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LA CIUDAD FUTURA Y EL PAIS DE LOS MUERTOS

Parece ser que la utopia social floreció en la época helenística con especial fuerza.

En el antiguo estoicismo hubo una concepción determinada de la ciudad ideal; ésta se afirmó con algunos estoicos, que se prestaron per­ sonalmente a experiencias de socialismo o de comunismo. Cundió, por otra parte, una literatura que pretendía ser etnográfica, en la cual la descripción de países lejanos y fabulosos servía de pretexto para la divulgación de una humanidad igualitaria y dichosa. Existe una rela­ ción entre estas manifestaciones intelectuales. J . Bidez indicaba re­ cientemente que lo que les daba una cierta unidad era la imaginación de una ciudad celeste, introducida en el mundo griego por los estoicos, de origen oriental1 2 * 4.

Sin embargo, conviene señalar que la utopia social, incluso en ese momento, permaneció en la línea impuesta por una larga tradición. Si M. Bidez lleva razón al recordar5 que debe haber algo más que una se­ mejanza de palabras entre los Heliopolitanos de la novela de Iámbulo y el Estado del mismo nombre que pretendió fundar Aristónico con los esclavos del reino de Pérgamo\ es interesante recordar también que la novela en cuestión se sitúa al final de toda una serie de novelas a las

1 Revue des Ésudes grecques, t. XLVI, 1933. pp. 293-310.

2 J. Bidez, «La Cité du Monde et la Cité du Soleil chez les Stolciens» (separata de

BulUtim de t'Acad. soy. de Belg., O. deslettres, etc., 3 .' serie, t. XVIII, pp. 244-291), Parb, Les Bclles-Lettres, 1932.

1 Id., ib., p. 49. Cfr. Kroll, en Pa u iy-Wissow a, ReaUnc., art. lambouios, 684. 4 Dtoo , fr. del libro XXXIV. Además de esto, no se podría decir si la novela de Iimbuios es anterior o posterior a esta tentativa: cfr. Ksou., art. citado, r, f.

que Rohdc ha dedicado un capítulo de su obra ya clásica’ . Demos un paso adelante: basta con restablecer el vínculo entre esta misma serie y las fábulas de Eliseo y de la edad de oro6 para captar, cosa que nos pa­ rece esencial, la profunda continuidad entre el mito y la utopía7.

Entre las utopías de la ¿poca helenística, ocupa un lugar especial la novela de Iámbulos; es la obra sobre la que poseemos mayor informa­ ción; fue también, al parecer, la más nueva; es cosa notable que, diri­ giéndose además a un público griego, tuviera como autor a un oriental8

—o a un Heleno que se hace pasar por oriental.

La conocemos gracias a un informe algo desordenado de Diodo- ro, II, 55-60. Ahorraremos al lector un análisis detallado de estos capítulos. Basta con saber que lo esencial de la novela residía en la descripción de islas afortunadas situadas en algún lugar no lejos del sur, bajo el Ecuador: un cierto país llamado Taprobana, o sea, Ceilán. Hay numerosos detalles de historia natural y, entre ellos, algunos muy precisos y fácilmente localizablcs; también encontramos indicaciones etnográficas que no debían ser todo invención9. En suma, una obra que pertenece, en principio, a la literatura de viajes en boga después de Alejandro10 *. Pero no se trata de un simple alibi: en realidad, el pueblo de los Hcliopolitanos vive en un país de ensueño, siendo él mismo un producto de la fantasía. Este tipo de imaginación obedece siempre a determinadas directrices. ¿Cuáles son en nuestro caso?

Se ha creído constatar que el autor había padecido influencias es­ toicas. Es sobre todo posible que el mismo nombre de la Ciudad del Sol, aplicado a este pueblo imaginario, y más aún, la religión que se le atribuye y que consiste esencialmente en la adoración de las potencias celestiales, tuvieran alguna relación con el estoicismo y con su concep­ ción del cosmos: el índice más característico que yo vería en este senti­ do —aunque no demasiado sólido— sería quizá el término ntpiéxov, que aparece en muy buen sitio en el resumen de Diodoro y que designa el cielo divino —perteneciente, por otra parte, al vocabulario del Pórti­ c o " — . Pero quien dice influjo no dice necesariamente inspiración: por una pane, los parangones que se han hecho son bastante vagos12;

’ E. Rohde, Dergriech. Román, 2 .' parte, cap. 3.

