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Ilustración Portada: Giovan Pietro Birago, Iluminación. 1490
Diseño e Imágenes: Margarita Navarrete M.
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Índice
Introducción
1. La comprensión de la eucaristía 2. El lenguaje de los símbolos
3. Riqueza y diversidad de los símbolos 4. Sacar las consecuencias
5. El peligro de la dicotomía El verbo se hizo carne
1. El Dios invisible se hace visible 2. Los sacramentos
Marco Simbólico de la Celebración Eucarística 1. El año y los tiempos litúrgicos
1.1. La simbología del tiempo 1.2. Los tiempos del año litúrgico 1.3. La celebración del domingo 1.1. La simbología del tiempo 1.2. Los tiempos del año litúrgico 1.3. La celebración del domingo
2. La simbología de la vestimenta y de los colores litúrgicos 2.1. La vestimenta litúrgica
2.2. Los colores litúrgicos 2.1. La vestimenta litúrgica 2.2. Los colores litúrgicos
3. Personas y elementos simbólicos en la eucaristía 4. Los gestos corporales en la celebración eucarística
4.1. Palabras y gestos 4.2. La misa paso a paso 4.1. Palabras y gestos 4.2. La misa paso a paso Simbología de la Cena y del Sacrificio
1. Simbología de la cena
1.1. Simbología de la cena en general 1.2. La cena pascual del pueblo de Israel
2.2. El alma del sacrificio 2.3. Un sacrificio de expiación 2.4. Un sacrificio de alabanza
Introducción
H
ACE falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse. A este respecto, las normas recuerdan –y yo mismo lo he recordado recientemente– el relieve que se debe dar a los momentos de silencio, tanto en la celebración como en la adoración eucarística. En una palabra, es necesario que la manera de tratar la eucaristía por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo respeto. La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción para unC
1. La comprensión de la eucaristía
uando asistimos a misa, nos encontramos con una abundancia de gestos y ritos. El sacerdote usa una vestimenta especial, a veces de un color y en otras de otro. Eleva los brazos para rezar. Él y los fieles, en ciertos momentos, se dan golpes en el pecho, se inclinan, se ponen de rodillas, se persignan. En la celebración de la misa se usan expresiones que para muchos resultan extrañas o misteriosas. ¿Qué significa, por ejemplo, que el sacerdote presente el pan consagrado y diga “éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”? ¿Qué se quiere decir con ese apelativo? ¿Por qué se usa el pan y el vino en la celebración? ¿Por qué las flores y los cirios sobre el altar? ¿Por qué el sacerdote se inclina y besa el altar? ¿Qué significa que la santa misa sea un “sacrificio”?…
¿No es verdad que cuando acudimos a la celebración de la eucaristía a menudo escuchamos palabras e, incluso, repetimos gestos sin que nos involucremos interiormente en ellos? Simplemente repetimos oraciones y gestos en forma más o menos mecánica, sin que de hecho “pase algo” en nuestra alma.
Cuántas veces escuchamos decir que para los jóvenes (y los adultos) les resulta aburrida la misa. Muchos asisten a ella los domingos, más que para renovar su espíritu, por cumplir una obligación que la Iglesia impone a los fieles. Otros, poco a poco, van dejando la costumbre y no sienten que les haga falta participar en la misa.
¿Por qué se dan estas reacciones? Sin duda, se podrían aducir diversos motivos. Uno de ellos es la carencia de una catequesis adecuada. Si se tiene en cuenta que la eucaristía es la expresión cumbre de la espiritualidad cristiana, “el sacramento de nuestra fe”, participar de corazón en ella supone una fe viva. La eucaristía es una “escuela de fe”, pero antes que nada requiere adentrarse en los misterios de la fe.
Pero existe, además, otro motivo que suele hacer difícil la participación y comprensión de la santa misa. Se trata de la falta de sentido y poca familiaridad con los gestos y símbolos del lenguaje litúrgico.
En gran medida somos deudores de una religiosidad poco amiga de las expresiones sensibles. Nuestra cultura católica ha acentuado, en la transmisión de la fe casi en forma unilateral, las ideas, los conceptos, las definiciones, la expresión verbal e ideológica, por sobre la expresión a través de símbolos o gestos sensibles. Podemos leer o recitar de
religiosidad que han surgido en los últimos decenios, cuentan igualmente con una rica simbología.
La eucaristía no es un libro de teología. No acudimos a misa para escuchar o recitar un texto de carácter religioso. La celebración de la cena del Señor es una acción ritual a través de la cual se da un encuentro entre Dios y el hombre: es un actuar pleno de gestos y signos de hondo significado. ¿Estamos familiarizados con ese lenguaje litúrgico?
La publicación del libro “Cómo vivir y comprender la Eucaristía”, de Editorial Patris, quiso salir al encuentro de carencias especialmente en el campo catequético y abrir el camino para una mejor comprensión de la santa misa. El presente libro, “Los Símbolos de la Eucaristía”, quisiera constituir una ayuda que facilite una vivencia más rica de la celebración eucarística, abordando ahora en forma más extensa el sentido de los gestos y de la simbología usados en ella.
Trataremos, por lo tanto, de adentrarnos en el mundo de la simbología para abrir paso a una comprensión más integral y a una vivencia más profunda de la cena del Señor, cumbre de la espiritualidad cristiana.
2. El lenguaje de los símbolos
Antes de abordar propiamente la simbología de la santa misa, es preciso observar primero más de cerca el papel que juega en nuestra experiencia la comunicación a través de los signos y gestos simbólicos. La gracia edifica sobre la naturaleza. Por eso, en nuestra exposición constantemente buscaremos las analogías que se dan en el orden natural (que surge de las manos de Dios que es Creador) y lo que se da en el orden sobrenatural (que surge de las manos de Dios que es Redentor). Esto nos permitirá apreciar con mayor profundidad lo que acontece en torno al altar.
Nos preguntamos por lo tanto qué importancia revisten la imagen y los signos sensibles en nuestra forma cotidiana de expresarnos, de relacionarnos y comunicarnos unos con otros.
Para entendernos nos valemos de un idioma. Si la persona con quien tratamos de comunicarnos habla una lengua que no conocemos, entonces, para darnos a entender, recurrimos a gestos. Con un gesto le decimos que somos amigos, que tenemos hambre, etc. De hecho, nos comunicamos mucho más a través de gestos que a través de palabras. El lenguaje de los gestos no es sólo un recurso ante la incapacidad de comunicarse y entenderse por medio de las palabras. Muchas veces las palabras no logran expresar todo lo que quisiésemos decir. De allí que, a pesar de hablar un mismo idioma, recurramos a gestos, a imágenes y a símbolos para comunicarnos.
Por ejemplo, si queremos manifestar a una persona, agobiada por un gran dolor, que estamos con ella y que compartimos su dolor, más que decírselo con palabras, le damos un abrazo en silencio. Si queremos expresar nuestra alegría a un amigo a quien no veíamos hacía tiempo, nos acercamos a él extendiendo nuestros brazos y palmoteándole la espalda, sonreímos, etc. Las palabras confirman la emoción que hemos expresado con el abrazo.
Los gestos simbólicos y las imágenes expresan a menudo mucho más que las palabras. Nuestro modo de mirar, un ceño fruncido, la posición que adoptamos al sentarnos, un puño en alto, una mano que acaricia, son más elocuentes que el lenguaje hablado. Los gestos y símbolos tienen la propiedad de evocar y de transportar a realidades de otra dimensión, que van más allá de lo que vemos. El gesto sensible manifiesta más elocuentemente nuestra actitud interior.
