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Ciertamente la expresión del deber en negativo (evitar, abstenerse, no hacer) no agota el campo

ALGUNOS CRITERIOS BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN MORAL

99. Ciertamente la expresión del deber en negativo (evitar, abstenerse, no hacer) no agota el campo

ético relativo a la pareja. El horizonte moral abierto por el mandamiento se expresará, entre otras cosas, en términos de responsabilidad personal, mutua, solidaria: por ejemplo corresponde a cada uno de los cónyuges tomarse en serio el deber de renovar constantemente el propio compromiso inicial; y a ambos el tener en cuenta la psicología del otro, su ritmo, sus gustos, su camino espiritual (1 Pe 3,1-27), el cultivar el respeto, el practicar el uno hacia el otro el amor-sumisión (Ef

5,21-22.28.33), el resolver los conflictos o las divergencias de puntos de vista, el desarrollar relaciones armoniosas; y a la pareja en cuanto tal tomar compromisos responsables en materia de natalidad, de contribución social y también de irradiación espiritual. De hecho la celebración ritual del matrimonio cristiano implica esencialmente un proyecto dinámico, nunca cumplido de una vez por todas: llegar a ser siempre más pareja sacramental, que testifica y simboliza, en el corazón de un mundo de relaciones a menudo efímeras o superficiales la estabilidad, la irreversibilidad y la

Se entiende que la Iglesia, en su compromiso de fidelidad sin fisuras a la Palabra, haya siempre exaltado la grandeza de la pareja hombre-mujer, tanto en su dignidad fundamental de “imagen de Dios” (creación) como en su lazo de mutuo compromiso ante Dios y con él (alianza). En su reclamo constante e irreducible de la importancia y de la santidad del matrimonio, la Iglesia actúa no sólo con la denuncia de los desarreglos morales sino también con la defensa incansable y empeñada de una plenitud de sentido de la realidad matrimonial, según el proyecto de Dios.

1.2. Segundo criterio fundamental: Conformidad con el ejemplo de Jesús 1.2.1 Explicación del criterio

100. El otro criterio fundamental nos concentra todavía más, por decirlo así, en el corazón de la

moral propiamente cristiana: la imitación de Jesús, modelo inigualable de perfecta conformidad entre la palabra y lo vivido y de conformidad con la voluntad de Dios. No es preciso que reiteremos o reasumamos cuanto se ha dicho en la primera parte sobre la imitación y el seguimiento de Cristo, temas importantísimos para nuestro punto de vista. Siendo así que Jesús es para los creyentes el modelo por excelencia del obrar perfecto, el problema que se pone concretamente, en materia de discernimiento moral, es el siguiente: ¿hay que considerar el comportamiento de Jesús como una norma, un ideal más o menos inaccesible, una fuente de inspiración o un simple punto de

referencia?

1.2.2. Datos bíblicos

101. También aquí nos apoyamos sobre un texto base, que orienta y anticipa la proclamación de la

nueva Ley en el primer evangelio.

a. Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12)

Desde el principio las bienaventuranzas sitúan la moralidad en un horizonte radical. De modo paradójico afirman la dignidad fundamental del ser humano bajo los rasgos de las personas más desfavorecidas, que Dios defiende de modo preferencial: los pobres, los afligidos, los mansos, los hambrientos, los perseguidos; esos son “hijos de Dios” (v. 9), herederos y ciudadanos “del reino de los cielos” (vv. 3.10). Ahora Jesús representa en toda su radicalidad, el tipo del “pobre” (Mt 8,19; cf. 2 Cor 8,9; Flp 2,6-8), del “manso y humilde” (Mt 11,29) y del “perseguido por la justicia”.

b. La continuación del discurso (Mt 5,17—7,29)

Evidentemente no se pueden leer las bienaventuranzas haciendo abstracción del largo discurso al que introducen. Ello presenta una perspectiva de fondo sobre la vida moral y constituye una especie de paralelo al decálogo, a pesar de la diferencia de forma e intención. En la composición del primer evangelio se trata del primer, más largo y programático discurso de Jesús que nos sumerge

inmediatamente en el corazón de lo que significa ser un fiel hijo de Dios en el mundo. La idea de una “justicia que supera (verbo perisseuein pleion) constituye en algún modo la tela de fondo (Mt 5,20; cf. también 5,6.10; 6,1.33; 23,23).

Jesús no es sólo quien revela esta justicia superior sino también su modelo. El principio básico queda enunciado en 5,17-20. En la afirmación inicial se ve un programa para todo el evangelio: “No creáis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir sino a darles pleno

cumplimiento”. La persona, el obrar y la enseñanza de Jesús representan la plena revelación de lo que Dios ha querido a través de la Ley y de los Profetas, y anuncian la presencia inminente del

Reino de Dios. Desde un cierto punto de vista, el largo discurso culmina en la afirmación “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (5,48). Así la idea del hombre creado a “imagen y semejanza de Dios” se encuentra restablecida y traspuesta a un registro específicamente moral. Dios mismo es el modelo de todo obrar (teleios,“perfecto”, en el sentido de “completo”,

“cumplido”. De aquí la exhortación “Buscad ante todo su reino y su justicia” (6,33) y proponeos hacer “la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (7,21). De esta perfección moral Cristo es el modelo perfecto (cf. Mt 19,16-22).

