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Coincidencias y divergencias con los proyectos clásicos

Hemos afirmado el valor positivo y humano que el surrealismo otorga a la verda- dera poesía. Con ello, se da un acercamiento a la tradición literaria en la medida en que la preocupación de los grandes escritores y, por qué no, de los grandes artistas en general, fue su deseo de cambiar la vida, de elevar al hombre y bus- car ideales de grandeza y dignidad a través de los cuales pudieran realizar sus deseos de plenitud existencial. A pesar de que el proyecto surrealista coincide con la preocupación clásica en lo referente a la primacía de una exigencia ética, una concepción general de la existencia y la condición humana, no es única- mente la prolongación de la concepción clásica pues aspira a ir más allá, a elimi-

nar la frontera entre el hombre y el mundo y entre el hombre y la belleza, ¡poseyéndola!

En nombre de esa exigencia ética, Breton aprueba o rechaza la producción artística y literaria, pintura, escultura, literatura o cine, no limitándose sólo a los criterios formales de las obras en particular. Si se produjo una ruptura entre arte y moral fue en virtud de que se había confundido a esta última con los acartonados prejuicios de una moral mojigata y burguesa que se apropió del derecho de juzgar el arte y los artistas con sus estrechas y acomodadas nor- mas. Así, se criticó a Molière y se condenó a Sade, a Baudelaire, desconocien- do que en sus obras podría hallarse tanto el valor estético como una moral auténtica. En la historia del arte y la literatura puede verse claramente el desa- rrollo de un largo debate entre el hombre y los valores, pues el arte nunca ha sido producido por estetas puros, preocupados por las soluciones formales y técnicas de las obras, por su sola presentación y apariencia formal. Tampoco el arte es obra de moralizadores puestos a la orden de un Estado o de cualquier institución para propagar sus consignas. El arte es doblemente libre, y toda belleza es del hombre y apunta a lo que éste y su mundo son. Incluso descubre a veces lo que debería ser, y lo hace no porque su razón de ser sea la moral, sino porque en su misión transformadora la descubre.

A pesar de que el proyecto surrealista es recogido de la tradición clásica como una actitud ética frente a la vida, en él se da un rompimiento con esa tradición en la cual está presente la idea de separación, ruptura –belleza como contem- plación del ideal y no como posesión– y distinción, que termina dominándola. En cambio, lo que prometen la poesía y la belleza en el surrealismo es la recon- ciliación del hombre consigo mismo y con el mundo; anuncia los tiempos en que la razón y la totalidad del deseo ya no serán opuestos. El camino que comunica los dos mundos, el real y el imaginario, se construyó en la “época de los sueños”; de lo que se trata ahora es de efectuar la síntesis de esos mundos y eliminar su oposición, descubriendo así la unidad fundamental del hombre. La belleza maravillosa, conmovedora y vital del surrealismo no admite la distin- ción clásica entre forma y contenido, inspiración y creación, que son síntomas de una separación más radical, es decir, moral, como consecuencia de la divi- sión interior del hombre, separando su razón de sus instintos y sentimientos, considerando la razón como el elemento distintivo del ser humano que lo dife- rencia de los animales y a la cual es necesario subordinar los sentimientos y el deseo propios de la corporalidad y comunes a todos los hombres. La hegemo-

nía de la razón se manifiesta como el “reinado de la lógica”44, cuyas consecuen-

cias son la separación del hombre y del mundo, mediante unos procesos de rea- lización que llevan al hombre a la incapacidad de reconocerse en unas formas culturales que se vuelven autónomas e impenetrables. Esta concepción de la lógi- ca es la que Breton rechaza, y contra esa idea de separación opone la de unidad del espíritu y el deseo, la de la esperanza en la felicidad y el amor.

La preocupación de Breton también ha sido en cierto sentido la misma de los románticos e idealistas45, que a su manera y con plena conciencia del desgarra-

miento producido en la época moderna por la idea de emancipación, buscan la solución en una síntesis que arruine esa ruptura, obra de la razón científica –razón analítica– que ha objetivado la realidad en detrimento de cualquier manifestación afectiva o imaginaria. Breton afirma que:

Aún nos encontramos bajo el reinado de la “lógica” de aquella que usa sus procedimientos para la solución de problemas secundarios y acusa a la hegemonía del racionalismo de achicar el mundo, ponién- dole límites a la experiencia, haciendo que se escapen otros objetivos lógicos (libertad, felicidad, etc.).

Además,

Con el pretexto de civilización y con el pretexto de progreso se ha logrado eliminar del espíritu todo lo que pueda ser tildado con razón o sin ella de supersticioso, de quimérico, y se ha proscrito todo méto-

4 4 Breton, Manifiestos del surrealismo, op. cit., pág. 15.