Especialmente significativo es el lenguaje simbólico del cual nos valemos en el mundo del amor. ¡Qué pobre sería para los novios o para los esposos comunicarse sólo con palabras, pronunciando un “te quiero mucho”, sin que medie algún gesto! ¡Qué rico y amplio, en cambio, es el lenguaje de los gestos y de la simbología del amor!
Los gestos hablan por sí mismos, dicen más que cualquier palabra, incluso, en muchos casos, las palabras se hacen superfluas o innecesarias. Este lenguaje humano o “lenguaje total” es el lenguaje que usa la liturgia. En ella, por cierto, se dan las palabras, pero esas palabras van acompañadas, explican y reafirman una acción simbólica.
3. Riqueza y diversidad de los símbolos
Detengámonos un poco en la terminología que se usa en este campo. Hablamos de señales, signos, símbolos, gestos simbólicos. A menudo se usan estos términos como sinónimos. Tratemos, sin embargo, de delimitar más exactamente el significado propio que poseen estos términos. Esto nos permitirá entrar en materia con mayor claridad.
• Las señales
Si transitamos por una calle nos encontraremos con una cantidad de signos que nos dicen por dónde atravesar una calle o, si vamos en auto, dónde debemos detenernos o ceder el paso. Las señas o señales nos dan una información. Se trata de señales informativas.
La luz roja del semáforo, por ejemplo, nos informa que existe un peligro. Socialmente existe una convención que otorga a ese color un significado determinado. Hemos dado, convencional o arbitrariamente, al color rojo el significado de peligro. Para nosotros el negro es signo de luto; en otras culturas, este color puede significar justamente lo contrario.
En el caso de las señales, no existe una relación intrínseca entre éstas y su significado o el mensaje que nos dan. La bandera identifica a un país determinado. Si esa bandera está izada a media asta, expresa o nos informa con ello que el país está de duelo. En la liturgia nos encontraremos con el uso de diversos colores en la vestimenta del
celebrante. Cada color indica un tiempo litúrgico; nos señala convencionalmente, por ejemplo, que estamos en un tiempo litúrgico de penitencia o de fiesta.
• Los signos
Por otra parte tenemos lo que se denomina propiamente signos. Por ejemplo, el humo es signo de un fuego. Las flores son signo de la primavera y de la alegría, etc. El viento norte es signo que viene lluvia, etc. En el caso de los signos se da una relación más directa o interior del objeto que se tiene ante la vista con la realidad misma que éste significa o representa. El significado del humo no es arbitrario; tampoco es arbitraria la relación y el anuncio del viento respecto a la lluvia.
La cruz que está sobre o junto al altar, nos transporta espiritualmente a Cristo Jesús, que dio su vida por nosotros en ella. La patena y el cáliz son signos que nos traen un
identifiquen esa empresa con la idea de estabilidad y solvencia. La roca es símbolo de la consistencia y solvencia de una persona o de una empresa.
En la misa se da, paso a paso, una sucesión de símbolos; por ejemplo, el sacerdote celebrante evoca y hace presente a Cristo sacerdote: él representa simbólicamente a Cristo; la asamblea simboliza a la Iglesia entera, Cuerpo de Cristo, que se ofrece con él.
• Las acciones simbólicas
Más allá de este tipo de símbolos, que podríamos denominar “símbolos estáticos”, se dan las acciones simbólicas. Un lirio simboliza la pureza. Es un objeto. Una cena entre amigos, en cambio, es una “acción simbólica”, un acontecimiento, un quehacer que evoca una realidad trascendente, más honda.
Se trata en este caso de un actuar en el cual estamos involucrados personalmente. Cuando cenamos juntos, por ejemplo, renovamos o reactualizamos nuestra amistad. Es “un rito”, que va mucho más allá del alimentarnos comiendo juntos.
Se trata de gestos simbólicos existenciales, de acciones determinadas que nos involucran personalmente; que hacen presente una realidad “espiritual” más profunda.
La celebración de la eucaristía es esencialmente “una acción o un actuar sacramental”. De allí que reviste especial importancia entender el significado de lo que es una acción simbólica en el plano natural.
Ejemplos que apuntan en esta dirección son, por ejemplo, el gesto simbólico de fumar “la pipa de la paz”. Ésta era una acción simbólica a través de la cual los jefes de tribus que habían sido enemigas, expresaban su voluntad de reconciliación y de unión fumando juntos. Esa “acción simbólica” estaba expresando y ratificando lo que sucedía en su espíritu. Al fumar juntos esa pipa se actualizaba o hacía presente algo que los comprometía interiormente; realizaban un rito (un gesto sensible) de algo que sucedía entre ellos a otro nivel de profundidad.
E
S significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gestosencillo de la “fracción del pan”. Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos “hablan”. La eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente.
(Juan Pablo II, Mane Nobiscum, 14)
Un ejemplo que puede iluminar en algo lo que es la eucaristía, como recuerdo o “memorial” en el cual se reactualiza lo que sucedió el viernes santo en el Gólgota, es el siguiente: pensemos en los esposos cuando estos contrajeron matrimonio. En la ceremonia se dio el intercambio de argollas. Cada uno de los novios colocó un anillo en la mano de su cónyuge. Ese gesto fue el símbolo del compromiso de unir sus vidas para siempre. Fue un acto que marcó sus vidas profundamente. Todo el amor y entrega de uno al otro, se expresó simbólicamente en el intercambio de las argollas al sellar su alianza matrimonial.
Posteriormente ese matrimonio puede ver las fotos de su matrimonio, pueden pasar el video que se grabó en esa ocasión. Recuerdan entonces lo que fueron sus bodas. Pero, sucede algo diverso y mucho más profundo cuando, por ejemplo, cumplen sus bodas de plata y renuevan sus promesas matrimoniales. En ese caso, más allá de recordar, reviven la celebración de su matrimonio. Entonces se dan una vez más el sí e intercambian nuevamente sus argollas. Celebran una acción simbólica (el intercambio de anillos), y al hacerlo, reviven, reactualizan y confirman el mismo espíritu que los animaba cuando contrajeron matrimonio.
¿Qué sucede cuando convidamos a comer a un amigo o nos reunimos a cenar juntos? ¿Quiere decir que al hacerlo nos alimentamos juntos? Por cierto que es mucho más que eso, es una acción simbólica en la cual se revive y reactualiza la amistad, lo más profundo que los une. Estos ejemplos tienen mucho que ver con la denominación de la eucaristía como el “memorial” de la cena del Señor. Más adelante nos detendremos en detalle en esta acción simbólica.
El “ritual” es el libro que describe la forma y los gestos que se deben hacer al celebrar un sacramento. Así, el ritual de la misa es el compendio de los ritos prescritos por la Iglesia para la celebración de la eucaristía. La acentuación exagerada de las formalidades del rito, sobre todo cuando se ha perdido el espíritu que lo anima, da origen a lo que denominamos “ritualismo” o formalismo.
4. Sacar las consecuencias
Si consideramos lo expuesto, cabe preguntarnos si hemos tomado suficientemente en serio y si hemos dado verdadera importancia, en la catequesis y en nuestra vida personal, al lenguaje de los signos y de los símbolos.
