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DE LA CIUDAD-ESTADO A Ι-A REPÚBLICA

In document Los Romanos - R. H. Barrow (página 56-62)

24 U S VIEJAS COSTUMBRES

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no era el mismo que había justificado su autoridad extraoficial durante las Guerras Púnicas. Ahora el Senado era ineficaz y egoísta, preocupado únicamen­ te de llenarse los bolsillos con la explotación de las provincias. Pronto se abolieron los cambios consti­ tucionales, aunque quedó gran parte del aparato ju­ dicial y administrativo de Sila, que merecía con­ servarse.

En el año 62 a. c., Pompeyo regresó del Oriente, donde había ejercido el poder que el pueblo romano le había confiado especialmente. Para que su obra de organización se estableciera sobre bases durade­ ras, no necesitaba más que la ratificación de "sus actos"; pero imprudentemente (a juzgar por el cri­ terio de la época), Pompeyo había licenciado su ejér­ cito. Su obra no fue ratificada hasta que Julio César acudió en su ayuda y apremió al gobierno. Pero Cé­ sar exigió su recompensa : Pompeyo debía conseguirle un mando duradero en Galia, con el fin de continuar la consolidación de la frontera, que el propio Mario había iniciado. Nueve años permaneció Julio César en esta frontera, Francia y Bélgica fueron incorpo­ radas al Imperio y se tomaron las primeras medidas para civilizarlas. Fue ésta la obra de un general en jefe y de su ejército, no del pueblo y del Senado de Roma. ¿Quién entonces tenía derecho para dirigir el gobierno? César contestó la pregunta en su favor, como antes lo había hecho Sila; pero Sila pudo con­ tar sólo con el apoyo de una minoría, y Pompeyo, aunque la elección del mando que se le había confiado no dejaba lugar a duda, había rehusado aprovechar la oportunidad. Fue César el que se dio cuenta de que, aunque tuviera que luchar, podría vencer si con su programa de proyectos se atraía la simpatía de la mayoría.

Mientras César permaneció en Galia, el Senado había observado con alarma su creciente influencia, y había recurrido a incesantes maniobras para res­ tarle poder. Los agentes de César, los tribunos que le eran leales, sus amigos y todos aquellos que le de­ bían, o esperaban adquirir por su mediación rique­

zas o ascensos, hicieron fracasar estas maniobras. Pero el Senado había logrado al fin atraer a Pom- peyo, que ahora desempeñaba muy a gusto el papel de campeón de aquel cuerpo, y a quien éste había puesto al frente de su ejército. César comprendió lo que sucedía, y con su ejército cruzó el Rub'icón, en el norte de Italia, iniciando así la guerra civil.

En un plazo increíblemente breve, César dispersó el ejército de Pompeyo, persiguiendo parte de él hasta España, y derrotando el resto en el año 48 a. c. La "clemencia" de César asombró al mundo.

Durante cuatro años, César dirigió el Estado, y en el año 44 a. c. fue asesinado porque empezaba a eri­ girse como "rey” en la República. Del mismo modo, Cayo Graco había sido asesinado noventa años an­ tes. De la legislación de César no diremos nada, salvo que demostró que comprendía la necesidad de una nueva política en las provincias, de la ampliación de las bases del gobierno en la metrópoli y de la orga­ nización económica de Italia. Pero no creó una cons­ titución nueva, ni ninguna teoría para justificar su poder o para orientar a su sucesor; y, sobre todo, no se esforzó por ganarse la simpatía imaginativa de su época. Su sobrino e hijo adoptivo, Octavio, conocido más tarde por el nombre de Augusto, gobernó du­ rante cuarenta y cinco años.

Los problemas políticos, sociales y económicos de este último siglo son de gran interés, y entre el ma­ terial para el estudio de algunos de ellos se encuentra úna obra fascinante; las cartas de Cicerón. El pro­ blema principal, como es natural, es la debilidad del gobierno central respecto a los gobernadores pro­ vinciales, que estaban en las provincias para ejecutar los deseos del gobierno de la metrópoli. Hemos visto que el principio de compartir el poder, o colegialidad, debilitaba a los magistrados, es decir, al ejecutivo, respecto al organismo legislativo. Ahora el goberna­ dor provincial tenía imperium, o sea, la misma clase de poder que los cónsules en la metrópoli, pero no tenía colega y, por tanto, los únicos factores que res­ tringían su poder eran a) el que su cargo durase un

solo año, b) el que su vecino de la provincia contigua tuviera un poder igual, aunque esto podía ser más bien una provocación que un freno. Pero la limi­ tación que suponía la corta duración del cargo fue suprimida por el mismo pueblo, que votaba la conce­ sión de cargos de larga duración a muchos generales, los convertía en comandantes en jefe, exigía sus ser­ vicios en todas ocasiones como héroes populares, y debilitaba así la única restricción que todavía que­ daba : las leyes contra el mal gobierno y los procesa­ mientos para imponer dichas leyes. Entre las rivali­ dades de partido, el clamor del pueblo en apoyo de sus favoritos y la voracidad y la ambición de los propios gobernadores, estas leyes resultaba* de poca eficacia. He aquí dónde ha de buscarse la causa de la caída de la República. Hasta que se estableció el Imperio no se descubrió a) el medio de conseguir gobernadores leales, b) que la verdádera política ro­ mana respecto a las provincias no debía consistir en una explotación, sino en una autonomía local inspi­ rada por una lealtad romana. Hay otros problemas de gran interés, en especial la cuestión agraria —la situación de la agricultura, la despoblación del cam­ po y el desplazamiento hacia las ciudades, especial­ mente a Roma, donde un populacho ocioso exigía dádivas cada vez mayores—, la cuestión de la rehabi­ litación de los veteranos, el fracaso del soldado como campesino, y la escasez de tierras. Esta última cues­ tión afectaba profundamente a las “aliados” itálicos, y fue causa de la "Guerra de los Aliados” (véanse las páginas 41-2), pues al itálico le preocupaba poco la cuestión de votar, pero le preocupaba mucho el temor de verse desposeído para hacer sitio a un soldado li­ cenciado. Sólo la ciudadanía romana podía salvarlo. Luchó por lograrla y la consiguió. Finalmente, existía el problema del rápido aumento de la riqueza, y de la igualmente rápida decadencia de las antiguas nor­ mas de conducta pública y privada. La vida política llegó a una corrupción hasta entonces desconocida.

