CAPÍTULO 2. MOVIMIENTO SOCIAL DE MUJERES Y MOVIMIENTO FEMINISTA EN
2.2. Estudios sobre la construcción del feminismo en Colombia
2.2.3. Los conceptos que se posicionan reclamando una nueva ciudadanía
Como se observó en el apartado anterior la tesis central de los trabajos sobre el movimiento feminista en Colombia parte del interés por identificar el proceso de construcción de las mujeres como sujeto político visibilizadas a través del feminismo. De ahí las dos corrientes argumentativas sobre las diferencias entre movimiento feminista y movimiento de mujeres, y la construcción de la militancia política y la relación con el Estado.
La consideración de la construcción de las mujeres como sujeto político desde el feminismo nos aboca ahora a la identificación de algunos conceptos claves, en tanto que hacen parte de la agenda política del movimiento. La riqueza de estos conceptos, como se mostrará más adelante, radica en el impacto transformador que conllevan, pues el feminismo de la segunda ola, como se ha denominado a una serie de prácticas discursivas que permearon la esfera pública, va a proponer
una revolución de las subjetividades femeninas a través de la transgresión de la vida cotidiana, que marca la diferencia con los feminismos decimonónicos y con la corriente sufragista de las primeras décadas del siglo XX.
Alrededor de los años ’60 y ’70, es un momento de emergencia de “nuevos sujetos”. Diferentes procesos, en distintos lugares del mundo, dan cuenta de un escenario de cambio, transformaciones sociales, auge de masas, controvertidos procesos de luchas obreras y variadas manifestaciones: las rebeliones juveniles en Europa, el proceso vietnamita, el argelino, la revolución cubana, la presidencia de Allende en Chile. En ese contexto hace su aparición el movimiento de mujeres bajo el lema “lo personal es político” y ya no plantea un movimiento de ilustradas y "mujeres excepcionales", sino que pasa a ser un movimiento colectivo de características masivas. Este feminismo viene acompañado de nuevas reivindicaciones: no se trata sólo de la cuestión de reducir la diferencia, de salir de lo privado para ingresar al orden público. Es el momento de cuestionar la base misma de los criterios de distinción. El acento está puesto en el cuerpo y la sexualidad como lugares en los que se anuda la diferencia sexual y el dominio patriarcal a partir de la ecuación mujer = esposa = madre. En este marco, la noción de “patriarcado” resulta fundante de este período. Simone de Beauvoir representa una de las clásicas indiscutidas de esta II Ola”. (Fernández y Anzorena, 2017, p.4)
En las últimas décadas, feministas latinoamericanas han cuestionado la periodización de las olas del feminismo al considerar que no responden a la realidad de América Latina y el Caribe, sino que se suscribe a una mirada eurocéntrica y estadounidense hegemónica del feminismo occidental. No obstante, en esta revisión bibliográfica se encontró que una gran parte de los estudios académicos han rastreado el desarrollo del feminismo en Colombia a partir de la división subsecuente de las olas feministas, desconociendo las experiencias de las afrocolombianas, indígenas, disidentes, campesinas y urbano populares ausentes en una historiografía feminista de
este período. En estas condiciones, los conceptos que emergen para el análisis están relacionados con la incursión de algunas mujeres en el escenario de lo público y desde el ámbito político.
En esta vía se identifica como lema central de esta propuesta trasgresora “lo personal es político”, propuesto por la denominada segunda ola del feminismo, que cuestiona todas las esferas de actuación de las mujeres superando los límites entre lo público y lo privado. Se retoma la propuesta analítica que hace María Emma Wills (2002) donde plantea la triada sociedad civil, esfera pública y género, conceptos que rastrea en el desarrollo del feminismo colombiano.
Lo personal también es político
Para 1960 América Latina se encontraba inmersa en un contexto de desigualdad social y económica que profundizó las brechas en la participación política y el relacionamiento con el Estado, haciendo visible las discriminaciones de género para las instituciones oficiales y para la sociedad en general.
El lema de lo personal también es político, huella indudable del feminismo de la segunda ola, marcó el inicio de una época de transformaciones. “Esta consigna afectaba tanto a la actividad política como a la vida privada, y por ello para las feministas que se formaron entonces el feminismo fue a la vez un desafío político y una ética personal. Ya sea que eligiera el feminismo radical (de mujeres y sólo para mujeres) o la doble militancia (en un partido parlamentario o extraparlamentario, como se llamaba entonces, y a la vez en grupos feministas)” (García y Valdivieso, 2006, p.42).