La realidad pareciera señalar que, en el plano humano, de hecho damos mucho más importancia a la imagen, a la expresión sensible y a los símbolos, que en el plano espiritual-religioso. En este ámbito, mostramos una gran pobreza que contrasta con la actual “cultura de la imagen”, donde lo puramente conceptual o ideológico ha sido superado por lo visual y experiencial. Pareciera que “el lenguaje del cuerpo” o “lenguaje total”, no hubiese tocado mayormente nuestra piedad, sobre todo en las personas que practican un cristianismo más comprometido. Dejamos abierto todo el mundo de la expresividad sensible al espíritu mundano, reservando para Dios el mundo de lo espiritual, de las ideas y de las normas.
Si observamos una peregrinación al santuario de la Virgen María o de algún santo, normalmente encontramos en ella una expresividad religiosa mucho más rica y “encarnada”, propia de lo que llamamos “piedad popular”. Pero no es raro que ésta sea considerada una religiosidad más “primitiva e imperfecta”, carente de la pureza de una religiosidad más “culta” y más “sobria”, sin tanta “sensiblería”.
¿No explica este hecho en gran parte nuestra pobreza espiritual, hija del intelectualismo y racionalismo que han marcado nuestra vida cristiana en los últimos siglos? ¿No dependerá también de ello que nuestra vida interior y de oración no alcance muchas veces la intimidad y el calor que debería poseer una comunicación de amor “humano” con el Dios que es amor y que se encarnó?
Si bien es cierto que la abundancia de gestos y expresiones sensibles a veces no va acompañada de profundidad y consecuencia en nuestra vida de fe, o que muchas personas que practican la “piedad popular” carecen de una mayor formación doctrinal, igual o más cierto todavía es lo que dice un refrán alemán: “Es preciso no tirar por la ventana al niño junto con el agua sucia”, es decir, no echemos en el mismo saco lo imperfecto o defectuoso que pueda darse en las expresiones de piedad popular con aquello que es lo esencial y lo más valioso: la necesidad y conveniencia de que nuestra vida religiosa sea “encarnada”, que nos capte por entero, cuerpo y espíritu.
Dada la polaridad de nuestro modo de ser, siempre existe el peligro de caer en una desarmonía o dicotomía.
Por ejemplo, un signo sensible, como el estrechar la mano a una persona, que de suyo expresa amistad, en un caso determinado podría ser falso e hipócrita. Esto sucede cuando aquel que tiende la mano no está movido por un espíritu fraterno sino que interiormente en su alma hay odio, rencor o rechazo a quien saluda. El gesto simbólico es entonces inauténtico. Ese gesto no está respaldado por el espíritu que expresa o simboliza.
En nuestras formas podemos tener un trato muy correcto, pero ello no significa que, por esa rectitud “formal”, no pueda existir en nuestra alma una incorrección, una actitud de desprecio interior hacia el otro. Se dan formas y gestos falsos: formalismos carentes de alma, vacíos. Por otra parte, en el extremo opuesto, se dan espiritualismos, es decir, actitudes interiores que no se traducen en comportamientos adecuados y coherentes. Puede ser, por ejemplo, que estemos arrepentidos de haber ofendido a una persona, sin embargo, no llegamos a manifestarle exteriormente, por medio de un gesto, nuestro arrepentimiento.
De allí que la búsqueda de la unidad entre lo corporal y lo espiritual sea tarea constante en nuestra autoformación. Una personalidad integral e integrada debiese mostrar una armonía entre espíritu y forma, entre gesto y alma, entre actitud exterior y actitud interior, donde la forma o el gesto sensible exprese y proteja el espíritu que la anima, y donde el espíritu dé vida y sentido a la expresión corporal.
Si en nuestras relaciones interpersonales, en el plano puramente humano, se puede dar una dicotomía, por cierto que ésta también se puede dar en nuestra relación con Dios. Ejecutamos gestos, ritos, acciones simbólicas, pero esa expresividad puede ser una forma hueca, vacía de espíritu.
El gesto ritual o culto que ofrecemos a Dios muchas veces carece del espíritu que debiera animarlo. Es así un culto intrínsecamente engañoso, una forma carente de alma. De allí el fuerte rechazo de Dios a ese tipo de culto, propio de un pueblo que lo alaba con los labios o que le ofrece sacrificios y holocaustos, pero cuyo corazón está lejos de él. El “verdadero” culto, dirá el Señor, es el culto en “espíritu y verdad”.
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n la Biblia, la comida significa amistad común, presentada a Dios en la oración. Este lazo que se establece entre los comensales, puede llegar a ser una alianza. Cuando Jacob hace una alianza con Labán, ofrece un sacrificio y sella el tratado en una comida. “Jacob hizo un sacrificio en el monte e invitó a sus hermanos a tomar parte (en la comida). Ellos tomaron parte”. (Gen 31, 54) Para decir aliado, se decía: “hombre de mi pan”. En medio de esta riqueza de signos, se inscribe la comida pascual que Jesús, mediante la cena, relaciona con su muerte sacrificial. Su sacrificio, como hemos visto, trasciende las categorías artificiales. Es un holocausto, si se considera la plenitud irrevocable del don que va más allá de las fronteras de la muerte. Es un sacrificio expiatorio si se piensa en la sangre “vertida por la remisión de los pecados”. Es un sacrificio, no solamente una comida, sino una comida sacrificial. En ella, sin embargo, el Cordero pascual es el mismo Cristo. La comunión con Dios que los antiguos participantes en el sacrificio de comunión obtenían al comer una parte de la víctima, los fieles de la Nueva Alianza la consiguen al participar en la copa y en el pan eucarístico. “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1Cor 10, 16-17).– Los ritos son necesarios.
– ¿Qué es un rito? – dijo el Principito.
– Es también algo demasiado olvidado – dijo el zorro –. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora diferente de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el Principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida: – ¡Ah!... –dijo el zorro–. Voy a llorar.
– Tuya es la culpa –dijo el Principito–. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara. – Sí,– dijo el zorro.
– ¡Pero vas a llorar! – dijo el Principito. – Sí– dijo el zorro.
– Entonces, no ganas nada.
H
ay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios” (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.Juan Pablo II,
D
El uso de un lenguaje simbólico o de la expresión a través de signos sensibles, responde a algo constitutivo de nuestra naturaleza como seres humanos. No somos ángeles. No somos espíritus puros. Somos seres corporales. Pero trascendemos ampliamente lo corporal. Somos una unidad de alma y cuerpo. No somos un cuerpo que tiene un alma, somos un espíritu encarnado. En esto radica la necesidad de comunicarnos y expresarnos a través de gestos sensibles.
Si el lenguaje de los símbolos, ese “lenguaje total” u “orgánico” que hemos descrito, corresponde a nuestro modo propio de comunicarnos, si ese lenguaje de la imagen y del símbolo es especialmente el vehículo por el cual expresamos nuestro amor, la entrega de nosotros mismos y la comunión con el tú, entonces es comprensible que Dios mismo (que sabe de qué estamos hechos) se haya adaptado a nuestra naturaleza sensible-corporal para comunicarse y entrar en comunión con nosotros. El Dios que nos creó, el Dios que es Amor, sabe, por eso, cómo comunicarse con nosotros a través de gestos y símbolos.