Los doce años que siguieron vieron el mundo di­ vidido en partes organizadas unas contra otras por

generales y partidos rivales. La contienda, que con­ sumió miles de las vidas más valiosas de la época y dejó el Occidente agotado, terminó con la batalla de Accio en el año 31 a. c., cuando Octavio al fin derrotó a Marco Antonio y Cleopatra. Por fin llegó la era de paz y de orden tan ansiada por el pueblo durante siglos. Más adelante veremos, prinlero, por qué la batalla de Accio fue una de las grandes crisis deci­ sivas en la historia; segundo, qué empleo hizo Oc­ tavio, que de aquí en adelante llamaremos Augusto, de su largo reinado.

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a) LAS NUEVAS COSTUMBRES Y LAS ANTIGUAS

¿Qué queda de las viejas costumbres en que, según dijo Ennio, estaba arraigado el Estado romano? cicerón

¿Cómo fue que las costumbres romanas perdieron su ascendiente?

Sin duda, las nuevas costumbres se debían a la in­ fluencia del pensamiento y del modo de vida de los griegos; y hay que tener en cuenta que por “griego" debemos entender no la suprema expresión del ge­ nio helénico, tal como se manifiesta en cuatro o cinco de los grandes autores de los siglos v y i v a , c., sino la cultura que se difundió por todo el Mediterráneo oriental, cultura cuya fuente principal de inspiración era la gran época de Atenas. Esta cultura se había apoderado de los aspectos menos importantes porque era incapaz de alcanzar en su emulación la altura de los momentos cumbres. Había adulterado el lenguaje, la literatura y el carácter griegos. Podían adquirirse las obras griegas y muchos las leían; pero los griegos que los romanos empezaban a tratar en su vida co­ tidiana ya no eran siempre como los atenienses del siglo v. Aunque los romanos aprovechaban las capa­ cidades artísticas y profesionales de estos nuevos griegos, en general los despreciaban por su carácter, y los despreciaban sobre todo porque no habían sa­ bido ser dignos de su pasada grandeza.

Al estudiar la relación entre dos culturas, no es posible evitar las metáforas, aunque sean peligrosas. "Influencia” significa, evidentemente, "un fluir hacia dentro". Pero lo curioso es que las nuevas ideas fueron importadas deliberadamente por la mentali­ dad romana, que se sentía atraída hacia ellas. A veces decimos de un hombre que “asimila” las ideas de otro, lo que estrictamente significaría que absorbe ideas ajenas, las convierte en algo que no es lo mismo

precisamente y las adapta a su ser, escogiendo o apro­ piándose lo que podrá asimilar e incorporándose in­ conscientemente sólo lo que su naturaleza es capaz de transformar en sustancia propia. El proceso de transformación puede ser lento ; al principio, la masa de ideas importadas puede permanecer "cruda”, y

crudus en latín significa "no digerido”; pero con el

tiempo —para cambiar de metáfora— las ideas ajenas se entrelazan en el tejido, confundiéndose con el ele­ mento original nativo, y el tejido acabado es una nueva creación.

Parte del pensamiento griego, como la especula­ ción metafísica, fue de poca utilidad para los roma­ nos ; de otras cosas se apropiaron en parte, como, por ejemplo, del aspecto práctico de las matemáticas, pero no de sus fundamentos teóricos; una gran par­ te la asimiló su robusto y práctico intelecto, modifi­ cada y transmitida en una forma propia para el uso diario de los pueblos que gobernaban. Por tanto, es importante tener cuidado cuando se empleen a este respecto términos tales como "tomar prestado”, "apro­ piarse" o “apoderarse", y guardarse de condenar al "que toma de prestado" por eso mismo. Hubiera sido más censurable no haber "tomado de prestado”; in­ currir en una deuda deliberadamente y reconocer su validez implican cierta sensibilidad, capacidad de apreciación y honradez. El concepto de "tomar de prestado”, tal vez no sea exacto, pues una idea su­ giere otra y es difícil determinar a quién atribuir el mérito. Al fin y al cabo, para la posteridad es de más utilidad "tomar de prestado” y utilizar todo lo que se pueda, dentro de una capacidad limitada, que in­ tentar en vano asimilar, sin discernimiento, un con­ junto extraño, lo que significaría la cierta y total decadencia de éste. A pesar de la solidez —o estoli­ dez— del carácter romano, el genio griego dejó su huella; a pesar de la "influencia” griega, el espíritu romano conservó su individualidad, su genio. Así la civilización grecorromana vino a ser la raíz de la civilización europea.

El punto de vista antiguo y el moderno quedan

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