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Capítulo 3 Marco teórico y Metodológico

3.1 La propuesta intercultural

3.1.2 El concepto de educación intercultural y el diálogo intercultural

Debido a la diversidad de variantes en el concepto de interculturalidad, para la presente investigación emplearé como base teórica a autores como Dietz (2011), Aguado (2003), Fornet-Betancourt (2007), Olivé (2006) y Schmelkes (2004), quienes conciben a la interculturalidad como un proceso que deviene de la multiculturalidad y que apunta hacia un mundo globalizado. Sin embargo, también daré cita a otros autores que manejan el concepto para enriquecer la discusión. La interculturalidad está muy ligada a la multiculturalidad, sin embargo ambos conceptos tienen diferencias sustanciales. El concepto de multiculturalidad remite a pensar en la diversidad, mientras que el de interculturalidad, remite al diálogo: “La multiculturalidad da cuenta de la presencia de culturas diferentes y de la necesidad de atender las demandas de los distintos grupos minoritarios, pero dentro de estos grupos existen dinámicas y relaciones de poder” (Dietz, Mateos, 2011, p. 24). Precisamente, Ixhuatlán de Madero es un municipio que se caracteriza por la convergencia de diversos grupos étnicos y sociales en la zona; la interculturalidad se presentará como la oportunidad de un cambio en las estructuras de la educación que hará evidentes las relaciones de poder y las necesidades de los grupos minoritarios.

Para Olivé, los conceptos de multiculturalismo e interculturalismo los maneja de manera indistinta “para designar a un modelo de sociedad multicultural, democrática y justa, que aliente la interacción armoniosa y constructiva entre los pueblos y culturas de México y del mundo, con base en el derecho de cada uno a tomar decisiones por sí mismo acerca de su proyecto colectivo de desarrollo” (Olivé, 2006, Pp. 24-25).

Menciona el autor que es obligación del estado mexicano promover la “cultura de la interculturalidad” no sólo en los pueblos indígenas, sino en todo el ámbito nacional. Sin embargo en nuestro país el proyecto intercultural se ha implementado en zonas mayoritariamente indígenas, incluso en zonas en donde

diversos grupos étnicos han convivido y mantenido relaciones de intercambio por siglos, como es el caso particular de la Huasteca.

“Lo multicultural refleja, como una foto fija, una situación de estática social, se limita a describir una situación en la que coexisten diferentes grupos culturales. Lo intercultural, por su parte, subraya la comunicación e intercambio entre formas culturales diversas” (Aguado, 2003, p.13). Como hace mención Aguado, nuestro país se caracteriza por ser multicultural, por sus numerosas culturas de origen prehispánico. Sin embargo, la permanencia de estos grupos a lo largo del tiempo no implica la plena participación de los mismos de manera democrática. Es precisamente la interculturalidad la que aboga por una cultura de la comunicación sin imposición, por el contrario de reconocimiento a las diferencias:

Es por ello que el origen tanto del discurso como de la práctica de la interculturalización escolar se halla en el multiculturalismo, aquel precario y siempre provisional discurso que pretende integrar el amplio abanico de nuevos movimientos sociales contestatarios bajo un horizonte político- societal común (Dietz, Mateos, 2011, p. 30).

La educación intercultural se debate entre los terrenos de sociedades que por décadas han presenciado la imposición de políticas y que en muchas ocasiones incluso han ido en contra de su propia estructura, provocando una restructuración del campo sociocultural.

Para Aguado, el concepto de interculturalidad también deviene del principio de la multiculturalidad, “aparece para superar las carencias de conceptos como multiculturalismo, que no refleja suficientemente la dinámica social y las nuevas construcciones socioculturales” (Aguado, 2003, p.13). Para la autora, la multiculturalidad se limita a distinguir la “coexistencia de diversos grupos culturales”, mientras que la interculturalidad es un concepto más dinámico que implica “comunicación e intercambio”. Por ello nos habla de una “pedagogía intercultural”.