Eran tiempos de sueños y utopías libertarias. La Revolución Cubana alimentaba ese proyecto y los universitarios e intelectuales tenían tareas históricas que asumir en esa senda: formar la conciencia revolucionaria en los trabajadores, a la vez que luchar contra los vicios
«pequeñoburgueses» propios y contra el imperio del Norte. Desde este escenario, el feminismo norteamericano no estaba en las coordenadas de la lucha y, más bien, resultaban atractivos los intelectuales franceses como Sartre y Simone de Beauvoir. La relación entre «compañeros» impedía sin embargo en alguna medida, una reflexión sobre discriminación y subordinación femenina. (Lamus, 2009c, p.72)
Para autoras como Vargas (1994), Lamus (2009a) y Lamas (1994), el movimiento feminista en América Latina se fue consolidando principalmente con la participación de mujeres de clase media, la mayoría de ellas universitarias provenientes de procesos políticos y organizativos que respiraban la oxigenación de la izquierda y que cuestionaron enfáticamente los modelos tradicionales y el pretendido destino manifiesto para las mujeres: “Este amplio sector femenino, inspirado en la filosofía de la modernidad, reclamaba la universalidad y la igualdad como un estatus teórico que aseguraba a las mujeres como sujetos y les significaba el primer gran paso para neutralizar la diferencia sexual. Significaba un enorme progreso en sociedades donde la modernización inconclusa había marginado y/o dejado fuera enormes sectores de la población” (Vargas, 1994, p.50). Al respecto Martha Lamas (1994) escribió sobre la situación mexicana:
Durante su primera década fue un movimiento vanguardista, compuesto principalmente por universitarias y militantes políticas provenientes de la clase media, que invirtieron muchos esfuerzos en abrir un espacio y conseguir un reconocimiento político dentro de la izquierda mexicana. El movimiento logró poner en el tapete de la discusión política y cultural los temas relativos al sexismo inaugurando expresiones políticas novedosas. Sin embargo, el movimiento nunca llegó a convertirse en un movimiento masivo -como el norteamericano y algunos europeos- ni tampoco, por razones que analizaremos más adelante, consiguió la institucionalización que lograron el movimiento peruano o el chileno. (p.146)
En este contexto, los feminismos fueron abriendo espacios de reconocimiento en el panorama político sin que estuvieran ausentes de múltiples obstáculos debido a la hegemonía de algunos discursos de izquierda, que encontraron en el pensamiento y práctica feminista una amenaza a sus postulados fundamentalistas.
Sociedad Civil, Esfera Pública y Género
María Emma Wills (2002) propone la articulación de los conceptos sociedad civil, esfera pública y género para analizar el proceso de los discursos feministas de la segunda ola que empezaron a circular en Colombia y sus posteriores desarrollos, en lo que ha denominado “Los cinco viajes del feminismo”, con el propósito de evaluar si la incorporación de una lectura de género afianzó el ideario democrático o fortaleció percepciones autoritarias y excluyentes. Los cinco viajes que caracterizó son: (primer viaje), formación de diversos grupos feministas y la inserción en cuatro espacios fundamentales, el académico (segundo viaje), el estatal-institucional (tercer viaje), el del derecho (cuarto viaje) y el de los movimientos populares (quinto viaje) (p.413).
Al respecto del concepto de sociedad civil, Wills (2002) plantea que:
(…) «sociedad civil» no sólo denota rasgos descriptivo-organizativos, sino que también se refiere a la existencia o ausencia de elementos cualitativos. Éstos vinculan la constitución de la sociedad civil con el de régimen democrático; si las innumerables iniciativas colectivas y organizadas confluyen para que se fortalezca una esfera de debate público incluyente y vital, entonces concluimos que no sólo se están gestando organizaciones sociales, sino que además existe una sociedad civil en vías de afianzamiento (Fraser, 1997). (…) En otras palabras, es en esos lugares de encuentro y debate donde los individuos se transforman en ciudadanos y ciudadanas, personas conscientes no sólo de sus intereses, necesidades, retos, valores y
definiciones personales de "buena vida", sino de aquellos aspectos que concuerdan o que chocan con los de los demás. (p. 411)
Frente al concepto de esfera pública Wills (2002) retomando a Nancy Fraser (1997), considera que además de organizaciones sociales existen otros individuos que confrontan la exclusión social y política en condiciones de desigualdad, “existen públicos oficiales y contrapúblicos (de mujeres, minorías étnicas, voces populares), públicos débiles (sin capacidad "decisoria y sancionatoria") y públicos fuertes (toman decisiones con carácter obligatorio: Parlamento, rama judicial)” (Wills, 2002, p. 412). En esta medida, la toma de conciencia para transformación social no se supedita al agenciamiento colectivo de los movimientos sociales o de los partidos, sino que encuentra en los contrapúblicos diversas expresiones de actuación.
