• No se han encontrado resultados

EL SUPERINTENDENTE VIRREY

In document moises.pdf (página 103-115)

El Gobernador del castillo del Lago Merik había encontrado el medio de estar al tanto de la hora y día en que más o menos podían esperar o no esperar al hijo que se había internado en el Templo. El Anciano Amonthep en su paternal solicitud para la Princesa Real pudo averiguar que el jovencito no sería retenido en el Templo en atención a su amante madre, ya tan hondamente sacrificada en su más íntimo sentimiento.

Y de esta manera entre el Anciano Maestro y el joven Goberna- dor tenían todo dispuesto para recibirle en tal forma que dejara en dulce y amorosa tranquilidad el corazón de su madre.

Desde que ella le despidió aquella tarde, se había recluido en su habitación y descorrida la cortina de púrpura que cubría el lienzo de la imagen de Isis con el velo levantado y ofreciéndole la rosa de oro de la Luz Divina, estuvo contemplando la bella imagen, representación de aquella otra impalpable y etérea que la había hablado palabras sin sonido en un día de angustias, y le había dicho: “Soy la Madre Eterna de todas las madres de los misioneros divinos venidos a esta tierra”.

Dulces lágrimas corrían de sus ojos mientras sus labios mur- muraban así:

– ¡Madre Isis! ¡Cúmpleme tu palabra y devuélveme mi hijo esta misma noche! –Y confiada y serena, oraba y esperaba.

En el gran silencio que reinaba en el viejo castillo, muchos pensamientos velaban.

Como un cometa fugitivo había corrido la noticia extraordinaria y nunca vista ni oída: –Osarsip ha sido llamado por el Pontífice y fue conducido al Templo de Isis en Menfis. –Todo el personal igno- raba en absoluto los motivos de tan inusitado acontecimiento.

La reclusión de la Princesa Real era interpretada como un triste augurio de algo funesto referente al joven.

Y ese susurro inquieto que es como un secreto a voces corría por los corredores, pasillos y patios formando un ambiente de inquie- tud y de alarma en todos los habitantes de la suntuosa mansión. Aarón y Hur pensativos y silenciosos no encontraban sitio que les acomodara para sus expansiones habituales. Los tres Maestros encerrados en su pabellón anexo al Templo-Aula, no se dejaban ver.

Las siluetas de los guardias silenciosos se percibían como inmó- viles sombras a la luz mortecina de la luna que bajaba lentamente del cenit a mirarse en el terso espejo del lago, dormido también, como las gacelas, los ciervos, las garzas y las tórtolas.

La noche fue avanzando y Osarsip no volvía.

El gong de cobre resonó en la galería del comedor llamando a la cena y todos acudieron al llamado, el Gobernador como siempre presidía la comida, la Ama Jacobed, la Azafata Enabi con todas las doncellas, Aarón, Hur y el Jefe de los Guardias.

En la mesa de los tres estudiantes había un lugar vacío. En la mesa central, ocupada de ordinario por la Princesa Real, el Go- bernador, el Jefe de Guardias y los tres Sacerdotes Maestros, sólo estaban el Gobernador y el Jefe de Guardias; había pues cuatro lugares vacíos.

La comida por demás silenciosa fue un exponente de secretas alarmas aunque no ocurrió incidente ninguno.

Y en todas las mentes aleteaba silencioso también este único pensamiento: “La presencia de Osarsip llenaba toda esta casa. Su ausencia la torna vacía”. Y los que ignoraban el secreto misterio de esa grande vida humana se preguntaban sin hablar: “¿Quién es en verdad ese jovencito alrededor del cual diríase que gira, palpita y vive cuanto es vida, luz y alegría en este castillo?”

A la hora segunda de la noche el toque de queda hizo más hon- do el silencio y todas las luminarias fueron apagadas. Pero en las habitaciones de la Princesa Real resplandecía luz aunque muy velada a causa de las cortinas corridas.