Así, la pedagogía intercultural concibe la educación como construcción cultural llevada a cabo en ámbitos donde conviven referentes culturales diversos. Esta diversidad se contempla como positiva, como una posibilidad de enriquecimiento mutuo. Implica construir algo nuevo a partir de lo ya existente (Aguado, 2003, p. 14).

La educación intercultural y con ella la pedagogía intercultural son campos en construcción y por ello son campos de observación. La autora maneja que a mayor diversidad cultural, mayor enriquecimiento. El problema en esta interacción social radica en las relaciones desiguales, las relaciones de poder, que se manifiestan aún dentro del aula.

Para Fornet–Betancourt, esta realidad social que promueve relaciones asimétricas, lleva a la reflexión de la práctica intercultural, es decir de la filosofía intercultural: “El sistema educativo es en realidad el dispositivo de saber por y con el que los miembros de la élite de una determinada comunidad cultural, política, etc., dicen a los miembros de esa sociedad lo que éstos deben aprender” (Fornet- Betancourt, 2007, p. 21-22). Es decir, el sistema educativo es transmisor de este sistema asimétrico de relaciones y de saberes puesto que se legitiman ciertos conocimientos y se desvaloran otros:

“Para mucha gente en América Latina es un trauma ir a la escuela pública, ya que ésta, como expresión o instrumento de la llamada cultura nacional, los deshereda culturalmente” (Fornet-Betancourt, 2007, p.34). Como ejemplo de este sistema excluyente, doy cita a un fragmento de la entrevista a una profesora de primaria jubilada que radica en Ixhuatlán: “como maestra enseñaba a los niños a aprender el español por medio de canciones, porque sólo hablaban otomí y por eso los niños reprobaban por no hablar español” (CD, Ixhuatlán de Madero, Ver. 3 de noviembre de 2010).

Ante este tipo de acontecimientos, como el caso de la maestra, se tiene la necesidad de reflexionar en torno a las relaciones interculturales con las que se busca establecer intercambios más que imposiciones, así como el reconocimiento

de las alternativas de enseñanza como son la oralidad y los saberes tradicionales. Al respecto, Gogolin opina que “la formación y educación intercultural se entiende como una dimensión permanente de los cursos usuales y por ello, la progresión de los objetivos de la educación y formación intercultural dependen también de los objetivos a los que se aspira llegar en los cursos” (Gogolin, 2003, p. 1). Uno de los propósitos de la educación intercultural, y de la UVI en particular, es el mantener una serie de relaciones entre el profesorado, los alumnos y la comunidad, relaciones que no propicien la imposición de un sistema educativo hegemónico, sino por el contrario abierto al diálogo de saberes:

Se habla de educación bilingüe intercultural porque la modalidad educativa para estos grupos busca que los indígenas conozcan y valoren su cultura y dominen su lengua, pero que a la vez descubran la riqueza de los otros grupos culturales que habitan el planeta, en especial la de aquellos con quienes comparten el territorio. Pero en sentido estricto la educación para la interculturalidad no es tal si no se dirige a toda la población. (Schmelkes, 2003-2004, p. 28)

Resulta necesario registrar el desarrollo de la práctica intercultural, dentro del terreno de la educación, teniendo en cuenta que “el entramado de relaciones normativas, conceptuales y empíricas que se establecen entre “interculturalidad” y “educación” no es dominio exclusivo del quehacer pedagógico” (Dietz, Mateos, 2011, p. 24). Es importante analizar este cambio en el modelo de la educación desde otras miradas, apuntando hacia la interdisciplinariedad y la interculturalización educativa:

Todos tenemos derecho al cambio, a la transformación mutua y recíproca en un diálogo intercultural…El interculturalismo plantea el problema no exclusivamente de reconocer la diversidad en un nivel retórico sino el derecho a hacer el mundo de otra manera (Fornet-Betancourt, 2007, Pp. 45, 47).

