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La eclosión de los estudios de género en Colombia

CAPÍTULO 2. MOVIMIENTO SOCIAL DE MUJERES Y MOVIMIENTO FEMINISTA EN

2.1. La incorporación de los Estudios de Género en Colombia

2.1.2. La eclosión de los estudios de género en Colombia

Tras estos esfuerzos individuales y en ocasiones colectivos, el camino hacia la institucionalización de los estudios de género estaba ya allanado. En 1985 se constituyó el Grupo Mujer y Sociedad en la Universidad Nacional de Colombia, integrado por maestras e investigadoras de las áreas de ciencias sociales y humanas. Inicialmente se encuentran de manera informal para identificar afinidades en las temáticas de interés y contribuir a la discusión desde su saber disciplinar y la experiencia feminista que cada una de ellas había cosechado. “Este grupo adquiere estabilidad con el paso del tiempo, y en 1986 organiza un simposio sobre «Mujer y Sociedad», el cual se convertiría en el «ritual de paso» hacia su reconocimiento en la Universidad, pues gracias a su éxito, el grupo logra en 1987 el reconocimiento de la administración central «con asignación de tiempo»” (Wills, 2007, p.424).

Maria Emma Wills (2007) plantea que la incorporación de los estudios de género en la academia colombiana debió enfrentar los rezagos de una sociedad profundamente conservadora y patriarcal,

que apenas después de 1936 permitió el acceso de las mujeres a la educación superior y que treinta años después tan sólo alcanzaría el 25% de los graduados en el país (p.319). A mediados de los ochenta, cuando surge el grupo Mujer y Sociedad, las feministas académicas habían recorrido un buen trecho de su militancia en organizaciones de izquierda, cargando con el lastre del señalamiento que desde allí se hacía a las reivindicaciones feministas al ser consideradas como agenciamientos propios de sociedades burguesas correspondientes a contextos del mundo desarrollado. Resistencias que somos conscientes que también ocurrieron en otras naciones.

Además, al interior de la cultura universitaria, por lo menos en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, existía una dinámica de ostracismo con pocos espacios para el debate al interior de los departamentos. Sin embargo, bajo la primera rectoría de Marco Palacios se empezó a dar apertura a los estudios interdisciplinarios, lo que favoreció el impulso de los planteamientos que hizo el grupo Mujer y Sociedad y que derivó en la creación del “Programa de Estudios de Género Mujer y Desarrollo” (PGMD), el cual tuvo su primera versión financiado en casi el cincuenta por ciento por la cooperación holandesa en 1994, y que antecedió la unidad académica seis años después: la Escuela de Estudios de Género.

El decenio de 1990 puede caracterizarse como una década de apertura e interdisciplinariedad. Este tender puentes responde en parte a que "los estudios en género [...] permiten establecer relaciones con las diferentes disciplinas sociales". Además, en el campo feminista se abrió paso el discurso del derecho a la diferencia que conecta las luchas de las mujeres con aquéllas emprendidas por otros grupos discriminados. Por otra parte, con la Constitución caen las resistencias al avance de la mujer en el campo legal. Los adelantos logrados en el campo del derecho señalan la necesidad de trabajar en el terreno cultural, de las mentalidades, del mundo simbólico. (Entrevista citada en Wills, 2007, p. 425)

Yolanda Puyana (2007) considera que el grupo Mujer y Sociedad -pioneras en la incorporación de los estudios de mujer y género en el país- ha enfrentado tres momentos: “el primero, entre 1986 y 1989, tuvo como eje los estudios sobre la mujer, y en el segundo, entre 1989 y 1996, se debate y reconoce la categoría de género, y se dan los primeros pasos para la institucionalización del Programa de Estudios de Género, Mujer y Desarrollo. El tercero comprende desde 1996 hasta hoy, con la creación de la Maestría en Estudios de Género, y la consolidación más institucional de la investigación, la docencia y la extensión” (p.127).

