“Tebas ciudad dorada Donde los dioses callan Y estremecen los timbales
Y danzan las odaliscas Entre músicas y risas...”
Así decía el cantar de los vates populares en las noches resplan- decientes de oro y luz en la celebrada Tebas, la de las cien pilastras doradas y cien obeliscos de mármol y cobre.
Nuestros dos estudiantes llegaban de Menfis, la austera y grave matrona nacida entre la Esfinge y las Pirámides que le transmi- tieron su solemne majestad.
“Menfis, la ciudad sagrada
Donde las piedras hablan Y los dioses inmortales Con amor tienden sus alas Y van llevando a los hombres
A otra patria muy lejana.”
Amenhepat y Osarsip desmontaron a unas doscientas brazas de la magnífica Tebas para sólo sentir largo rato el deslumbra- miento que les producía la luz del sol poniente, cayendo sobre el cobre bruñido de las mil agujas doradas de pilones y obeliscos de la esplendorosa ciudad, gloria de la dinastía Thotmes.
–Yo estuve aquí cuando tenía cuatro años –dijo Osarsip, des- pués de un largo silencio de muda contemplación.
–Y yo estuve cuando habitaba el seno de mi madre –añadió Amenhepat–, lo cual significa que ni tú ni yo conocíamos a Te- bas.
– ¿Qué dices? ¿Entramos?
–A eso hemos venido –contestó el Faraón.
– ¿No temes que entre semejante lujo y esplendor, nos tomen por dos mendigos que vienen a robar para matar el hambre?
El Faraón se miró su modesto traje ya polvoriento en el camino, y miró a Osarsip igualmente empolvado.
– ¡Casi tienes razón! ¿Qué hacemos? –Volver por donde hemos venido.
–Eso es cobardía, que no está bien en mí y menos aún en ti. Entraremos por la puerta de los labriegos.
Esta idea les fue sugerida al ver allá a lo lejos, que por una balaustrada de piedra desaparecían hombres con herramientas de labranza y con grandes bolsos al hombro. Y hacia allá se en- caminaron.
–Vosotros no sois labradores –les dijo el guardián.
–En efecto –contestó Osarsip–, somos estudiantes de Menfis que deseamos gozar de nuestras vacaciones en Tebas.
–Los estudiantes entran por la puerta tercera de las galerías de Serapeum y habéis pasado por delante de ella.
–Nuestros trajes están muy polvorientos –añadió Amenhepat. –No mira eso el guardián. Id sin temor. Llamad donde dice: “Puerta de los Escribas”.
Por fin nuestros personajes, se vieron dentro de aquel paraíso encantado. Unos pajecillos negros, vestidos de mil colores pero con muy escasas ropas, fueron sus introductores.
–Queremos una posada –indicaron.
Y en el acto un pajecillo fino y ágil como un mono de la selva, les condujo por entre esfinges de mármol y obeliscos llenos de grabados, arcos, columnas y jardines interminables, que hacían de aquel inmenso espacio abierto algo semejante a un circo de vastas proporciones y sobre el cual se abrían innumerables puertas de casas de venta, de estudio, de pintura, de música, de diversiones y de comida. Algunas eran destinadas a pasar allí la noche.
Cuando nuestros viajeros encontraron lo que les acomodaba mejor, se dejaron caer exhaustos sobre divanes que apenas se le- vantaban un codo del suelo. Hubieran deseado vivamente cerrar los ojos y no abrirlos hasta el día siguiente pero no tardaron en presentarse dos jovencitas muy pintadas, y escasamente vestidas que acercándose a cada uno de ellos, les trataban de amos y les preguntaban lo que deseaban servirse.
–Buen baño, buena comida, buen lecho –contestó secamente el Faraón.
Las muchachitas salieron volando y a poco volvieron acom- pañadas de dos muchachotes fornidos que traían dos camillas blancas y perfumadas.
En ellas tendieron a los viajeros ya despojados de sus ropas polvorientas y en menos tiempo del que se tarda en describirlo, estuvieron en las piscinas de barro.
