III. Lengua y cultura
3.2. Conceptualizaciones en torno a la cultura
Con el objeto de analizar la conexión entre lengua y cultura desde distintas perspectivas como la etnolingüística o la sociolingüística, resulta muy esclarecedora la visión general que presenta Duranti (1997: 23-50), quien identifica seis teorías relevantes sobre la noción de cultura desde la perspectiva de la antropología lingüística:
(1) La cultura como opuesta a la naturaleza (2) La cultura como conocimiento del mundo (3) La cultura como comunicación
Xavier Pascual López_ III. Lengua y cultura _ 69 (4) La cultura como un sistema de mediación
(5) La cultura como un sistema de prácticas (6) La cultura como un sistema de participación
(1) La cultura, como opuesta a la naturaleza, se caracteriza por ser aprendida y transmitida de generación en generación a través de las acciones humanas y considerarse una especie de extrañamiento respecto a lo biológico, y esta cultura será adquirida por los individuos gracias a un proceso de socialización, que los dotará de todo lo necesario para poder ser aceptados en el seno de la comunidad. Desde esta perspectiva, que es la propia de la filosofía alemana de los siglos XVIII-XIX (Kant, Hegel… cf. Duranti, 1997: 25), la lengua es parte de la cultura, porque no sólo sirve de vehículo de transmisión, sino que constituye un conjunto de taxonomías que clasifican la realidad natural y cultural, como sostuvo también la lingüística estructural. De las diferencias clasificatorias intrínsecas a cada lengua, surgirá la teoría del relativismo lingüístico, de raíces alemanas y desarrollo norteamericano (vid. §
3.3.3.1).
(2) Si la cultura es algo que debe ser aprendido, también será el producto final de dicho aprendizaje, de forma que la cultura se entiende como un conocimiento del mundo: una especie de organización cognitiva de la realidad (objetos, personas, conductas, emociones, etc.), es decir, los patrones de pensamiento y los modos de percibir, relacionar e interpretar el mundo (cf. Goodenough, 1964 [1957]: 36). Para construir una teoría de los modelos conceptuales que representan la realidad y que, simultáneamente, son producto de ella, tendrá un papel fundamental el lenguaje:
It is in the course of learning his language and how to use it that every human being acquires the bulk of his culture. […] Thus, as a set of forms, language is not only a part of culture; as a set of easily manipulated non-iconic signs, it is a major instrument for learning it. What I am saying, of course, is that we learn much of a culture when we learn the system of meanings for which its linguistic forms stand. [Goodenough, 1964 [1957]: 39]
Estos conocimientos que constituyen la cultura son de dos tipos: conocimiento proposicional y de procedimiento. Mientras el primero se refiere a creencias (“know-that”), el segundo integra secuencias de actos necesarios para conseguir un objetivo (“know-how”). Desde este punto de vista, el lenguaje se entiende como un conjunto de proposiciones sobre lo que los miembros de una comunidad creen o saben (cf. Duranti, 1997: 28), aunque también podrían incluirse, como correspondientes a los procedimientos, los actos de habla, en el sentido del lenguaje performativo de Austin (1962; 1970 [1961]: 233-252) y la teoría de los speech acts de Searle (1969).
Pero este conocimiento está socialmente diferenciado, por lo que los miembros de una misma cultura pueden poseer ideas diversas sobre creencias culturales, una experiencia heterogénea en prácticas culturales y diferentes estrategias de interpretación y resolución de problemas. En este sentido, Wallace (1961: 28) entiende la cultura como una organización de la diversidad, de manera que en una cultura no todos sus miembros comparten todas las ideas, sino que se mantiene estable en tanto que los diferentes puntos de vista que la integran pueden coexistir. Pese a ello, los hablantes reciben a través de la lengua una serie de prejuicios e ideas preconcebidas, reproducidos especialmente a través del uso irreflexivo de expresiones lingüísticas que presuponen diferenciaciones de diversa índole (género, raza, clase, etc.) (cf. Duranti, 1997: 32-33). Podríamos simplificar diciendo que de esta vertiente inconsciente, heredada y uniformadora de la lengua se encarga la etnolingüística, mientras
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que de las diferenciaciones de uso paralelas a las diferencias sociales se ocupa la sociolingüística. En consecuencia, el primer enfoque es el que se corresponde mejor con el espíritu de estas páginas, si bien se pretende poner el acento en, precisamente, esa automatizada parcialidad.
(3) Si la anterior era una perspectiva cognitiva, la perspectiva semiótica concibe la cultura como comunicación, como un sistema de signos que representa el mundo y que se comunica a sí mismo mediante actores sociales. Así, la cultura es un modo de dar sentido a la realidad mediante su objetivación en historias, mitos, teorías, paremias, obras artísticas…, y todos estos productos culturales pueden entenderse como ejemplos de cómo los seres humanos se apropian de la naturaleza gracias a su habilidad para establecer relaciones simbólicas92.
Esta noción de cultura se corresponde, en sus inicios, con la del antropólogo estructural Lévi-Strauss, quien considera que lengua y cultura se desarrollan conjuntamente como productos de la mente humana y que se correlacionan, pero que no se corresponden al cien por cien (cf. Lévi-Strauss, 1963 [1958]: 71, 79). Imbuido del proceder estructuralista que conduce a establecer conexiones entre lo local y lo universal, Lévi-Strauss sostiene que las diferencias culturales se corresponden con variaciones de la capacidad inconsciente del ser humano para el pensamiento abstracto, lo cual ve reflejado en la supuesta existencia de categorías universales del pensamiento humano (cf. Schwimmer, 2009: 157).