El lenguaje de la revelación no es primariamente un lenguaje conceptual o ideológico, sino ante todo un lenguaje vital y simbólico. La Biblia no entrega una definición conceptual-filosófica de Dios, ni tampoco es un manual de teología dogmática, afirmando que Dios es la “Causa Primera” o explicando las dos naturalezas (humana y divina) que subsisten en la persona de Cristo. Para que podamos comprender quién es Dios, nos dice que Yahvé es el “Alfarero” o la “Roca”. “Yo soy, dice Yahvé, como un ciprés siempre verde, y de mí procede tu fruto” (Os 10, 9). El pueblo de Israel percibe su presencia en esa “nube” o luminosidad sobre el Arca de la Alianza, que acompaña su peregrinar por el desierto. Entiende quién es Yahvé, cuando éste se manifiesta como el “Esposo” de Israel; un Dios que es poderoso y tierno como un padre y lleno de amor como una madre. La Palabra definitiva a través de la cual Dios se nos revela es Cristo. El Verbo de Dios, que es espíritu puro, para llegar hasta nosotros, tomó carne, se encarnó, asumiendo un cuerpo y expresándose en forma sensible: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”, afirma solemnemente san Juan (Jn 1, 14).
En Cristo, el Verbo encarnado, el Dios invisible se hace visible. Cuando el Señor quiere manifestar quién es él, lo hace a través de imágenes y símbolos. Él es el “Buen Pastor”, el “Pan de Vida”, la “Piedra Angular”, la “Vid verdadera”, la “Luz” del mundo, el “Agua
Viva”, “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”... Para explicar qué es el reino de los cielos, se vale de parábolas: habla del tesoro escondido en el campo, de la semilla, del banquete de bodas, etc. Para hacernos comprender hasta qué punto debiéramos estar unidos a él, explica a sus discípulos la alegoría de la vid y el sarmiento. Para mostrar su poder divino, realiza “signos” (los milagros). Impone las manos a los niños; unta con saliva la lengua del sordomudo para devolverle el habla; toma el pan y la copa de vino y, bendiciendo al Padre, se los da a sus apóstoles, diciéndoles que coman y beban porque ése es su cuerpo y ésa es su sangre.
En el carácter sacramental de la vida de la fe, podemos constatar siempre de nuevo lo mismo: se trata de realidades concretas, tangibles (personas y cosas), de gestos o signos sensibles, simbólicos, que evocan y hacen presente realidades que los trascienden.
En el contexto de las explicaciones anteriores podemos comprender mejor lo que significa la “sacramentalidad” presente, en primer lugar, en la persona misma de Cristo y en su actuar en y a través de la Iglesia, que es su Cuerpo. El Verbo encarnado, la Palabra visible y tangible (“Quien me ve a mí ve al Padre”), es el “sacramento radical” de nuestra fe. Quien lo ve a él ve al Padre.
La palabra “sacramento” (de “sacramentum”, en latín) comenzó a utilizarse en el siglo segundo para traducir del griego el término “misterio”. Por “misterio de Cristo” se expresa lo que es Cristo y su obra salvífica. Esta obra la realiza Jesús a través de la Iglesia y, en ella, particularmente a través de signos que hacen presente y actuante su gracia.
Consecuente con su ser, Cristo funda la Iglesia como signo visible y universal de su actuar y presencia salvadora en medio del mundo. La Iglesia es el “sacramento general” de nuestra unión con Dios y de la unión de los hombres entre sí” (cf. Concilio Vat. II, LG 7,48). En la realidad visible de la Iglesia se hace presente la persona y el actuar de Cristo, sólo perceptibles a los ojos de la fe.
El Señor, junto con fundar la Iglesia, instituye los sacramentos para prolongar en ellos su presencia y acción redentora. A través de un largo proceso, la Iglesia llegó a establecer el término “sacramento” para designar propiamente a los 7 sacramentos (bautismo, confirmación, eucaristía, reconciliación, orden sacerdotal, matrimonio y unción de los enfermos). Se los definió como “signos sensibles y eficaces de la gracia”. Son gestos – signos sensibles– de carácter simbólico, a través de los cuales Cristo nos comunica su presencia y sus dones. Él se hace realmente presente en ellos (por eso el adjetivo “eficaz” de la definición). El Señor sabía que los sacramentos nos permitirían llegar a una hondura que los conceptos o las ideas por sí mismos nunca lograrían alcanzar. Lo que es inaccesible y trascendente, se hizo así cercano y “palpable” en los signos sacramentales. Entre los sacramentos, la eucaristía es la cumbre y la fuente de nuestra vida como cristianos.
“sacramentales”, para distinguirlos así de los siete sacramentos. De acuerdo a la fe de los fieles, Cristo regala su gracia a través de ellos. Por ejemplo, son sacramentales el agua bendita, las imágenes de gracia, las bendiciones de las personas y de las cosas, la imposición de la ceniza el primer miércoles de cuaresma, la bendición de los ramos a inicios de la Semana Santa, etc. En la celebración de la eucaristía podremos constatar constantemente la realidad de los sacramentales, que están insertos o entrelazados en la celebración.
U
NA vez glorificado, Jesucristo escapa a nuestras posibilidades normales de visión. A partir de ese momento, ¿cuál es la manera de entrar en contacto con el Señor que queda para los que están sujetos al tiempo de la historia?Sin duda, la fe. Pero ¿es esto suficiente? No, ya que si así fuese, hubiésemos perdido parte de la dimensión que inaugura la encarnación del Señor. Si Dios se ha encarnado (se ha hecho carne), es para que el hombre pueda encontrarlo de nuevo humanamente a través de los signos visibles. En la representación simbólica del misterio realizado una vez para siempre, Dios ofrece al hombre la posibilidad de este contacto más íntimo. De hecho, en esto consiste el misterio cultual de la Iglesia que él fundó. Gracias a los sacramentos de la Iglesia, encontramos de nuevo al Señor glorificado, y no sólo espiritualmente, sino de un modo corporal, a través de toda la economía de signos humanos que prolongan para nosotros la humanidad de Cristo.
P
descubrir el sentido de los gestos y palabras de la liturgia, orientando a los fieles a pasar de los signos al misterio y a centrar en él toda su vida.
(Juan Pablo II, Mane Nobiscum,17)
odemos ahora adentrarnos en la rica simbología de la celebración eucarística. Recorreremos para ello un camino que va desde los signos más directos y palpables hasta llegar a su simbología más profunda.
mía” (cf 1 Cor 11, 24-25). Es decir, hagan este gesto simbólico que he realizado y revivan o actualicen en él, al repetirlo, el espíritu que vivimos cuando lo realizamos en vísperas de mi pasión, muerte y resurrección.
De allí que llamemos a la misa el “memorial” de la cena del Señor. Cuando en la liturgia se habla de “memorial”, nos referimos a algo que va más allá de un mero recuerdo o representación, de modo semejante como cuando los esposos renuevan en una acción litúrgica su matrimonio. No sólo recuerdan el día en que se casaron, sino que “reactualizan” en ese rito el espíritu que vivieron cuando contrajeron matrimonio.
El Señor instituyó la eucaristía como sacramento bajo la forma de una cena y de un sacrificio. Celebró una cena, más expresamente aún, la instituyó celebrando la cena de Pascua con la cual el pueblo de Israel conmemoraba (y reactualizaba) la liberación de la esclavitud de Egipto y su peregrinar hacia la tierra prometida.
Por otra parte, en la cena del Señor se hace presente otra acción simbólica: la que realizaba el pueblo de Israel cuando ofrecía sacrificios de alabanza y expiación a Yahvé. Por medio de una ofrenda el pueblo expresaba simbólicamente (sacrificando un animal u ofreciendo las primicias de sus cosechas) su adoración, gratitud y petición de perdón al Señor.
Ahora bien, la celebración de la cena sacrificial que es la eucaristía está llena de simbolismos y gestos complementarios llenos de significado. De allí que, para su comprensión integral, es preciso familiarizarse también con el significado propio de cada uno de los elementos que conforman la celebración.