1.2.3. Orientaciones para hoy

102. ¿Hasta qué punto es normativa la radicalidad que Jesús encarna con su vida y con su muerte?

1. Ciertamente no puede tomarse pretexto de las bienaventuranzas para idealizar la miseria humana bajo cualquier forma, y todavía menos para alentar, ante las persecuciones, una especie de

resignación pasiva que encontrase su única solución en la espera del más allá. Por una parte, es verdad, la Iglesia, siguiendo a Jesús, lleva a los que sufren una palabra de aliento y de estímulo: si se reconstruye el sustrato semítico del término “bienaventurado”, se encuentra la idea de “caminar derecho” (raíz sr hebraico), lo que sugiere que los pobres y perseguidos están ya en camino en y hacia el Reino. Por otra parte, en el mismo texto de las bienaventuranzas, esto no está separado de las exigencias morales, en términos de virtud a practicar: se recoge así la idea de “búsqueda de la pobreza”, con aquel sentido religioso y moral que el profeta Sofonías ya daba a la expresión (Sof 2,3).

2. La exhortación a practicar una justicia que supere la de los escribas y de los fariseos (cf. Mt 5,20) implica que ya, en régimen cristiano, toda norma moral se sitúa en el marco dinámico de una

relación filial. En el discurso, Jesús insiste mucho sobre esta relación y habla nada menos que dieciséis veces de Dios llamándolo “Padre” desde el punto de vista de los otros, y sólo al final lo llama por primera vez “mi Padre en los cielos” (Mt 7,21). Por ejemplo. él recoge las tres

expresiones tradicionales de la piedad hebrea: limosna, oración y ayuno (6,1-18); en todo caso, la actitud del discípulo debe brotar de un lazo interior con Dios y evitar todo cálculo, toda búsqueda de provecho y de alabanza humana. La continuación del discurso enfoca la atención hacia el lazo de amor y de confianza entre Dios y el discípulo. De ahí deriva la responsabilidad que incumbe al discípulo de vivir el evangelio. Cuando esto no sucede, se crea un obstáculo a la realidad fundamental de la vida tal como es querida por Dios y enseñada por Jesús y nos exponemos a consecuencias desastrosas. Los textos relativos al juicio son ellos mismos advertencias acerca de los efectos destructivos provenientes de una mala conducta. En particular, a través de una serie de metáforas, el lector es confrontado, en su elección, con una alternativa: puerta ancha o estrecha, camino amplio o restringido, verdaderos o falsos profetas, árbol bueno o malo, constructores de casas insensatos o sabios (7,13-27).

3. ¿En qué modo el lector cristiano puede tomar sobre sí la enseñanza moral específica y

aparentemente radical del Sermón del monte, a comenzar por las bienaventuranzas? En la historia del cristianismo se han suscitado a este propósito dos cuestiones fundamentales. Antes que nada, ¿a quién se dirige el Sermón: a todos los cristianos o sólo a una porción escogida? ¿Y cómo interpretar los mandatos?

En realidad, buscando imitar a Jesús, se anima a los discípulos a adoptar un modo de obrar que refleje desde ahora la realidad futura del Reino: manifestar compasión, no devolver la violencia, evitar la explotación sexual, iniciar caminos de reconciliación y de amor también hacia los propios

enemigos, son disposiciones y acciones que reflejan la “justicia” misma de Dios y caracterizan la vida nueva a llevar en el Reino de Dios; entre éstos, la reconciliación, el perdón y el amor

incondicionado ocupan una posición central y ofrecen una orientación a toda la ética del Sermón (cf. 22,34-40).

Por tanto, no se deben considerar las instrucciones y el ejemplo mismo de Jesús como ideales inaccesibles, incluso si reflejan lo que caracteriza a los hijos e hijas de Dios sólo en la plenitud del Reino. Las orientaciones dadas por Jesús tienen valor de verdaderos imperativos morales:

proporcionan un horizonte de fondo, que lleva al discípulo a buscar y encontrar modos semejantes para ajustar el propio obrar a los valores y a la visión de fondo del evangelio, con el fin de vivir mejor en el mundo, en espera del Reino que viene. El discurso moral y el ejemplo de Jesús establecen las bases teológicas y cristológicas de la vida moral y animan al discípulo a vivir de acuerdo con los valores del Reino de Dios tal como Jesús le revela.

1.3. Conclusiones sobre los criterios fundamentales

103. Cuando desde el punto de vista de la moral cristiana se trata de dar un juicio sobre una

práctica, conviene preguntarse inmediatamente: ¿hasta qué punto esta práctica es compatible con la visión bíblica del ser humano? ¿Y hasta qué punto se inspira en el ejemplo de Jesús?