Apenas llegado Osarsip a su posada en Tebas, aseguró las dos arcas con los papiros, dejó a Numbik al cuidado de ellas, y se lanzó a la búsqueda de Amenhepat del cual estuvo separado durante cinco días. ¿Que había sido de él?
Indagó a todos los criados y porteros de la posada y al Guardia de la Puerta de los Escribas, y éste le informó que lo vio salir con un grupo de sílfides danzarinas el día de su llegada y no le vio regresar.
A base de tomar innumerables informaciones llegó a orientarse regularmente en aquel inconmensurable laberinto establecido con riguroso esmero, a fin de hacer posible el orden en tan complicado escenario como resultaba la populosa ciudad, con las mil y mil actividades a que vivían entregados sus habitantes.
Los músicos, danzarinas, cantantes y toda la numerosa legión de gentes dedicadas a divertir al pueblo, tenían una puerta especial de entrada y salida de la ciudad. Y Osarsip fue informado de que
acaso allí podría obtener noticias del amigo que siguió al grupo de danzarinas que prestaban servicio en la posada.
En efecto, el Guardia de aquella puerta confirmó haber visto entrar un joven vestido con traje estudiantil el día y la hora que Osarsip indicaba. Un pajecillo grácil y ligero como si fuera movido por un resorte y sólo vestido con una faldita plisada azul y roja, se encargó de guiarle hasta un pórtico encortinado de azules colga- duras y donde se percibían intensos perfumes. Todo allí respiraba molicie, fatuidad, halagos, satisfacción.
Para Osarsip que había pasado cinco días con un sacerdote octogenario en las criptas de un templo olvidado entre las ruinas de Luxor, el contraste no podía ser mayor.
Su alma se condolió profundamente al imaginar lo que habría sido del joven Faraón abandonado a sus solas fuerzas en aquel lugar.
Se culpaba a sí mismo por haberle descuidado tan completa- mente. De pronto y al correr un grueso cortinado le vio aparecer vestido como un Apolo griego, con un sol dorado ceñido a la frente, una brevísima túnica amarilla oro con flecos de campanillas, que formaban armoniosa algarabía de sonidos a cada paso que daba. Era todo él, un resplandor vivo de oro bruñido, de la cabeza a los pies.
Una alegre carcajada se escapó de él cuando vio a Osarsip tan austero en su traje estudiantil, y su faz dolorida aún por la muerte del gran amigo que había llenado de grandeza sus días en Luxor.
– ¡Osarsip!... –le dijo abrazándole afectuosamente–. ¡Qué poca suerte has tenido! Estás peor aún que cuando vinimos. En cambio yo... ¡Ya lo ves! He ascendido muchos escalones de un salto, y he llegado a ser el divino Apolo que recibe el homenaje de las Musas cuando me rodean pidiéndome favor y gracia. ¿No me tienes envidia?
Osarsip hizo un supremo esfuerzo sobre sí mismo, para no de- mostrar el desagrado y el asco que le causaba ver al soberano del poderoso país del Nilo convertido en un payaso infeliz y dichoso de haber llegado a tan ruin y despreciable situación.
Se acercó a él y le dijo al oído:
–Acuérdate que eres el Soberano de Egipto y que te expones a un tremendo castigo de los dioses porque profanas tu dignidad y pisoteas a la patria.
– ¡Por favor, Osarsip! ¡Toda mi vida estuve encadenado! ¡Dé- jame hacer todas las locuras imaginables hasta que llegue el día de volver a Menfis!...
“¡Vete, vete!... Ya sabes dónde estoy. Nadie sabe aquí lo que soy. No padezcas por mí, Osarsip, que yo soy completamente feliz entre este loco mundo que me rodea. Estoy curado de mis amores a hurtadillas, porque aquí me hartaron de amor a pleno sol y a pleno día. Cuando vuelva a Menfis, ya lo verás, seré el Faraón más grave y solemne que haya tenido Egipto, desde que el Nilo corre en sus playas.