Es la definición de la sociedad civil y los contrapúblicos, en la perspectiva de las luchas de las mujeres lo que logra transformar el relacionamiento con el Estado, las instituciones y la sociedad en general al abrir caminos de acción por vía de la autonomía y la expresión de otros lenguajes no convencionales:
A pesar de no tener el potencial de irradiación masivo que contienen los públicos oficiales o la capacidad vinculante que despliegan los parlamentos, los contrapúblicos desempeñan un papel fundamental en la constitución y en la expansión de las fronteras de un régimen democrático. Es en estas esferas donde se gestan los disensos sin los cuales las sociedades se tornarían mucho más uniformes, homogéneas y desiguales. Los contrapúblicos (con sus gestos, su estética, su forma de concebir la política y los actores legítimos de la política) y las relaciones entre lo público y lo privado expanden –en algunos casos para bien, en otros para mal- las fronteras de lo admisible políticamente. Dentro de este campo heterogéneo que constituye la oposición pública ¿cómo distinguir a los contrapúblicos feministas? ¿Qué
diferencia estas expresiones contestarías de otras? ¿Cuál es su especificidad?. (Wills, 2007, pp.67-68)
Retomando, entonces para el análisis de Doris Lamus Canavate (2009a) la triada conceptual (lo público, la sociedad civil y el género), es la consideración que marca diferencia con el proceso anterior de las mujeres sufragistas. Las acciones agenciadas a partir de la década del ochenta constituyen un período de revolución de la subjetividad, de la vida cotidiana, de ruptura cultural, de trasgresión propia del feminismo (p.73). Sin duda, el movimiento sufragista obtuvo unos logros necesarios de apertura para la ciudadanía institucional y legal de las colombianas, que décadas más tarde profundizaría grietas en temas y modos de acción que propició el movimiento en la sociedad colombiana.
Es hacia mediados de la década que los grupos organizados empiezan a establecer formas organizativas y a realizar campañas que movilizan alrededor del aborto libre y gratuito. Estas campañas de carácter nacional sintetizan la lucha por el control del propio cuerpo, la conquista de la autonomía y de la liberación de las cargas que la cultura había impuesto a las mujeres. Inspirados en aquellos grupos de búsqueda de conciencia de las feministas del norte en los años 60 y 70, aparecen los adoptados en Colombia y que en ese proceso toman formas propias mezclados con otras prácticas como las de la teología de la liberación y la alfabetización como forma de concientización y la investigación participativa, en boga entonces. (Lamus, 2009a, p.74)
En uno de sus escritos, María Emma Wills (2002) “Los cinco viajes de los feminismos en Colombia (1980-1999) avances y estancamientos”, analiza cómo los discursos feministas se van incorporando en el ámbito político colombiano y de qué manera se van posicionando argumentos sensibles a la reflexión de género en la temerosa práctica democrática del país.
El primer viaje tiene que ver con la llegada de la segunda ola del feminismo a Colombia en 1970 y su caracterización secular y democrática a partir de los grupos de autoconciencia, la lectura de textos que venían del extranjero y las posibilidades de intercambio con mujeres con otras latitudes del planeta. Se vinculan a este viaje las dinámicas de discusión por elementos de construcción de ese sujeto político público que se mencionó en el apartado anterior, atravesadas además por los debates de la participación legal de las mujeres con las transformaciones que introdujo la Constitución Política de 1991.
El segundo viaje hace referencia a la incursión del feminismo en la academia, que en Colombia contó con el apoyo de la cooperación internacional para institucionalizar los estudios de género en algunas universidades del país en la década de los noventa. Una parte de este proceso se planteó en la primera parte de este capítulo. Para el tercer viaje, la autora hace un recorrido por el proceso de articulación del feminismo con la rama legislativa en términos de las luchas de las mujeres por el reconocimiento de sus derechos, enfrentando los rezagos de un contexto político de Concordato con el vaticano.
En el cuarto viaje se plantea la construcción de las políticas públicas en medio de la tecnocracia, la concertación y el clientelismo propios de la cultura política colombiana y que permiten visibilizar rutas de navegación para las transformaciones de las condiciones de las mujeres, pero que hacen perder el carácter subversor de las apuestas feministas y de género en la lógica de institucionalización de las mismas. Finalmente, en el último viaje, la autora reconoce las apuestas de los movimientos populares de mujeres provenientes de orillas diferentes, las mismas que fueron desconocidas dos décadas atrás.
Con mirada crítica Wills (2002) identifica que la articulación de los conceptos público, sociedad civil y género, constituye el punto de reflexión y actuación para leer la lucha por la ciudadanía de
las mujeres en Colombia, que no pasa sólo por la participación en lo público, sino que redunda en una transformación de la subjetividad, en promover cambios estructurales en la cultura y en ampliar la mirada desprevenida frente a la pluralidad, para realmente constituir un ambiente político democrático y secular.