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1.4. La competencia conversacional

1.4.1. Competencia comunicativa y conversación

Como señalamos en su momento, el término competencia comunicativa fue acuñado por Hymes (1972b), dentro del marco de la Etnografía de la Comunicación,

para referirse al conocimiento de las reglas gramaticales y de las reglas de uso de una lengua. Esta noción, tal y como la entiende Hymes, no consiste únicamente en el conocimiento de un sistema de elementos y reglas, se trata, por el contrario, de una capacidad general para comunicarse que depende tanto del conocimiento de los sistemas arriba mencionados como de la habilidad de uso de los mismos.

La noción de competencia comunicativa llegó algo después a la enseñanza de lenguas extranjeras de la mano de Canale y Swain (1980) y Canale (1983), quienes la definen del siguiente modo:

[T]he underlying systems of knowledge and skill required for communication [...] Knowledge refers here to what one knows (consciously and unconsciously) about the language and about other aspects of communicative language use; skill refers to how well one can perform this knowledge in actual communication (p. 5).

Canale considera, como Hymes, que tanto el conocimiento como la habilidad subyacen, como aspectos independientes pero indispensables, a cada una de las cuatro áreas o subcompetencias en que divide la competencia comunicativa. Estas cuatro subcompetencias son las siguientes:

- Competencia gramatical: el dominio del código lingüístico.

- Competencia sociolingüística: incluye el conocimiento y la habilidad en el manejo

de las reglas socioculturales para producir enunciados adecuados al contexto.

- Competencia discursiva: consiste en el manejo de los mecanismos de cohesión y

coherencia necesarios para producir un texto trabado, tanto oral como escrito. Canale considera que la entidad independiente de este tercer tipo de competencia viene demostrada por el hecho de que un texto puede ser gramatical y adecuado y, sin embargo, resultar al mismo tiempo incoherente o inconexo.

- Competencia estratégica: comprende los recursos que permiten la compensación

de fallos comunicativos, así como el mejor aprovechamiento de los conocimientos que ya se tienen para mejorar la comunicación. Las estrategias de comunicación no sólo actúan en el plano gramatical, también en el sociolingüístico (cómo utilizar adecuadamente las formas de tratamiento) y el discursivo (cómo lograr la coherencia de un texto).

Canale reconoce la ausencia de evidencias empíricas que sustenten de alguna manera la división de la competencia comunicativa en esos cuatro componentes y no en otros, pero como justificación aduce que más importante que la rigurosidad teórica resulta la relevancia pedagógica y el potencial práctico del marco propuesto. De hecho, la propuesta de Canale tuvo ya en su día una acogida extraordinaria dentro de la lingüística aplicada y aún hoy sigue estando en la base de todas las programaciones didácticas que se denominan comunicativas61.

En los modelos que se han propuesto con posterioridad, los autores señalan de forma más precisa los componentes que conforman las subcompetencias y las relaciones entre cada una de estas, asimismo, las referencias a la estructura y los mecanismos conversacionales van ganando una mayor presencia, lo que nos permite hacernos una idea más clara del lugar que podría ocupar la competencia conversacional en cada uno de los modelos. Así, en Bachman (1990: 88), se define la

competencia textual (el equivalente a la competencia discursiva de Canale) como “el

conocimiento de las convenciones para unir enunciados y construir un texto”. Estas convenciones incluyen los mecanismos de coherencia y cohesión, así como la distribución de la información de acuerdo con criterios de tema y rema. Además, señala que las convenciones relacionadas con captar la atención, nombrar el tema, desarrollarlo y mantener la conversación, “parecen ser los medios a través de los cuales los interlocutores organizan y realizan los turnos en el discurso conversacional y pueden ser análogos a los patrones retóricos que han sido observados en el discurso escrito” (p. 88).