Bañarlos y vestirlos como a pequeños parvulitos y con admi- rable rapidez, todo respiraba allí comodidad, molicie y exagerada atención. Del baño pasaron al comedor, donde cada cual elegía aquello que sus ojos le hacían desear, pues todos los manjares, frutas y confituras estaban a la vista.
Cuando satisfechos en cuanto deseaban se vieron de nuevo en la alcoba dormitorio, se creyeron ya libres de intervenciones extrañas. Pero no fue así. Tebas era una matrona muy previsora y amorosa. Gustaba de hacer felices a todos cuanto llegaban a ella.
Como un enjambre de sílfides penetraron de pronto una media docena de chiquillas, no mayores de doce a catorce años, vestidas de mariposas, cuyos transparentes ropajes estaban cuajados de foquitos de luz de múltiples colores; y con flautas, tamboriles y cascabeles, armaban tan descomunal algarabía de danzas, música y risas, que los dos muchachos se quedaron estupefactos.
El joven Faraón se sentó en su diván para contemplar mejor el inesperado espectáculo. Osarsip se sentó también y sacó de su bolso de viajero el grueso álbum de sus intimidades, y haciendo
un supremo esfuerzo mental para aislarse entre el movimiento y el bullicio, comenzó a escribir:
“Si la Eterna Ley me ha puesto en un mundo de locura y de vértigo, de sinrazones e injusticias, yo debo esforzarme en ser más prudente y sensato, más sereno y tranquilo, más razonador
y más justo. Y así colaboraré con la Eterna Potencia a mantener
el necesario equilibrio de todas las fuerzas que pesan y mueven lo
que es vivo y lo que es inerte: así colaboraré a la paz y bienestar
de mis semejantes.
“La especie humana de esta tierra se diferencia muy poco de la especie animal que sólo sabe de comer, beber, dormir y procrear. A esas cuatro manifestaciones de vida queda reducida toda su
actuación. El instinto les manda, les guía, les mueve.
“Yo, con más conocimiento y más luz interior, consideraré secundarias esas cuatro manifestaciones de vida. Son accesorias, son auxiliares de la vida. La vida verdadera es otra. Es la que ama sin esperar ni pedir nada al amor. Es la que busca ponerse a tono con el pensar, sentir y obrar de los dioses tutelares de los pueblos y de los individuos.
“Es la que se niega a sí misma todo lo que está fuera de la
órbita de la razón y de la justicia. Es la que puede decir NO a lo que no debe ser, y decir SÍ a lo que está en perfecto acuerdo
con la belleza, la armonía y la serenidad de lo que es razonable,
justo y bueno. Si quiero vivir esta Verdadera vida, no seguiré el camino por donde van los que no piensan, ni razonan, ni saben quiénes son, ni de dónde vinieron, ni a dónde van.
“Si ninguno en torno mío abre ese camino, lo abriré yo aunque
deba remover montañas, aunque deba desviar el curso de los
ríos, aunque deba dar saltos formidables sobre el abismo..., ¡y
aunque deba morir despedazado!
“El que sabe que cuanto le rodea perece, es fugaz y pasajero, no prende el corazón en ello sino que busca lo que vive Siempre, lo que es bello Siempre, lo que es dulce Siempre. ¿Dónde está Eso que es siempre de la misma manera? El que lo busca con amor lo encuentra. El que lo pide lo recibe. El que sin cesar lo llama, lo encuentra que le estaba esperando en el camino.
“¡Oh, Padre y Madre Eternos!
“¡No quiero andar como los que andan a oscuras! ¡No quiero vivir en la locura y el vértigo de la sinrazón y la injusticia! Quiero vivir en el perfecto equilibrio que has marcado con fuego en mi
yo íntimo, donde veo lo que es bueno; y lo que es malo; lo justo
“¡Oh, Padre y Madre Eternos..., si me hicisteis a semejanza tuya, no quiero deformar tu divina imagen, no quiero man-
charme, no quiero afearme! ¡Que tu divina imagen en mí, viva
eternamente esplendorosa y bella, tal como la quiere tu Divina Idea!
