MINDFULNESS Y ESTRES
37 En compilado de citas E l libro de oro de la sabiduría (1997), México, Readers Digest.
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meditar, por ejemplo— y de manera informal —en su vida cotidiana—. Probablemente, ante la situación de despido, habría sentido las mismas sensaciones físicas —sudor hela do, temblor corporal, dolor de estómago— que cualquier persona, ya que forman parte de una respuesta fisiológica natural. Lo más seguro es que ante la situación también llegara a sentir una mezcla de temor, rabia, frustración e impotencia.
Sin embargo, quizás la práctica sistemática de detenerse y tomar conciencia de su respiración, de las sensaciones de su cuerpo y del momento presente, podría haberlo prepara do de alguna manera para responder de un modo diferente a lo que iba a ocurrir en los días posteriores. Recordemos que la práctica de mindfulness invita a detenernos y a tomar conciencia de lo que nos ocurre, sin enjuiciar lo que nos pasa: tomar conciencia de nuestras sensaciones, emociones e incluso de nuestros pensamientos catastróficos, sin dejarnos llevar por ellos de manera automática. Podemos reconocer estas emociones a tiempo, validándolas como parte natural de una experiencia como ésa, sin resistirlas o rechazarlas.
En el caso de Juan, esto significa que él podría haber respondido al estrés dándose cuenta de las sensaciones que aparecían en su cuerpo, como la tensión y la hiperexcita- ción. Quizás podría haberlas reconocido en el momento en que surgían, aceptándolas como parte natural de la situación que estaba viviendo. Quizás también, al tomar conciencia, podría haber elegido responder a ellas poniendo en marcha estrategias que le permitieran afrontar la situación más tran quilamente, como empezar a hacer deporte, y no escoger vías de escape que lo pusieran más tenso, como tomar café en exceso y no dormir lo suficiente.
Al practicar mindfulness, quizás podría haber identifica do los pensamientos catastróficos que iban apareciendo en su
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mente, dándose cuenta de lo que son: pensamientos y no rea lidad. Podría haber notado cómo se estaba anticipando a una realidad que lo más probable es que no llegará a ocurrir, vol viendo una y otra vez a su respiración, al momento presente, dejando pasar pensamientos, anticipaciones, ideas abstractas de cómo serían las cosas si pasara tal o cual situación.
Como vemos en este caso, la práctica de mindfulness no implica que dejen de aparecer sensaciones desagradables, emociones dolorosas y pensamientos negativos. La clave está en hacer el ejercicio de darnos cuenta, reconocerlas a tiempo y no dejarnos llevar reaccionando automáticamente como si fueran la realidad.
La manera habitual que tenemos de relacionarnos con lo que nos pasa es aferrándonos a lo que queremos, recha zando lo que no queremos y refugiándonos en la negación o el engaño al desconectarnos de lo que sentimos. Con la práctica de mindfulness, en vez de evadirnos o rechazar la ex periencia de dolor, nos abrimos a experienciar lo que sea que esté desplegándose en este momento. Si es una experiencia de felicidad, bienvenida, la sentimos en plenitud. Si estamos adormilados, aburridos, enojados, estresados, tristes, teme rosos o acongojados, la práctica nos invita a que podamos reconocer y darnos cuenta de lo que está siendo nuestra ex periencia, acogiéndola tal cual, sin añadir mucho más.
El maestro zen vietnamita Thich Nhat Hanh invita a abrazar nuestro dolor como si fuera un niño que llora. ¿Us ted dejaría llorando a su hijo si éste se ha caído y se encuen tra adolorido? Por supuesto que no. Probablemente acudiría a él, lo miraría a los ojos, le preguntaría cariñosamente qué le ha pasado y lo abrazaría.