–Eres libre absolutamente libre de obrar como quieras, pero me permito recordarte que eres jefe de un numeroso pueblo que vive pendiente de ti y lo espera todo de ti.
“¡Por favor, Amenhepat!... ¡No defraudes las esperanzas de tu pueblo y no defraudes la esperanza mía que he llegado a quererte como un hermano!
Osarsip pronunció estas palabras con el alma asomando a sus ojos y el corazón palpitando en ellas, y sin esperar respuesta dio media vuelta y salió del recinto, que no estaba a tono con la austera gravedad en que había vivido desde su primera infancia.
Amenhepat se quedó plantado en aquel sitio como si una ex- traña fuerza lo hubiera paralizado.
–Este Osarsip –pensó–, tiene cosas capaces de hacer saltar a una momia. A veces pienso que es un loco y otras que es un sabio. Y me quiere bien; eso es fuera de duda.
Un sujeto clarividente hubiera visto la irradiación de Osarsip como una nube dorada y fresca que envolvía al joven Faraón hasta cubrirlo por completo de la cabeza a los pies. Quería olvidarlo para sumirse nuevamente en el medio ambiente de alegre locura en que pasó todos esos días, y no podía conseguir borrar su recuerdo. Se tiró sobre un diván y a poco se quedó dormido. Y su espíritu des- prendido de la materia, se mantuvo perplejo unos momentos. El pensamiento fuerte y tenaz de Osarsip le atraía hacia él, y formaba lucha con los pensamientos inquietos, aviesos y algunos ruines del elemento frívolo y alocado que le rodeaba.
Su indecisión era bien marcada. Pero hubo una circunstancia especial que inclinó la balanza. Vio que una de las danzarinas le había reconocido en su verdadera personalidad, porque era hija de una antigua dama del cortejo de su madre, que la apartó de su lado por haber descubierto en ella ambiciones desmedidas de interés y de lucro. Y la muchacha comenzaba a divulgar su descubrimiento entre sus íntimos, en los cuales nacía a su vez, la mala idea de sacar provecho del personaje que se ocultaba con la modesta indumentaria de un joven estudiante en vaca- ciones. Amenhepat, en espíritu, veía su peligrosa situación, pues
comprendió que hasta se planeaba un secuestro para exigir un fuerte rescate.
Y vio el pensamiento de Osarsip que, como un hilo de acero y de fuego, le llegaba desde la posada en el austero pabellón del Patio de los Escribas. Su cuerpo dormido saltó del diván y corrió como un loco hacia la sala guardarropa donde dejó su traje de estudiante el día de su llegada. Encontró que le habían sustraído una letra de cambio que debía hacer efectiva con un banquero de Tebas y un bolsillo de seda con los últimos anillos de oro que le quedaban para pagar los gastos hechos en esos días.
(*La moneda usada entonces por las gentes de fortuna, eran anillos de oro o plata de una medida especial).
Y entonces pensó en Osarsip y en que sólo de él podía esperar salvación.
Con vacilantes pasos caminaba hacia la sala Administración sin saber cómo salir del paso, pues le habían robado y no podía cubrir el gasto exagerado que había hecho.
Su asombro llegó al estupor cuando encontró a Osarsip que le esperaba allí. Se abrazó de él como un chiquillo asustado, o como un náufrago que ve a su alcance un madero flotante en la corriente.
– ¿Has venido por mí? –le preguntó ansioso.
–Justamente, Amenhepat; he venido por ti. Me vino de pronto el pensamiento de que si tú eres el Faraón, yo soy tu Superin- tendente Virrey, y que es mi deber sacarte del antro de placer y locuras en que te has sumido, creyendo, quizá, que esas pintadas mariposas buscan tan solo tu sonrisa y tus miradas. Pensé que podías ser robado y acaso reconocido en lo que eres y así ponerte en situaciones que de hacerse públicas, quedaría en muy mal lugar el Faraón de Egipto. O sales de aquí ahora mismo conmigo, o yo dejo de ser lo que tú has querido que sea a tu lado.