6 Cfr. P. Ca p o l e, en Arch. f. Reitgionnc.,X X V . pp. 245 so.

7 Continuidad claramente afirmada por Rohde, Psyche, trad, franc., p. 259, n. 3. 8 Sobre la nacionalidad del autor, cfr. Kroll, o. c

.

9 Modo de funerales, Diod . II, 59, 8; disposición vertical de los caracteres de la escritura.

10 Cfr. S. Susemihl. Gesch. der griech. Lilter. in der Alexandrinerxeit, 1. pp. 649 sq. La Pónchate de Evhemera, sobre la que trata precisamente Rohde en el mismo capítulo, entra perfectamente en este conjunto; y no en vano, por otra parte, la comparaba Eratós- tenes con la Méropis de Teopompo y los Hiperbóreos de Hecatea; cfr. Wilamowitz- Móllendorf, Der Giaube der Heilenen, II, p. 270.

" ARNTM, Fragm. Stoic. uet., 1, p. 33 (n .° 115).

12 Rohde (Gr. Rom., pp. 240 sq .) y otros después de él pretenden que, en el País del Sol, no se puede hablar ni de familia, ni de organización de la justicia, ni de templos,

por otra, no se trata de tópicos. Ya hemos indicado** que la comuni­ dad de las mujeres y niños, en la novela de Iámbulos, no se deriva necesariamente de los escritos de los estoicos, toda vez que puede ex­ plicarse por las enseñanzas del cinismo —y del platonismo* 11 * * 14— . En cualquier caso, aun sin alejarnos de las especulaciones contemporáneas, tenemos que tener en cuenta una tradición antigua que no es una tra­ dición dogmática.

Por ello no conviene separarnos del país y de sus habitantes: la des­ cripción del primero ocupa al menos, en el resumen de Diodoro, tanto lugar como la de los segundos. Pero ei país de los Heliopolitanos se de­ fíne ante todo como una país exótico —o sea, en ios confínes del mun­ do o, más propiamente, fuera del m undo1'. En la práctica resulta ina­ bordable: Iámbulos no pudo arribar a este, sino después de singulares y casi milagrosas aventuras; además de que apenas si vivió en el mismo, por haber sido juzgado indeseable. Este país es, no cabe duda, del mis­ mo orden que el de los Hiperbóreos, lanzado a la moda por Hecateo de Abdera desde principios del período helenístico16 17 *, y también, re­ montándonos algo más lejos1', que el país fantástico descrito por Tco- pompo **, y situado más allá del océano, entre parajes ignorados, donde tienen su residencia, por cierto, los Hiperbóreos.

ni de juegos públicos; o sea. de nada de k> que constituye propiamente el Estado helénico expresamente criticado por Zenón. Testimonio negativo: se podría decir lo mismo de algunas descripciones como la de Tcopompo, que son igualmente anteriores al estoicismo —sobre el suicido de los disminuidos físicos, véase m is adelante— . Además, por lo que a la rioXiTtía de Zenón se refiere, sobre la que sabemos hoy que se remonta a sus inicios filosóficos, lo único que se puede ver prácticamente, salvo un cosmopolitismo m is consciente —o más actual— . es que comporta otros elementos distintos a los de la tradi­ ción cínica. Descubrimos por otro lado (Purr . De Alex. fort., I, 329 B) esa comparación de la ciudad con un rebaño, que es un viejo símbolo de lo que podríamos llamar la mito­ logía política de los filósofos (cfr. A. Espinas, Les origines de ia technot., pp. 239. 284 y siguientes). Para Crisipo, cfr. E. Bréhier. Chtys., p. 33.

11 RohDE, o. c.; Kr o u. art. citado.

14 Lo que dice Iámbulos sobre este particular está tomado de lo que dice Zenón y Crisipo (Arnim. Fragm. Stoic, uet., I, p, 62, n. 269; III, P 183, n. 728), pero quizá más aún de loqu e dice Plató n, Rep., V, 462 A sq. (cfr. Dióg Laf.r, VII, 131; Rohde. o. c.,

p. 231. n. 2).

» Diod . II, 55. 3; 6.

16 F.H.G., II, p. 365. Cfr. Ro h d e. o

.

e., pp. 208 sq.; Ca p e u e, o. c.

17 Una condición favorable fue la tendencia, que se remonta a muy antiguo en la historia del pensamiento griego, a inventar constituciones ideales; para los siglos v-iv, cfr. Robín, La pernee gr., pp. 239 sq.; G . Matthieu, Idees potinques d'lsoer., p. 129.