La luna se escondía a momentos entre encrespadas nubes color de perla y el lejano resplandor de las estrellas apenas permitía percibir como negros bultos silenciosos, las estatuas, los obeliscos, las esfinges y los guardias. Todo callaba y dormía, cuando muy a lo lejos, el oído atento de Thimetis asomada a su balcón, percibió el choque de unos remos en el agua del canal.

Lo había percibido Amram, que paseaba por la terraza delantera del castillo mientras veía también como un retazo de luz la blanca toca de la Princesa inmóvil tras de sus rejas.

Y el Anciano Amonthep con Ohad y Carmi, escuchaban sin ha- blar, ocultos en la sombra de la torre del Templo, el acompasado castigar de los remos sobre el agua del canal.

La inquietud general apresó también el ánimo de Aarón y de Hur, y sin darse aviso uno al otro, se encontraron en aquel banco sombreado de palmeras donde tuvo lugar tiempo atrás la ilumi- nación de Osarsip.

También ellos escuchaban y esperaban como si un secreto avi- so corriera de una mente a otra llevándoles la misma esperanza: “Osarsip vendrá esta noche”. Una poderosa corriente de pensa- miento venía desde el gran Templo de Menfis, enviada por los dos grandes sensitivos, el Inquisidor y el Penitenciario que percibían la dolorosa inquietud de los habitantes del castillo.

Una llamada de las más altas autoridades en aquel tiempo, significaba a veces una desaparición inexplicada, la reclusión perpetua o la muerte, que todo venía a ser igual.

La Princesa Real y los tres maestros eran los más inquietos y apesadumbrados porque sólo ellos conocían las rebeldías internas, íntimas, del joven que iba ante el Tribunal conceptuado como el más rígido y severo de aquel tiempo. Y aunque ellos conocían el grande amor del Pontífice y sus Hierofantes al hijo de Thimetis, temían que Osarsip, incapaz de fingimiento ni simulación, se manifestara en completo desacuerdo con las escabrosidades de la política engañosa de todos los tiempos y de casi todos los manda- tarios. Y en tal caso –pensaban–, el Consejo resolverá darle por incapaz del desempeño de las altas funciones que le asignan; y lo hará así para salvarle de otras mil terribles consecuencias que podrían sobrevenir.

Aquellos dos sensitivos del Consejo tenían un extraordinario cultivo de la fuerza mental, y con ella realizaban un secreto apos- tolado de justicia, de bien y de ayuda mutua.

Por eso todos esperaban.

Y cuando la góndola del Templo ancló en el muelle, varias antorchas alumbraron el desembarco de Osarsip que cubierto con la gran capa blanca de los Hierofantes, aparecía de mayor estatura.

La sencillez de Aarón fue la primera en romper el silencio: – ¡Cuánto creciste en una noche, Osarsip!...

El abrazo de la Princesa Real a su hijo, cortó los asombros de Aarón y de todos.

Osarsip volvía con mayor estatura según la apariencia y también con más gravedad en su continente y mayores preocupaciones y responsabilidades.

A pesar de haber adquirido gran dominio de sus sentimientos íntimos, no pudo ocultar por completo la emoción que le causó el ver que acompañaban a su madre, en la ansiosa espera, no sólo al Gobernador del castillo sino a sus maestros y a sus jóvenes compañeros de Aula.

suave resplandor rosado apenas perceptible se diseñaba detrás de la Cordillera del Revenzora confundiéndose con las húmedas nieblas de las aguas cenagosas del Delta.

Estaba ya cercano el amanecer.

–El crepúsculo vespertino te vio salir de aquí, hijo mío, y las rosas del amanecer te dan la bienvenida –le dijo la Princesa cuando todos echaron a andar subiendo la espaciosa rampa que llegaba hasta los muros del castillo.

–Más aún que las rosas del amanecer, todo vuestro amor aquí reunido, fortalece mi esperanza en los días futuros –fue la res- puesta del joven a las dulces palabras de su madre.