“No puedo ser tu segundo con honra, si tú no sabes ser el primero con la dignidad y honor que corresponde a lo que eres. ¡Vamos!
Y lo tomó del brazo como a un chicuelo que no sabe lo que hace.
Amenhepat se dejó llevar sin decir una palabra. Nadie apareció a estorbarles el paso, quizá porque a esa hora de la mañana todos dormían o porque la fuerza espiritual del gran hijo de la Princesa Thimetis, anulaba los elementos negativos que siempre están alerta para impedir el avance de los buscadores de la Verdad y la Justicia.
Al encargado de las caballerizas pidió sus caballos, y sin dar razón de lo que hacía, salieron de la ciudad al camino de regreso. Pero antes de emprender la marcha se sentaron sobre una esfinge a la sombra de las palmeras.
– ¿Adónde vamos? –preguntó Amenhepat, que anonadado en absoluto por lo ocurrido parecía haber perdido la voluntad de disponer de su propia persona.
–A donde no haya peligro para ti, Amenhepat. Parecería in- creíble que las más vulgares cosas de la vida tuvieran tal poder para trastornar el juicio de un gobernante de pueblos. ¿No has pensado que yo soy responsable hasta cierto punto, de ti y de todo lo que te concierne?
–En verdad, comprendo que he obrado como un chicuelo alo- cado; pero no me tomes rencor, Osarsip, y sigue a mi lado, que, aunque a veces me parece que te odio, juro por los dioses que estoy convencido de que sólo en ti puedo tener plena confianza.
“¿Qué hay en ti, dime, que a pesar de reconocer que vas por un camino contrario al mío, sé de cierto que jamás harás nada que pueda hacerme daño ni en un cabello de mi cabeza?
–Lo que para ti es enigmático, para mí es muy claro. En tu fuero interno sabes que amo el deber como lo más grande y fuer- te que hay en el alma humana. Y como el deber de todo hombre bien nacido es no defraudar la confianza depositada en él, estás así bien seguro de que todo cuanto yo haga en relación contigo es para tu bien.
–Es verdad, es verdad; y además... ¿Sabes Osarsip que tengo una sospecha?
–Lo ignoro. Tú dirás.
–Sospecho que tú no eres, como se dice, tan solo un hijo adop- tivo de la Princesa Real.
– ¿Qué crees que soy entonces?... –preguntó Osarsip, y ambos se miraron firmemente al fondo de los ojos.
–Creo que eres un hijo de su sangre y de su carne..., y creo tam- bién que tú lo sabes. Tienes los mismos ojos de ella..., su misma mirada, su misma firmeza en el obrar. ¿Estoy en lo cierto?
Osarsip se puso intensamente pálido.
Luego levantó suavemente su mano y atravesó el dedo índice sobre sus labios.
Era la forma en que los Hierofantes y la alta nobleza egipcia indicaban que un solemne juramento le impedía hablar. ¡Era el silencio de Isis! ¡Era el silencio de la Esfinge!
– ¡He comprendido! –exclamó Amenhepat y abrazó a Osarsip con una emoción indescriptible. Sintió el amor y lo irradió sobre él.
Y cuando se hubo calmado continuó razonando y traduciendo en palabras todo cuanto le sugería su imaginación, exaltada por el descubrimiento que creía haber hecho respecto a su flamante Superintendente Virrey:
–Según la teoría de nuestros Hierofantes, los dioses encarnan en los hijos de los Faraones y los Reyes.