Y se dejó absorber por el éxtasis entre los efluvios del cielo de los Amadores...
Cuando Osarsip cerró su álbum y levantó la cabeza se encontró en completa soledad.
El ruidoso enjambre de las pintadas sílfides transparentes había desaparecido y Amenhepat con ellas, sin que se hubiera percibi- do. ¡Tan absorto estaba en lo que su alma dolorida vaciaba en las páginas de su álbum de intimidades! ¡Había subido al Paraíso de los Dioses tutelares por unos momentos y de nuevo bajaba al in- fierno de este mundo de incomprensiones, de fatuidades, de loca soberbia y de míseras vanidades!
Su amargura fue tanta, que escondiendo su cabeza en los al- mohadones de su diván, lloró con el desconsuelo de un niño, que de un jardín de juegos silenciosos hubiera bajado de pronto a una pocilga de bestias. ¡Osarsip era fuerte y lloraba!
Era el Superintendente Virrey de Egipto que aplacaba al pue- blo enfurecido con una palabra afable, con una dulce promesa, y entonces ¡lloraba!...
Los que conocen estos cambios de improviso, estos descensos de los cielos de amor y de luz a los oscuros valles terrestres, com- prenderán la amargura de Osarsip y sus angustiosos sollozos que no hizo nada por evitar.
¡Estaba solo!... Completamente solo en la populosa y magnífica Tebas, donde todo era risa, danzas, música y alegres cantares. Toda aquella tremenda algarabía le llegaba como ecos lejanos que a momentos semejaban el cantar de muchas voces; el gorjeo de millares de pájaros o el silbido del viento azotando los pinares.
¡También había rumores de tempestad en su corazón! Olas to- rrentosas de rebeldía interior sentía agitarse en lo más profundo de su yo íntimo; y antes de que la borrasca se desatara abiertamente, Osarsip abrió de nuevo su álbum y volvió a escribir:
“¡Eterna Madre que cobijas con amor a los hijos tuyos a quie- nes has brindado tu rosa de oro!... ¡Acuérdate que en un suspiro tuyo me bajaste a esta tierra de las angustias de muerte hace diecisiete largos años!... ¡Apenas he comenzado mi tarea y ya me harté de esta vida!...
que las criaturas terrestres son en su gran mayoría, pequeñuelos díscolos, traviesos, desvergonzados e impúdicos que arrojan pie- dras, lodo, inmundicias al peregrino extranjero que avanza entre ellos con sus vestidos limpios y su cabeza coronada de olivo.
“¡Madre Isis!... ¡Que mis oídos no escuchen sus bacanales! ¡Que
mis ojos sean ciegos para sus festines! ¡Que no sienta el golpe de las piedras que me arrojen, ni llegue a mi corazón el dardo envenenado de sus tentaciones! ¡Madre Eterna!... ¡Que tu amor y tu paz sean mi escudo y mi coraza para toda esta vida!
Leyó y releyó esta escritura con los ojos cristalizados de llanto, y una grande y serena paz invadió su espíritu.
Con su álbum abierto, apretado al pecho, se tendió en el diván y se quedó profundamente dormido.
Cuando el sol del amanecer penetraba por un ventanal, Osarsip dejaba el lecho, encerraba el álbum en su bolso de viajero y salía del Serapeum por la Puerta de los Escribas.
Al salir preguntó al Guardia la dirección que debía tomar para encontrar el Templo.
–Si caminas una milla por esta misma vereda, te encontrarás con Luxor, que es el barrio más viejo y ruinoso que puedes en- contrar. Allí hay sacerdotes viejos como el Templo que te darán cuantas noticias quieras de lo que sucedió muchos siglos atrás, porque ellos son tan viejos que saben de dónde viene el Nilo y cuándo nació.
Le fastidió a Osarsip la burla risueña que apareció en la faz del Guardia, pero le agradeció la noticia y siguió andando.