Cuando buscamos tapar el dolor con más cosas, des conectándonos o peleándonos con nosotros mismos y con nuestra vida, estamos dejando que el niño llore desconsola
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damente. Lo que le estamos dando para aliviarse no le sirve, no lo calma, y nuestro niño continúa llorando. Al estar tan absortos en nuestro piloto automático, no nos damos cuenta de que lo que le estamos dando no lo está aliviando.
Es así como deseamos cosas que no alivian nuestro sufri miento. Al contrario, lo profundizan. Mediante la práctica de mindfiilness podemos aprender a reconocer este deseo y darnos cuenta de que siempre se dirige hacia un objeto al que nos aferramos con la ilusión de que suprimirá nuestro sufrimiento. Sólo vemos el objeto de nuestro deseo, pero no la aflicción que hay detrás. Salimos corriendo en busca de él, desconociendo la esencia del dolor y de la aflicción que nos impulsan a hacerlo. No nos damos cuenta de que muchas veces lo que buscamos poco tiene que ver con nuestro dolor y no es su solución. Es como si estuviéramos sedientos y fuéramos en busca de cualquier otra cosa menos lo más evi dente: agua. Entonces nos morimos de sed, teniendo el río al lado nuestro.
La práctica de mindfulness nos invita a no darle la es palda a nuestro dolor. Tal como dice David Brazier38: «Lo que necesitamos es dejar de hacer aquello que nos separa de nuestra felicidad natural. La intervención esencial que requiere nuestra vida puede ser muy bien descrita como ‘pa rar’». Y como dice el maestro Thich Nhat Hanh: «Necesi tamos sufrir para ver la senda. El origen del sufrimiento, su extinción y el sendero que conduce a la extinción se hallan en el corazón del propio sufrimiento. Si tenemos miedo de percibirlo, no seremos capaces de alcanzar la senda de paz, la alegría, la liberación. No huyas. Percibe tu sufrimiento y abrázalo. Haz las paces con él»39.
Si es un momento de felicidad, vivamos esa felicidad. Si
38 Brazier, D. (1997), p. 139. 39 Nhat Hanh, T. (2000), p. 67.
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es un momento de dolor, acojamos nuestro dolor. Acepte mos lo que está siendo nuestra vida en este preciso momen to, tal cual, sin añadir demasiado.
Es importante comprender que la aceptación de la que hablamos no tiene nada que ver con resignación. No esta mos diciendo que haya que vivir resignados porque «es lo que nos tocó». Tampoco es una invitación a vivir pasiva mente, esforzándonos por sentir que «todo está bien» y nun ca decidirnos a cambiar nada. Por supuesto que hay cosas en nuestra vida que podemos y debemos cambiar si es que nos generan sufrimiento. El punto es que hay momentos en que la experiencia de dolor es inevitable, y si le damos la espalda sólo generamos más sufrimiento. Tampoco se trata de afe rrarse al sufrimiento y quedarnos pegados en él. Se trata de tomar conciencia de lo que es nuestro momento presente, tal cual, con apertura, dignidad, aceptación, confianza. De esta manera la vida deja de ser una amenaza, porque pode mos vivir lo que sea que nos toque vivir estando presentes, atentos, siendo amables y compasivos con nosotros mismos y con los demás.
Un ejemplo notable de este mensaje es la experiencia que comparte Sexton Bourke, un reconocido maestro zen australiano que fue diagnosticado con una enfermedad ter minal muy dolorosa. En una conmovedora entrevista40 que dio algunos meses antes de morir, Bourke relata su experien cia con la enfermedad y la cercanía de la muerte. Cuando le preguntan qué se siente estar enfrentándose a la muerte, él, con toda sinceridad, responde: «Es parte de vivir una vida normal».