Según Wills (2007) hay tres elementos que contribuyeron a una especie de aislamiento de los estudios de género en la Universidad Nacional como pionera de su incorporación en la academia colombiana. El primero fue la desconexión académica y administrativa entre las disciplinas y este nuevo campo de estudios de lo que hoy es la Escuela de Género,3 sino también por las resistencias

a la investigación sobre género como producto de un legado de décadas de machismo, politización y polarización en las discusiones académicas (p.337-338). El segundo fue la proliferación de estudios con poca base de investigación empírica que dieran cuenta de la realidad de la vida de las mujeres y hombres en el contexto nacional y latinoamericano, lo que derivó en un impedimento de producción conceptual que se limitó a la reproducción de ideas. Y el tercero fue la existencia de una producción académica feminista orientada a aportar a la transformación de las relaciones de poder y a la formulación en el desarrollo de políticas públicas que potenciaran el empoderamiento del movimiento de mujeres, dejando de lado la discusión frente a las disciplinas, campos de conocimiento y enseñanzas que se desarrollan en la universidad (p.339).

3 La Escuela de Género, se encuentra articulada al Centro de Estudios Sociales (CES) que además funciona en los

Debido a la aparición de centros de estudio de género en diversas universidades del país, y a la sensibilización de más mujeres académicas -y algunos hombres- acerca del tema, se ha avanzado en el ámbito académico. La década de 1990 está marcada por un esfuerzo de institucionalización en las universidades de los grupos feministas pioneros y por una diversificación de miradas en torno al tema. Sin embargo, a pesar de estos avances, hoy los esfuerzos tropiezan con efectos no intencionales de las estrategias que se adoptaron en la década anterior. La institucionalización por la vía de centros fortaleció los programas internamente, pero los aisló de las facultades y los departamentos. En otras palabras, si no se corrige la tendencia, los esfuerzos pueden culminar en el síndrome del gueto. Este aislamiento de las carreras es aún más grave si tenemos en cuenta que la academia es uno de los espacios más importantes para resguardar del olvido y transmitir una memoria sobre las luchas que han librado las mujeres en décadas pasadas, cultivar "los relevos generacionales" de los movimientos feministas, y sensibilizar a los jóvenes sobre la pervivencia de relaciones inequitativas de género. (Wills, 2007, p.426)

Lo anterior puede responder a las dinámicas que enfrentan las mujeres al irrumpir en las instancias de lo público -y los estudios de género no escaparon de ello-. De entrada, el sesgo de subvaloración que tienen dichos estudios por ser producto de la agencia del feminismo, desarrollado principalmente por mujeres, les ubica en una condición de marginalidad en la estructura jerárquica de los saberes. Se retoma aquí el concepto de “clima helado”, recuperado por María Emma Wills (2010) de la academia anglosajona, para describir que “Estas microinequidades en sí mismas tienen un efecto minúsculo, pero cuando se repiten una y otra vez, logran un efecto acumulativo dañino, creando un ambiente realmente áspero, un clima que debilita la autoestima, confianza, aspiraciones y participación de las mujeres” (p.340).

Pero hubo otros espacios académicos en Colombia en dónde también se institucionalizó los estudios de género. En 1993 la Universidad del Valle en la ciudad de Cali, al suroccidente del país, creó el Centro de Estudios de Género Mujer y Sociedad, que junto con la Universidad Nacional fueron las dos experiencias nacionales que a finales del siglo XX lograron institucionalizar este campo de saber en la academia. “(…) aún subsisten muchos malentendidos, y la teoría feminista tiene que llamarse a sí misma “teoría de género”, para que no se levante en las mentes de sus interlocutores el espectro caricaturesco del feminismo extremista y “anti-hombre” (Castellanos, citada en Gómez, 2010, p. 52).

