ellos os digan que observéis,
lo cual esllevar a cabo
una obediencia
activa.
Y, sin embargo, los escribas y los fariseos no aparecen en la Escritura como hom bres tan piadosos como para no haber mandado nun ca nada contrario a la voluntad revelada de Dios.B.
¿También hay que obedecer de forma activa a los tiranos en todo? ¿O es que en nada puede ser de sobedecido un mandato legítimo del rey? ¿Y si memanda que con mis propias manos ejecute a mi pa dre, si hubiera sido condenado a muerte por la ley?
A.
Ése es un caso que no hay por qué plantearse. Nunca hemos leído ni oído hablar de un tirano tan in humano como para ordenar tal cosa. Si alguno lo hizo, hemos de preguntarnos si ese mandato era una de sus leyes. Pues por desobedecer a los reyes enten demos desobedecer sus leyes, aquellas leyes suyas que fueron hechas antes de ser aplicadas a ninguna persona particular; pues el rey, aunque como padre de hijos y amo de criados manda muchas cosas que obli gan a esos hijos y criados 77, nunca manda al pueblo en general salvo mediante una ley anterior, y lo hace como persona política, no como persona natural. Y, si un mandato como el que decís estuviera urdido en una ley general (cosa que nunca ha ocurrido ni ocu rrirá), estaríais obligado a obedecerlo, a menos que abandonéis el reino tras la publicación de la ley y an tes de que vuestro padre sea condenado.B.
Vuestro autor dice también que, al rehusar la obediencia activa al rey que manda algo contrario a la ley de Dios,hemos de asegurarnos bien de que la
cosa es realmente contraria.
¿Me gustaría sabercómo es posible estar bien78 seguro de eso?
A.
Supongo que no creéis que ninguno de los que rehusó recibió directamente de la propia boca de Dios ningún mandato contrario al del rey, que es el lugarte niente de Dios, ni de ninguna otra forma que vos y que yo, es decir, por las Escrituras. Y, como la inmen sa mayoría de los hombres prefieren llevar la Escritu ra al sentido de ellos antes que seguir el verdadero sentido de la Escritura, no hay otro modo de saber con certeza y en todos los casos qué es lo que Dios nos manda o prohíbe que mediante el dictamen de77 «Manda muchas cosas que obligan a esos hijos y criados» fal ta en Ed. M.
aquel o aquellos que han sido instituidos por el rey para determinar el sentido de la Escritura tras oír el particular caso de conciencia que está en cuestión. Y los así instituidos son fácilmente conocidos en todas las repúblicas cristianas, sean obispos, ministros o asambleas los que gobiernan la Iglesia bajo aquel o aquellos que tienen el poder soberano.
B.
Lo que acabáis de decir puede suscitar algunas dudas. Pues si los hombres han de conocer su deber a partir del dictamen que otros hombres den sobre el significado de las Escrituras, y no a partir de su propia interpretación, no entiendo con qué fin se tradujeron al inglés ni tampoco por qué no sólo se permitió sino que se exhortó a todos a leerlas. Pues ¿qué otra cosa podía producir esto sino diversidad de opiniones y, en consecuencia, tal como es la naturaleza humana, dis putas, falta de caridad, desobediencia y finalmente re belión? Además, puesto que se permitía que la Escri tura fuera leída en inglés, ¿por qué no se hicieron las traducciones de tal modo que todo lo que se leyera pu diera ser entendido incluso por personas poco capa ces? ¿Acaso los judíos que sabían leer no entendían su ley en la lengua judía igual que nosotros entendemos nuestras leyes estatutarias en inglés? Y, en cuanto a aquellos pasajes de la Escritura que en nada participan de la naturaleza de una ley, en nada afectaban al deber de los judíos, los entendieran o no, ya que nada es pu nible excepto la transgresión de una ley. La misma cuestión la puedo plantear en relación con el Nuevo Testamento. Pues creo que aquellos para los que era natural la lengua en la que originalmente estaba escri to entendían suficientemente qué mandatos y consejos les daban nuestro Salvador y sus apóstoles, así como sus discípulos directos. Además, ¿cómo responderéis a la pregunta planteada por San Pedro y San Juan{He
chos,
4, 19) cuando el sumo sacerdote Anás, y otrosmiembros del Consejo de Jerusalén les prohibieron se guir enseñando en nombre de Jesús:
¿Es justo a los
ojos de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios?