11 Eliano, Hist. var., III, 18 - Jacoby, o. c., 115, n .° 75 c. Esta descripción forma pane de los Oaupieia, colección de Mirabiiia que figuraban en el libro VIII de las Filí­ picas de Teopompo; no cabe pensar, en efecto (véase el comentario de Jacoby, p. 365) que los Boupáeia fueran una obra particular que se habría constituido con extractos de Teopompo en la época alejandrina —lo que parece ser la opinión de Susemihl, o. e., pá­ ginas 478 y sq.; pero lo que sabemos del contenido de esta digresión considerable (en que se trataba de la doctrina de los magos, de la leyenda de Epiménides y de la de Pitá- goras) es bastante revelador de un cierto espíritu y de ciertas curiosidades del siglo iv —en realidad, de un siglo rv ya avanzado.

Si miramos desde más cerca, descubriremos notables similitudes entre Iámbulo y Teopompo —sin que se haya de concluir por ello que el primero precede al segundo— . En el país de Teopompo son los hombres el doble de altos que nosotros y viven el doble de años. En el país de Iámbulo, poseen una talla extraordinaria y viven ciento cin­ cuenta años, lo que se puede decir que constituye el doble de una vida humana19. Se sobreentiende que estos hombres no conocen la enfer­ medad, ni los unos ni los otros20. Pero tanto unos como otros tienen una manera de morir bastante particular. En Méropis, que pertenece al continente imaginario de Teopompo21, existe un lugar llamado Anos- tos regado por dos ríos, el del Dolor y el de la Alegría; a la vera de am­ bos ríos abundan los árboles; quien prueba los frutos de los unos se consume en la tristeza; los frutos de los otros tienen un efecto contrario y, cosa aún más admirable, basta con consumirlos para olvidar todo lo

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ue fue objeto de ligadura y para desandar el curso de la vida volvién- ose uno sucesivamente joven, niño, bebé, después de lo cual no queda ya sino desaparecer22 *. Volveremos después sobre este aspecto; por el momento, retengamos solamente una cieña imagen de la muer­ te. ¿Qué vemos en Iámbulo? En el país del Sol florece, al parecer, una planta especial y maravillosa22; quien ha terminado el curso normal de su existencia va a acostarse sobre esta planta y se duerme suavemente en la muerte.

Hay aquí semejanzas que no se pueden pasar por alto. No se puede discutir la existencia de una cierta afinidad general: para entender el carácter imaginativo de Iámbulo, conviene tener presente la fantasía de Teopompo.

No cabe duda de que ésta se compone de recuerdos míticos. El mis­ mo autor nos adviene en cieña manera de este rasgo en el pasaje episó­ dico en que se trata de la ciudad de los Guerreros o Máxmoi24 *. A pesar de ciertas características paniculares22, dichos guerreros evocan la «cuar­ >9 Cfr. EUANO, III, 18, 2: DlOO„ II, 56, 2 (que, si entendemos úntfáytiv toü< tír- tapaf icfotit en el sentido de «superar en cuatro codos (ios hombres de nuestro país)», su­ ministra exactamente el mismo dato); EUANO, ib,; Diod., II, 57, 4.

20 Eu ano, o

.

c

.,

§ 4 (ú-fuíc xal Svoooi); DlOD . ib. (ávóoouc). Sobre la contradicción que presenta aquí lámbulos, cfr. infia.

21 Pertenece a éste sin que podamos ver muy bien, de la mano de Eliano, cuáles son sus relaciones con las otras partes del continente; por lo demás, lo que concierne a la

Méropis es lo más mítico que se encuentra en la descripción de Teopompo: sobre el nombre propiamente dicho, véase más adelante.

22 Euano. o

.

c

..

§§ 7-8.

22 DlOD., II, 57, 5. El texto tradicional da Stvufj Potávr^; el adjetivo es bien raro, aunque se haya intentado justificarlo (RONDE, o. e., p. 230, n .° 1): la corrección Siofvf|, indicada por el mismo Rohde, ya habla sido adoptada antes de él (en la época helenística, unas colecciones de Mirobiiú, particularmente atribuidas a Otfeo, tenían por título T8tovuf|: cfr. Susemihl, o. c., 1, p. 465).