En la santa misa entran en escena diversos actores (el celebrante, la asamblea), objetos (pan, vino, agua, cirios, etc.) y se realizan gestos determinados (levantar las manos, arrodillarse, etc.). La celebración eucarística es un actuar, es decir, algo que acontece. Es una acción cultual concreta que se desarrolla en el tiempo. En este sentido hablamos de los tiempos del año litúrgico.
Si tuviésemos que describir la cena que celebran dos amigos, tendríamos que ir deteniéndonos en cada detalle de ese encuentro: la mesa, el mantel, la comida, la iluminación del lugar, etc.; al hacerlo, no perderíamos de vista que estamos tratando de explicar y describir lo esencial que ellos están viviendo al cenar juntos. De modo semejante, al explicar la simbología de la Cena del Señor, procederemos abordando
• Luego abordaremos el significado de los diversos gestos que realizan el celebrante y la comunidad que celebra.
• Por último, profundizaremos en el núcleo mismo de la celebración, ahondando en lo que significa la cena y el sacrificio.
La eucaristía es fuente de la unidad eclesial y, a la vez, su máxima
manifestación. La eucaristía es epifanía de comunión.
1. El año y los tiempos litúrgicos
1.1. La simbología del tiempo
¿Damos importancia en nuestra vida al tiempo, a los períodos de tiempo que nos han marcado en nuestra historia personal o familiar?
Así como nosotros somos historia y nos comprendemos a nosotros mismos a partir de nuestra génesis y desarrollo histórico, también el cristianismo es una historia, no es simplemente una ley moral. Es un acontecimiento que sucedió en el tiempo. La eucaristía no es algo atemporal, no; revive un momento histórico cumbre de la historia de salvación.
Consideremos primero el significado simbólico que tiene el tiempo para nosotros en general. No todos los tiempos son iguales: existen tiempos y tiempos. Pensemos, por ejemplo, en lo que significa para un matrimonio el día en que contrajeron nupcias. Ese día está cargado de contenido vital. Es diferente a todos los otros días. Es único.
Existen períodos de tiempo que revisten una importancia especial. Por ejemplo, continuando con el matrimonio, la concepción y los nueve meses de espera del primer hijo. Ese tiempo nunca se borrará del corazón. Fue un tiempo especialísimo, lleno de nuevas vivencias que culminaron cuando la madre dio a luz a su primer hijo.
Pensemos en otros tiempos especiales: en un tiempo de prueba, cuando alguno de los hijos sufrió un accidente o se enfermó gravemente; o cuando el esposo quedó sin trabajo y, por ello, la familia debió sufrir carencias y renuncias. Todos éstos son tiempos “sacramentales”; poseen un contenido y una resonancia vital-emocional única para quienes los vivieron y recuerdan.
Nuestra vida es una historia y, en el sentido más profundo, una historia sagrada. Por eso, celebramos aniversarios y jubileos y esas celebraciones, personales o familiares, son siempre vivas y actuales. Si se celebra el jubileo de plata matrimonial, esa celebración no es sólo un recuerdo nostálgico o alegre de un pasado. Es mucho más que eso: en el jubileo se revive y reactualiza la unión esponsal, ahora cargada y confirmada por los 25 años transcurridos. En la celebración del jubileo de los 25 años de matrimonio éste se renueva, no sólo se “recuerda” sino que se re-actualiza el espíritu que animó el momento histórico que lo originó.
Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno. Con la venida de Cristo se inician los “últimos tiempos” (cfr Heb 1, 2), la “última hora” (cfr 1 Ioh 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia que durará hasta la parusía.
De esta relación de Dios con el tiempo nace el deber de santificarlo. Es lo que se hace, por ejemplo, cuando se dedican a Dios determinados tiempos, días o semanas, como ya sucedía en la religión de la Antigua Alianza, y sigue sucediendo, aunque de un modo nuevo, en el cristianismo.
En la liturgia de la vigilia pascual el celebrante, mientras bendice el cirio que simboliza a Cristo resucitado, proclama: “Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Pronuncia estas palabras grabando sobre el cirio la cifra del año en que se celebra la Pascua.
El significado del rito es claro: evidencia que Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su encarnación y resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la “plenitud de los tiempos”. Por ello también la Iglesia vive y celebra la liturgia a lo largo del año. El año solar está así traspasado por el año litúrgico, que en cierto sentido reproduce todo el misterio de la encarnación y de la redención, comenzando por el primer domingo de adviento y concluyendo en la solemnidad de Cristo, Rey y Señor del universo y de la historia. Cada domingo recuerda el día de la Resurrección del Señor.
1.2. Los tiempos del año litúrgico
Cuando celebramos la misa, se rememora y reactualiza un hecho situado en el tiempo (una realidad que percibimos en la fe). La eucaristía re-vive, re-memora y re-actualiza el acontecimiento salvífico de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, el acontecimiento pascual, cuando Cristo padeció y murió, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y resucitó en la noche del sábado.
Este acontecimiento pascual es la culminación de la obra redentora del Señor, pero su vida entera está marcada por la redención. De allí que la Iglesia, al establecer la celebración del año litúrgico, ha querido ir recordando y reactualizando toda la vida del Señor, desde el momento en que el Verbo toma carne en las entrañas de María, hasta su
presente el misterio de Cristo, ayudando a que el pueblo cristiano reviva así los períodos o etapas más relevantes de la vida de Cristo Jesús. Ella ha conformado el calendario litúrgico distinguiendo:
• Tiempo de Adviento
• Tiempo de Navidad y Epifanía • Tiempo de Cuaresma
• Semana Santa y Triduo Pascual • Tiempo Pascual
• Tiempo Ordinario
Tiempo de Adviento
Adviento significa venida, llegada. Es el tiempo litúrgico dedicado a preparar la venida del Señor; la venida histórica del Mesías acaecida hace más de dos mil años, y la venida escatológica, que esperamos al final de los tiempos. El Adviento comprende las cuatro semanas que preceden al 25 de diciembre. Es un tiempo de alegre esperanza y de purificación que nos prepara para recibir a Cristo Jesús.
Tiempo de Navidad y Epifanía
Es el tiempo dedicado a celebrar el nacimiento del Señor y su manifestación o Epifanía. Se extiende desde el 24 de diciembre, vigilia de Navidad, hasta la fiesta del bautismo del Señor. La Iglesia de Roma fijó esta celebración el 25 de diciembre, dando un nuevo sentido a la fiesta pagana del nacimiento del sol.
Epifanía es la fiesta litúrgica que se celebra el domingo siguiente al 6 de enero. Incluye tres manifestaciones de la divinidad de Cristo: la manifestación a los Magos de Oriente, que son guiados por la estrella hacia el pesebre; la manifestación de Cristo en las bodas de Caná (después de su primer milagro “los discípulos creyeron en él”), y la manifestación de la divinidad de Cristo en su bautismo en el Jordán.
Tiempo de Cuaresma
Cuaresma significa cuarentena, y evoca el simbolismo del número cuarenta: los episodios de los cuarenta días del diluvio antes de la alianza con Noé; de Moisés y sus cuarenta días en el monte; del pueblo de Israel y sus cuarenta años de peregrinación por el desierto rumbo a la tierra prometida; los cuarenta días de Elías caminando hacia el monte del encuentro con Dios; y, sobre todo, recuerda los cuarenta días en que Jesús ayunó en el desierto.
