Nota 3: Sobre el mito de la Argentina aislada
2. Hacia la caracterización del modelo de desarrollo alfonsinista: de las expectativas desarrollistas a la explosión hiperinflacionaria
3.2. Hacia la caracterización de la política exterior de Alfonsín Tal como se anunciara en las líneas introductorias, la guerra de Malvi-
3.2.2. Componentes basales de la Política Exterior alfonsinista
Una vez presentado el marco general y de los debates sobre la política exterior de Alfonsín, se la va a analizar tomando en cuenta su sistema de creencias, estructura decisoria y los principales ejes sobre los que se constru- yó su estrategia de inserción internacional.
3.2.2.1. Sistema de creencias
Si bien algunas definiciones sobre los basamentos identitarios del al- fonsinismo fueron abordadas en el apartado dedicado a las ideas estructu- rantes de la estrategia de inserción, se impone necesario avanzar en el siste- ma de creencias que ofició de guía de la política exterior durante el período. Al respecto, se entiende que tres son las fuentes a las que hay que recurrir para poder realizar un análisis del sistema de creencias: el pensamiento krau- sista, las relaciones entre la socialdemocracia y el alfonsinismo, y finalmente el pensamiento autonomista.
Desde la campaña electoral, Alfonsín planteó su accionar futuro en materia de política exterior a partir de cuatro puntos: 1) una reivindicación de la tesis yrigoyenista –y de trasfondo krausista– de que los hombres son sa- grados para los hombres como los pueblos son sagrados para los pueblos (en el marco de lo que fue su discurso sobre la democracia); 2) la delimitación de una fuerte presencia de América Latina en la futura política exterior radical, tendencia que se puede rastrear desde sus primeros años de gobierno; 3) la adopción de las tesis de Brandt que dividía al mundo en un enfrentamiento “Norte-Sur”; 4) una fuerte crítica a la actitud oscilante del gobierno militar, que pasó del discurso de la defensa de la seguridad hemisférica, occidentalis- ta y alineado con Estados Unidos antes del conflicto de Malvinas a una acti- tud tercermundista a la que se vio obligado a adoptar tras él (Alfonsín, 1982).
Llegado este punto, es posible advertir que se encuentra en los dos prime- ros elementos continuidad con la tradición radical, el tercero que apareció como novedoso, la vinculación con el pensamiento socialdemócrata, y el último, como una crítica a las posiciones del régimen militar en materia de política exterior.
Como bien se dijo oportunamente, el krausismo ha jugado un rol determinante en la estructura ideológica radical, tanto en términos gene- rales, como específicamente en sus ideas de política exterior. Esta filosofía
le permitió al radicalismo salir de los límites del liberalismo, dándole carac- terísticas propias pero impregnándole de un eclecticismo que le dio cabida a diferentes formas de pensamiento político.
En el caso de la relación entre el radicalismo y la socialdemocracia el camino fue menos visible y más sinuoso, aunque complementario de la in- fluencia krausista. Lo anterior, bien vale señalar, sin dejar de reconocer la existencia de una fuerte polémica sobre esta interpretación. Para muchos, como lo señaló Juan Carlos Portantiero, Alfonsín “era un socialdemócrata en un partido que no tenía nada que ver, que ni quería oír esa palabra” (Moca, 2012: 106). Si bien estas apreciaciones tienen algo de verdad, no es menos cierto que el radicalismo miró con interés los desarrollos ideológicos del socialismo europeo desde los años treinta por lo menos (Álvarez Guerrero, 1990). Por otra parte, durante la dictadura militar, a pesar de la proscripción política, desde el radicalismo muchos de sus miembros participaron de or- ganizaciones de Derechos Humanos y por otro lado se dieron pasos impor- tantes en las vinculaciones con los socialdemócratas. En uno de sus escasos viajes al exterior, el presidente histórico del partido radical, Ricardo Balbín concurrió en mayo de 1976 a una reunión de la Internacional Socialista en Ve- nezuela. Allí, reconoció las afinidades con el pensamiento socialdemócrata. En referencia a dicha reunión, el mentado referente radical dijo:
(...) tuve el placer de conocer a Willy Brandt; lo escuché con profunda atención (...) para la democracia social, cuyo victorioso destino espero, el discurso de Willy Brandt pareciera el de un predicador americano, bus- cador de la libertad y la paz (...) Casi podría decir que estaba repitiendo nuestras viejas y permanentes convicciones políticas (Balbín, 1982:49). En este aspecto ha de destacarse que la mentada “carta europea” ba- luarte del proyecto socialdemócrata, no se presentaba como un todo único, sino que se trataba de un agregado de realidades nacionales con roles clara- mente diferenciados. En sintonía con Pavón, ha de mencionarse que durante el gobierno de Alfonsín fue la administración de François Mitterand la que “oficiaba de faro y era muchos más influyente que el gobierno de Felipe Gon- zález de España…” (Pavón, 2012:105). Esta distinción resultó crucial, ya que el presidente galo enfrentó un golpe de mercado que lo obligó a ser más per- meable a las propuestas neoliberales, mientras que en el caso del socialismo español, éste no trató de enfrentar a estas tendencias, sino que se sumó a ellas (Simonoff, 2000: 9-19).
En el plano de la política exterior, el informe Brandt resultó significati- vo para el gobierno de Alfonsín. Éste era un esbozo político y económico para la salida de la crisis económica internacional que planteaba la necesidad de
corregir las asimetrías entre el Norte y el Sur, a partir de un comportamiento solidario.