“Tu madre, la Princesa Real, es hija de un dios encarnado, mi padre Ramsés I y de Epuvia Ahisa, hija primogénita del Gran Sfaz de Mauritania, otro dios encarnado. Tu madre, la Princesa Real, no quiso tomar esposo, renunció al trono y al mundo y pidió el permiso de consagrarse al estudio de las Ciencias Sagradas y al retiro de los Templos donde los dioses se ponen en íntima comu- nicación con sus escogidos de la Tierra.
“Según eso, ¿no podemos pensar que Amón Ra la ha desposado, o acaso Osiris, Horus y que se engendró en ella un hijo dios, y ese hijo eres tú?...”
(*Advertimos al lector que todos los argumentos del Faraón son según el concepto y principios que los maestros egipcios de- jaban circular entre el vulgo incapaz de asimilar la Verdad, que es otra).
Osarsip continuaba sumido en su impenetrable silencio y mi- raba a Amenhepat, con esa mirada perdida en un lejano horizonte invisible a toda vista, pero que debía existir quien sabe en qué mundos y en qué planos... El joven Faraón seguía su monólogo que indudablemente satisfacía sus profundos interrogantes respecto de Osarsip y de su madre, la Princesa Real.
–Por eso eres como eres, pues no vas a negar que eres un hombre del todo diferente de los demás. Tienes diecisiete años igual que yo y permaneces como una piedra ante los halagos y seducciones propias de la vida a nuestra edad.
“Y más aún, te vas a buscar tus diversiones, tus satisfacciones, en los Templos, en las criptas oscuras y silenciosas donde se me ocurre que circulan fantasmas de hierofantes adustos y el aliento amedrentador de los dioses que castigan las malas acciones de los hombres. ¿Qué atractivo, dime, encuentras en esos viejos papiros desgastados por los siglos, y en romperte la cabeza en comparar los signos de antes con los de hoy, para hacer traducciones de leyendas más viejas que el Nilo y más inútiles que las pirámides mudas y carcomidas que se levantan en todo nuestro desierto?
“¿No es mejor y más propio de nuestra edad, divertirnos con el canto, la música, las danzas, la vida, en fin, y no la muerte que pa- rece haberse introducido hasta en la médula de tus huesos?...”
Como el silencio de Osarsip continuase, Amenhepat le puso la mano en el hombro y con la suave voz de un niño que ruega, le dijo:
– ¡Por favor, Osarsip! Háblame y sé confidente conmigo como yo lo soy contigo. Es verdad y reconozco que una gran distancia me separa de ti; pero tú que estás arriba puedes inclinarte hacia abajo, en tanto que yo no puedo subir hasta ti. ¿No has compren- dido esto?
Esta humilde y suave actitud hizo vibrar la cuerda sensible en la austeridad de Osarsip y volviendo su rostro hacia su interlo- cutor, le dijo:
–Estoy satisfecho de que hayas comprendido que soy por naturaleza algo semejante a un bloque de piedra. Las piedras..., ya lo ves, lo mismo están quietas y mudas en sus canteras, como en los muros de una tumba, como en los templos, como en los palacios.
“Esta roca en forma de esfinge en que estamos sentados cumple su misión aguantándonos. Yo creo que soy como ella, y aguanto lo mismo tus impertinencias de joven inexperto que las alocadas revueltas del pueblo y las necias especulaciones políticas o finan- cieras del Consejo Ministerial que me has dado.
– ¡Pobre Osarsip!..., por este camino veo que vas derecho a ser la víctima de todas las aberraciones humanas. Estás empeñado en cambiar la faz de este mundo en que vivimos. Pero si Amón-Ra que con su fuego divino abraza a todo el mundo no puede hacerlo diferente de lo que es, ¿lo podrás tú aun siendo un dios encarnado, hijo de una esposa de dioses?
– ¡No subas tan alto querido Faraón! Que eso de dios encar- nado es un problema que no estamos llamados a resolver por el momento. Yo quisiera en cambio, tratar estos asuntos por otros caminos más accesibles a la comprensión humana. ¿No te cansarás de escucharme?
