El verbo se hizo carne
2. La simbología de la vestimenta y de los colores litúrgicos
2.2. Los colores litúrgicos
Anteriormente aludimos a que el color de la vestimenta también tiene importancia simbólica. Los colores litúrgicos son aquellos empleados en los ornamentos de los ministros en las celebraciones litúrgicas. Expresan simbólicamente las características del tiempo litúrgico que corresponde.
Expresa el sentido de esperanza. Se emplea en el tiempo ordinario del año litúrgico, que es el tiempo de la Iglesia que peregrina hacia la Casa del Padre.
El color morado
Expresa un espíritu penitencial. Es propio del tiempo de adviento, de cuaresma y de semana santa. Se usa además en las misas y oficios de difuntos. Algunas veces en las misas de difuntos se emplea el color blanco, para remarcar el carácter de resurrección y de vida nueva a la que se accede después de la muerte.
M
isterio grande, Misteriode misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la eucaristía
nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.
Quien convoca a la Cena del Señor es Cristo mismo, pero lo hace a través del sacerdote que, por la unción del sacramento del orden, ha sido facultado por él para presidir la eucaristía, actuando en nombre suyo.
Los convocados a la cena conforman la asamblea litúrgica, es decir, el Pueblo de Dios, reunido para dar culto al Padre en la celebración del misterio de Cristo Redentor.
Tanto el que preside como la asamblea misma poseen un carácter sacramental o simbólico propio.
El sacerdote que preside
lo hace “in persona Christi”, es decir, como instrumento personal del Señor, presente y actuante en él, por el carácter sacerdotal que el sacramento del orden imprimió en su ser. El sacerdote hace presente a Cristo en su función de Cabeza del Cuerpo del Señor (de la Iglesia). Los invitados a la cena deben ver en el sacerdote no sólo a una persona humana determinada, con sus propias debilidades o virtudes, sino a una imagen de Cristo. Los ojos de la fe permiten que vean al Señor en quien, en el momento de la consagración, puede decir: “éste es mi Cuerpo” y “ésta es mi Sangre”.
Desviaciones en la celebración de la eucaristía a veces han querido borrar esta “diferencia”, de forma que no aparezca una “cabeza”, sino que lo que cuente sea la comunidad celebrante. Con ello se falsea el sentido de la liturgia y no se comprende el “signo sacramental” del cual está revestido el sacerdote que preside. De esa manera, la misma presencia de Cristo sacerdote queda truncada.
La asamblea
Es decir, quienes participan en la cena eucarística (que no sólo “asisten” pasivamente a ella, sino que también celebran, presididos por el sacerdote), son también un signo sacramental del Pueblo de Dios, la Iglesia. Son Cuerpo del Señor, miembros vivos suyos, que se abren a su don, a su palabra y que, como María Santísima, que estuvo al pie de la cruz, se unen a él en una misma ofrenda. Son Esposa del Señor, que en él conforman un solo cuerpo y un solo espíritu. No se trata, por lo tanto, de una multitud anónima o de un conjunto de personas que presencian con mayor o menor atención una representación. Son comensales, co-actores, co-oferentes. Cristo está presente en su Cuerpo de una forma real y misteriosa.
El altar
Iglesia y, en concreto, de la comunidad que celebra el banquete pascual.
Las flores
Cuando celebramos, adornamos el lugar de la fiesta con flores. Si queremos manifestar nuestro amor, gratitud o admiración a una persona, le regalamos flores. Las flores son símbolo de alegría, de la vida y la primavera. No es extraño, por lo tanto, que siempre – exceptuando los tiempos de penitencia y rememoración de la pasión y muerte del Señor en Semana Santa– se coloquen flores junto o sobre el altar. Esas flores evocan de modo especial la celebración de la victoria del Cristo resucitado que venció la muerte. Se colocan flores para expresar la alegría y la primavera de la resurrección del Señor.
Los cirios
Sobre o junto al altar también se colocan cirios encendidos. Ellos recuerdan a Cristo, Luz del mundo. Son también símbolo de la fe y del amor. Participamos en “el sacramento de nuestra fe”. Si nuestras lámparas no están encendidas, como no lo estaban aquellas de las
vírgenes necias, nos será imposible comprender lo que está sucediendo en torno al altar. Sólo presenciaremos materialmente una acción litúrgica, sin penetrar su sentido más profundo. En cambio, si tenemos nuestras lámparas encendidas, podremos participar verdaderamente en la celebración de la eucaristía.
Esa fe, simbolizada en los cirios encendidos, es una fe llena de amor y de fuego. La llama del cirio arde y se consume. Nos indica que seguir a Cristo, identificándonos y entrando en una íntima comunión con su vida, muerte y resurrección, es fruto de una fe viva, de un amor ardiente. De un amor que, iluminado por la fe, se entrega y busca fusionar el propio corazón con el corazón de Cristo.