Celce-Murcia, Dörnyei y Thurrell (1995) se proponen ofrecer una detallada descripción de lo que supone la competencia comunicativa, “de forma que los subcomponentes sirvan de base para el diseño de una programación” (p. 8). Celce- Murcia et al. son los primeros autores que hacen mención específica a la estructura

conversacional. La incluyen (junto con los mecanismos de cohesión, coherencia,

género y sistema deíctico) dentro de la competencia discursiva y, en línea con las

aportaciones del AC, la describen como “el dominio del sistema de toma de turnos, así como de las rutinas conversacionales, las reparaciones y la realización de pares adyacentes” (p. 16). Por otro lado, la competencia estratégica constituye el conocimiento de las estrategias relacionadas con los posibles problemas y dificultades de la comunicación y la habilidad de ponerlas en práctica. Los componentes de esta competencia que, como puede verse, están estrechamente relacionados con la producción de un discurso conversacional, son los siguientes:

- Estrategias de reducción: cambiar de tema o evitarlo.

- Estrategias de compensación: aproximaciones, paráfrasis, uso de palabras comodín, reformulaciones, traducciones literales de la LM...

- Estrategias para ganar tiempo: elementos de relleno, repeticiones, vacilaciones...

- Estrategias de monitorización: autocorrección.

- Estrategias de interacción: petición de ayuda, negociación del significado, comprobación del grado de comprensión del oyente...

En este punto queremos llamar la atención sobre un aspecto que comparten tanto la propuesta de Canale (1983) como la de Celce-Murcia et al. (1995), pues en ambas se afirma que a cada competencia subyace un conocimiento y una habilidad de uso de ese conocimiento pero, ¿cómo deslindar uno y otra en el caso de la competencia estratégica? Como señala Widdowson (1989), tendríamos que ser capaces de distinguir entre un conocimiento abstracto de las estrategias de comunicación y la capacidad, también abstracta, de ponerlas en práctica. El mismo Canale, en el artículo anterior (Canale y Swain 1980), vacila al incluir la habilidad de uso dentro de la competencia ya que duda que haya “una teoría del comportamiento humano que pueda explicar adecuadamente la noción de habilidad de uso” (p. 7). Una posible solución al problema ya venía apuntada en el modelo de competencia comunicativa de Bachman (1990), para quien la competencia estratégica sería la capacidad mental implicada en el uso de la lengua. No está, por tanto, al nivel de las otras subcompetencias, sino que desempeña un papel central en la comunicación al poner en relación la competencia de la lengua (gramatical, discursiva y sociocultural) con los otros elementos de la comunicación (las estructuras de conocimiento del hablante y las características del

contexto de uso). Así definida, nos encontramos con que la competencia estratégica adquiere un estatus muy parecido a la habilidad de uso en el sentido de Hymes y Canale, intermedio entre el conocimiento y la actuación, una capacidad abstracta pero al mismo tiempo sólo perceptible en su realización práctica.

El estado actual de la cuestión es el que propone el Marco Común Europeo de

Referencia para las Lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación (MER)62, documento nacido con el propósito de unificar criterios a la hora de diseñar cursos, manuales y pruebas de nivel en toda Europa. En este modelo se sustituye definitivamente la dicotomía entre conocimiento y habilidad por una noción de competencia comunicativa definida como “la suma de conocimientos, destrezas y características individuales que posibilita a una persona actuar utilizando específicamente medios lingüísticos” (p. 9)63. La competencia comunicativa está formada por tres subcompetencias: lingüística, sociolingüística y pragmática. Esta tercera se vuelve a subdividir en otras tres: discursiva, funcional y organizativa (Figura 7)64:

62 Coeditado en 2002 por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la editorial Anaya y el

Instituto Cervantes, y disponible también en edición electrónica en http://cvc.cervantes.es/obref/marco, por la que citamos.

63 Cualquier forma de conocimiento que sea observable, es decir, que se traduzca en un comportamiento

perceptible por los sentidos, se puede considerar compuesto de un saber cognitivo, abstracto, y de la realización práctica del mismo, una dicotomía que en lingüística se remonta a Saussure (lengua vs. habla) y alcanza su máximo exponente con las nociones de competencia y actuación de Chomsky. Como afirma Widdowson (2000), establecer una tajante división es una forma elegante de evitar el problema de definir la relación entre ambos planos del conocimiento.