De pronto recordó a Amenhepat y estuvo a punto de volver sus pasos atrás. Más, luego pensó:
–Porque quiso librarse de mi compañía, se alejó sin avisarme. Libre es él y libre soy yo.
Y siguió caminando tranquilamente.
La bruma de oro y amatista del sol naciente, y la fresca brisa que venía del río, reanimaron su espíritu que con el descanso del sueño tranquilo de esa noche, estaba dispuesto para una reac- ción favorable. Había silencio y soledad en la vasta ciudad de los Thotmes, porque la voluptuosa sultana del Nilo descansaba de las ruidosas orgías nocturnas.
Y Osarsip se sintió más benigno en sus juicios respecto de ella. Chicuelos vendedores de frutas, de hogazas y confituras le invi- taron a satisfacer su apetito, y a la vez le ampliaron las noticias que sobre la antigua y ruinosa Luxor le había dado el Guardia de la Puerta de los Escribas. Por ellos supo que todos los Faraones
y princesas de la dinastía Thotmes estaban allí representados en estatuas de oro, de plata, de marfil, sobre pedestales de finísimos mármoles, y en la austera penumbra de capillas encortinadas de damasco púrpura que las polillas habían convertido en finos enrejados.
También le enojó a Osarsip la atrevida burla con que hablaban los chicuelos de las cortinas del Templo de Luxor.
Un Anciano sacerdote sentado en un ancho zócalo de la gran puerta de entrada, contemplaba como en éxtasis la belleza del sol naciente, y al ver a Osarsip ante él, le señaló en silencio la espléndi- da alborada que teñía el oriente de vivos resplandores que parecían llamas de fuego abriéndose paso entre un rosal encarnado.
La sensibilidad del joven percibió la suavísima ola de devoción y de amor que brotaba de aquel Anciano y como un niño sumiso se sentó confiadamente a su lado y sin hablar palabra.
La muda contemplación del Anciano sacerdote continuó un largo rato.
–Siento que amas como yo la hermosura de Ra cuando aparece en el Oriente –dijo a media voz, como si no quisiera romper con voces agudas, la suavidad de aquel delicioso momento.
–Es verdad, buen Anciano; la amo y la admiro como creo debe amarse todo lo que es bello y bueno –contestó el joven.
–Tú no eres tebano, ¿verdad?
–No, señor. Vine ayer desde Menfis, a conocer las grandezas que se dicen de Tebas, donde estuve cuando era muy chiquitín.
– ¡Y dejas los esplendores para venir a las ruinas! ¡Ya veo, ya veo que eres un jovenzuelo de cuerpo, con el alma vieja..., muy vieja!
– ¡Puede ser!... Amo la sabiduría de los Ancianos. Me entusias- ma saber de los tiempos pasados y soñar con un porvenir mejor que el presente.
– ¿Te enoja el presente?
– ¡Mucho!... Hasta el punto que algunas veces quiero huir de esta vida. Y sé que debo aceptar y vivir esta vida.
–Te es áspera y pesada la vida, a causa de que en ella no en- cuentras las satisfacciones que deseas. Y además chocan contra ti todas las formas de vivir, de pensar y de sentir que ves en todo el mundo que te rodea. ¿No es así?
–La Sabiduría habla por tu boca, buen Anciano, y siento en este momento que los dioses tutelares me han traído a este viejo Luxor como se lleva a un niño de la mano hacia su patria y su hogar.
la Sinceridad y la Fe en el Supremo Ideal, que sólo conocemos y seguimos los que somos muy Ancianos de espíritu, venidos acaso de otros mundos de evolución avanzada y de radiante claridad, por lo cual las nebulosas, las sombras y oscuridades del plano terrestre nos llenan el corazón de amargura.
–Y ahora, hijo mío, permite que te llame así, es conveniente que tú y yo sepamos: ¿quiénes somos, qué buscamos, qué sabemos y qué nos falta por saber? El divino Ra que se levanta en Oriente será testigo de nuestras confidencias.