En la entrevista, Sexton Bourke cuenta que hay momen tos en los que se siente enfermo y con dolor, en los que ha
40 Entrevista en www.youtube.com/watch?v=6Jtfo-0hke4
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sentido tristeza y hasta desesperanza. Sin embargo, hay otros en que a pesar de tener un nivel más bajo de energía, se sien te muy bien, contento y tranquilo, «como siempre». Dice, también, que no piensa tanto en la muerte porque «es algo abstracto». Los pensamientos sobre ella son sólo esquemas de lo que en realidad sucede. Para él, vivir el momento presente es, en cierta medida, vivir en la eternidad. Es la continuidad de la vida lo que se va desplegando momento a momento. No hay pasado ni futuro, sino un eterno presente.
¿Cómo es que este maestro llegó a cultivar semejante paz y apertura para vivir el proceso de morir? ¿Qué lo hace distinto, de alguna forma, a una persona llevada por sus automatismos? En la misma entrevista, él responde que el compromiso con la práctica de mindfulness lo ha ayudado a vivir este tránsito de manera natural, con todo lo que esto implica. También advierte respecto al peligro de usar la prác tica como una herramienta de nuestro ego, realizándola sólo cuando estamos mal, para sentir que tenemos el control de la situación. Dice que esto no tendrá el resultado que espera mos, y que probablemente tomar una pastilla para sentirnos mejor será más efectivo, si eso es lo que buscamos. Para ver los beneficios de la práctica es necesario comprometerse con ella y realizarla de manera regular, aunque nos sintamos bien o mal debemos abrirnos a lo que ya está aquí, en nosotros.
Cuando vivimos una experiencia dolorosa, según su ex periencia, la práctica de la conciencia plena ayuda a dejar ir todo tipo de expectativas respecto a cómo «debiera ser» la situación y también respecto al rol que nos toca jugar allí. Debemos soltar la idea de que «si realizo esta práctica, siem pre me sentiré bien» o «si practicara bien, entonces no me sentiría así de mal».
Practicar no nos anestesia frente al dolor. De hecho, en la entrevista, él recuerda una noche que pasó en el hospital
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en la que se sentía muy adolorido y en la que, por momen tos, sintió desesperanza. M indfulness no es un artilugio para evadir el dolor, ni tampoco una aspirina para el momento. Es un camino profundo y significativo que nos ayuda a vivir plenamente lo que nos toque vivir, preparándonos para los momentos dolorosos, como el que le tocó vivir a él, con coraje, nobleza y compasión con nosotros mismos y quienes nos rodean.
En su última entrevista, Sexton Bourke cuenta que si gue disfrutando de su vida. Invita a pensar en las cosas que nos hacen felices, cosas que nos traen al momento presente. Hacer el amor, tocar un instrumento musical, escalar una montaña o surfear: en todas ellas necesitamos estar en el momento presente. Si la parte satisfactoria de la vida se rela ciona precisamente con eso, con estar presente, ¿por qué no cultivar nuestra capacidad de estar la mayor parte del tiempo aquí y ahora? Este maestro nos dice que vivir el momento es inherentemente gratificante en sí mismo, como cuando escuchamos una sinfonía. En su experiencia, aquí mismo tenemos una sinfonía. En este preciso momento. Si nos pa samos preocupados por su fin, nos perdemos la posibilidad de apreciarla realmente.
Sexton Bourke murió poco tiempo después de dar aque lla entrevista. Su vida fue un ejemplo para todos quienes tuvieron la suerte de conocerlo. Uno de los mensajes que nos regala es que es posible vivir y morir así, si nos lo propone mos y lo practicamos comprometidamente.
Sin objetivos, sin metas
Para todos los fanáticos de la organización, de los
checklists y desafíos por lograr, hay una mala noticia: la prác
tica de mindfulness no es otra meta que lograr. No es un desafío por ganar. No es un ítem más que agregar en la lista
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de actividades del día. De hecho, la práctica en sí misma se trata de no hacer nada, de no intentar lograr nada, de no ha cer más de lo mismo que venimos haciendo desde hace dé cadas. Hay una frase que dijo una vez el maestro zen chileno Daniel Terragno al comenzar una práctica de meditación, que ilustra este punto: «Nada más que hacer, ningún lugar donde ir, simplemente estar aquí».
