Muchos confundimos el negocio de la crianza de los hijos —cocinar, ayudar en los deberes, dejar y recoger— con estar presentes con ellos. Aunque podamos estar presentes con respecto a sus necesidades materiales, físicas e incluso intelectuales, ello no significa que lo estemos también con respecto a las necesidades emocionales y espirituales.
Para satisfacer las necesidades de conexión de los niños, hacen falta unas habilidades concretas, lo cual significa escucharlos, atender realmente a lo que están diciendo, sin tener la sensación de que debamos arreglar, corregir ni sermonear. Para lograrlo, tenemos que observar su cuerpo, incluyendo los gestos, las emociones y la energía, que permitimos empaparse de receptividad activada.
A muchos nos cuesta llevar nuestra presencia a los hijos. Sin darnos cuenta, en general les pedimos a ellos que interaccionen con nosotros y nuestro estado de ser. Aunque imaginamos que nos involucramos con ellos, en realidad estamos obligándolos a ellos a involucrarse con nosotros. La identificación del modo en que absorbemos sutilmente su energía en vez de pasarles la nuestra tiene la capacidad de cambiarles la vida.
Cuando a los padres que se quejan de que sus hijos adolescentes se niegan a hablar con ellos les pregunto cómo saben que eso es lo que ocurre, me contestan: «Siempre está mirando la televisión y no la apagará para hablar conmigo.» A menudo las protestas son de este tenor: «Está todo el rato hablando por teléfono y no me dedica tiempo.» También oigo cosas como estas: «Lo único que quiere es entretenerse con videojuegos. No soporto los videojuegos. ¿Qué tengo que hacer?» Luego está el padre que se lamenta de que «el chico solo quiere hablar de sus músicos favoritos, un tema del que yo no sé nada».
En todas esas situaciones, se requiere de los hijos adolescentes que dejen de hacer lo que han aprendido a hacer con su tiempo en ausencia de los padres y que hagan lo que estos quieren que hagan. A los padres ni se les ocurre la posibilidad de modificar sus
planes y participar con los hijos en cualquier actividad en la que estén pasándolo bien,
no necesariamente porque les guste la actividad concreta, sino porque les apetezca conectar con los chicos.
El papel de los padres no consiste en dictar sino en respaldar el desarrollo del ser consustancial del niño. Por eso, si deseamos conectar con niños de cualquier grupo de edad, hemos de encontrar una forma de ajustarnos a su energía emocional. Si ajustamos
nuestra energía emocional a la suya, tendrán la garantía de que no estamos preparándonos para despojarles de su autenticidad y así cambiarlos de algún modo, lo que les permitirá volverse receptivos.
Con independencia de si los jóvenes tienen seis años o dieciséis, anhelan tener una conexión positiva con sus padres. Si la relación se basa en controles, juicios, reprimendas, sermones o presión, el niño hará oídos sordos. Sin embargo, si la relación tiene que ver con la autonomía, la capacidad, la afinidad, la libertad emocional y la autenticidad, ¿cómo va el niño a rechazar a sus padres? Implicar a los niños de manera consciente nos permite expedir una invitación abierta, darles la bienvenida de tal modo que no pueden menos que sentirse vistos como quienes son, libres de críticas. Se trata simplemente de transmitir este mensaje: «Estoy aquí, dispuesto a ser tu testigo.»
Como ofrecer nuestra presencia completa es todo lo necesario para educar a un niño emocionalmente sano, algunos padres acaso crean que deben estar con los hijos casi todo el tiempo. Pues es todo lo contrario; un padre consciente quizás esté muy ocupado, y los niños deben respetar esa circunstancia. No obstante, en los ratos en que no estamos atareados, ¿podemos permitirnos la interacción atenta con los hijos? Si así lo hacemos, ellos acaban comprendiendo: «Debo de ser una persona respetable, pues mi padre y mi madre han apagado los móviles, han dejado su trabajo y están pasando conmigo este tiempo sin reservas.»
Yo misma, para ingresar en un estado de presencia comprometida con mi hija, decido no intentar cambiar su estado de ser, sino incorporarme a él. Procuro encontrar el modo de alinear mi energía emocional con la suya, no le pido a ella que ajuste su energía a la mía. Cuando mi hija habla conmigo, me esfuerzo de veras por prestarle toda mi atención y escucho con el corazón tanto como con la cabeza. Respeto su voz y su espíritu, reverencio sus opiniones aunque no las comparta y permanezco en un estado de aceptación receptiva.
