Cierta señora en el estado de Nueva York, después de pasar muchos meses en cama con tuberculosis, estaba meditando en las Escrituras. Era creyente fervorosa, pero no conocía la verdad acerca de la Sanidad Divina. Mientras ella yacía en su lecho, leyendo casualmente 1 Pedro 2, llegó al versículo 24 donde leyó: Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia…
Al leer esto, lloró de gratitud porque Jesús sufrió por ella proveyendo salvación. Se regocijó por el hecho de que Él hubiera lavado sus pecados y por causa de esta experiencia maravillosa de salvación que podía disfrutar. Ella sabía que la tuberculosis avanzaría y ella estaba pronta para morir. Si bien tomó las delicias de esta gran misericordia del perdón, decidió seguir leyendo, y el texto que vio a continuación era el siguiente:
y por cuya herida fuisteis sanados.
Después de haber leído, volvió a releer la primera parte del versículo y notó que Jesús había llevado sus pecados. Lo ―había hecho‖; fue en el pasado. Fue cumplido y ella era salva. Fue una gran realidad para ella. Nadie podía dar lugar a dudas. Pero, acerca de las últimas palabras del mismo versículo “y por cuya
herida fuisteis curados” ¿puede ser esto así?... y ella se contestó a sí misma: “Sí, tiene que ser verdad.
Es Palabra de Dios”.
Su madre le respondió: ¡Vamos hija! ¿Qué quieres decir?
Respondió la hija con lágrimas de gozo: ―Mira esto, la Biblia dice: ―por cuya llaga fuisteis vosotros
curados” Esto se debe referir a mí. ¡Qué maravilloso, nunca lo había visto antes! ―por cuya llaga fuisteis vosotros curados”… Mami, ya se ha hecho, ¡Estoy sanada! ¡Estoy sanada! ¡Dame mi ropa! ¡Tráeme mi
ropa! Mas la hija continuó preguntando: ¿No fui enseñada a creer en toda la Palabra de Dios? No fui
criada en la fe de toda la Palabra Bíblica?
Y la madre no podía controlar el gozo de la hija. Aquella que había sido víctima de la tuberculosis, se levantó sin ninguna ayuda, buscó su propia ropa y salió del cuarto, paseó por la casa alabando a Dios en voz alta completamente curada. En menos de veinte días, volvió a su peso normal, quedando
completamente libertada de esta terrible enfermedad de Satanás. Llegó a estar de acuerdo con la Palabra de Dios como una revelación directa de lo que Dios anhelaba hacer para ella.. Es cuando vio lo que Él había dicho en Su Palabra que la creyó. La Palabra produjo fe “la fe viene por el oír… la Palabra de
Dios” y el PODER de sanar pasó para su cuerpo y ella fue libertada.
El reverendo E. Byrum relata un incidente que sucedió en su vida:
No mucho después de que el Señor me llamara para trabajar para El, aprendí una lección muy preciosa. Había muchas enfermedades en la comunidad donde vivía. Tres miembros de cierta familia fueron
afectados de fiebre a causa de una grave enfermedad. Luego sentí que la terrible enfermedad se apoderaba de mí. Resistí durante algunos días pero finalmente caí postrado. Así fue que yaciendo en mi lecho
algunas horas ardiendo de fiebre y sufriendo un dolor insoportable, comencé a conversar seriamente con el Señor. Le pedí que me llamara para un ministerio, pero que en ese estado no lo podría cumplir. No había presbítero para llamar y comencé a contar el caso al Señor y citar muchas de Sus promesas maravillosas y entre ellas la de:
Juan 15:7
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.
Examiné mi consagración y enseguida le pedí que me examinase. Yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para Él y le dije: ―Señor, estoy permaneciendo en Ti y Tus Palabras permanecen en mí, por tanto la
promesa es mía. Entrego mi caso enteramente en Tus manos y te ruego que me sanes‖. Entonces esperé
que la obra fuera hecha, pero no había cambios. Por fin pregunté: ―Señor ¿por qué no estoy curado?‖; la respuesta vino inmediatamente: ―Confía en Mi Palabra y Levántate‖. Respondí: ―Amén Señor yo lo
haré‖. Y sin vacilar comencé a vestirme. Antes de estar completamente vestido, sentí que había mejorado
y cayendo de rodillas agradecí al Señor. Después de vestirme y dar gracias repetidas veces, estaba mucho mejor. Entré en la sala declarando que el Señor me había sanado. Pasados veinte minutos la fiebre había desaparecido completamente de mi cuerpo. Comencé inmediatamente el servicio y desde aquella hora estuve sano.
Estoy seguro de que si hubiese permanecido en la cama, negándome a confiar en fe, hubiera tenido que pasar una gran prueba de enfermedad.
A Dios sea toda la gloria.
Aprendí así, la gran y valiosa lección de confiar en Dios y en Su Palabra. Llegué a entender que cuando ponemos la fe en acción, a pesar de que a los sentidos todo sea contrario, Dios siempre cumple Su Palabra tornándola en realidad para nosotros.