El tiempo de Cuaresma comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo, antes de la celebración eucarística vespertina. La cuaresma con sus cuarenta días se iniciaba originariamente el primer domingo de cuaresma, pero, para completar los cuarenta días de ayuno, como los domingos no se ayunaba, se adelantó su inicio al Miércoles de Ceniza. Es un tiempo de penitencia y de preparación a la celebración de la Pascua.
es todavía cuaresma) en la cual la Iglesia revive la institución de la eucaristía. El viernes santo se centra en el misterio de la cruz. El sábado santo es un día de duelo y meditación. La noche del sábado santo se celebra la solemne vigilia pascual, celebración que inicia el tercer día del triduo pascual, el domingo, fiesta de la resurrección del Señor.
El tiempo pascual
Es un tiempo dedicado a la celebración de la resurrección del Señor. Un tiempo de gran alegría por el triunfo del Señor y que debe celebrarse como “un gran Domingo”. El tiempo pascual comprende los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés, domingo en que se hace memoria de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto a María.
“Pascua” significa “paso”, constituye la fiesta más importante del año litúrgico. Conmemora la resurrección del Señor. Su origen entronca con la fiesta judía del “pesaj”, que recuerda la liberación de Egipto. Es una fiesta movible, que se fija en el domingo siguiente a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera (21 de marzo). Oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril.
Tiempo ordinario o tiempo durante el año
El tiempo ordinario comprende las 33 o 34 semanas en las cuales no se celebran aspectos particulares del misterio de Cristo, sino a Cristo en su plenitud. Este tiempo está dividido en dos partes: Una, que comprende un mínimo de cuatro semanas y un máximo de nueve, ubicadas entre la Epifanía y la Cuaresma, y otra, que va desde Pentecostés al inicio del tiempo de Adviento.
1.3. La celebración del domingo
G
RANDE es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor signifique tanto para la Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical. Si en la eucaristía se realiza la plenitud de culto que los hombres deben a Dios y que no se puede comparar con ninguna otra experiencia religiosa, esto se manifiesta con eficaciaparticular precisamente en la reunión dominical de toda la comunidad, obediente a la voz del Resucitado que la convoca, para darle la luz de su Palabra y el alimento de su Cuerpo como fuente sacramental perenne de redención. La gracia que mana de esta fuente renueva a los hombres, la vida y la historia.
Con esta firme convicción de fe, acompañada por la conciencia del patrimonio de valores incluso humanos insertados en la práctica dominical, es cómo los cristianos de hoy deben afrontar la atracción de una cultura que ha conquistado favorablemente las exigencias de descanso y de tiempo libre, pero que a menudo las vive superficialmente y a veces es seducida por formas de diversión que son moralmente discutibles. El cristiano se siente en cierto modo solidario con los otros hombres en gozar del día de reposo semanal; pero, al mismo tiempo, tiene viva conciencia de la novedad y originalidad del domingo, día en el que está llamado a celebrar la salvación suya y de toda la humanidad. Si el domingo es día de alegría y de descanso, esto le viene precisamente por el hecho de que es el “día del Señor”, el día del Señor resucitado.
Descubierto y vivido así, el domingo es como el alma de los otros días, y en este sentido se puede recordar la reflexión de Orígenes según el cual el cristiano perfecto “está siempre en el día del Señor, celebra siempre el domingo”. El domingo es una auténtica escuela, un itinerario permanente de pedagogía eclesial. Pedagogía insustituible especialmente en las condiciones de la sociedad actual, marcada cada vez más fuertemente por la fragmentación y el pluralismo cultural, que ponen continuamente a prueba la fidelidad de los cristianos ante las exigencias específicas de su fe. En muchas partes del mundo se perfila la condición de un cristianismo de la “diáspora”, es decir, probado por una situación de dispersión, en la cual los discípulos de Cristo no logran mantener fácilmente los contactos entre sí ni son ayudados por estructuras y tradiciones propias de la cultura cristiana. En este contexto problemático, la posibilidad de encontrarse el domingo con todos los hermanos en la fe, intercambiando los dones de la fraternidad, es una ayuda irrenunciable.
domingo sin fin de la Jerusalén celestial, cuando se completará en todas sus facetas la mística Ciudad de Dios, que “no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23).
2. La simbología de la vestimenta y de los colores
litúrgicos
2.1. La vestimenta litúrgica
Cuando el sacerdote celebra la eucaristía se reviste de un ornamento litúrgico. No la celebra con la vestimenta que usa el día de trabajo. Es una vestimenta especial: litúrgica o cultual.
Más allá de protegernos o de cubrir nuestra desnudez, nuestra vestimenta posee un gran significado simbólico. Nos vestimos de modo especial, por ejemplo, cuando hemos sido invitados a una boda o participamos en una recepción a una persona importante. Cuando trabajamos nos ponemos “ropa de trabajo” y, para el día de fiesta, usamos una vestimenta especial. Los novios expresan simbólicamente en su traje el momento y la trascendencia de lo que viven. Un uniforme determinado indica que pertenecemos a un cuerpo de trabajo profesional o a una comunidad particular. Militares, jueces, miembros de una empresa, trabajadores, miembros de una comunidad religiosa, etc., así lo hacen. El modo de vestirnos refleja lo que somos o deseamos ser. Nos identificamos por el tipo de ropa que usamos y por el colorido de nuestro vestido. Un varón usa un tipo de vestimenta y una mujer otro tipo. No parece adecuado que un hombre use vestimenta de mujer ni una mujer, un vestido masculino. Tampoco corresponde que una persona mayor se vista como un adolescente o viceversa. Los jóvenes expresan su originalidad cambiando la moda de la juventud que les precedió.
Nuestra vestimenta no sólo expresa la actividad en la cual participamos, sino, además, puede manifestar nuestra identidad como miembros de un determinado pueblo. Las más diversas vestimentas típicas de un país dan testimonio de ello.
El vestido o traje que usamos manifiesta también el espíritu que nos anima: si alguien usa ropa sucia, si su vestido no guarda el pudor, o es de colores discordantes, con ello se está expresando algo de lo que es interiormente. Del mismo modo la ropa limpia, decorosa y estéticamente hermosa, que alguien viste, refleja su alma.
Junto con la forma del vestido, el color es también significativo. Los colores hablan de estados de ánimo. En determinadas ocasiones un color no es adecuado, pero, en otra ocasión, en cambio, puede ser perfectamente apropiado. Hay colores más “tristes”, más
parte por qué pasaron siglos hasta que, en la comunidad eclesial, se fueron dando vestimentas especiales para el culto, particularmente en la celebración de la eucaristía. Así, por ejemplo, al inicio, poco a poco, la toga greco-romana se fue adaptando como traje litúrgico (en el uso profano, la toga se fue acortando, en el litúrgico permaneció más bien larga). Se ha dado un lento proceso hasta lo que hoy tenemos; (hay que tener presente que junto a nuestro rito latino existen en la Iglesia otros ritos y, en ellos, diversos ornamentos litúrgicos).
En este proceso histórico queda claro que “el hábito no hace al monje”, que los ornamentos litúrgicos no son lo más importante en la celebración, pero, también, por otra parte, que ellos expresan y protegen el espíritu del sacramento que se celebra.
El celebrante, obispo o sacerdote, indica por su vestimenta que no actúa en nombre propio, sino en representación de Cristo sacerdote. No correspondería que, al celebrar un rito sagrado, llevara “ropa de calle”. Al revestirse, el obispo y el sacerdote manifiestan que presiden una celebración que trasciende el carácter profano. La vestimenta litúrgica, para el sacerdote mismo como para la comunidad, cumple así una función pedagógico-simbólica.