24 EUano. o

. e.,

§ 5.

n Asi, la superabundancia que se observa entre ellos en oro y p la n ; es éste además un rasgo que los emparenta con las razas legendarias.

ta raza» de la poesía hesiódica; corresponde a los héroes de leyenda, co­ mo indica el hecho significativo de su invulnerabilidad; digamos, para precisar más, que estos hombres no pueden ser heridos con el hierro; sólo pueden acabar con ellos las piedras y la madera: clara reminiscen­ cia de leyendas como la de Kaineus2*. Por otra parte, los hombres de la otra ciudad, esa ciudad de los Eúaeptü; que ofrece tan poderosas analo­ gías con la utopía de Iámbulo, mueren alegres y risueños. Es un rasgo que hallamos en Pomponio Mela a propósito de los Hiperbóreos y que este autor nos permite interpretar como el recuerdo confuso de usanzas prehistóricas; pues, entre los Hiperbóreos, se trata de un suicidio ritual —no se desconoce con la costumbre con la que está relacionada la locu­ ción proverbial de «risa sardónica** 27— . No obstante, Teopompo no menciona este suicidio como tal; pero no deja de ser curioso que Iám- bulo, por medio de una contradicción que parece no haberle molesta­ do demasiado28 *, haya hecho del mismo una ley para aquéllos de entre los Heliopolitanos que hubieran sido alcanzados por algún tipo de en­ fermedad: nueva prueba sobre las ramificaciones subterráneas por las que el relato de Iámbulo se asimila a las viejas tradiciones.

Pero, ante todo, se ha de ver la continuidad de la tradición y la per­ sistencia'de las representaciones míticas dentro de la geografía imagina­ ria que comporta este género de historias. Incluso con Iámbulo, es difí­ cil que nos engañe la localización, bastante vaga por cierto, del país de los Heliopolitanos; nos sorprendería que nos dijeran que este país, si­ tuado en el Ecuador, gozaba por ello mismo de un clima templado ” , si el propio nombre de la línea ecuatorial, ioripépivoc, no recordara un dato tradicional, el de la igualdad de los días y de las noches en el País de los Bienaventurados30. De hecho, hay pocas cosas tan probadamente míticas como todas estas preguntas mitológicas: la noción de los países situados en los confines del mundo —en cualquiera de los cuatro pun­ tos cardinales31— , países a donde sólo es posible arribar por un milagro, 28 Sobre la leyenda de Kaincus, que enterraron los Centauros bajo unos troncos de pinos con buenas piedras encima, cfr. C. Robert, Die grieeh. Heldensage, p. 10; O. Berthold, Die Unverwundbark. in Sage u. Abergl. der Gr. (Religionsgeschichtl.

Ven. u. Vorarb., Giessen, XI, 1). pp. 17 sq.

27 POMPON Mela. III, 5. Sobre las tradiciones relativas a la ejecución capital de los viejos y enfermos, cfr. Rohde. o. c., p . 330: A. Piganiol, Essai sur les orig. de Rosne, páginas 149 sq.

28 Los habitantes del País del Sol no están sometidos a la enfermedad, como se ha visto; para introducir el tema del suicidio de los enfermizos, el autor se ve obligado a pretextar el tópico de que no hay tegla sin excepción. Se ha creído encontrar en este pasaje una reminiscencia distinta de la moral estoica; peto se trata de un suicidio im­ puesto, exactamente del mismo tipo que aquél del que habla Pomponio Mela (cfr. Rohde.

o. c., p. 230, n. I, para la tradición legendaria).

20 Dtoo.. II. 36, 7 (para táxpatócarov, en. Hecateo, ap. Dkx> . II, 47, sobre los Hiperbóreos).

30 Cfr. PINO. o. e.. O, 67 sq. (y Tbr., ft. I Puech).

3t ¿as mismas representaciones se encuentran a veces desplazadas, no sólo por tazón de la distancia que pudo resultar del progreso de la geografía (para el país de las Hespé-