Las relaciones entre el autonomismo y el radicalismo resultan de la aprensión de este último de una variable claramente realista, y su combi- nación con su opuesta una filosofía idealista. El propio Juan Carlos Puig ha sostenido que un atisbo autonomista lo encontramos en la política exterior del gobierno de Yrigoyen y que durante el gobierno de Arturo Illia existen elementos que podemos ubicar dentro de esa caracterización (Puig, 1988). Como se desarrollará en lo que resta del capítulo, el gobierno de Alfonsín tampoco escapó a esta lógica.
3.2.2.2. La estructura decisoria de la política exterior alfonsinista Como lo ha sostenido Milenski en su célebre trabajo sobre la política exterior argentina de los sesenta y setenta, el estilo de dirección y las prefe- rencias personales del presidente afectan “al proceso de decisión y al conte- nido de la política exterior” (Milenski, 1978: 53). En ese sentido, Alfonsín fue el gran decisor, en términos generales, como opinó Juan Carlos Portantiero, su estructura decisoria era “radial” (Mocca, 2012: 104).
Con respecto a los contenidos, esta política exterior no escapó al cri- terio formulado originalmente por Milenski (1978:63): “Todos los recientes presidentes han considerado o se vieron obligados a considerar las cuestio- nes internacionales como accesoria de política doméstica, particularmente respecto a las diferencias ideológicas”.
Aunque en el plano de la política exterior, junto al presidente, el can- ciller ocupó el papel más relevante institucionalmente, y Dante Caputo con- centró gran poder decisorio y contó con un pequeño grupo de colaboradores entre los que destacaban Elsa Kelly, Hugo Gobbi y Lucio García del Solar (Go- sende, 2007:164). De todos modos, ha de recalcarse que el poder del canci- ller dependió, como en la mayoría de los casos, del margen de acción que le otorgara el presidente (Russell, 1990:263).
Tal fue así que la influencia del canciller comenzó a decrecer en concu- rrencia al avance del ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille y la gravita- ción incremental de las cuestiones económicas en la agenda internacional del país. Esta “tendencia firme”, bien vale agregar, se reflejó en todos los gobier- nos hasta 2003, y produjo choques “con el canciller sobre la responsabilidad en las negociaciones económicas exteriores y la política económica exterior” (Milenski, 1978: 71).
Del relevamiento de la literatura especializada y de las entrevistas con informantes claves del período, puede colegirse que la estructura decisoria fue uno de los cambios más significativos en la política exterior nacional. Al respecto, hemos de acentuar que, apenas asumido, el flamante mandatario
propulsó la recuperación por parte de la Cancillería de su función tradicio- nal de determinar la política exterior, a diferencia de lo oficiado durante el Proceso, donde predominaba el peso de la Junta Militar y el Ministerio de Economía en segundo lugar.
Tal cual lo apuntado por Russell (1990), la dirección estaba “integrada esencialmente por funcionarios de origen político. Además, el presidente Al- fonsín jugó un rol de primer orden formando parte de la estructura deciso- ria en las cuestiones externas de mayor importancia en el período” (Russell, 1990: 25).
El hecho de que Caputo fuera Licenciado en Ciencias Políticas generó reacciones de reparo en el “establishment diplomático”, conformado predo- minantemente por abogados. Al decir de Gosende:
(…) el grupo tradicional de diplomáticos de profesión abogados, perte- necientes a algunos de los estudios tradicionales de Buenos Aires, que habitualmente intermediaban con las compañías y grupos extranjeros, quedaron en los primeros años del Gobierno de Alfonsín fuera del pro- ceso decisorio (Gosende, 2007:165).
Para subvertir tal contrariedad, el ministro avanzó sobre dos medidas: la promoción de agentes del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y reintegrar a los dados de baja durante la dictadura militar (Gosende, 2007: 165). 3.3. La política exterior en gestión: agenda, temas, relaciones e instrumentos en los diferentes períodos del mandato
Tal como se mencionó en las líneas iniciales, Alfonsín triunfó en las elecciones nacionales de 1983 en un clima de doble ruptura con el pasado cruento y caótico de los años y décadas anteriores. De la misma manera, marcamos que su encumbrar en el poder implicó otro dato inédito para la escena nacional: la victoria sobre la fórmula justicialista, encabezada por Íta- lo Luder. Tal resultado en las primeras elecciones limpias y sin prescripciones desde hacía tiempo –media centuria, cuanto menos– permitió que el radica- lismo volviese a hacerse del Poder Ejecutivo, obteniendo además la mayoría en la Cámara de Diputados aunque no así la del Senado, que quedó bajo dominio del PJ.
Por otra parte, se recordará que en su discurso inaugural, el presiden- te entrante rescató las directrices filosóficas de Krause propias de la tradi- ción en política exterior del radicalismo al ponderar la “búsqueda de la igual- dad entre los Estados” (Alfonsín, 1983b). Lo propio hizo al articular dicho imperativo con los tres lineamientos básicos que caracterizarían su gestión: 1) los problemas de la paz, el desarme y la vigencia de los derechos humanos;
2)la formación de una política exterior independiente; 3) el reclamo por un orden económico internacional más justo (Alfonsín, 1983b).
En consideración de los objetivos y esquemas desplegados en los apar- tados anteriores, y en aras de proveer una explicación más comprensiva de la construcción de la política exterior alfonsinista se cree pertinente dividir el mandato en tres fases: una primera desde el deshielo político de 1982 hasta principios de 1985; la segunda fase desde la finalización del período anterior hasta septiembre de 1987, y finalmente, desde allí hasta la conclusión de su mandato en 1989.