Intento por todos los medios no olvidar que, en el hecho de estar presente con mi hija, mi objetivo no es demostrar mi sabiduría ni mi superioridad, sino conectar con ella sin más. He llegado a valorar muchísimo este rato de interacción diaria en un diálogo ser-
a-ser con ella, al que le dedico al menos una hora. Al sintonizar con un estado auténtico
de amor y admiración por lo que es, expreso lo mucho que aprendo de ella. Durante este rato, no hacemos deberes ni tareas domésticas; solo nos relacionamos, sea comiendo, jugando, hablando o leyendo. Esta simple hora tiene el poder de alegrar el día de mi hija con su propia presencia interior.
Tan pronto los hijos intentan hablar con nosotros, solemos reaccionar al punto para aconsejarles, criticarlos o reprenderles. También somos propensos a calificar sus experiencias. ¿Por qué tenemos la sensación de que tenemos que aconsejarlos en todo momento, de transmitirles alguna perla de sabiduría, de darles nuestra opinión sobre cualquier cosa? A mi entender, la explicación radica en nosotros mismos, no en lo que necesitan ellos. Lo que ocurre es que somos incapaces de ser y dejar hacer. No aceptamos el carácter tal cual de la situación.
Como los hijos no nos han pedido la opinión ni nos han invitado a dominar la discusión, ¿es de extrañar que dejen de interaccionar con nosotros y empiecen a ocultarnos cosas?
Debido a la abundancia de lecturas, enseñanzas y consejos de base psicológica que proponen no intentar arreglar las situaciones, algunos hemos llegado a saber algo. Practicamos el arte de reflejar a los hijos lo que les oímos decir. Quizá ya hayas utilizado con tus hijos algunas de las siguientes maneras de reflejar su actitud, como yo he hecho con los míos:
Te veo alterado.
Advierto que ahora mismo estás enfadado.
Solo quiero que sepas que en este momento pareces muy irritado. Te sientes como si nadie te comprendiera.
Entiendo que hoy te sientas solo.
Ya veo que ahora mismo no estás de humor para hablar. Me doy cuenta de que ahora mismo te sientes frustrado. Veo lo abrumado que estás.
Observo lo nervioso que estás por el examen de mañana.
Es importante ser consciente de que a menudo estas afirmaciones de reflejo están empapadas de nuestro propio ego, con la necesidad de controlar que ello conlleva. No es fácil reflejar los sentimientos y pensamientos de una persona sin contaminarlos con los nuestros. De hecho, si nos fijamos con atención en las frases citadas, vemos que algunas parecen condescendientes o sentenciosas.
Por ejemplo, si alguien nos dice «advierto que ahora mismo estás enfadado» y nos parece que mantiene una actitud evaluadora o condescendiente, seguramente nos molestará su gesto de superioridad y nos cerraremos; o quizá montemos en cólera. En respuesta a una afirmación como «te veo alterado» o «quiero que sepas que en este momento pareces muy irritado», es muy probable que también nos sintamos tratados con condescendencia y que reaccionemos diciendo: «¡No te quepa duda de ello, maldita sea!»
Para decir a los hijos algo que de verdad refleje su actitud, tenemos que ser conscientes de nuestra ansiedad y de nuestro ego. De lo contrario, en vez de permitirles tener su experiencia y aceptarlos plenamente mientras eso ocurre, estaremos tratándolos, sin darnos cuenta, con condescendencia o juzgándolos, lo que quizá los desconecte de sus sentimientos respecto de la experiencia. En otras palabras, cuando les hagamos de espejo, es importante ser conscientes de la actitud con la que lo hacemos. ¿Tenemos la intención de acompañar a los hijos mientras tienen una experiencia? ¿O nuestro deseo, por inconsciente que sea, es alejarnos de su experiencia y, en consecuencia, disuadirlos de ella?
Cuando interaccionamos con los hijos en su nivel, a veces ni siquiera hacen falta palabras, pues estas podrían restar valor a la conexión emocional que tienen ellos con su experiencia. Lo único que hace falta es estar allí atento. La presencia comprometida conlleva ser testigo de las experiencias de los hijos, porque eso les permite convivir con lo que están sintiendo sin insinuación alguna de que precisan ir más allá de este estado.
En vez de psicologizar a tus hijos, limítate a dejarlos hacer. Que seas testigo mientras los dejas hacer les permitirá aprender el arte de la reflexión en vez de fomentar su dependencia de ti.
¿VALIDAS LA CONDUCTA DE TUS HIJOS, SER?
Está clara la diferencia entre validar el ser esencial y validar una conducta concreta. Nos parece lógico mostrar empatía hacia otro diciendo «lo entiendo». Sin embargo, la realidad es que a menudo no entendemos. Aunque hayamos estado en una situación similar, no nos hemos encontrado en las circunstancias concretas de esa persona, con su mentalidad y su carácter únicos. También aquí lo crucial es la intención con la que afirmamos eso. ¿Decimos que lo entendemos porque acabamos de inyectarnos en la experiencia del otro? ¿O es una manera de decir «estoy aquí contigo» y, lo más importante, «acepto que esto es algo por lo que estás pasando»? La diferencia estriba en si estamos hablando a través del ego o entrando de verdad en un estado de aceptación del otro y, de este modo, poniéndonos al servicio de su esencia.