Es Magdalena León (2007) quien retoma la figura de nudo para explicar las tensiones al interior del desarrollo de los estudios de género: “El nudo es entonces una tensión que caracteriza una situación de crisis o conflicto, que puede llegar a ser negativa, pero verse al mismo tiempo como una oportunidad para transformar y avanzar. Aunque cada nudo tiene una dinámica propia, éstos se relacionan entre sí” (p. 24). De esta manera, identifica algunas tensiones alrededor de los siguientes temas: el paso del análisis en términos de mujer y patriarcado a la categoría género; los aportes y las tensiones epistemológicas y metodológicas; la institucionalización y la interdisciplinariedad; las tensiones entre los estudios mujer/género y el movimiento social; la actividad tecnocrática versus el pensamiento crítico; y los temas nuevos como el conflicto armado. Y de nuevo insistimos que estas reflexiones sobre las dificultades de los estudios de género no solo se produjeron en Colombia.

Una de las tensiones que expresa Léon (2007) es el desplazamiento que la categoría género hizo de conceptos como patriarcado, los cuales identificaron la subordinación de la mujer a partir de los aportes teóricos de Gayle Rubin y Kathe Millet, quienes ubicaron el análisis sobre estructuras socio históricas patriarcales que se soportan en el control de la sexualidad de las mujeres. De igual

manera, la tensión emerge al cuestionar el binarismo en el que se sitúa el concepto de género y la noción también dual del sexo, profundizando el debate de hoy (p.129).

Las tensiones epistemológicas tienen que ver con el debate -no cerrado- sobre el objeto de estudio identificado con las condiciones de la mujer y con las relaciones entre los géneros, y se explica a partir de la consideración de que el conocimiento es histórico, múltiple y cambiante, y por lo tanto cuestiona la aclamada neutralidad y objetividad en el análisis social.

En concreto, en el campo de los estudios sobre el género, la situación y el comportamiento de las mujeres pasaron a ser explicados en función de un sistema de relaciones sociales y de poder en el cual la diferencia sexual pasó a ser un factor constitutivo de dichas relaciones, llamando la atención sobre las instituciones, las normas, las representaciones y los discursos en que se apoyan estas relaciones. Esto trajo cambios que, para otras voces más atrevidas que resaltan el valor de la experiencia y la palabra, significan rupturas epistemológicas en la producción del conocimiento, en cuanto al modo de conocer e interpretar la realidad. También llevó a cambios en la agenda de investigación de la realidad social, con nuevos temas, énfasis, conceptos y categorías como: vida cotidiana, relación entre lo privado y lo público, economías domésticas y redes sociales, salud reproductiva, sexualidad y políticas de población y unidad doméstica como unidad de producción y reproducción, entre otros. (León, 2007, p.31)

De otro lado, se reconoce que existieron avances en la institucionalización de los estudios de género en varias universidades del país, pero no se puede obviar que siguen siendo proyectos al margen de las prioridades académicas e investigativas; sin desconocer la importancia que tiene avanzar en la transversalidad del enfoque de género en los currículos de formación disciplinar para evitar la concentración en la especialización de estos estudios (León, 2007, p. 34).

Frente a la relación entre estudios mujer/género y el activismo social, nuevamente sale a la luz el debate frente a las marcadas diferencias y distancias entre uno y otro. Al respecto, León (2007) argumenta que “la tarea académica no es, ni debe confundirse, con la ideología y la militancia del movimiento. Éste requiere una ideología y la academia demanda posturas críticas ancladas en la investigación y en las reflexiones teóricas” (p.38). Como se mencionó en el apartado anterior, las vertientes que antecedieron la incorporación de los estudios de género y las formas como estos se institucionalizaron, han incidido en la división entre el feminismo académico y el movimiento de mujeres, no sólo en los procesos colombianos sino en la región.