por ser propiamente inaccesibles H, es en realidad la noción del otro m undo}1. No intentamos aquí —me contento con remitir a Usener especialmente14— marcar el íntimo parentesco, o más bien la profunda identidad, entre las representaciones del país de los Dioses, las del país de los Muertos, las del país de los frutos maravillosos y, naturalmente, las de la edad de oro54. Ahora bien, es precisamente este tipo de ima­ ginaciones las que hallamos en una fantasía como la de Teopompo y, más allá, en una descripción como la de lámbulo56. No solamen­ te produce la misma tierra, en estas comarcas exóticas en que los hom­ bres no conocen ni la enfermedad ni la necesidad, varias cosechas al año57- **•59 y nacen frutos maravillosos como en el Jardín de las Hespéri- des, sino que además reconocemos en la descripción de la Méropism, así como un pasaje que hemos relacionado con la novela de lámbulo, la reminiscencia de ciertos detalles tópicos del País de los Muertos. Si los frutos que crecen a la vera del río de la Alegría32 * * * * * * 39 40 41 producen el olvido rides. por ejemplo, cfr. Wilamowtz. Heeukles2, II. p. 97). sino porque las regiones del espacio son en ocasiones intercambiables: es así como se situaron casi por todas parres islas de los bienaventurados y el mismo país de los Hiperbóreos, que parecería estar en el Norte, se encuentra transportado a veces al Oeste, c incluso identificado con el Jardín de las Hcspérides (cfr. Crusius. en el Lexicón de Roscher. I, 281) $q.).

32 El dato que es común a Teopompo y a (im buios —y que llega a Ifw -toótov toO xiopov, como dice el primero, su pretendida geografía se explica como un recordatorio del dato mítico que se encuentra por ejemplo, a propósito de las Hcspérides, en EUR..

Hipot., 744.

55 El mismo nombre que da Teopompo a cierta pane de la Méropis, el nombre de "Avoeto< («de donde no se vuelve»), lo designaría ya como país de los muenos. Se encuentra la misma noción en la Grecia moderna (cfr. B. SC H M ID T , Dam Voltateben der

Nenie., I, p, 2 ))).

54 Stntfluthsagen, 197 sq., 214 sq.; Rh. Mus., 1902, pp. 181 sq. El jardín de los Dioses aparece situado a veces al Norte (cfr. Dieterich, NeAyia, p. 20) o al Oeste (EurIp, Hipot., 742 y siguientes).

n Cfr. Rohde, Ptycbi, tr. fr., p. 88; p. 259. n. i .

16 El país en que (imbuios y su compañero tienen que detenerse es anunciado en estos tétminos tan característicos (Diod . II. 55. 4): Ig*tv yóp «Otoüc ti{ vijaov róSaípova xat ficutxMc ¿vOpúxout, m p' ole iMutqpítoc (qou8ai.

w Cfr. tupra, pp. 126-127.

51 Euano. o. c

..

III. 18. 4 ; Diod.. II. 57. 1 (tpoyic oütojíótow; itXsiouc tú » txavúv). Para la idea y la expresión, cfr. HesIodo. T r a b . y D . . 117 sq. Nótese en Teopompo la expresión y tu p y i» St m i n típu v oúSév aút«*t fpyov tlvai. que se puede comparar tam­ bién con la descripción del país de los bienaventurados de PlNDARO, o. II, 69. al igual que con la de un país fabuloso situado al este del mundo por un autor anónimo del si­ glo IV (traducción latina de Muller. Georg. Mm.. II. p. 514).

39 Diod . II. 56. 7; para los Hiperbóreos, sd., II, 47. 2: cfr. Hes.. Tr. y D.. 173. 40 El mismo nombre de Mfpome. que viven en esta tierra, es significativo —ya sea debido al mismo Teopompo. ya se encontrara en la tradición— . Es un nombre prehomé- tico que. en Homero, donde se emplea a menudo pero sin ser ya comprendido, se aplica a los hombres. Estaba destinado a designar nombres míticos, como el de Máxapec. A los Mipoirtc y a los Mixaptt corresponden dos héroes de leyenda. Mcrops y Macar (o Maca- reus), que no carecen de analogías, volveremos sobre este particular.

41 Encontramos aquí unos temas a la vez míticos y rituales. Plinio nos hace saber que había cerca de Cclenes una fuente KXouuv y otra fuente rtXúv (Hit!. Net., XX XI. 19) que correspondían, por su misma denominación, a los dos ríos de Teopompo. Las dos

en quienes gustan de ellos —y si nos sorprende hallar en Iámbulo la idea y la palabra XeXr)0ÓTtoí... etc íntvov xaievex&tíc— • no nos acordare­ mos solamente del cuento de los Lotófagos, que puede ser la transposi­ ción del mismo dato mítico42 *: sabemos que existe en el infierno un lu­ gar llamado Lethé (Olvido), en concreto una fuente del Olvido; que antes de penetrar en el paraíso órfico se pasa junco a una fuente (a la que da sombra un ciprés blanco), que tiene todas las probabilidades de

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