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CAPÍTULO 1. MARCO TEÓRICO

1.1. La comunicación no verbal

1.1.1. Concepto

Para entender qué es la comunicación no verbal, debemos interpretar primero la relación que existe entre esta y la comunicación verbal, pues son integrantes del mismo proceso global de comunicación.

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La comunicación no verbal es una disciplina concomitante del comportamiento humano verbal, que puede codificar y descodificar, únicamente, los parámetros relacionados con el espacio y el tiempo:

la comunicación no verbal puede entenderse sólo como la actividad tripartita del discurso, todo lo más desarrollada a su vez en las dos dimensiones del espacio y el tiempo, los cuales determinan actitudes (por nuestra conceptualización y estructuración de ambos) estudiadas como proxémica y cronémica respectivamente (Poyatos, 1994a: 17).

Para algunos especialistas, los límites de significación entre comunicación no verbal y verbal no son tan nítidos, y abordan con la misma relevancia ambas formas de interacción. Puesto que el campo de estudio que abarcan es tan amplio, la terminología empleada es más

general, por ejemplo, comunicación o interacción cara a cara, e incluye ambos aspectos: el

verbal y el no verbal. Los parámetros diferenciadores entre manifestaciones vocales y no vocales son muy imprecisos, pues no todos los fenómenos acústicos son vocales (como el chascar los dedos o aplaudir), no todo fenómeno no acústico es no verbal (es el caso de la lengua de signos de las personas sordas), no todos los fenómenos vocales son iguales (algunos hacen uso del aparato respiratorio y otros no) ni todas las palabras son característicamente verbales (como, por

ejemplo, las consideradas palabras onomatopéyicas: zas, cuchichear…) (Knapp, 1982: 15-16).

A este respecto, Cestero subraya el carácter no lingüístico determinante de la comunicación no verbal:

(…) la forma de comunicación humana producida mediante la utilización de signos no lingüísticos. Se incluyen en ella, por tanto, todos los signos y sistemas de signos no lingüísticos que comunican o se utilizan para comunicar, esto es, los hábitos y las costumbres culturales en sentido amplio y los denominados sistemas de comunicación no verbal: paralenguaje, quinésica, proxémica y cronémica (Cestero, 2004: 594).

Esta definición, que consideramos la más acertada para nuestro estudio dada su naturaleza, abarca la descripción de los signos y sistemas de signos culturales, por un lado, y los sistemas de

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comunicación no verbal, por otro. Se interpreta así el carácter indisoluble existente entre el campo de actuación de la comunicación, en nuestro caso de la comunicación no verbal, y el de la cultura.

1.1.1.1. Cultura y comunicación

Poyatos (1994a) se hace eco igualmente en su definición de comunicación no verbal de la interrelación de esta con la cultura, al definirla como “las emisiones de signos activos o pasivos, constituyan o no comportamiento, a través de los sistemas no léxicos somáticos, objetuales y ambientales contenidos en una cultura, individualmente o en una mutua coestructuración” (1994a: 17).

Cestero (1999b) extiende la inevitable analogía entre los preceptos de cultura y los de

comunicación no verbal y diferencia, al igual que otros estudiosos1, entre Cultura con mayúscula

y cultura con minúscula. La autora precisa que la Cultura es:

el conocimiento humano aprendido, dentro del cual están, indiscutiblemente, las costumbres ambientales y relativas al comportamiento y las creencias, por un lado, que constituyen la cultura (con minúscula) de una comunidad, y los sistemas de comunicación (verbal y no verbales) de dicha comunidad, por otro (Cestero, 1999b: 15).

Si tenemos en cuenta este vínculo, la correspondencia entre cultura y comunicación se acentúa hasta el punto de considerar más efectiva y sencilla la interacción entre ambas cuanto más cercana sea la cultura de los interlocutores; entendiendo la interacción como el proceso de transferencia y comprensión de información (Harms, 1973). Esta premisa otorga sentido a nuestra investigación, al centrarla en un estudio comparativo entre dos culturas con cierto grado de cercanía, como son la turca y la española.

La definición de cultura que ofrece Poyatos (1983) es similar a la mencionada y aporta más precisión:

1 Miquel y Sans (2004) distinguen entre “cultura a secas” que abarca el conocimiento operativo y los

comportamientos compartidos por los miembros de una cultura, “cultura con mayúsculas”, esto es, el saber general, y “cultura con k”, es decir, la adecuación de los saberes a los diferentes compartimentos de la actuación cultural.

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A series of habits shared by members of a group living in a geographic área, learned but biologically conditioned, such as the means of communication (language being the basis of them all), social relations at different levels, the various activities of daily life, the products of that group and how they are utilized, the peculiar manifestations of both individual and national personalities, and their ideas concerning their own existence and their fellow peoble (Poyatos, 1983: 3)

Sin embargo, el análisis y las reflexiones de Martinell (2007) despojan los supuestos de la cultura de un espacio físico y temporal, y a las personas de pertenecer a una única cultura:

la cultura supera el espacio geográfico concreto, la cultura no tiene por qué ser privativa del mismo grupo a lo largo de generaciones: habrá incorporaciones y habrá deserciones (…) una cultura no se contamina en contacto con otras, simplemente cambia; un individuo no está necesariamente inmerso en una cultura toda su vida (Martinell, 2007: 76).

La amplitud de significado de los principios desarrollados por la comunicación y por la cultura llevan a Bateson (citado en La Barre, 1978: 251) a incidir en la concepción de ambos aspectos como una sola entidad, “toda cultura es comunicación”. Hall atestigua esta concepción simbiótica al afirmar “I have treated culture as communication” (1959: 186), pues, junto con el antropólogo Trager, desarrolla una firme teoría sobre los planteamientos de la cultura, que se asienta en modelos de comunicación.

Llegados a este punto, consideramos enriquecedor acompañar los anteriores enunciados con las sabias observaciones de A. Maalouf que enlazan la comunicación verbal y la no verbal con la identidad:

Quiero solamente llamar la atención sobre el hecho de que la lengua tiene la maravillosa particularidad de que es a un tiempo factor de identidad e instrumento de comunicación. Por eso, […] extraer lo lingüístico del ámbito de la identidad no me parece ni factible ni conveniente. Es vocación de la lengua seguir siendo eje de la identidad cultural, y la diversidad lingüística el eje de toda diversidad (Maalouf, 2009: 142).

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De la misma manera que cada individuo reclama la inexorable diferenciación dentro de la misma comunidad, esto es, su propia identidad, todos los miembros de esa cultura o grupo interactúan sin ser conscientes de ello como pertenecientes a un mismo colectivo social. Esta distintiva interacción entre el ser humano y su hábitat es tal que cada uno participa e incide fluidamente en el otro, creando y moldeando el medio con el único fin de que el otro exista. Este recíproco intercambio se ejecuta no solo a través del sistema verbal, que es el principal exponente en la formación del pensamiento, sino, también, mediante signos no verbales, que han sido estudiados y clasificados en los sistemas que tratamos a continuación (Poyatos, 1994a y 1994b).

Al margen de las distintas nociones que subyacen en las definiciones presentadas por los investigadores, consideramos que es de suma importancia otorgar a la comunicación no verbal un lugar destacado en la interacción comunicativa humana y, por tanto, como han apuntado repetidamente Poyatos (1994a, 2006) y Cestero (1999a, 2000a, 200b, 2004), en el proceso de enseñanza de lenguas extranjeras (LE).