo tecnológico se incluyen: ciencias de los
materiales, computadores orgánicos, tecnología de reconocimiento, tecnología láser, realidad virtual, óptica, genómica, fotónica, inteligencia artificial, nanotecnologías, polimerización, clonación, biometría, máquina de visión, encriptación, oceanogra- fía, robótica, biónica, bioquímica, microtecnología, celdas de combustible, farmaco- logía, nutrición, epidemiología, medicina, ergonomía, satélites, metalurgia, teleme- tría, microprocesadores, tecnología inalámbrica, manejo de información, ingeniería biomédica, terapia hormonal, telecomunicaciones, manipulación de microorganis- mos, trabajo con células madres, digitalización, sistemas de información geográfica, etcétera. Y, claro, nadie alcanza a tener el conocimiento básico sobre el significado y alcance de todas estas áreas. Pero es en ellas donde estarán las “gacelas” del futuro, donde las nuevas empresas con altísimo valor agregado aparecerán; y será el manejo de este conocimiento el que dará surgimiento a las nuevas potencias.
En 1995, la oficina de patentes de los Estados Unidos otorgaba 100.000 reconocimientos; y en el 2000, llegó a 150.000. Sólo nueve países generan más de 50 patentes/año/millón de habitantes. Ningún país latinoamericano se encuentra entre ellos. Según el reporte de competitividad global del Foro Económico Mundial 2002-2003,26el número de patentes de utilidad registra- das, por millón de habitantes, en el 2001 era de 314 en Estados Unidos, 260 en Japón, 1,4 en la Argentina, 1,1 en Venezuela, 0,8 en México, 0,6 en Brasil, 0,3 en Colombia y 0,1 en Perú. Por otro lado, mientras Suecia gasta casi el 4% de su producto interno bruto (PIB) en investigación y desarrollo (I&D), los países latinoamericanos estamos por debajo del 1%. En el caso colombiano, la inver- sión en ciencia y tecnología –según Colciencias–27fue del 0,53% para los años 2004 y 2005. Aquí está una de nuestras grandes debilidades: al no dedicar gran- des inversiones a la formación avanzada en ciencia y tecnología, al no disponer de centros de investigación y desarrollo, al no asignar dineros para investiga- ción, al no estimular adecuadamente los procesos investigativos, nos hemos quedado muy atrás. El tema de la propiedad intelectual ha sido uno de los más debatidos en los acuerdos de libre comercio; pero estos acuerdos no resuelven el problema de base, que es la urgente necesidad de hacer desarrollos propios que nos permitan competir en un mundo de productos más pequeños, más livianos, más integrados, más amigables, más productivos, etcétera.
Aquí, de nuevo, las transformaciones en los sistemas educativos y la impor- tancia que se le dé a la gestión tecnológica en todas las organizaciones son factores claves de desarrollo.
Aprender a aprender
Hay estudios muy detallados que indican cómo el volumen de conocimien- to e invenciones logrado en los últimos 20 años por el ser humano supera al pro- ducido en los 300 años anteriores. Esto obliga a prepararnos para que todos los conocimientos e informaciones adquiridos sean actualizados y modernizados en un período muy corto. Estos hechos han generado, en opinión de Peter Drucker,28cambios como los siguientes:
■El conocimiento, que por mucho tiempo fue considerado un ornato social
y un ítem de lujo, se ha convertido en el capital de cualquier economía.
■La productividad del conocimiento es la clave de la productividad de las
empresas, de su fortaleza competitiva y del éxito económico.
■El conocimiento ha llegado a convertirse en la industria básica, la indus-
tria que le ofrece a la economía los recursos centrales y esenciales para la producción.
Hay algunas cifras sobre las cuales los latinoamericanos deben pensar cuan- do hablan de desarrollo:29
■Japón, que invierte el 8% de su producto nacional bruto (PNB) en equi-
pamiento industrial, invierte al menos el doble en educación.
■Estados Unidos invierte aproximadamente el 20% de su PNB en educación
y entrenamiento.
La economía del conocimiento es vital en el desarrollo de nuestra sociedad. El mejor manejo de los activos inmateriales, la capacidad para innovar y la velo- cidad y abundancia de información, son factores básicos del dinamismo y de su influencia. Estados Unidos dedica el 2% de su PNB a educación de alto nivel mientras que Europa sólo invierte el 1,1%.
Al comparar estas cifras con las de América Latina, cada uno de nuestros países puede entender la razón básica de su atraso, y explicarse por qué siendo ricos en recursos naturales somos pobres en condiciones de vida. Así, podre- mos concluir que falta un grupo significativo de personas con una verdadera orientación hacia el espíritu empresarial y con un nivel de conocimientos que
les permita utilizar esos recursos en formas productivas para generar un valor agregado suficientemente grande.
El conocimiento es el recurso primario y la verdadera riqueza de una sociedad. Se necesita que nuestras sociedades respeten, estimulen y apoyen la generación y el desarrollo de conocimientos y que, como misión, busquen el for- talecimiento de su base educativa, pues así mejorarán su capacidad productiva y sus perspectivas de desarrollo.
Esto requiere también preparar jóvenes para que estén en capacidad perma- nente de aprender todas las nuevas tecnologías y conocimientos que se desarro- llen en los próximos años, pues sólo así podrán mantener la competitividad.