ALGUNOS CRITERIOS BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN MORAL
4) Validez para todas las personas humanas
134. La Biblia no considera las tradiciones morales de la Torah y de la enseñanza de Jesús como
una ética “sectaria”, que se puede aplicar sólo a Israel o a la comunidad cristiana (cf. Is 2,3; Am 1-2). La tradición de la Sabiduría afirma que la misma estructura de la realidad creada refleja los valores de la Torah y la voluntad de Dios para todos los seres humanos (cf. Prov 8,22-36; Sab 13,1.4-5). Pablo refleja esta visión, cuando afirma que también los paganos pueden conocer a Dios y su voluntad mediante la observación del mundo creado (Rom 1,18-25; cf. 2,14-15). Lo mismo vale con respecto a la enseñanza moral de Jesús, que se dirige no sólo a los discípulos, sino, a través suyo, a todo el mundo con su revelación de la verdad de Dios (cf. Mt 28,18-20). La tradición bíblica supone por tanto que las mismas responsabilidades morales han sido confiadas a todos los seres humanos como parte de la creación e imagen de Dios, si bien el poder del pecado y la alienación de Dios pueden perjudicar la decisión moral.
2.4.2. Orientaciones para hoy
135. La comunidad es un dato fundamental de la vida moral según la Biblia. Está fundada sobre el
amor que sobrepasa los intereses individuales y mantiene juntos a los seres humanos. Este amor está en última instancia enraizado en la vida de la misma Santísima Trinidad, se manifiesta mediante la fuerza dinámica del Espíritu Santo y es, simultáneamente, fuente y meta de una comunidad auténticamente cristiana.
a. Diversas formas de comunidad
En los diversos niveles de la vida humana está presente la comunidad, siempre con una dinámica propia y con específicas exigencias morales. La familia es la comunidad humana más fundamental y es decisiva para la formación social y moral del individuo. También la Iglesia es una comunidad: para ella es fundamental el don de la fe, en ella se entra mediante el bautismo y su íntimo lazo de cohesión es el amor cristiano. Hay también obligaciones morales que derivan de la pertenencia a la comunidad civil tanto local como nacional. Y, cada vez más, la sociedad moderna es consciente de las dimensiones globales de la comunidad humana y de las obligaciones morales requeridas por el bienestar económico, social y político de la entera familia de las naciones y de los pueblos. Los papas han subrayado en la enseñanza social de la Iglesia, desde hace más de un siglo, las
obligaciones morales que derivan de la pertenencia a los diversos niveles de la vida comunitaria.
b. La importancia fundamental del amor
Hay muchos valores destacados en todas las opciones morales que conciernen al cristiano de hoy, pero es el amor, el compromiso profundo de transcenderse a sí mismo para el bien de otros, quien lleva y determina todos los otros valores sociales según la perspectiva cristiana. Mientras la
comunidad civil está obligada a asegurar estructuras sociales justas que protejan a los ciudadanos y garanticen las necesidades vitales, la perspectiva moral cristiana es complementaria y transciende las exigencias de justicia. El orden justo, creado a través de los medios políticos, no puede satisfacer todos los anhelos del corazón humano. El compromiso moral de la Iglesia por el amor al prójimo, en las diversas esferas de la comunidad humana, puede alcanzar las más profundas aspiraciones del espíritu humano. Las obras de caridad tradicionales de la Iglesia, al nivel individual e institucional, pueden inspirar al orden político a reconocer la belleza trascendente y el destino último de la persona humana creada por Dios.
c. Necesidades actuales
La dimensión comunitaria de la revelación bíblica puede recordar a las personas de buena voluntad aspectos esenciales de la vida moral de hoy. El individualismo excesivo que amenaza la misma contextura de muchas comunidades, el aislamiento de los ancianos y de los discapacitados, la falta de protección para los miembros más débiles de la sociedad, la creciente disparidad entre naciones ricas y pobres, el recurso a la violencia y a la tortura por maldad o por praxis política – son
situaciones profundamente cuestionadas por la visión bíblica de la persona y de la comunidad humana ante Dios. La enseñanza de la Iglesia sobre las obligaciones del amor al prójimo deriva de la enseñanza de Jesús y la entera tradición bíblica es un desafío directo para estas faltas morales. Al mismo tiempo el compromiso de la Iglesia, en el servicio amoroso de los pobres, enfermos y débiles, sirve también como inspiración para las comunidades civiles que se esfuerzan en construir una sociedad justa.