Por los minutos que dure esta práctica podemos tomar la opción de regresar amablemente, una y otra vez, a nuestra realidad más inmediata. Tal como estamos siendo ahora, tal como se despliega este momento, es suficiente. Podemos re posar, descansar en el momento presente.
En nuestro modo de funcionar habitual, es fácil tomar la práctica de mindfulness como una meta más que lograr. Ya que queremos ser mejores personas, trabajadores más eficientes, ejecutivos más asertivos, mamás más presentes o lo que sea que nos hayamos propuesto, ahora, además, debemos prac ticar mindfulness. Ahora sí que seremos más productivos, y enfocados. Ya no perderemos nuestro tiempo pensando en tonteras. No más distracciones, pensamientos y divagaciones. Una vez que logremos la meta que nos promete el mindfulness, sí que podremos lograr nuestras propias metas y ser felices.
¿Reconoce este funcionamiento? Esto es justamente to mar la práctica de mindfulness como un objeto de consumo más y seguir funcionando de la misma manera que lo hace mos siempre. Pero la idea no es practicar para ser mejores personas, ni para ser más eficientes, ni siquiera para tener mejor salud, aunque suene raro y polémico.
¿Significa esto no tener metas? ¿Significa esto que está mal querer lograr ciertas cosas o no querer otras en nues tra vida? Por supuesto que no. Es importante tener objetivos en la vida, proyectos, ideas. De hecho, cada persona llega a la práctica de mindfulness con una inquietud. En el fondo,
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todos podemos tener una intención al practicar, lo cual es plenamente válido. Si no, ¿qué nos habría movilizado a bus car?
El problema es cuando lo único que nos importa es la meta, pero toda la vida que hay entre el momento actual y el logro de nuestro objetivo es un mero trámite para conseguir lo que nos hemos propuesto. Nuestra intención se transforma en una meta que debemos alcanzar a toda costa. La práctica se transforma en un medio para un fin. Y seguimos sintiendo que lo que somos ahora no nos basta. Nuestra respiración, nuestro cuerpo, nuestro presente no son suficientes.
Queremos llegar lo más rápido posible al fin último que nos hayamos planteado: estar tranquilos, mejorar nuestra sa lud, o lo que sea que nos hayamos propuesto. Como cuando éramos chicos y apenas nos subíamos al auto para empezar un largo viaje preguntábamos: «¿Cuánto falta para llegar?». El viaje era sólo un tedioso trámite para llegar a nuestro des tino. En nuestra vida hacemos lo mismo. Queremos lograr tal cosa, y todo lo que nos separa del logro de la meta está de más. No escuchamos, tocamos, sentimos, observamos ni vemos otras cosas. La vida se nos pasa en una vorágine de quehaceres, deberes y pendientes.
Como decía el maestro Chogyam Trungpa, cuando practicamos mindjulness el camino es la meta41. Cada paso importa. Cada momento es precioso y valioso en sí mismo. Aprendemos a reconocerlo, a vivirlo, a experienciarlo en ple nitud. Porque nuestra vida entera no es más que momentos fugaces, que pasan desapercibidos si no estamos atentos. Si estamos permanentemente distraídos, terminamos viviendo en un espejismo, un comentario sin cuerpo de la vida. Aca bamos viviendo el remedo de la realidad que creamos en
4 1 Trungpa, Ch. (1998): E l camino es la meta. Editorial Oniro.
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nuestra cabeza. En las palabras de este maestro, la práctica de la meditación no busca lograr el éxtasis religioso, la feli cidad o la tranquilidad. Consiste simplemente en ir creando un espacio en el cual podemos exponer y deshacer nuestros juegos neuróticos, nuestras decepciones y nuestros miedos y esperanzas ocultas.