Se trata de la empatía, cuya clave está en ser capaz de permitir que el individuo viva sus experiencias a su manera y dar testimonio de ello. Por tanto, el primer paso para criar a un adulto empático consiste en pasar por todas sus experiencias, dejando que sea plenamente dueño de ellas y sin revisar ni controlar nada. En otras palabras, la empatía supone validar el sentido de ser de los hijos, lo cual conlleva transmitirles que están en su derecho de tener los sentimientos que tengan. No tenemos que coincidir ni
discrepar, sino solo permitir que sus sentimientos existan. No nos dedicamos a negar, moldear o cambiar los sentimientos de los niños; no solo les hacemos saber que los escuchamos, sino que también prestamos atención a lo que dicen más allá de las
palabras.
La empatía requiere cierta disposición a suspender los sentimientos propios para alinearlos con los de los hijos. Esto acaso sea difícil de hacer si los niños están pasando por un momento emocional complicado, en especial si se trata de sentimientos inconscientes como los celos, la cólera, la culpa o el rencor. De hecho, si hay algo difícil de aguantar como padres son las emociones negativas de los hijos hacia nosotros y hacia los otros.
Un día, tras recoger a mi hija en la escuela, me propuso ir al parque. Le dije que no. Luego me pidió que fuéramos a la biblioteca. Volví a decir que no. Por último preguntó si podía ir a jugar con sus amigos, e insistí en mi negativa. Le expliqué cada vez mi razonamiento: yo tenía que preparar la cena, venía papá, teníamos mucho que hacer. La niña se puso a hacer mohínes, luego se enfurruñó y al final le entró una rabieta. «Eres una mamá mala. Nunca me dejas hacer nada. Ha sido un día fatal. Un día horrible.» En vez de aceptar su desengaño y permitirle sacar sus sentimientos sin entrometerme yo con los míos, se activó mi ego. Tras regañarla por su «egoísmo» y calificarla de «niña mimada», le solté un sermón sobre la importancia de la gratitud. Pero mientras lo hacía, me sentía culpable; y cuanto más la reprendía y más culpable me sentía yo, más intentaba que se sintiera culpable ella.
Cuando recuperé la razón, me pregunté: «¿Por qué me sentía tan amenazada por su comentario? ¿Que estuviera agradecida conmigo era tan importante como para quitarle su sentimiento de decepción?» Habría podido enseñarle estas maravillosas lecciones después de que se hubiera calmado. Sin embargo, en vez de darle la oportunidad de tranquilizarse, preferí mitigar las sensaciones de ineptitud provocadas en mí por su calificativo de «mamá mala» haciéndola sentir culpable.
Cuando los niños están paralizados por una emoción fuerte, tendemos a reñirles, esperando que, como eso es lo que deseamos que ocurra, las emociones de los niños desaparecerán como por arte de magia para que no tengamos que lidiar con su crudeza, incluso su violencia; entonces les decimos que no se enfaden, que no tengan celos o que no estén abatidos.
Con tales consejos intentamos desterrar las emociones inconscientes de los niños a los recovecos de su mente, pero eso hace que crezcan desconectados de sus estados de ánimo, y luego pagan el precio de vivir rodeados de negación. En la adolescencia, o quizá después, un episodio o una relación resucitan estas emociones sepultadas, y ya crecidos se sienten abrumados al no estar preparados para gestionarlas.
enseña a vivir con miedo a esas emociones. Por ejemplo, la primera vez que fui con mi hija a un parque acuático, vio lo empinados que eran algunos toboganes y dijo: «Tengo miedo.» Mi primera tentación fue quitarle importancia al miedo diciendo: «Vamos, no seas tonta. Mira cuántos niños bajan por ahí.» También habría podido tranquilizarla: «No te va a pasar nada, estoy aquí contigo.» Oigo a muchos padres decirles a sus hijos que no tengan miedo, que no hay nada que temer.
Yo reprimí la primera reacción cuando lo pensé un instante y entendí perfectamente que la niña no iba a tener menos miedo solo porque yo le dijera que no tuviera miedo. Entonces le di otra respuesta: «Pues claro que tienes miedo. Yo también lo tengo. La verdad es que tengo mucho. Pero de esto se trata... de estremecerse y temblar, y aun así continuar con la aventura.» Lo entendió y enseguida estábamos haciendo cola y murmurando «¡qué miedo tengo!, ¡qué miedo tengo!». En lugar de tener miedo del miedo, el miedo acabó excitándonos. Después de bajar por el tobogán y al ver que habíamos llegado al final sin novedad, fui capaz de recalcar la importancia de haber corrido aquel riesgo pese a estar asustadas.