2.5. Quinto criterio específico: La finalidad
136.La esperanza en la vida futura con Dios, fundada sobre la resurrección de Jesús, proporciona
una motivación decisiva para buscar la voluntad de Dios y para observarla como norma del propio obrar.
El hombre es mortal y vive en el tiempo. Como tal encuentra el enigma existencial de la interrupción de la relación amistosa con Dios, en tanto que no se supere el límite de la muerte. Israel ha vivido el drama de esta incertidumbre. Sin embargo su comprensión de la creación y de la alianza le ha conducido gradualmente a la convicción de que la soberanía de Dios sobre el cosmos y la historia no podía sufrir una derrota ante la condición mortal del hombre. El Señor no habría dejado al poder de la muerte a los que habían puesto su confianza en él. Pero por largo tiempo siguió siendo un misterio el modo en que Dios habría ejercitado su fidelidad hacia sus fieles, después de su marcha de esta existencia.
El Nuevo Testamento vive una nueva experiencia y alcanza la seguridad de una revelación que llega a su plenitud en el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús y que abre una perspectiva escatológica de gran claridad. Indicamos algunas líneas del discurso bíblico que se refieren a la vida futura, la presentan como motivación de opciones morales y fundan sobre ella un obrar moral consecuente.
a. La evolución de la esperanza en el Antiguo Testamento 1) El inicio de esta esperanza
137. En la medida en que podamos individuar las fases más antiguas de la religión de Israel, resulta
que se dio un tiempo en el que la esperanza de la retribución en la vida futura no tenía un papel específico para una motivación de la moralidad, porque esta esperanza era todavía embrional. Las expectativas más antiguas parecen haber consistido simplemente en el regreso al tronco tribal, en el reunirse con los antepasados en la muerte (1 Sam 28,19; 2 Sam 12,23). La recompensa de la virtud es una vida larga (Gén 25,8) y una prolongada descendencia. Al final todo, tanto el bueno como el malvado (Ez 32,18-31), desciende al Sheol, un lugar de tiniebla, silencio, impotencia e inactividad (Sal 88,3-12), en plena antítesis con la vida, por la imposibilidad de alabar a Dios. El efecto negativo de esta convicción sobre la moralidad alcanza su clímax en el libro tardío de Qohelet, donde constituye una de las razones indicadas para ver todo como vanidad, todo lo que lucha por el bien y todo esfuerzo moral: “El destino del ser humano y el destino del animal son idénticos, como muere el uno así muere el otro” (Ecl 3,19; pero téngase también en cuenta de la variación de 12,7). De todas maneras, mucho antes de Quohelet, estaba ya surgiendo otra visión del mundo, que implicaba que muerte y mundo de los infiernos estuviesen subordinados al señorío de Dios sobre el cielo y la tierra. Sobre todo los salmos atestiguan el convencimiento de que el Señor no abandona a los que tienen confianza en él y viven según sus mandamientos, incluso después de su descenso a la tumba. La comunión de Dios con sus fieles no puede ser interrumpida por la muerte. Característico del amor es ser para siempre, y la lealtad de Dios unida a su omnipotencia se la consideraba capaz de realizar esta condición: “Tu amor constante vale más que la vida” (Sal 63,4). Aunque el salmista no tuviese todavía una idea de cómo Dios habría concretado esta duradera fidelidad hacia sus devotos, mucho antes que la esperanza en la resurrección empezase a hacer pie, estaba ya viva en el credo de Israel la concepción que su fidelidad hacia los justos no podía ser interrumpida (Sal 16,8-11; 17,15; 49,14-16; 73,24-28). Sobre la estela de este desarrollo la confianza en que la
solidaridad de Dios hacia aquéllos que viven en la observancia de sus mandamientos no sería nunca decepcionada, incluso más allá de la muerte, entró en el argumento ético.