Al poco andar, con la práctica, nos damos cuenta de que si seguimos atrapados en el «hacer esto para lograr esto otro» estamos en problemas. No está mal querer sentirse mejor, el punto es cuando la práctica misma se transforma en un instrumento para lograr otra cosa, algo que no tenemos, o para ser quien no somos. Entonces, caemos de nuevo en el «quiero más de esto» o «menos de esto otro» para ser felices. Nos enganchamos en el mismo mecanismo de nuestra men te y luego nos estresamos, porque por más que practicamos, nunca alcanzamos nuestro ideal. Por más que nos esforza mos no nos resulta, porque no podemos dejar nuestra mente en blanco o no llegamos a la tranquilidad inmediata que soñamos. Tomamos la práctica como un bien más a lograr, algo que consumir para sentirnos mejor.
Como decía lúcidamente Chógyam Trungpa, caemos en una forma de materialismo, esta vez espiritual42. Ya no nos bastan el dinero, la fama, los estudios o lo que hayamos de seado en el pasado. Ahora, además, queremos «estar en m in
dfulness» permanentemente. Lo compramos, lo metemos en
nuestra lista de actividades y ya está. Lo probamos un rato, y si no nos funciona o se vuelve incómodo y tedioso, lo desechamos y nos aferramos a la próxima moda. Así, po demos seguir intentando de todo, fallidamente, sin darnos cuenta de que, una vez más, estamos haciendo lo mismo: añadiendo sufrimiento a nuestra vida.
4 2 Trungpa, Ch. (1998): M ás allá d el materialismo espiritual, Buenos Aires: Editorial Troquel.
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Llegar a ser otra persona
La práctica de mindfulness se confunde a menudo con el desapegarse de todo y llegar a un malentendido estado de calma y bienestar ideal y permanente. Nos enjuiciamos a nosotros mismos y decimos que somos demasiado ansiosos, estresados, inquietos, acelerados, impulsivos. Entonces que remos llegar a ser otra persona. Una serena, tranquila, que nunca pierde la calma y que siempre tiene todo bajo control. Fantaseamos con que el fin de la práctica es no estresarse nunca, aunque el mundo se esté acabando. Pensamos que si nos esforzamos, siempre sabremos qué hacer y nunca ten dremos un exabrupto. Mientras cultivamos este ideal, nos sentimos cada vez peor: más alejados de quienes debiéramos o quisiéramos ser.
La práctica de mindfulness no se trata de llegar a ser quien no somos. No es un camino para estar más allá de los proble mas de la vida cotidiana o transformarnos en una especie de santón moderno. En vez de alejarnos de la experiencia y de quienes somos, la práctica nos invita a acercarnos, a no huir. Podemos intimarnos con quienes somos, sin resistirnos, sin luchar, sin ser nadie distinto a quienes somos ahora mismo.
En nuestro modo habitual de funcionamiento, compa ramos, enjuiciamos, luchamos con la realidad porque no es como nosotros queremos. Peleamos con nosotros mismos porque no somos como nos dicta nuestro ideal. Y empeza mos una batalla interna en la que siempre hay un solo per dedor: nosotros. Porque el ideal siempre está a kilómetros de distancia.
La práctica de mindfulness no se trata de volverse vegeta riano, reciclar la basura, ser siempre amable y considerado. Es tomar contacto con lo que ya somos, y darnos cuenta de que estamos aquí, vivos, presentes. Todos quienes estamos leyendo este libro estamos aquí, ahora, vivos, respirando,
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latiendo, y sólo por ese hecho este momento ya es suficiente, ya es un milagro. Al respirar, todos somos iguales. No nece sitamos nada más.
UN CAMINO PASO A PASO
Como veíamos al comienzo de este capítulo, todos tene mos la capacidad de experienciar momentos en nuestra vida de manera plena, abierta, presente. Pero solemos no darnos cuenta de ello y dejarnos llevar por el piloto automático. Es como si «despertáramos» por algunos breves instantes, sólo para volver a dormirnos y dejarnos llevar por la corriente de