Aarón y Hur fueron admitidos en el Consejo familiar que se realizó allí mismo.

El Jefe de Guardias, casado en segundas nupcias con Jacobed desde dos años atrás, y Enabi hermana del segundo Jefe de Guar- dias, asistían también a aquella recepción de bienvenida con que el castillo del Lago Merik recibía a aquel jovencito Osarsip que había de llegar un día a asombrar al mundo con su extraordinaria grandeza espiritual y moral como Legislador y Guía de la Huma- nidad Terrestre.

Tres días después los heraldos reales anunciaban a todo el país la coronación de Amenhepat, hijo primogénito de la reina Gala de Siracusa y del Faraón Ramsés I que vivía en la inmortalidad de Osiris.

Y como tal acontecimiento, la Regente y su Consejo sabían bien que sería mal recibido por la gran mayoría del pueblo, el anuncio de los heraldos tenía un hábil añadido: “Conjuntamente con la coronación del joven Faraón, será exaltado al alto puesto de Superintendente-Virrey, Osarsip de Menfis, hijo adoptivo de la Princesa Real Av Isis Thimetis”.

El nombre tan amado del pueblo egipcio: Thimetis, hija de la Reina Epuvia Ahisa; el nombre de Osarsip, su hijo, que a tantos condenados a muerte había salvado en las tremendas subleva- ciones pasadas, eran mucho más que una coraza para la Regente y su hijo; eran un fortísimo pararrayos en que se desvanecerían como espuma todas las furias populares.

Pero la Princesa Real y su hijo serían los inmolados, los sacri- ficados por la salvación de millares y millares de seres.

La experiencia de todos los tiempos nos dice en el lenguaje de las realidades más dolorosas, que todos los Salvadores salen al final crucificados.

pensamiento: “El sacrificio por un ideal de liberación humana es la suprema consagración del amor”.

* * *

¿Cómo sucedió el prodigio de que Osarsip tan enamorado de la soledad, el silencio y el estudio, se resolviera aceptar aquel nom- bramiento que le arrojaba de improviso en medio de la vorágine que es la vida pública de Jefe y Mandatario en todos los tiempos? Estoy seguro que mis lectores hacen esta pregunta.

“Soy como un pájaro arrancado al nido y arrojado a la tempestad –escribía Osarsip en su álbum de intimidades–.

“Soy como un cordero arrebatado a su madre y a su redil y arrojado sin piedad a una oscura selva poblada de fieras.

“Soy como un pedrusco arrancado a pico de una cantera y echado a rodar por las pendientes llenas de precipicios...“¿Quién me salva- rá de ellos, antes de que haya podido ser yo salvador de otros?”

Abrumado por tan sombríos pensamientos, Osarsip, solitario en su alcoba, dejó a un lado el tizón de escribir y apoyó su cabeza cansada en el respaldo del sillón.

Había pasado noche de insomnio y sin querer se quedó dor- mido. Osarsip en unión del Consejo habían celebrado comunión de almas con las blancas hostias de flor de harina y el vino sa- grado. Era un inviolable juramento, de unificación perfecta en el pensamiento, en el amor y en las obras, y ninguno de ellos lo quebrantaría jamás.

Pthamer el Anciano Pontífice y todos los Hierofantes del Con- sejo seguían a Osarsip con el pensamiento fijo de que fuera él un perfecto instrumento de los designios divinos, en esa hora de la humanidad como lo había sido en épocas anteriores.

Una Inteligencia Superior de la llamada Legión Siriana se presentó a la siguiente noche de haber regresado la góndola del Templo que llevó al jovencito hacia el Castillo del Lago Merik.

En una cripta del Templo de Menfis, se hallaba reunido el Consejo deliberando sobre los grandes acontecimientos que se desarrollarían envolviendo en ellos a Osarsip que ni lo buscó ni lo deseó jamás. La preocupación de los Ancianos se intensificaba más y más con los avisos que les llegaban a diario de la Corte y del pueblo.