La vestimenta principal es la siguiente: el alba, la casulla y la estola.
El alba
Es la túnica blanca (de allí su nombre) con la cual se revisten los celebrantes. Con ella se indica que el sacerdote se reviste de Cristo, del hombre nuevo. El color blanco simboliza la inocencia y recuerda la túnica bautismal. El alba también es usada por los acólitos y lectores de la Palabra. El “cíngulo” (de “cingere”, ceñir) es el cordón con el cual se ajusta el alba a la cintura. Se le da el simbolismo de estar “atados” a Cristo Jesús.
La estola (del griego “stolizo”, adornar)
Es una banda de unos 15 cm. de ancho que se coloca sobre los hombros y cuelga hasta más abajo de las rodillas. Los diáconos la llevan terciada de izquierda a derecha. Se coloca sobre o bajo la casulla. La estola es signo distintivo del orden sacerdotal, por eso
es de uso exclusivo de quienes han recibido el sacramento del orden sacerdotal (diáconos, sacerdotes y obispos). La estola es del color litúrgico correspondiente. Normalmente lleva alguna imagen o símbolo religioso.
La casulla (que significa “casa pequeña”)
Es la vestimenta que caracteriza al celebrante y que se coloca encima del alba. Las casullas son de diversos colores, según el tiempo litúrgico en que se usan.
Así como el celebrante que preside la eucaristía y los concelebrantes usan estas vestiduras litúrgicas, corresponde que los laicos que participan en la celebración, expresen también de algún modo, por su forma de vestir, que forman parte en una celebración cultual y no en una simple reunión social o comunitaria. De allí la conveniencia que asistan a ella vestidos de tal forma que con su actitud y su vestido no contradigan los misterios que se celebran.
2.2. Los colores litúrgicos
Anteriormente aludimos a que el color de la vestimenta también tiene importancia simbólica. Los colores litúrgicos son aquellos empleados en los ornamentos de los ministros en las celebraciones litúrgicas. Expresan simbólicamente las características del tiempo litúrgico que corresponde.
Expresa el sentido de esperanza. Se emplea en el tiempo ordinario del año litúrgico, que es el tiempo de la Iglesia que peregrina hacia la Casa del Padre.
El color morado
Expresa un espíritu penitencial. Es propio del tiempo de adviento, de cuaresma y de semana santa. Se usa además en las misas y oficios de difuntos. Algunas veces en las misas de difuntos se emplea el color blanco, para remarcar el carácter de resurrección y de vida nueva a la que se accede después de la muerte.
M
isterio grande, Misteriode misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la eucaristía
nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.
Quien convoca a la Cena del Señor es Cristo mismo, pero lo hace a través del sacerdote que, por la unción del sacramento del orden, ha sido facultado por él para presidir la eucaristía, actuando en nombre suyo.
Los convocados a la cena conforman la asamblea litúrgica, es decir, el Pueblo de Dios, reunido para dar culto al Padre en la celebración del misterio de Cristo Redentor.
Tanto el que preside como la asamblea misma poseen un carácter sacramental o simbólico propio.
El sacerdote que preside
lo hace “in persona Christi”, es decir, como instrumento personal del Señor, presente y actuante en él, por el carácter sacerdotal que el sacramento del orden imprimió en su ser. El sacerdote hace presente a Cristo en su función de Cabeza del Cuerpo del Señor (de la Iglesia). Los invitados a la cena deben ver en el sacerdote no sólo a una persona humana determinada, con sus propias debilidades o virtudes, sino a una imagen de Cristo. Los ojos de la fe permiten que vean al Señor en quien, en el momento de la consagración, puede decir: “éste es mi Cuerpo” y “ésta es mi Sangre”.
Desviaciones en la celebración de la eucaristía a veces han querido borrar esta “diferencia”, de forma que no aparezca una “cabeza”, sino que lo que cuente sea la comunidad celebrante. Con ello se falsea el sentido de la liturgia y no se comprende el “signo sacramental” del cual está revestido el sacerdote que preside. De esa manera, la misma presencia de Cristo sacerdote queda truncada.
La asamblea
Es decir, quienes participan en la cena eucarística (que no sólo “asisten” pasivamente a ella, sino que también celebran, presididos por el sacerdote), son también un signo sacramental del Pueblo de Dios, la Iglesia. Son Cuerpo del Señor, miembros vivos suyos, que se abren a su don, a su palabra y que, como María Santísima, que estuvo al pie de la cruz, se unen a él en una misma ofrenda. Son Esposa del Señor, que en él conforman un solo cuerpo y un solo espíritu. No se trata, por lo tanto, de una multitud anónima o de un conjunto de personas que presencian con mayor o menor atención una representación. Son comensales, co-actores, co-oferentes. Cristo está presente en su Cuerpo de una forma real y misteriosa.
El altar
Iglesia y, en concreto, de la comunidad que celebra el banquete pascual.
Las flores
Cuando celebramos, adornamos el lugar de la fiesta con flores. Si queremos manifestar nuestro amor, gratitud o admiración a una persona, le regalamos flores. Las flores son símbolo de alegría, de la vida y la primavera. No es extraño, por lo tanto, que siempre – exceptuando los tiempos de penitencia y rememoración de la pasión y muerte del Señor en Semana Santa– se coloquen flores junto o sobre el altar. Esas flores evocan de modo especial la celebración de la victoria del Cristo resucitado que venció la muerte. Se colocan flores para expresar la alegría y la primavera de la resurrección del Señor.
Los cirios
Sobre o junto al altar también se colocan cirios encendidos. Ellos recuerdan a Cristo, Luz del mundo. Son también símbolo de la fe y del amor. Participamos en “el sacramento de nuestra fe”. Si nuestras lámparas no están encendidas, como no lo estaban aquellas de las
vírgenes necias, nos será imposible comprender lo que está sucediendo en torno al altar. Sólo presenciaremos materialmente una acción litúrgica, sin penetrar su sentido más profundo. En cambio, si tenemos nuestras lámparas encendidas, podremos participar verdaderamente en la celebración de la eucaristía.
Esa fe, simbolizada en los cirios encendidos, es una fe llena de amor y de fuego. La llama del cirio arde y se consume. Nos indica que seguir a Cristo, identificándonos y entrando en una íntima comunión con su vida, muerte y resurrección, es fruto de una fe viva, de un amor ardiente. De un amor que, iluminado por la fe, se entrega y busca fusionar el propio corazón con el corazón de Cristo.
El crucifijo
Que se coloca sobre el altar o en el espacio que lo rodea, es signo de que celebramos el sacrificio del Gólgota. “Predicamos a Cristo, dice san Pablo, pero a Cristo crucificado”. La fraternidad y la paz, el perdón y la reconciliación, son frutos de la pasión y muerte del Señor que conmemoramos en la Cena eucarística.
vino que está sobre el altar. Una vez consagrados, con los ojos de la fe, vemos en ellos a Cristo ofrendado. En el pan y el vino consagrados está Cristo presente, independiente de que sea profunda o débil nuestra fe en ese misterio. Si nuestra fe es viva, lo “veremos”, creyendo en ello; si no tenemos fe, miraremos y veremos, pero no lo percibiremos a él sino simplemente un trozo de pan y una copa de vino.
Si el Señor eligió esos dos elementos para dejarnos el sacramento eucarístico, lo hizo porque en ellos se condensaba un rico significado simbólico. El pan y el vino expresan lo que es la creación y el trabajo del hombre.