–Por los dioses, ¡Osarsip! ¿Cómo he de cansarme si estoy de- seando que me hables?
–Bien, óyeme. Según la Divina Sabiduría enseñada en estricto secreto en los templos, a los aspirantes al sacerdocio y también a los faraones cuando pasan los veinte años, la Psiquis o alma humana surge como una chispa de un Divino Fuego Invisible y Eterno que tiene en Sí mismo todos los poderes, fuerzas y energías
creadoras de mundos, estrellas y soles. Se engrandece, progresa, cambia mil veces de formas de vida, ya incrustada en una piedra que se hace diamante; en un musgo que se adhiere a las ruinas, a las tumbas, a los caminos; en una semilla que se hace flor o fruto, en un germen que se torna en pajarillo que vuela por los aires, o en pez que corre y brilla entre las aguas de los ríos o del mar; hasta que después de un largo peregrinaje de edades y de siglos, se alberga en un seno materno y nace un ser humano como tú y como yo. Ese hombre o mujer nace una, dos, cien y mil veces hasta conseguir una perfección que le hace semejante al poderoso y eterno Fuego Invisible del que surgió como una chispa.
“¿No se transforma un carbón de piedra en diamante que bri- lla como estrella, en largos siglos de revolverse en el seno de las montañas aguantando el embate de las olas bravías, y el ardor de los fuegos volcánicos?
“¡Todo es transformación y cambio incesante en el Universo, Amenhepat, y lo que hoy es piedra, en el futuro es árbol, flor, pá- jaro, gacela, o león hasta llegar al Reino Humano con inteligencia y razón, con voluntad y memoria, con capacidad de comprender el bien y el mal, y sobre todo con la capacidad de amar con ese amor que hace al hombre semejante a Dios!...”
– ¡Osarsip!... ¡Eso quiso imponer y enseñar Anek-Atón, el Fa- raón llamado “Santo hacedor de Santos”, y fue hundido bajo la tierra como un murciélago bajo una piedra, y toda su descenden- cia exterminada como una plaga de langostas dañinas que matan toda vida en la faz de la tierra!... ¡Cuán peligroso es este camino, Osarsip, y puede traerte la ruina más completa que aplasta a un hombre!
–Tú eres el Faraón, jefe de un gobierno y de un pueblo que aplastó como un murciélago al que quiso enseñar la Eterna Ver- dad a los pueblos. Y por tanto puedes aplastarme también a mí, que te he manifestado la gran doctrina secreta para satisfacer tu inquietud por saber qué fuerza es la que me hace diferente de los demás.
“¿Pero qué sacarías con eso? Aplastándome a mí, ¿matarías a la Eterna Verdad o podrías cambiarla en lo más mínimo de su eterna vida indestructible?
“Esa Eterna Verdad es más fuerte que todos los poderes y fuer- zas humanas, y sólo el loco orgullo y soberbia de los hombres les puede hacer concebir el pensamiento de que matando a un hombre matan una Idea que es manifestación de una parte de la Infinita Sabiduría Divina.
“¡Amenhepat!... Quizá te he dicho más de lo que permite el juramento que hice a mis maestros que tuve en el castillo del Lago Merik. Pero el Eterno Infinito sabe que en el fondo de mi alma hay algo que me dice que tú puedes ser un Faraón justo, sabio, guía y faro de tu pueblo...
– ¡Quiero serlo, Osarsip!... Lo seré si tú me acompañas siempre. ¡Seré como Soser, como Anek-Atón, como Amenhemet, y como tú!... Ahora sabes donde estoy: en el pórtico de la Sabiduría Divina conducido por ti.
“Vamos a Abydos donde dos Faraones santos y mártires qui- sieron hacer la dicha de Egipto y los hombres no la quisieron. Tú serás como el José de Israel, primer gran Virrey que tuvo Egipto..., y que lo colmó de abundancia y de paz; y tú serás...