ALGUNOS CRITERIOS BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN MORAL
2) Entre los cristianos
129. La primera comunidad cristiana que se forma en torno a la persona de Jesús se ve a sí misma
en continuación con el pueblo de Israel y con las responsabilidades morales inherentes a la pertenencia a una tal comunidad.
Esta comunidad está clara en el retrato que Lucas presenta de la comunidad jerosolomitana en los primeros capítulos de Hechos de los Apóstoles. El Espíritu, enviado en nombre de Jesús resucitado, vuelve a los seguidores de Jesús capaces de formar una comunidad que incorpora los ideales de Israel, previstos para el tiempo final (cf, especialmente los famosos sumarios en los primeros capítulos de Hechos 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16). Algunos rasgos caracterizan esta comunidad ideal: 1. Atención a la enseñanza de los apóstoles (2,42); 2. Koinônía o vínculo profundo de fe y caridad entre los miembros (1,14; 2,1; 4,32): 3. Culto común, especialmente en la celebración de la
de los bienes para que ninguno esté en necesidad (2,44; 4,34-37):; 5. Comunión de espíritu entre los miembros, no de simple amistad sino de un vínculo más profundo de fe (por ejemplo 2,44; 4,32; 5,14); 6. Continuación de la misión de Jesús. de curación y perdón, evidenciada en las acciones y en el testimonio de los apóstoles (cf . 2,43; 3,1-10; 4,5-12).
Aquí es importante el hecho que la pertenencia a la comunidad cristiana implica una clase de empeños y cualidades morales en las que se reflejan la misión del mismo Jesús y los valores
permanentes de la tradición bíblica. Así es obligación de los miembros de la comunidad dar el culto debido a Dios, tener cuidado unos de otros, formar una comunidad de amor y amistad, compartir los bienes para que ninguno esté en necesidad, y continuar la misión de curar y reconciliar según el ejemplo del mismo Jesús, cuando anunciaba el Reino.
De modo semejante, Pablo y las otras tradiciones neotestamentarias presentan el contexto esencialmente comunitario de la moralidad. Según Pablo el cristiano particular está inmerso “en Cristo” mediante el bautismo y está capacitado por el Espíritu para conducir una vida “digna de (su) llamada” (cf. Rom 6,3; Ef 4,1).. La pertenencia a Cristo, y por ello a la comunidad cristiana, vuelve al individuo cristiano capaz de distanciarse de las “obras de la carne” y de practicar “el fruto del Espíritu” (Gál 5,16-20). Los vicios y las virtudes enumeradas por Pablo son de modo predominante de naturaleza social. El fruto del Espíritu como “amor, alegría, paz, paciencia, benignidad,
fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gál 5,22), supone un modo de comportarse con los otros en el que se expresa la fe cristiana. Cuando Pablo enumera los diversos dones o carismas con los que el Espíritu llena la Iglesia, identifica “el amor” como “el camino más excelente” (1 Cor 13,13). La elocuente descripción de Pablo del modo como el amor se expresa en la comunidad es uno de los pasajes más fascinantes del Nuevo Testamento (1 Cor 13).
El Espíritu Santo es un elemento clave para la comprensión de la comunidad cristiana en el Nuevo Testamento. En Lucas-Hechos el Espíritu enviado por Cristo resucitado anima y alienta la
comunidad y la hace capaz de llevar adelante su misión hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). De modo semejante en la teología joánica, el Espíritu-Paráclito anima a la comunidad postpascual y la capacita para llevar adelante la enseñanza de Jesús (Jn 14,25-26; 15,26; 16,12-14). En la teología paulina los diversos dones del Espíritu dan dinamismo y cohesión a la comunidad cristiana (1 Cor 12,4-11). Ante todo, la fuerza del Espíritu hace capaz al cristiano de quebrar el poder del pecado, de venerar a Dios en modo auténtico, y de llevar una vida marcada por el fruto del Espíritu.
Cuando Pablo corrige a los Corintios por su modo equivocado de celebrar la eucaristía (1 Cor 11,17-34), muestra que los valores morales aquí señalados – como el respeto por los demás, sentido de justicia y compasión – no derivan en primer lugar de las convenciones sociales, y ni siquiera de las exigencias de la amistad, sino del carácter intrínseco de la comunidad cristiana como
incorporación viva del mensaje de Cristo y como comunidad dotada de la fuerza del Espíritu de Dios. Una tal comunidad, y los miembros que la constituyen, son empujados a actuar de un modo que corresponda a su verdadera identidad y a su fin. Los imperativos morales de una tal comunidad pueden coincidir en ciertos puntos con las normas de comportamiento deducidas por la razón (p.ej. el respeto por los demás), pero su plena expresión y motivación determinante provienen de una fuente inmediatamente diversa, es decir de la identidad de esta comunidad en cuanto cuerpo de Cristo.
130. Tanto para el Antiguo como para el Nuevo Testamento es esencial la pertenencia a la
comunidad. El miembro individual es instruido por la comunidad y por las tradiciones autoritativas de la misma sobre sus valores y las responsabilidades morales. En los escritos veterotestamentarios, la comunidad de la alianza, con su culto y las enseñanzas de la Torah y de su interpretación, es la fuente primaria para el justo modo de vida. Las comunidades del Nuevo Testamento fundan su conciencia moral sobre la enseñanza y la misión de Jesús, mientras se refieren de manera
significativa a las tradiciones del Antiguo Testamento y se ven a sí mismas en continuidad con el pueblo de Dios, Israel. Los valores que se destacan mediante esta formación miran en primer lugar a las relaciones interpersonales tanto dentro como fuera de la comunidad.