En este sentido, el concepto de interculturalidad se torna un derecho al que todo individuo puede apelar como una necesidad de la dinámica de globalización. En el caso de la educación, Shah analiza la interculturalidad precisamente como parte de la globalización, de la dinámica tecnológica y de la movilidad internacional; este proceso ha provocado cambios en las estructuras sociales:

Economic, social and political forces are accelerating international mobility, immigration and relocation, introducing changes in societal structures in many countries. The emerging societies tend to be multi-ethnic and multicultural, necessitating subsequent changes in the organization and management of their educational institutions […] Problems and difficulties in the leadership/management of multiethnic institutions across the board, including the learning of multiethnic students, all point to the need for cross- cultural research to fill the gaps in our existing knowledge (Shah, 2007, p. 4).

Shah destaca la necesidad de los cambios en la organización de las instituciones escolares. Para la autora es importante saber cómo se entablan las relaciones multiétnicas y multiculturales en contextos educativos. En particular, en su estudio resalta la importancia de abordar a fondo la técnica de la entrevista, como una fuente indispensable y muy directa entre el investigador y su sujeto de estudio. “Las relaciones interculturales tendientes a la construcción de la sociedad global deben estar guiadas por el ideal regulativo de establecer estándares de evaluación moral y epistémica de común acuerdo” (Olivé, 2006, p. 47). Si bien este principio pareciera utópico, lo que se intenta es llegar a un común acuerdo de respeto entre individuos y colectividades en contextos diversos.

En base a esta serie de citas, puede observarse que el concepto de interculturalidad cuenta con una vasta gama de aplicaciones, lo que Dietz llama “la semántica en la etnografía de lo intercultural” (Dietz, 2003, p. 157) y que deviene en “los modelos discursivos de educación intercultural” (Dietz, 2003, p.158), entre los que se encuentran educar para: asimilar (que promueve el monoculturalismo

es decir el predominio de una cultura hegemónica), compensar (en donde se ve al multiculturalismo como un problema), diferenciar (que promueve una educación pluralista y específica por derecho),así como biculturizar (en donde el nacionalismo promueve una educación bilingüe como solución a la diversidad lingüistica).

El autor también menciona los modelos de: tolerancia (en donde se promueven los valores y el respeto a la diversidad), contra el racismo (en contra de estructuras históricas e ideológicas en donde se considera que una cultura es superior a otra), para empoderar (que pretende dar poder a grupos marginados y excluidos por un sistema), para transformar (que promueve una educación liberadora y democrática) y para interactuar (en donde se pretende generar las experiencias de la interculturalidad, cambiando los esquemas de la educación clásica).

Para Aguado, “son paradigmas desde los que se ha abordado la atención a las diferencias culturales en educación” (Aguado, 2003, p. 6). La autora presenta nueve paradigmas: adición étnica y estudios etnoculturales (cuyo propósito es incluir en el currículo elementos de la diversidad cultural), relaciones humanas e identidad cultural positiva (con el propósito de resaltar las relaciones entre grupos diversos), además del paradigma lingüístico (que tiene el propósito de instruir en una lengua distinta a la lengua materna).

Otros paradigmas que Aguado menciona son la educación multicultural (tiene como objetivo el respeto a la diversidad y al pluralismo cultural), educación antirracista (da prioridad a una educación sin discriminación), deprivación cultural

(que plantea una educación compensatoria), el paradigma genético (enfatisa el problema de la falta de adquisición de conocimientos por cuestiones genéticas), el

radical (que tiene como fin lograr reformas radicales en el sistema social y económico) y finalmente el asimilacionismo (que permite adquirir valores y conductas de grupos dominantes).