64 Esta división tripartita de la competencia pragmática ya se encuentra presente en Bialystok (1993) y

Figura 7. Clasificación de la Competencia Comunicativa según el MER

La competencia discursiva regula cómo los mensajes se organizan, estructuran y ordenan, incluyendo los mecanismos de toma de turno. La competencia funcional hace referencia a los “actos de habla” o microfunciones del lenguaje y, por tanto, a la capacidad de “hacer cosas con la lengua”, y también incluye las macrofunciones (descripción, narración, comentario, exposición, argumentación, persuasión...). La competencia organizativa trata del conocimiento de los esquemas/modelos de interacción (pares adyacentes) y transacción (secuencias de compra-venta de bienes y servicios). Podemos concluir, entonces, que la competencia conversacional es un subconjunto de la competencia pragmática, en la intersección entre la competencia discursiva y la competencia organizativa.

La competencia es entendida en el MER como una representación de carácter interno que se activa al tomar parte el usuario en los diferentes tipos de actividad comunicativa65, estos incluyen “la comprensión, la expresión, la interacción o la

65

Según el MER, las actividades de la lengua suponen el ejercicio de la competencia comunicativa en un ámbito específico a la hora de procesar un texto (productiva o receptivamente) con el fin de llevar a cabo una tarea. El término destrezas (orales o escritas), anteriormente utilizado en la bibliografía para referirse a las actividades comunicativas, queda reservado en el MER para denominar una parte de las

mediación” en medios de expresión tanto orales como escritos, o ambos. Para participar en actividades de interacción oral, el hablante necesita poner en funcionamiento el componente estratégico, entendido como “habilidad de uso”:

estrategias de comprensión y expresión, obviamente, pero también cognitivas y de colaboración,

que suponen controlar la colaboración y la interacción en acciones tales como tomar el turno de palabra y cederlo, formular el tema y establecer un enfoque, proponer y evaluar las soluciones, recapitular y resumir lo dicho y mediar en un conflicto (p. 75).

Con esta cita queremos llamar la atención sobre un aspecto crucial que el resto de modelos ignoran o dejan implícito, el del nivel interactivo: la conversación no es sólo lo que los participantes dicen, sino también cómo interactúan juntos. Sin embargo, para todos los modelos que hemos revisado, desde Hymes al MER, la competencia comunicativa (y por tanto cualquiera de sus componentes) se define como una capacidad abstracta que el individuo posee fuera de cualquier contexto. En palabras del MER:

Todas las categorías aquí utilizadas pretenden caracterizar las áreas y los tipos de competencias asimiladas por un agente social, es decir, las representaciones internas, los mecanismos y las capacidades, la existencia cognitiva que se considera que explica el comportamiento y la actuación observable (p. 14).

Esta caracterización nos ayuda a entender qué necesita saber y hacer una persona para comunicarse, pero considera la comunicación como una suma de actuaciones (producto a su vez de competencias) individuales y no como un proceso construido conjuntamente por todos los participantes, dimensión esencial, a nuestro entender, de la conversación, pero también de todos los acontecimientos comunicativos. Como señala Kramsch (1986),

[w]hether it is face-to-face interaction between two or several speakers, or the interaction between a reader and a written text, successful interaction presupposes competencias generales del individuo “que dependen más de la capacidad de desarrollar procedimientos que de los conocimientos declarativos” (2002: 11).

not only a shared knowledge of the world, the reference to a common external context of communication, but also the construction of a shared internal context or ‘sphere of intersubjectivity’ that is built through the collaborative efforts of the interactional partners (p. 367).

Es la construcción de esta “esfera de intersubjetividad”, la base de la comunicación satisfactoria, lo que Kramsch denomina competencia interactiva.