4 5 No quiero decir con ello que los proyectos de los románticos e idealistas haya que asimilarlos al

surrealismo, sino señalar que todos ellos provienen de una experiencia de mundo que resulta insatisfac- toria. Por esto, se pone en duda el estatuto de realidad; es más, ante toda conciencia que empieza a elaborar una experiencia de lo real se plantea esta pregunta que no es nada original, aunque luego se abandone en favor de aquello que la vida tiene de inmediato. Sin embargo, sólo algunos han osado mantenerse en esa pregunta, entre ellos Breton, y aunque en esa pregunta común, sólo él, por medio de la exigencia del arte de recomenzar siempre de nuevo, la lleva al extremo, y es allí donde la puesta en duda el estatuto de lo real encuentra cierta vecindad, por ejemplo, con la duda hiperbólica de Descartes, o la epojé trascendental de Husserl. A pesar de que es un lugar común la insatisfacción con el mundo, las soluciones de idealistas y románticos –quienes sueñan con la recuperación de los paraísos perdidos– son distintas; el surrealismo aspira encontrar en lo inmediato aquellos caracteres del Dios de Descartes: su capacidad de ser garante de la verdad, la superación de la causalidad, etc. Ver Harald Schöndorf, “El papel de Dios en el pensamiento de Descartes”, en Universitas Philosophica, No. 27, Pontificia Universidad Javeriana, 1996. En cierta medida, el surrealismo pretende invertir el antes y el después de la duda cartesiana, pues no se trata ya de aislar el sueño o la conjetura del sueño para reconstruir racionalmente el mundo, sino por el contrario, de deconstruirlo tal y como lo ha conformado la razón y abrirle paso al sueño y a todo lo que la razón había aislado, incluso hasta al genio maligno, para de nuevo otorgarles dignidad ontológica. Breton dará la espalda al mundo de la técnica, para volverse a la omnipotencia del deseo.

do de investigación de la verdad que no estuviere de acuerdo con el uso corriente46.

Es decir, sólo hay verdad en cuanto ésta se encuentre fundamentada en la lógica de la modernidad, la lógica de las ciencias positivas, la lógica analítica. La expe- riencia de insatisfacción con el mundo no es únicamente de Breton y el surrealis- mo, sino del idealismo y el romanticismo, y aún de Descartes, quien encuentra la síntesis o el ser unificado únicamente en Dios, el único capaz de convertirse en garante de la verdad y permitir al hombre un conocimiento cierto de la naturaleza. Lo que Descartes encuentra en Dios es lo que Breton pretende hallar en nuestras propias potencias: encontrar el infinito según el camino propio del deseo. Las potencias humanas serán capaces de transmutar el orden profundo de la realidad con la cual hay una afinidad oculta. Ya no se trata de reconstruir el mundo some- tiéndose a las leyes de la objetividad, bajo procedimientos meramente técnicos, sino de someter al mundo a una conmoción –crisis del objeto– tal, que sea capaz de transformar el mundo y la vida47. La posibilidad de realización de este proyecto

supone una correspondencia entre los principios que constituyen el mundo y los principios propios del pensamiento. Esas fuerzas comunes entre hombre y natu- raleza se encuentran, para el surrealismo, en el deseo y su omnipotencia.

El proyecto surrealista opta por la síntesis, al igual que el romanticismo, y no por la separación del clasicismo; es espera del porvenir, recuperación del pasado, en- cuentro en lo maravilloso de la señal de trascendencia inmanente al mundo huma- no y esperanza en la libertad del deseo y del mundo. Esa reconciliación se dará a condición de devolverle al lenguaje su verdadero poder de enunciación, más allá de las limitaciones de la “lógica” reducida al medio primordial de instrumentalización del mundo. Además, si el lenguaje es la forma del pensamiento que permite poe- tizar el mundo, necesariamente se tendrán que proponer nuevas formas de defini- ción de lo que es la poesía, no solamente como el arte de la palabra, para que abarque aquello que hay de poético en las demás artes y, por qué no, en la ciencia misma. Es decir, el arte propende por su propia superación. Aunque el centro de interés del surrealismo es la poesía, no por ello se limita a su sola experimentación,

4 6 Breton, Manifiestos del surrealismo, op. cit., pág. 25. En este mismo sentido, la crítica heideggeriana a la

época que concibe el mundo sólo como imagen –a época moderna– está enfocada, según mi parecer, encontrando la ciencia moderna como perteneciente a la esencia de la época moderna en la cual el “dispositivo”, que ella ha desarrollado, sólo permite disponer del mundo como depósito de energía, y niega otras formas de relación de orden poético con él, que no sean una relación utilitarista e instrumental. No obstante, Heidegger no distingue entre ciencia moderna (clásica) y ciencia contemporánea. Ver Heidegger, “La época de la imagen del mundo”, en Caminos del bosque. Madrid, Editorial Alianza, 1998.

sino que establece un diálogo permanente con la filosofía, la psicología, la política etc., y es sólo a través de ese diálogo, en permanente tensión, donde el arte se inserta con la vida, pues no se trata de vivir en la inmediatez de la vida, sino de aceptar que la vida cotidiana está impregnada de conceptos, categorías y artifi- cios que permiten o impiden experimentarla. No basta con renegar y anhelar la solución de sus contradicciones; es necesario desplegar el poder del pensamien- to, y para ello hay que experimentar el modo como el pensamiento se vincula con la realidad. En pocas palabras, se trata de vivenciar y resolver la crisis del concep- to de realidad.

DE LA REALIDAD