–Tú mandas, noble Anciano, y yo escucho y obedezco –con- testóle Osarsip.
–Bien, óyeme pues, que algo hay en mí que me manda a decirte cuanto vas a oír. Yo soy Neferkeré de Sais y recibí la educación pri- mera en el gran Templo de On, que hoy está tan ruinoso y olvidado como éste, porque la soberbia y vanidad de los potentados es la misma en todas partes y en todos los tiempos. Cada gran Faraón quiere crear su gloriosa inmortalidad, no por sus buenas obras y elevado sentir, sino por las grandezas que el oro acumulado y los esclavos comprados, le permiten hacer. Y así surgen entre nues- tros desiertos, monumentos y templos que sólo nos hablan en sus mármoles milenarios de la grandeza y gloria de su hacedor. Y los pueblos inconscientes y perpetuamente niños, van aceptando lo nuevo y dejando en olvido las obras y creaciones que en otra hora lejana, otro gran señor, hizo y creó para satisfacción de su orgullo y para perpetuar su grandeza y su recuerdo en las edades futuras. No quieren ser olvidados, pero ellos cubren con ceniza de muerte y de olvido lo que fue grande antes de ellos.
“Para no morir de hambre en el olvidado Templo de On, fuimos trasladados a Tanis y de allí a este de Luxor, que como ves sufre hoy el olvido y la muerte de todo cuanto es materia en esta Tierra. Pero como ahora soy tan viejo, y noventa y seis años pasaron sobre mí, ya no me voy a ninguna parte y aquí espero mi hora final.
“Bendigo al Eterno Invisible porque quiso ponerte en mi camino para tener yo un heredero a quien dejar como rica herencia todo el caudal de conocimientos que mi larga vida me ha permitido acumular”.
Los ojos del Anciano se llenaron de lágrimas y ahogó un so- llozo en su garganta. Osarsip se apercibió de ello y conmovido profundamente, cayó de hinojos a sus pies y besándole las manos temblorosas y enflaquecidas, le decía:
–No llores, padre bueno, porque yo seré tu hijo y te llevaré a mi lado para llenar de dicha tus días postreros.
–No, hijo mío, déjame morir aquí. Soy un musgo pegado a estas piedras, a estas bóvedas silenciosas, a estas oscuras criptas llenas de recuerdos, de ecos, de himnos que sólo yo escucho en la pavorosa soledad de mis días y de mis noches... –gruesas lá- grimas corrían por el rostro rugoso del Anciano, y Osarsip sentía acabarse su resistencia de aguantar aquella tremenda irradiación de dolor.
–Padre bueno –le dijo con la voz que temblaba–, no aguanto más el dolor de verte así padecer. Déjame conducirte a mi casa de Menfis, donde una madre amorosa será otra hija para ti que cuidará de tus años postreros y hará dichosos tus últimos días.
–Descansa, descansa, que ya no te haré sufrir más. He de confiarte muchas cosas y tú has de prometerme que todo cuanto recibas de mí lo utilizarás en beneficio de nuestros semejantes que lo ignoran todo y lo pisotean y destruyen todo. Y es por eso que la Ley tiene ya designados los que serán en el futuro distribuidores de su sabiduría, concedida a toda la humanidad aun cuando ella no quiere saber nada que no sea la absoluta satisfacción de sus sentidos. Déjame manifestarte lo que fui, lo que soy y lo que seré. ¿Has oído por ventura hablar de un Faraón que fue llamado el “Santo hacedor de santos”?
–Sí, Anek, el apóstol del Dios Único, Eterno Viviente y Eterno Invisible. Mi madre desciende por línea materna de discípulos de ese Faraón, maestro de la Verdad.
El Anciano levantó al cielo los brazos y los cansados ojos en muda exclamación de amorosa devoción...
–Mi viejo corazón no se había equivocado contigo. Tú eres y serás el que destina la Ley para cumplir sus eternas voluntades. ¡Oh, Divino Ra!... ¡Brilla jubiloso sobre esta tierra donde vive el