El largo proceso de la elaboración del pan y del vino, en el cual son muchos los que han colaborado, señala en esta dirección. Ese pan y ese vino son símbolos que expresan lo que somos, lo que hacemos y trabajamos: son el “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Para obtener el pan con que celebramos, hubo que preparar el terreno, romper la tierra, sembrar la semilla. Luego fue necesaria la acción de la naturaleza, de la tierra, del agua, del calor del sol; abonar el terreno y quitar las malezas. En el correr de las semanas, la planta creció y maduró la espiga; vino la siega, la trilla y se separó el trigo de la paja. Ese trigo fue ensacado, llevado al molino, triturado, purificado y amasado. Por último, se llevó al horno. Algo semejante sucedió con el vino, fruto de los racimos recogidos de los viñedos. Por eso, al consagrar ese pan y ese vino, se indica simbólicamente que la humanidad entera, el hombre y su trabajo, son asumidos y redimidos por Cristo, que es ofrecido como víctima sobre el altar.
Junto con simbolizar el trabajo del hombre y toda la realidad creada, pan y vino también expresan simbólicamente la unidad de muchos en uno solo. La composición del pan proviene de muchos granos de trigo que se han amalgamado para ser lo que es. De modo semejante, el vino que bebemos fue elaborado de los granos de la uva que, al fusionar su
sustancia, le dieron origen. Así, quienes comulgamos con el pan y el vino consagrados, formamos un solo cuerpo: somos uno en el Señor.
El pan, una vez consagrado (“éste es mi Cuerpo”), se nos dará como comida. El pan es el alimento por excelencia. Cuando decimos: “no tienen pan”, significamos que no tienen alimento. El “pan de cada día” es el alimento cotidiano que nos nutre y fortalece. Cuando lo comemos, pasa a ser parte nuestra: lo asimilamos en nuestro cuerpo. Cristo quiso así hacernos vivo y sensible su amor y su voluntad de identificarse y ser uno con nosotros. Esta simbología adquiere una profundidad y realismo inusitado en la eucaristía. El Pan vivo que se nos da, es Cristo mismo, quien entra en nosotros, quien nos nutre, nos da vida y fortaleza. Él quiere vivir en nosotros y alimentar nuestra vida, la vida del hombre nuevo en nosotros.
El vino es el otro elemento que eligió el Señor en la institución del sacramento eucarístico. El vino da fuerza e infunde alegría en nuestra alma: el vino “alegra el corazón del hombre”. Por eso es considerado como el símbolo de la felicidad, prosperidad y fecundidad. Compartimos una copa de vino como signo de amistad y felicidad. Por eso, brindamos con un vaso de vino.
En la eucaristía, el vino consagrado, convertido sacramentalmente en verdadera sangre de Cristo, nos entrega todo su vigor y el gozo de la Pascua: es un adelanto de la fiesta de bodas en el banquete del cielo.
Pero ese vino posee, además, otro simbolismo: el del dolor y la sangre. Simboliza la sangre de Cristo, derramada por la remisión de nuestros pecados. El cáliz que contiene el vino consagrado, es el cáliz de su sangre. “Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros”, dice el Señor. Derramada para el perdón de nuestros pecados y para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Que se usan en la eucaristía poseen también un significado simbólico de ofrenda y sacrificio. Cuando el sacerdote presenta las ofrendas del pan y del vino, ambos elementos acentúan nuestra disposición de entrega, de donación y sacrificio. Simbólicamente, la patena manifiesta esta voluntad: con el pan ponemos en la patena todo aquello que queremos entregar al Señor. Por otra parte, Cristo mismo usa la imagen del cáliz como signo de su sacrificio y de su sangre que será derramada. “¿Podrán ustedes beber este cáliz?”, pregunta a sus discípulos (Mt 20,22).
La eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (Vaticano II, Lumen Gentium, 11)
4. Los gestos corporales en la celebración eucarística
4.1. Palabras y gestos
Hemos considerado los elementos y personas que están presentes en la celebración de la eucaristía. Abordaremos ahora en forma particular los gestos que se van sucediendo en la celebración de la santa misa. Estos gestos van acompañados de palabras: de la proclamación de la Palabra y de las palabras de las oraciones que dirigimos al Padre en Cristo Jesús.
En nuestra exposición no nos hemos referido expresamente a las palabras que pronuncian el celebrante y los fieles durante la celebración. La Palabra del Señor en las lecturas bíblicas y las oraciones que se rezan, son parte esencial de la santa misa. Como sabemos, ésta posee dos partes centrales: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística.
Anteriormente hemos destacado el hecho de que sin fe no podemos penetrar el sentido profundo de la eucaristía. Sólo a la luz de la revelación, con los ojos de la fe, podemos afirmar la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados. Con los ojos de la carne podemos llegar a comprenderla como una cena en la cual Cristo está simbólicamente presente. Recordaríamos entonces lo que él hizo y comulgaríamos espiritualmente con él. Pero la eucaristía es inconmensurablemente más que eso: es Cristo mismo, sacramentado, quien se hace realmente presente; es él quien se ofrece al Padre, quien nos invita a ser parte de ésa su ofrenda y quien se nos da como comida. Esto lo aceptamos con fe porque él lo ha revelado. Es Cristo quien nos revela en su Evangelio el porqué y el para qué él se hizo carne y asumió el camino de la redención que culminó en el Gólgota y en su resurrección. Por su palabra nos enseña cuál es nuestra vocación y cómo debemos dar testimonio de él.
Las lecturas bíblicas de la eucaristía van desentrañando el misterio de Cristo, como cuando el Señor exponía las escrituras a los discípulos de Emaús. De allí que la profundidad y realidad última del simbolismo de la cena del Señor sólo podemos captarlas a la luz de la Palabra que escuchamos y acogemos en nuestro corazón. Por eso también la necesidad de que los gestos simbólicos que realizamos en la celebración necesiten de las palabras hechas oración que los acompañan, ayudándonos así a comprender y explicar aún más el contenido íntimo y la realidad de lo que se realiza sacramentalmente.
y coherente.
Hecha esta corta aclaración, volquemos ahora nuestra atención al desarrollo de la celebración. La liturgia eucarística es una acción cultual, en el sentido de la “simbología existencial” a la cual nos referimos anteriormente. Todos los gestos y el actuar de quienes los realizan nos “hablan”. Lo que sucede en torno al altar “revela” o “evoca” un misterio que trasciende la materialidad de ese actuar y de esos gestos concretos.
4.2. La misa paso a paso
Familiarizarnos con el lenguaje del cuerpo y ser “amigos de los símbolos” nos permite participar y “sumergirnos” fecundamente en la acción litúrgica. Quien sólo tiene sentido para el lenguaje ideológico conceptual, quien sólo “comprende” lo que se le explica por la exposición doctrinal en la homilía, quedará al margen de lo más profundo de la acción litúrgica.
De allí que sea importante descubrir, de la forma más amplia y honda posible, el significado de cada gesto y símbolo de la celebración. Destacaremos algunos de los gestos más significativos que en ella realizan el celebrante y la asamblea. Seguiremos el desarrollo progresivo de la acción litúrgica.
Cuando el sacerdote llega al altar, se inclina con reverencia. Luego lo besa. El altar, como se dijo anteriormente, representa a Cristo. Ese beso expresa la reverencia y amor al Señor que se entregó por nosotros, amándonos hasta el extremo. Es un beso que quiere reparar también el beso de Judas en el Huerto de los Olivos. Es un beso de auténtica amistad, de intimidad y de reverencia.