A partir de estos autores entonces diría que el presente estudio se concentra en el marco de referencia de educar para interactuar (Dietz, 2003). La dimensión del

enfoque conceptual en este estudio es una postura ideológica crítica “que ve a la cultura dominante como la base de la explotación y la desigualdad, las cuales sólo pueden ser removidas mediante la confrontación” (Aguado, 2003, p. 6). Y finalmente, mí posicionamiento en esta investigación es desde el paradigma

radical (que busca reformas socio-económicas).

Con la intención de unificar las diversas propuestas anteriormente sugeridas, es como surge la idea de relacionar dichas posturas con el desarrollo de Universidades Interculturales, como un modelo de educación alternativa que considera, dentro de su currículo formal, el abordaje de otros saberes que pueden hacer aportes al conocimiento científico:

O sea que si Occidente pretende decretar que filosofía es ciencia y que quien no haga filosofía a la científica (entendiéndose como ciencia a la europea), no hace filosofía, entonces no hay de hecho posibilidad de diálogo (Fornet-Betancourt, 2007, p.25).

Fornet- Betancourt se refiere precisamente a esa imposición de saberes por medio de la colonialidad, bajo la influencia de Occidente en los modelos de educación. Sin embargo, precisamente para frenar y enfrentar dicho sistema surge la propuesta de la educación intercultural:

La concepción de un modelo de desarrollo educativo basado en los principios del enfoque intercultural debe considerar la importancia de incorporar el conocimiento tradicional de los pueblos originarios como parte sustancial del desarrollo integral de los individuos, y una estrategia innovadora para convalidar el carácter científico-práctico de los saberes populares que se derivan de las tradiciones de los pueblos indígenas de nuestro país (Casillas y Santini, 2009, p. 45).

Tal vez el modelo de Educación Superior Intercultural no sólo puede ser funcional en comunidades eminentemente indígenas, probablemente deba ampliarse a otros sectores sociales con una población de origen y pautas culturales diversas. La educación desde esta perspectiva forma parte de un quehacer mucho más amplio

de política educativa, aunque con un valor particular, ya que muchas de las esperanzas de un posible cambio para mejorar se centran en ella:

En México la interculturalidad, equivocadamente, se ha tomado como sinónimo del término indígena… las contradicciones del discurso oficial son claras desde múltiples perspectivas. En principio porque se trata de una política que se dirige a la población indígena, haciendo énfasis en el reconocimiento y valoración de las lenguas y culturas originarias, por lo que, debería aplicarse a toda la población que en su gran mayoría desconocen los valores culturales de estos pueblos (Millán, 2006, p. 16).

No se puede pensar en la historia de nuestro país sin tomar en cuenta el contexto histórico mundial, sobre todo la historia de Europa, con la cual estamos fuertemente ligados desde el momento de la conquista y a la que se suma la influencia de la cultura norteamericana. Se puede distinguir cómo la educación superior en nuestro país contiene una fuerte imposición de la cultura occidental o del norte9, que ha permanecido a lo largo de la historia, con una evidente carga positivista y capitalista que indudablemente es un estigma de la ciencia actual.

A diferencia de esta realidad multicultural, la realidad intercultural supone una relación, una interacción entre grupos humanos con culturas distintas que se da en condiciones de igualdad entre ellas. La interculturalidad, desde su concepción misma, niega la existencia de asimetrías debidas a relaciones de poder. Asume que la diversidad es una riqueza. A diferencia del integracionismo, la segregación o el olvido, que buscan eliminar las diferencias, la interculturalidad asume la diferencia no sólo como algo necesario sino como algo virtuoso. Esta interculturalidad, que supone una relación, incluye también comprensión y respeto entre las culturas. Como punto de llegada, como utopía creadora, no admite asimetría (Schmelkes, 2003-2004, p. 26.

Como plantea Schmelkes, la interculturalidad pudiera considerarse como una utopía que no admite asimetrías, cuya finalidad es difuminar las relaciones de poder para generar un clima de diálogo de saberes.