Creemos que tenemos que enseñar a los niños a no tener miedo, a no enfadarse, a no estar tristes. ¿Por qué no van a tener miedo si resulta que tienen miedo? ¿Por qué no pueden estar tristes si algo los apena? ¿Por qué les pedimos que no acepten sus sentimientos? Como más los ayudamos no es prohibiéndoles las emociones sino preparándolos para afrontarlas.
En cualquier experiencia que tengamos juntos, por trivial que sea, podemos estimular a los niños a dar voz a lo que están sintiendo de una forma abiertamente objetiva, como, por ejemplo, «estoy triste porque mi amiga no puede venir», «la oscuridad me da miedo» o «aquí hay mucho ruido».
SOLO HAY QUE ESTAR AHÍ
Cuando los hijos tienen una pataleta, sentimos que nos ponen a prueba. Lo que no comprendemos es que en el origen del mal comportamiento hay una emoción que no se ha expresado nunca sino que se ha escindido de la conciencia. Aunque solo sea porque nos conviene ayudar al niño a reconocer sus emociones y validarlas, haremos bien en animarlo a sentirlas todas y a canalizarlas de manera adecuada. Hago hincapié en la palabra adecuada porque tenemos todo el derecho del mundo a que nos desagrade el modo en que a veces los niños expresan sus sentimientos, así que podemos ayudarlos a modificar sus medios de expresión. El mero hecho de entender que el niño está enfadado no significa que debamos permitirle que nos pegue o rompa cosas.
hijos puede resultarnos muy exigente. Estamos tan comprometidos con ellos, tan resueltos a que enreden pero que tengan éxito, que, movidos por nuestro deseo de ser «buenos» padres, nos cuesta mucho estar sin más con los niños en su estado tal cual, permitiendo que ocurra lo que sea.
Imagina que estás hablando con tu mejor amigo sobre determinado momento de tu vida. Cada vez que abres la boca para dar una opinión o manifestar un sentimiento, tu amigo interrumpe y hace un comentario. Aun siendo bienintencionadas, sus reiteradas observaciones iniciadas con un «yo pienso», «a mi juicio», «yo creo» —o, Dios nos libre, «deberías» o «yo lo que haría»— nos provocan cierta frustración. Tenemos ganas de gritarle: «¿Por qué no te callas y escuchas?» Pues así es exactamente como se sienten nuestros hijos y, desde luego, lo que están diciendo los adolescentes cuando nos dan la espalda, suben el volumen del televisor o pegan un portazo. Los niños no se comunicarán con nosotros a menos que aprendamos a despegarnos de nuestra propia
inconsciencia y entremos en un estado de quietud y receptividad abierta a su conciencia.
Mientras somos testigos del paso de los hijos por sus estados emocionales y refrenamos nuestra tendencia a analizar o etiquetar un estado determinado, los preparamos para llegar a ser conscientes de su propio testigo interior. Al no intervenir para decirles lo que están sintiendo o experimentando, les abrimos un espacio para que lleguen a esas percepciones por sí mismos. Les brindamos la oportunidad de oír su propia voz: lo único que puede llegar a cambiar a alguien. Para ellos, esto es mucho más beneficioso que cualquier cosa que podamos decirles.
Cuando abrimos un espacio para la reflexión y nos resistimos a interferir, es posible que los niños pregunten por iniciativa propia: «Mamá, ¿por qué estoy tan enfadado?» A lo que podemos responder: «¿Quieres que lo averigüemos juntos?» Así conseguimos que le pregunten a su ser interior qué les pasa y los alentamos a aceptar sus sentimientos sin intentar contestar a la pregunta. Se trata de garantizarles que la percepción que están buscando surgirá por sí sola, quizá dentro de un momento, o más tarde, pero siempre cuando hace falta. Ayudar a los niños a aceptar sus sentimientos y aguardar a que lleguen a sus propias respuestas es mucho más instructivo que dar las respuestas directamente.
Nos creemos obligados a tener respuestas nítidas y claras a las preguntas de los críos, y a estar preparados para ofrecerles soluciones bien presentadas. No obstante, también podríamos responder «no lo sé» sin más. Va contra lo que la intuición nos dice que hagamos, pero funciona como sigue: cuando les explicamos a los niños teorías o pensamientos bien planteados y respuestas preelaboradas, les enseñamos a ser receptores pasivos de nuestro conocimiento. Si les confesamos que no sabemos las respuestas, los invitamos a dejar que sea el universo el que se las dé.
Todos hemos presenciado el placer de un niño al dar con una respuesta que papá y mamá no sabían. Esto riega las semillas de la iniciativa y los recursos. Una frase tan