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colocar en todos los lugares, tanto de los fuertes como de la milicia de los diversos condados, a aque­

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llas personas que ambas Cámaras del Parlamento

aprueben o le recomienden; así que declaren antes a

su Majestad los nombres de las personas que ellos

aprueban o recomiendan, a menos que designen a

personas contra las que tenga excepciones justas e

incuestionables

» 62.

B.

¿Qué poder en relación con la milicia, por cuánto tiempo, y a quién lo exigía63 el Parlamento?

A.

El mismo poder que antes había puesto el rey en sus lugartenientes y en los sublugartenientes de los diversos condados, y sin otra limitación de tiempo que la que gustaran.

B.

¿Quiénes eran los que habían de tener64 ese poder?

A.

Hay una lista impresa de ellos. Son muchísi­ mos, y en su mayoría lores; y no hay necesidad de nombrarlos, pues nombrarlos es, en mi opinión, mar­ carles con el sello de la deslealtad o de la locura. Cuando hicieron una lista de ellos, la enviaron al rey, con una nueva petición sobre la milicia. Al poco tiempo enviaron también un mensaje a su Majestad rogándole dejar al príncipe [de Gales) en Hampton

61 bis £n jyj «envidias de nadie».

62 En Ed. M. la respuesta de A empieza con las siguientes pala­ bras: «La siguiente: “Su Majestad, tras haber considerado cuidado­ samente esta petición, y deseando expresar cuán dispuesto está a aplicar un remedio no sólo a vuestros peligros, sino también a vuestras dudas y temores, responde, [...]”.» Por lo demás en la Ed. M. el rey utiliza la segunda persona para dirigirse a sus interlocuto­ res, mientras que F. T. parece transcribir el pasaje del discurso en estilo indirecto.

63 En Ed. M. se lee «concedía». 64 Ed. M., «tenían».

Court. Pero el rey no accedió a ninguna de las dos cosas.

B.

En todo caso, obraban prudentemente65 al ha­ cerse, si podían, con rehenes del rey antes de que se alejara de ellos.

A.

Entretanto, con el fin de recaudar dinero para reducir a Irlanda, el Parlamento invitó a la gente a aportar dinero a modo de inversión con riesgo, de acuerdo con estas propuestas: 1. Que se asignarían dos millones quinientos mil acres de tierras de Irlan­ da a quienes arriesgaran en la siguiente proporción:

Por una inversión de 200 libras, 1.000 acres en el Ulster. ... 300 libras, 1.000 acres en Connaught. ... 450 libras, 1.000 acres en Munster. ... 600 libras, 1.000 acres en Leinster. Todo según la medida inglesa, y consistiendo en prados, tierras de labranza y pastizales aprovecha­ bles; adjudicándoles además los pantanos, bosques y montañas estériles. 2. Se reservaba a la Corona una renta de uno a tres peniques por cada acre. 3. Que el Parlamento enviaría comisiones para erigir señoríos, colonizar yermos y ejidos, mantener predicadores, crear corporaciones y regular plantaciones. El resto de las proposiciones concierne sólo a los plazos y modo de pago de las sumas suscritas por los inverso­ res. Y su Majestad asintió a estas proposiciones; pero negó su asentimiento a la petición de la milicia.

B.

Me habría parecido asombroso lo contrario. ¿Qué hizo el Parlamento tras eso?

A.

Le enviaron otra petición, que le fue presenta­

da cuando se encontraba en Theobald’s, camino de York, en la que le decían lisa y llanamente

que a me­

nos que tuviera a bien asegurarles, por medio de los

mensajeros que le enviaban, que aplicaría pronta­

mente su asentimiento real a la satisfacción de sus

deseos primeros, se verían forzados, por la seguridad

de su Majestad y de sus reinos, a disponer de la mili­

cia por la autoridad de ambas Cámaras, etc.

Pedían

además a su Majestad que permitiera que el príncipe permaneciera en St. James o en alguna otra de las mansiones que tenía su Majestad cerca de Londres. Le decían también que el poder de reclutar, mandar y disponer de la milicia no puede ser concedido a nin­ guna corporación sin la autoridad y consentimiento del Parlamento, y que aquellas partes del reino que se habían puesto en actitud defensiva, no habían hecho sino seguir directrices de ambas Cámaras y nada que no fuera justificable con arreglo a las leyes de este reino.

B.

¿Y qué respondió el rey?66.

A.

Les dio una negativa lisa y llana, no sólo en lo relativo a la milicia, sino también en cuanto a la re­ sidencia del príncipe en Londres. Tras lo cual se pu­ sieron inmediatamente a someter a votación lo que si­ gue: 1, que la respuesta de su Majestad les negaba la milicia; 2, que los que aconsejaban eso a su Majestad eran enemigos del Estado; 3, que las partes del reino que se habían puesto a la defensiva no habían hecho nada que no fuese justificable.

