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El verbo se hizo carne

1. Simbología de la cena

1.1. Simbología de la cena en general

Son variados los ritos según los cuales se celebra la Cena del Señor. Junto al rito latino, existen, por ejemplo, el rito bizantino, el copto, el ambrosiano, etc. Nuestro rito latino es de los más sobrios y, de algún modo, de los menos expresivos. En los siglos pasados, en la celebración de la eucaristía, se acentuó casi unilateralmente su dimensión sacrificial, como renovación de la ofrenda del Gólgota. Después del Concilio Vaticano II, se ha destacado igualmente su carácter de cena fraterna que, como reacción pendular, en algunos casos se ha enfatizado un tanto unilateralmente. Lo cierto es que ambas dimensiones pertenecen a la esencia misma del sacramento eucarístico.

El Señor eligió el marco simbólico de la cena para instituir la eucaristía. Cristo nos invita a un banquete, a una fiesta de bodas, a compartir el pan. ¿Por qué eligió este símbolo? Dada su importancia, mencionamos una vez más ideas que hemos expuesto anteriormente. Sabemos que cenar juntos es un signo universal de amistad y fraternidad. Cuando alguien quiere honrar a una persona, cuando quiere estrechar vínculos de amistad con un nuevo conocido, cuando quiere celebrar y estrechar los lazos de amistad con alguien que le es especialmente querido, lo invita a cenar. La mesa es el símbolo de la unidad familiar, de la unidad de corazones y de la confidencia. No es raro que nuestros recuerdos de infancia más evocadores muchas veces sean precisamente esos momentos que compartimos en torno a la mesa familiar.

Junto a la mesa de quien nos invita a cenar, (los dueños de casa, un amigo u otra persona), se conforma una comunidad que comparte la amistad, mientras se come y bebe lo que aquél les ofrece.

Cristo, cuya voluntad era que nos amáramos unos a otros y fuéramos uno así como él y el Padre son uno, quiso valerse de esta simbología, de invitar y compartir, de estrechar vínculos en torno a una mesa, para entregarnos el misterio extraordinario de la eucaristía.

1.2. La cena pascual del pueblo de Israel

Más allá de la evocación simbólica recién descrita, la eucaristía evoca una cena especial: la celebración de la cena de la pascua judía. De allí que para comprender el significado

en el templo. El cordero y los panes ázimos (hechos sin levadura) se comían en familia en una cena que, después del arribo a la tierra prometida, era acompañada con sucesivos brindis de vino mezclado con agua.

Esta celebración no era una simple evocación de la intervención salvadora de Yahvé o de las “maravillas” que había realizado el Señor con su pueblo. Era más: era un “memorial”, es decir, un recuerdo en el sentido más fuerte de la palabra, una celebración que, de algún modo, actualizaba el hecho histórico e invitaba a que cada israelita, generación tras generación, se considerase él mismo liberado del yugo de la esclavitud y objeto de las maravillas que continuaba realizando el Señor en medio de su pueblo.

Por otra parte, la celebración de la Pascua no sólo miraba al pasado y al presente, sino también al futuro. Se orientaba hacia aquella Pascua en la que un día aparecería el Mesías que iba a colmar todas las esperanzas de Israel. De este modo la Pascua era la pregustación del banquete mesiánico que anunciaban los profetas.

1.3. El Cordero que quita el pecado del mundo

En el trasfondo señalado, aparece con mayor nitidez el carácter sacrificial de la cena pascual.

El cordero inmolado era el símbolo de la redención de Israel y, a la vez, figura de Cristo, es decir, predicción de lo que en Cristo se realizaría en plenitud. Gracias a la sangre del cordero pascual los hebreos fueron rescatados de la esclavitud de Egipto y llegaron a ser “una nación consagrada”, un “reino de sacerdotes” (Ex 19, 6), unidos con Dios por una alianza y regidos por la ley de Moisés. En la cena pascual el cordero era comido como signo de la unión con Yahvé y de la fraternidad del pueblo liberado.

En la cena de la pascua del Señor, es Cristo mismo quien da a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, invitándonos a participar en una cena que no sólo prefigura el banquete del cielo sino que realmente lo es en forma sacramental.

El cordero que se inmolaba para la celebración de la Pascua prefiguraba el verdadero Cordero Pascual, quien, por su muerte y resurrección, realizaría la pascua definitiva, sellando con su sangre la Alianza nueva y eterna.

del mundo (Jn 1, 29); a quien san Pablo llama “nuestra Pascua”: “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado (1Cor 5, 7)”.

Al instituir la eucaristía, Jesús se designa a sí mismo como el que realiza la verdadera liberación y la Alianza definitiva. Todas las realidades y acontecimientos del Antiguo Testamento: el cordero degollado, los dinteles de la puerta con la sangre, la liberación del yugo egipcio…, no habían sido sino sombras y figuras de una realidad más grande, profunda y universal: la liberación del pecado y de la muerte y la nueva vida en Cristo Jesús.

En la celebración de la cena del Señor existe, por lo tanto, una identificación simbólica de Cristo con el cordero pascual. Al ser la eucaristía la celebración de la nueva Pascua, se comprende por qué las diversas plegarias eucarísticas hablan de Cristo como la ofrenda de la Iglesia y la víctima por cuya inmolación Dios quiso devolvernos su amistad. En el rito de preparación a la comunión, en la fracción del pan, se proclama a Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos trae la paz. El sacerdote, al presentar la hostia consagrada al pueblo, dice: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Dichosos los llamados a la cena del Señor”. Los prefacios pascuales lo cantan con gozo: “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado”. Porque él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y, resucitando, restauró la vida.

OFRENDA DE CRISTO

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