El firme antagonismo entre el gobierno y el pueblo hacía por demás difícil la situación para Osarsip, inexperto e incapaz de simulaciones ni engaños de ninguna especie.

Lo conocían muy bien.

Osarsip era un espejo dispuesto siempre a reflejar una sola figura: la verdad, aunque fuera en contra de él mismo.

–Oremos al Dios Único, Eterno Invisible –dijo el Pontífice–, para que nuestro hermano tenga a su disposición toda la fuerza espiritual necesaria para cumplir la Divina Voluntad.

Y aquellos diez Ancianos cubiertos con sus grandes capas blancas, se quitaron el tocado púrpura que les cubría la desnuda cabeza y entraron en el gran silencio de la unión con la Divini- dad.

En aquel recinto, cerrado a todo otro ser que no fueran ellos mismos, no había imagen ninguna sino tan solo dos grandes cirios de cera virgen, a un lado y otro de un pilón de mármol blanco re- bosante de agua cristalina. Sobre sus bordes había diez pequeños pebeteros de plata con ascuas encendidas donde cada uno arrojaba tres bolillas de incienso puro de Arabia.

Al pie del pilón podía verse una gran tinaja de barro cocido y reluciente llena de tierra en la que una hermosa mata de lotos hacía brillar la blancura de sus flores inmaculadas.

En jeroglíficos grabados en oro en una lámina de mármol ne- gro incrustada en el muro frontal a mayor altura que los cirios se veían estas frases:

“Agua, Fuego, Luz y Tierra, todo es Dios sobre este mundo”. A poco de comenzar la concentración mental, el Pontífice tiró de un cordón de seda que pendía sobre su cabeza, y muy a lo lejos se sintió la melodía de liras que vibraban suavísimamente.

Desde el alto Coro de la Orquesta sagrada del Templo, los Pastóforos músicos acompañaban la oración de los Hierofantes reunidos en la llamada “Cripta de la Muerte”.

Tal nombre se debía a que los consagrados a la vida espiritual superior, tenían la idea de que para llegar el alma encarnada a una verdadera unión con los mundos o planos espirituales elevados, era necesario morir a todas las ruindades, bajezas y miserias en que viven ordinariamente la gran mayoría de los seres de esta Tierra. Según ellos, eran cinco los grandes pecados o manchas o llagas que impedían al alma encarnada la unión verdadera con la Divinidad:

La Avaricia - La Lujuria - La Envidia - La Ira - La Hipocresía.

Le llamaban la Estrella Negra. Tenía también cinco rayos como la Estrella de la Luz Divina, pero era muy negra y traía consigo el penoso adormecimiento del alma en las tinieblas por largísimo tiempo.

Tales eran los conceptos sostenidos por los maestros de almas del Egipto milenario.

Hecha esta explicación que he creído necesaria, acompañemos también, lector amigo, la concentración de los Hierofantes, al amparo de la Luz Eterna que a través de largos milenios de años nos permite mirar por un resquicio el secreto escenario.

La luminosa Inteligencia de la Legión Siriana llamada “Aelohin” -Ola de Energía Divina-, se presentó a los Hierofantes, entre las suaves melodías de la música sagrada, las espirales de incienso, los efluvios del agua vitalizada de amor y de fe, y el aroma incon- fundible de los lotos del Nilo.

Para hermanarse más con ellos por la semejanza, sin duda, la aparición celestial estaba cubierta de capa blanca transparente y luminosa como si estuviera tejida con resplandores de las múl- tiples lunas de la Constelación de Sirio. Aelohin no llevaba el tocado de púrpura ni tenía la cabeza desnuda, sino revestida de abundante cabellera, blanca también como su capa y como la luz que envolvía toda su figura.