B.

¿Qué entendían ellos por ponerse a la defen­ siva?

A.

Levantarse en armas, y a las órdenes de los oficiales que el Parlamento aprobara. 4. Votan que se vuelva a rogar a su Majestad que el príncipe continúe cerca de Londres. Finalmente, votan una declaración

66 En la Ed. M. faltan los dos párrafos siguientes con las inter­ venciones de A y B.

que habría de ser remitida a su Majestad por las dos Cámaras, en la que le acusan de proyectar alterar la religión, aunque no directamente a él sino a quienes le aconsejaban, a los cuales acusaban también de ser los inductores e instigadores de la guerra de Escocia y los artífices de la rebelión de Irlanda. Y vuelven a recriminar al rey el haber acusado a lord Kimbolton y a los cinco miembros [de la Cámara de los Comu­ nes], y estar en el secreto del propósito de traer a su ejército, que había sido reclutado contra los escoce­ ses, para emplearlo contra el Parlamento. A lo cual el rey respondió desde Newmarket. Tras lo cual ambas Cámaras resolvieron que, en este caso de extremo pe­ ligro y de negativa de su Majestad, la ordenanza acordada por ambas Cámaras en relación con la mili­ cia 67 obliga al pueblo en virtud de las leyes funda­ mentales de este reino; y también que quien, sin el consentimiento de ambas Cámaras del Parlamento, ejerza cualquier poder sobre la milicia, so pretexto de algún despacho de lugartenencia, será tenido por alte­ rador de la paz del reino. Tras ello su Majestad envió un mensaje a ambas Cámaras desde Huntingdon, exi­ giendo obediencia a las leyes establecidas y prohi­ biendo a todos los súbditos hacer, en relación con la milicia y so pretexto de esa ordenanza, nada que no estuviera autorizado por esas leyes. A esto, el Parla­ mento vota mantenerse en sus anteriores votaciones; y que cuando los lores y los comunes en el Parlamen­ to, que es el tribunal supremo del reino, declaran cuál es la ley del país, constituye una alta violación del privilegio del Parlamento no sólo ponerlo en cues­ tión, sino contradecirlo.

B.

Yo creía que es el que hace la ley quien debe declarar cuál es la ley. Pues ¿qué es hacer una ley sino declarar qué cosa lo es? De modo que arrebata­

67 La Militia Ordinance de 5 de marzo de 1642 (núm. 50 de los

ron al rey no sólo la milicia, sino también el poder le­ gislativo.

A.

Así fue. Pero tengo para mí que el poder legis­ lativo, y realmente todo posible poder, está contenido en el poder de la milicia. Después de ello se incauta­ ron del dinero que se debía a su Majestad en concep­ to de derechos arancelarios de

tonnage and pounda-

ge,

y por la ley de subsidios, con el fin de poder incapacitarle de todas las formas que les fueran posi­ bles. Así que hubo llegado a York68, le enviaron tam­ bién muchos otros mensajes y peticiones ofensivos, entre los cuales uno era: «Que mientras el Lord Almi­ rante no pueda, por indisposición corporal, mandar la flota en persona, tuviera a bien conferir autoridad al conde de Warwick 69 para sustituirle en su cargo»; cuando sabían que el rey ya había colocado en ese puesto70 a sir John Pennington.

B.

¿Con qué objeto consideró el rey tantas peti­ ciones, mensajes, declaraciones y protestas, y se dig­ nó responderlas, cuando era imposible que no viera con claridad que estaban resueltos a arrebatarle el po­ der real y, consiguientemente, la vida? Pues no podía convenir a la seguridad de ellos dejarle con vida a él o a su descendencia, tras haberle inferido tamañas in­ jurias.

A.

Además, el Parlamento tenía por entonces un comité residiendo en York para espiar lo que su Ma­ jestad hacía e informar de ello al Parlamento, así como para impedir que el rey ganara al pueblo de ese

68 Marzo de 1642.

69 Robert Rich, segundo conde de Warwick (1587-1658), con una importante carrera colonial tras de sí, en la que debieron repre­ sentar un cierto papel sus simpatías puritanas, fue uno de los prin­ cipales líderes puritanos en la Cámara de los Lores. En marzo de 1642 fue nombrado por el Parlamento almirante de la flota, a pesar de la oposición del rey. Desde allí desempeñó un importante papel asegurando la lealtad de la flota al Parlamento.

condado para su partido. De modo que, cuando su Majestad cortejaba a los caballeros de allí, el comité instigaba contra él a los pequeños terratenientes71. A lo cual mucho contribuyeron también los ministros; de modo que el rey perdió su oportunidad en York.