A.
No es el mismo caso. Pedro y Juan vieron y conversaron a diario con nuestro Salvador; y por los milagros que realizó sabían que era Dios y, por consi guiente, sabían con certeza que era justo desobedecer ese mandato del sumo sacerdote. Pero ¿puede hoy al gún ministro decir que ha recibido directamente de la boca misma de Dios un mandato de desobedecer al rey? ¿O de qué otro modo que mediante la Escritura puede él saber que un determinado mandato del rey que posee la forma y naturaleza de una ley es contra rio a la ley de Dios, quien en distintos lugares mandó, de forma directa y evidente, obedecerle en todo? El texto que citáis no nos dice que es la autoridad de un ministro, más que la de un rey cristiano, la que debe decidir las cuestiones que surjan de las diferentes in terpretaciones de la Escritura. Y, por consiguiente, allí donde el rey es cabeza de la Iglesia y, por tanto (dejando al margen que la Escritura misma no fue ad mitida sino por la autoridad de los reyes y Estados), juez supremo de la rectitud de todas las interpretaciones de la Escritura, obedecer las leyes y los edictos públicos del rey no es desobedecer a Dios, sino obe decerle. Un ministro no debe pensar que su pericia en latín, griego o hebreo, si la tiene, le otorga un privile gio para imponer a todos sus consúbditos su propio sentido (o lo que él pretende que es su sentido) de to dos los pasajes oscuros de la Escritura. Ni, cada vez que piense que79 ha encontrado alguna interpretación sutil en la que nadie antes había pensado, debe pensar que la ha tenido por inspiración, pues no puede estar seguro de ello, ni de que su interpretación, por muy sutil que crea que es, no es falsa. Y entonces toda su terquedad y contumacia para con el rey y sus leyes no son sino orgullo del corazón y ambición, si es que no impostura. Y mientras vos pensáis que es innecesario.
o tal vez perjudicial, tener las Escrituras en inglés, yo pienso de otro modo. Hay tantos pasajes de la Escri tura fáciles de entender, que enseñan tanto la verda dera fe como la buena moral (y ello todo lo plena mente que es necesario para la salvación), y de los que ningún seductor es capaz de desposeer a la mente de un lector ordinario, que su lectura es tan provecho sa como para que no sea prohibida sin gran daño para ellos y para la república.
B.
Admito que todo lo necesario para la salva ción del hombre, en materia tanto de fe como de cos tumbres, está consignado en la Escritura todo lo lla namente que es posible.Hijos, obedeced a vuestros
padres en todo. Siervos, obedeced a vuestros amos.
Que todos estén sujetos a los poderes superiores, sea
el rey o sus enviados. Amad a Dios con toda vuestra
alma y a vuestro prójimo como a vosotros mismos
80,son palabras de la Escritura, que se entienden bastan te bien. Pero ni los hijos ni la mayoría de los hombres entienden por qué tienen el deber de obrar de ese modo. No ven que la seguridad de la república, y por consiguiente la suya propia, depende de que lo hagan. Sin disciplina, todo hombre por naturaleza considera en todas sus acciones el beneficio que le reportará su obediencia, en la medida en que puede verlo. Lee que la codicia es la raíz de todos los males; pero piensa, y a veces descubre, que es la raíz de su hacienda. Y así en otros casos la Escritura dice una cosa y ellos pien san otra, sopesando sólo las comodidades o incomo didades de su vida presente, sin poner nunca en la ba lanza el bien y el mal de la vida venidera, que no ven.
A.
Todo eso no es más de lo que ocurre cuando la Escritura está precintada en griego y latín, y el pueblo aprende esas mismas cosas desde esas lenguas a tra vés de sus predicadores. Pero sin duda los que son de condición y edad adecuadas para examinar el sentidode lo que leen, y gustan de investigar los fundamen tos de su deber, no pueden extraer de la lectura de las Escrituras otro sentido que el de que su deber no con siste sólo en obedecer ellos mismos las leyes, sino también en inducir a otros a hacerlo. Pues es corrien te que los hombres de edad y calidad sean seguidos por sus vecinos inferiores, que atienden más al ejem plo de aquellos a quienes reverencian y a quienes no quieren disgustar, que a preceptos y leyes.