Desde orillas opuestas en el feminismo de la región existen argumentos que justifican cada uno de los puntos de vista. De un lado, la diferenciación entre posturas desde la ideología y desde el pensamiento crítico revelan una visión jerarquizada del conocimiento, de la práctica y de la noción de sujeto feminista (perspectiva hegemónica y patriarcal), que ha sido reproducida por las académicas a pesar de que en sus trabajos planteen la necesidad de construir puentes y de cuestionar sus propios privilegios. Esta visión se evidencia en el siguiente apartado cuando se mencione el abordaje que se ha hecho desde el feminismo académico sobre el movimiento social de mujeres.

De otro lado, podríamos decir que la emergencia de diferentes apellidos con los que se acompaña el feminismo -como el popular-, responde justamente a la necesidad de marcar diferencia con algunas prácticas académicas que desdibujan el potencial político - o “sensibilidad política” como la llamaría Vanessa Gómez (2010)- y los aportes que desde la docencia y la investigación se pueden desarrollar. Esta discusión atraviesa el desarrollo del feminismo latinoamericano y se abordará a profundidad en los capítulos posteriores.

Siguiendo el hilo argumentativo que expone Magdalena León (2007) sobre las tensiones que enfrentan los estudios de género, otra de ellas puede ubicarse en la senda de la finalidad de la producción de conocimiento, reflexión orientada, de un lado, al trabajo tecnocrático de las políticas públicas y, de otro, al análisis social desde el pensamiento crítico. Al respecto, se argumenta que esta situación se debe a las dinámicas, los tiempos, los temas e intereses que imponen las agencias de financiación de investigaciones y a las limitaciones que establece una mirada universalista incapaz de superar una visión androcéntrica y binarista de los sujetos en los estudios (p.39).

El dilema entre la actividad tecnocrática y el desarrollo de un pensamiento crítico plantea un problema complejo. “Fuimos nosotras las mujeres feministas a nivel internacional, regional, nacional y local quienes construimos mediante diferentes canales y pusimos en la arena pública la agenda de las mujeres, tejida con gran compromiso y esmerado esfuerzo” (Tarrés, 2001:113- 114). Hay consenso, como anota la autora, que desde México/75 y sus antecedentes, hasta Beijing/95 y el pos/Beijing, planteamos la necesidad de eliminar las condiciones de discriminación que afectaban a las mujeres y señalamos la necesidad de buscar la equidad. Fueron dos décadas para construir organización y redes a diferentes niveles, y tenemos ahora una plataforma de acción para las mujeres (PAN) y también tenemos cruzadas transversalmente las plataformas de temas tales como desarrollo sustentable (Eco/92), derechos humanos (Viena/94) y población (El Cairo/94), entre otros. (León, 2007, p.41)

Si por un lado se enfrenta la tensión frente a la agenda internacional, por el otro se encuentra el abordaje a nuevas temáticas y problemáticas que el contexto le impone a la academia. Así, desde algunos años hacen curso los debates de la memoria, los derechos humanos, la guerra y la paz, la violencia doméstica y las masculinidades (p.42).

En las perspectivas actuales de los estudios de género en el país, las profesoras de la Universidad del Valle, Alba Rodríguez y María Eugenia Ibarra (2013), presentaron un balance sobre el desarrollo de los estudios de género entre el 2000 y 2010 a partir de la producción investigativa y académica de las tres universidades públicas colombianas con mayor trayectoria en el tema: la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia (Unal), el Centro de Estudios de Género, Mujer y Sociedad de la Universidad del Valle (Univalle) y el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad de Antioquia (UdeA), alrededor de los temas y problemas de conocimiento, las metodologías y la fundamentacion teórica.

En el análisis se presentan algunas coincidencias como el desarrollo de investigaciones situadas en su mayoría articuladas a la acción, donde convergen categorías/realidades como género, clase y etnia como elementos estructurantes de las indagaciones. Una de las constantes en las tres instituciones universitarias es el abordaje de campos problémicos referentes a los derechos humanos, derechos de las mujeres, conflicto armado, género y etnicidad, género y sexualidad. Igualmente, existen algunas particularidades en los énfasis de los estudios, por ejemplo, la Unal tiene un avance especial en temas de género, trabajo y familia; la Univalle en literatura y género, y género y acción colectiva; mientras que la UdeA viene haciendo énfasis en violencia de género y cultura somática (Rodríguez e Ibarra, 2013, p. 23). Lo anterior quizás se puede explicar con relación a la unidad académica en dónde se originan y articulan estas instancias.