El crucifijo
Que se coloca sobre el altar o en el espacio que lo rodea, es signo de que celebramos el sacrificio del Gólgota. “Predicamos a Cristo, dice san Pablo, pero a Cristo crucificado”. La fraternidad y la paz, el perdón y la reconciliación, son frutos de la pasión y muerte del Señor que conmemoramos en la Cena eucarística.
vino que está sobre el altar. Una vez consagrados, con los ojos de la fe, vemos en ellos a Cristo ofrendado. En el pan y el vino consagrados está Cristo presente, independiente de que sea profunda o débil nuestra fe en ese misterio. Si nuestra fe es viva, lo “veremos”, creyendo en ello; si no tenemos fe, miraremos y veremos, pero no lo percibiremos a él sino simplemente un trozo de pan y una copa de vino.
Si el Señor eligió esos dos elementos para dejarnos el sacramento eucarístico, lo hizo porque en ellos se condensaba un rico significado simbólico. El pan y el vino expresan lo que es la creación y el trabajo del hombre.
El largo proceso de la elaboración del pan y del vino, en el cual son muchos los que han colaborado, señala en esta dirección. Ese pan y ese vino son símbolos que expresan lo que somos, lo que hacemos y trabajamos: son el “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Para obtener el pan con que celebramos, hubo que preparar el terreno, romper la tierra, sembrar la semilla. Luego fue necesaria la acción de la naturaleza, de la tierra, del agua, del calor del sol; abonar el terreno y quitar las malezas. En el correr de las semanas, la planta creció y maduró la espiga; vino la siega, la trilla y se separó el trigo de la paja. Ese trigo fue ensacado, llevado al molino, triturado, purificado y amasado. Por último, se llevó al horno. Algo semejante sucedió con el vino, fruto de los racimos recogidos de los viñedos. Por eso, al consagrar ese pan y ese vino, se indica simbólicamente que la humanidad entera, el hombre y su trabajo, son asumidos y redimidos por Cristo, que es ofrecido como víctima sobre el altar.
Junto con simbolizar el trabajo del hombre y toda la realidad creada, pan y vino también expresan simbólicamente la unidad de muchos en uno solo. La composición del pan proviene de muchos granos de trigo que se han amalgamado para ser lo que es. De modo semejante, el vino que bebemos fue elaborado de los granos de la uva que, al fusionar su
sustancia, le dieron origen. Así, quienes comulgamos con el pan y el vino consagrados, formamos un solo cuerpo: somos uno en el Señor.
El pan, una vez consagrado (“éste es mi Cuerpo”), se nos dará como comida. El pan es el alimento por excelencia. Cuando decimos: “no tienen pan”, significamos que no tienen alimento. El “pan de cada día” es el alimento cotidiano que nos nutre y fortalece. Cuando lo comemos, pasa a ser parte nuestra: lo asimilamos en nuestro cuerpo. Cristo quiso así hacernos vivo y sensible su amor y su voluntad de identificarse y ser uno con nosotros. Esta simbología adquiere una profundidad y realismo inusitado en la eucaristía. El Pan vivo que se nos da, es Cristo mismo, quien entra en nosotros, quien nos nutre, nos da vida y fortaleza. Él quiere vivir en nosotros y alimentar nuestra vida, la vida del hombre nuevo en nosotros.
El vino es el otro elemento que eligió el Señor en la institución del sacramento eucarístico. El vino da fuerza e infunde alegría en nuestra alma: el vino “alegra el corazón del hombre”. Por eso es considerado como el símbolo de la felicidad, prosperidad y fecundidad. Compartimos una copa de vino como signo de amistad y felicidad. Por eso, brindamos con un vaso de vino.
En la eucaristía, el vino consagrado, convertido sacramentalmente en verdadera sangre de Cristo, nos entrega todo su vigor y el gozo de la Pascua: es un adelanto de la fiesta de bodas en el banquete del cielo.
Pero ese vino posee, además, otro simbolismo: el del dolor y la sangre. Simboliza la sangre de Cristo, derramada por la remisión de nuestros pecados. El cáliz que contiene el vino consagrado, es el cáliz de su sangre. “Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros”, dice el Señor. Derramada para el perdón de nuestros pecados y para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Que se usan en la eucaristía poseen también un significado simbólico de ofrenda y sacrificio. Cuando el sacerdote presenta las ofrendas del pan y del vino, ambos elementos acentúan nuestra disposición de entrega, de donación y sacrificio. Simbólicamente, la patena manifiesta esta voluntad: con el pan ponemos en la patena todo aquello que queremos entregar al Señor. Por otra parte, Cristo mismo usa la imagen del cáliz como signo de su sacrificio y de su sangre que será derramada. “¿Podrán ustedes beber este cáliz?”, pregunta a sus discípulos (Mt 20,22).
La eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (Vaticano II, Lumen Gentium, 11)