“No lloréis por Osarsip –les dijo con la voz sin ruido con que hablan las Inteligencias desencarnadas–.

“Él será un triunfador.

“Será el gran sacrificado de la hora presente; pero de su ho- locausto de toda una larga vida, surgirá de nuevo la senda de la Verdad, de la Justicia y del Amor para esta humanidad hasta

la hora final.

“De entre sus hermanos sirianos, fui designado para Auxiliar inmediato y permanente de Osarsip en esta jornada terrestre.

“Sed vosotros auxiliares míos en su ayuda y defensa.

“Prometedme tocando vuestras manos el agua de la fuente”

Los diez Ancianos sumergieron la diestra en el agua bendecida por el amor y la fe de aquellos seres entregados durante años de vida austera, al servicio de Dios y de la Humanidad terrestre en medio de la cual vivían. La impalpable y etérea visión, sumergió también su mano, retazo de luz en el agua del pilón, que dibujó arabescos como filigrana de diamantes y todo desapareció en el silencio y la penumbra de la cripta.

Cuando tres días después los heraldos reales anunciaban a Egipto y los países vecinos y amigos que tendría un nuevo Fa- raón respaldado por el hijo de la Princesa Real Thimetis, hija de Epuvia Ahisa, el Consejo del Templo unido a la Princesa Real y a todos los habitantes del castillo del Lago Merik había tomado todas las medidas que creyó necesarias y prudentes para secundar

la actuación de Osarsip a la altura a que lo habían subido sin él buscarlo ni pedirlo.

Mientras esto ocurría en el profundo secreto de la Cripta de la Muerte, Osarsip velaba en su alcoba particular y escribía sus tristes y desolados pensamientos en el álbum de sus intimidades, tan secretas y silenciosa como todo lo que acabamos de ver entre los Hierofantes del gran Templo de Menfis.

La celestial aparición de Aelohin a los Ancianos reunidos, la había presenciado Osarsip durante el sueño, y al despertarse y recordarla, sintió una conmoción profunda que le hizo llorar lá- grimas de consuelo y esperanza.

Era fuerte, pero cuando nadie podía verle daba libre curso a su llanto.

También el Nilo, fuerte, grande y sereno, tenía torrentes y al- gunas veces se desbordaba inundando la llanura.

* * *

Diez días después se celebraba en Menfis la coronación del joven Faraón Amenhepat y conjuntamente la proclamación del Superintendente Virrey el príncipe Osarsip, hijo de la Princesa Real Av Isis Thimetis. Ella, con su Consejo que era el Ministerio de Beneficencia Pública, se había encargado de dotar a la población humilde de la gran capital, de todo lo necesario para que pudiera presentarse dignamente en tan grandiosa solemnidad.

Mis lectores deben saber que el pueblo obrero de Egipto, en aquel tiempo, no llevaba vestidos sobre el cuerpo, sino un escaso refajo de tela burda ajustado a la cintura por un cinturón de cuero, o sea lo indispensable para cubrir la desnudez de los hombres. Mientras que las mujeres se envolvían en un trozo de lienzo grueso que les cubría desde los hombros hasta la rodilla y lo apretaban a la cintura con un cordón de cáñamo.

Ya puede figurarse el lector, el júbilo del pueblo de ambos sexos con el don maravilloso que el Ministerio de Beneficencia les hacía en honra y gloria del soberano que ascendía al trono de sus mayores.

Y los vivas a la Princesa Real resonaban por calles y plazas causando serios rasguños al corazón de la Regente, tan poco sim- pática al pueblo. Y ésta en la soledad y secreto de su habitación, desahogaba sus contenidas furias prometiéndose tomar muy justas represalias cuando Amenhepat empuñara el cetro que le hacía Rey- Dios sobre su pueblo. En Sicilia, su país natal, se habían extendido

secretamente las Ciencias Ocultas, nombre con el cual se encubría

In document moises.pdf (página 103-115)