Respecto a las metodologías, en el balance se presentan como prioridad los métodos y técnicas de investigación cualitativa con enfoque biográfico, de análisis de discurso, estudios de caso, observación participante y la validación de la investigación acción participativa para construir conocimiento. Lo anterior reafirma que desde los estudios de género y feministas se emplean los

mismos métodos de la investigación tradicional, pero haciendo un uso diferente de los mismos (Rodríguez e Ibarra, 2013, p.39).

De igual manera, se encuentran coincidencias en las perspectivas teóricas en trabajos que retoman planteamientos de epistemologías feministas como el compromiso político con la transformación de las relaciones sociales basadas en el predominio masculino; la eliminación del patriarcado y la reivindicación de la igualdad para transformar los sistemas de opresión; y la promoción de la recuperación de las voces de las mujeres en diferentes contextos. Es decir, una investigación situada que en muchos casos se encuentra articulada a la acción política.

Finalmente, Rodríguez e Ibarra (2013) plantean una reflexión central que hace coincidir la lectura sobre los desafíos que hoy en Colombia tienen los estudios de género:

Quizás la introducción de la categoría de género haya sido una de las principales herramientas para evidenciar la existencia de símbolos y valores culturales en las relaciones de poder, establecidas entre hombres y mujeres. Aunque son más las fortalezas de estos estudios, quizás una de las principales debilidades de los mismos es la poca comparación que hacen con situaciones similares de países de la región. Incluso entre ciudades del país. Asimismo, hay pocos estudios nacionales; a pesar de que varios títulos indican problemáticas amplias, la mayoría de los estudios son localizados. (p. 40)

Una última vía que se implementó en otras universidades públicas y privadas, y que a futuro puede constituir una contribución al posicionamiento de los estudios de género en el país, tiene que ver con la implementación de acciones institucionales de cooperación internacional académica y financiera encaminadas a sensibilizar sobre la equidad de género, como el proyecto Fortalecimiento de la Equidad de Género en la Educación Superior (Feges) que desarrolló un trabajo de formación a docentes y administrativos promotores de la equidad de género de cuatro

universidades: Universidad Central, Universidad Autónoma, Universidad Nacional de Colombia y la Universidad Industrial de Santander, entre el 2011 y 2015.

Los estudios de género en Colombia han transitado por cerca de treinta años su proceso de institucionalización, posicionando epistemológicamente los aportes que ha hecho el feminismo. Recientemente han tomado fuerza los desarrollos con enfoques decoloniales y desde los feminismos latinoamericanos, que han logrado generar algunas grietas en las estructuras académicas colombianas para posicionar otras perspectivas no sólo del reconocimiento de prácticas de la región, sino también para visibilizar otras agendas. Sin embargo, vale decir que la mayoría de estas producciones continúan haciéndose desde las fronteras.

Para mencionar algunos trabajos de colombianas, desde la perspectiva decolonial, se puede referenciar a: Juliana Flórez Flórez (2010) Lecturas Emergentes. Decolonialidad y Subjetividad en las teorías de movimientos sociales; Betty Rut Lozano (2013) Orden racial colombiano y teoría crítica de la sociedad, un acercamiento teórico - crítico al proceso de lucha contra el racismo en Colombia; Natalia Santiesteban (2017) El Color del Espejo: Narrativas de mujeres negras en Bogotá.

Reconocer que existen feminismos indígenas, campesinos, populares, trans, comunitarios entre otros, no ha sido propiamente un interés del feminismo académico hegemónico. Por esta razón, se