B.

¿Por qué el rey no hizo prender al comité o no lo expulsó fuera de la ciudad?

A.

Lo ignoro; pero creo que sabía que el Parla­ mento tenía más partidarios que él, no sólo en Yorks- hire, sino también en York. Hacia finales de abril el rey, ante la petición del pueblo de Yorkshire de que el polvorín de Hull siguiera allí para mayor seguridad de las regiones norteñas, consideró conveniente tomarlo en sus propias manos. Poco antes había nombrado go­ bernador de esa villa al conde de Newcastle. Pero los habitantes de la misma, corrompidos ya por el Parla­ mento, se negaron a aceptarle, pero no a aceptar a sir John Hotham72, nombrado gobernador de la fortaleza por el Parlamento. Por lo cual, cuando el rey se acercó a la villa, protegido sólo por sus propios servidores y unos cuantos gentileshombres de los alrededores, sir John Hotham, que estaba sobre la muralla, le negó la entrada; acto por el que inmediatamente hizo que sir John Hotham fuera declarado traidor, y envió un men­ saje al Parlamento exigiendo que se hiciera justicia sobre el susodicho Hotham, y que le fueran entrega­ dos la villa y el polvorín. A lo que el Parlamento no respondió, sino que en lugar de ello publicó otra de­

71 The yeomanry.

72 Sir John Hotham, que había sido diputado por Beverley y go­ bernador de Kingstone upon Hull, fue destituido en 1639, lo que le indujo a abandonar el partido realista. Al comienzo de la guerra ci­ vil los parlamentarios le repusieron en su puesto de gobernador de la ciudad y fortaleza, desde el que poco después, el 23 de abril de

1642, protagonizó el episodio aquí referido por Hobbes. Con el tiempo, sin embargo, terminaría indisponiéndose con Fairfax e in­ tentando un compromiso con los realistas a través del conde de Newcastle. Como consecuencia de ello fue detenido por los parla­ mentarios, condenado a muerte y ejecutado.

duración en la que no omitía ninguna de sus anterio­ res calumnias contra el gobierno de su Majestad, sino que incluía ciertas proposiciones declarativas de su propio pretendido derecho, a saber: 1, que cualquier cosa que declararan ser ley no debía ser cuestionada por el rey; 2, que ningún precedente puede limitar sus actuaciones; 3, que un Parlamento puede, por el bien público, disponer de cualquier cosa sobre la que el rey o un súbdito tengan un derecho; y que ellos, sin el rey, constituyen ese Parlamento, y son juez de ese bien pú­ blico, y que el consentimiento del rey no es necesario; 4, que ningún miembro de ninguna de las Cámaras debe ser importunado acusándole de traición, felonía o cualquier otro delito, a menos que antes se lleve la causa ante el Parlamento para que puedan juzgar del hecho y dar licencia para proceder, si ven que hay mo­ tivo; 5; que el poder soberano reside en las dos Cáma­ ras, y que el rey no ha de tener derecho de veto; 6, que reclutar fuerzas contra los mandatos personales del rey (incluso acompañados de su presencia) no es de­ clarar la guerra al rey, mientras que declarar la guerra contra su persona política, es decir, contra sus leyes, etc., incluso si no están acompañadas de su persona, sí es declarar la guerra al rey; 7, que no puede cometerse traición contra su persona sino en tanto se le ha con­ fiado el reino y está cumpliendo ese cometido; y que ellos tienen poder para juzgar si él ha cumplido o no ese cometido que se le ha confiado; 8, que pueden de­ poner al rey cuando quieran '.

B.

Eso es hablar claro y sin hipocresía. ¿Podía la ciudad de Londres tragarse eso?

73 En Ed. M. las últimas frases de este párrafo están recogidas de un modo algo diferente: «6, que reclutar fuerzas contra los manda­ tos personales del rey (incluso acompañados de su presencia) no es declarar la guerra al rey, mientras que declarar la guerra contra sus leyes y autoridad (que ellos tenían el poder de proclamar e inter­ pretar), aunque no contra su persona, sí es declarar la guerra al rey: y que no puede cometerse traición contra su persona sino en tanto

A.

Sí; y más si fuera necesario. Londres, como bien sabéis, tiene una gran panza, pero no tiene ni pa­ ladar ni gusto para distinguir entre lo recto y lo inde­ bido. En las minutas del Parlamento74 de Enrique IV, entre los artículos del juramento del rey con motivo de su coronación, hay uno que dice:

Concedes justas

leges et consuetudines esse tenendas; et promittis

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