Este trascendentalismo lo lleva a desentenderse de los seres humanos social e históricamente localizados (cf. Lévi-Strauss, 1987 [1978]: 23-24), cuestión que será enmendada por Geertz, quien no busca leyes generales de conducta porque “the symbol systems […] are not given in the nature of things –they are historically constructed, socially maintained, and individually applied” (Geertz, 1973: 363-364). Esta perspectiva ubica la cultura fuera de la mente humana, lo cual implica que puede ser interpretada por los individuos a través de las manifestaciones culturales y, por ende, se contempla la particularidad de cada una de ellas dentro del todo que constituye una cultura dada.
(4) Fundamentada en la noción marxista de “instrumento de trabajo”, Duranti (1997: 39-43) contempla una cuarta perspectiva que ve la cultura como un sistema de mediación entre los individuos y el entorno, que incluye tanto objetos materiales como simbólicos (sistemas de creencias, códigos lingüísticos, etc.), que son a la vez formas de representar y de tratar con el mundo físico y mental. Hablar del lenguaje como una herramienta de mediación significa que no sirve sólo para representar el entorno, sino también para actuar en el mundo, relacionarse con los objetos y otras personas y, en definitiva, cambiar la realidad.
La función mediadora del lenguaje se hace patente en la filosofía del lenguaje soviética, porque se sostiene que “la palabra enlaza la relación existente entre el sujeto y la realidad con la relación existente entre el sujeto y otros individuos”, al tiempo que se cree que los seres humanos entran en conocimiento de la realidad no sólo de modo directo a través de su percepción, “sino, además, de una manera mediata, al adquirir, gracias al lenguaje, conocimientos ya preparados, históricamente acumulados” (Spirkin, 1962 [1958]: 65-66). Sin embargo, esta transmisión de la experiencia no se realiza exclusivamente mediante el lenguaje, ya que existen otros medios de perpetuación, que podríamos entender como el
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Esta predisposición humana a crear signos y dar significación a todo lo que los rodea es la base de la perspectiva que adoptan, por ejemplo, Dobrovol’skij/Piirainen (2005: 253-283) para describir los fenómenos culturales que subyacen en el lenguaje figurado.
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resto de la cultura y que, desde la óptica marxista, se interpretan como los consabidos instrumentos de trabajo:
Los instrumentos de trabajo, como medios efectivos de la acción del hombre sobre la naturaleza y como producto materializado de su pensamiento técnico, desempeñaban también –y desempeñan– en la vida de la sociedad la función indicada de medio específico de comunicación, de intercambio de experiencias y hábitos de trabajo. Gracias a los instrumentos de trabajo, una generación transmitía a la siguiente su propia experiencia y le evitaba que tuviera que andar el camino ya recorrido para aprender a preparar instrumentos. A la vez le ponía en condiciones de emprender la búsqueda de nuevos procedimientos, más perfectos, para prepararlos y utilizarlos. [Spirkin, 1962 [1958]: 66]
Por tanto, puede entenderse que la cultura heredada proporciona un modo determinado de interactuar con el mundo, una manera no inamovible, sino sujeta a evolución siempre a partir de los fundamentos que proporciona.
(5) Frente a los generalizadores y abstractos conceptos de cultura como estructuras de significados y conducta caracterizadas por ser unitarias, estables y ahistóricas, el postestructuralismo pone el énfasis en la fluidez de las culturas, su historicidad y evolución diacrónica, asignando al lenguaje y a las acciones un papel constructivo en circunstancias sociales concretas y configurándose, así, la idea de la cultura como un sistema de prácticas. Un ejemplo de esta línea es la teoría de la práctica social de Bourdieu, a la que volveremos más adelante (vid. § IV).
(6) Del hecho de concebir la cultura como un conjunto ordenado de prácticas, deriva la idea de que todas estas acciones tienen una naturaleza social, colectiva y participatoria, lo cual nos conduce a la sexta y última perspectiva, que ve la cultura como un sistema de participación. Esta “participación” se centra en la conectividad de las acciones con el mundo y de unos individuos con otros mediante canales comunicativos, requiriéndose para ello que todos compartan una serie de recursos que posibiliten la participación en la comunicación (tales como un sistema de creencias o una lengua), pero al mismo tiempo se subraya la individualidad, en tanto que el conocimiento o el control de dichos recursos no se supone idéntico en cada persona. De esta manera, se contempla fácilmente la variación dentro de la cultura, así como la posibilidad de que los agentes sociales actúen de modo no previsible, no como sería esperable según las predicciones que dichos recursos permiten efectuar dentro del sistema cultural en el que participa el individuo.
Cada una de estas teorías realiza su peculiar aportación para la delimitación de un concepto tan complejo como el de ‘cultura’ y, desde la perspectiva etnolingüística, cada una de ellas resulta útil en los términos en los que ya hemos centrado su exposición. En primer lugar, la dicotomía cultura/natura da fe de la parcialidad de la primera, lo que lleva a entenderla como un conocimiento del mundo que configura, asimismo, una representación simbólica de esa realidad que, por un lado, actúa de mediadora entre el individuo y esa realidad y, por otro, configura una serie de prácticas socio-históricas que condicionan no sólo esa interacción individuo/realidad, sino también las relaciones interpersonales dentro de la comunidad, en la que el individuo puede participar para afirmar su pertenencia al grupo o para subrayar su propia individualidad (no necesariamente de forma deliberada).
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