Dar a tus hijos la aceptación total que merecen te expondrá al diamante de la tradición espiritual: la posibilidad de perder el ego.
Para los padres, es difícil no ser egoicos. Decir «este es mi hijo» ya es una manifestación de nuestro ego. De hecho, cuando se trata de un hijo rara vez disimulamos el ego, pues lo que nos tomamos más a pecho es cómo le va en la escuela, cuál es su aspecto, con quién se casa, dónde vive o cómo se gana la vida. Pocos padres permiten la existencia de sus hijos sin considerarlos una prolongación de su ego.
Les pregunté a unos cuantos padres por qué tenían niños. Algunas respuestas fueron: «quería vivir la paternidad», «me encantan los niños», «quería ser madre», «quería formar una familia» o «quería demostrar a todo el mundo que podía ser una buena madre». En todos los casos, la razón de querer tener hijos rezumaba ego. Es lo que nos pasa a la mayoría de los padres, sin duda.
Criar a los hijos es un viaje que suele comenzar con un elevado grado de narcisismo egoico, y llevamos esa energía a la relación con el hijo. Como consecuencia de ello, es fácil caer, aunque sea sin darnos cuenta, en la trampa de utilizar a los niños para satisfacer alguna necesidad nuestra, sin dejar de estar ilusamente convencidos de que los queremos, nos entregamos a ellos y los cuidamos. Los usamos para sanar nuestro yo roto, los usamos cuando los empujamos a asumir roles familiares que no les corresponden, los usamos para procurarnos un sentido de validez y los usamos para amplificar la fantasía de nuestra influencia en el mundo.
Nos cuesta creer que muchos de nosotros seamos padres, al menos en parte, para
satisfacer nuestros deseos. Si no nos damos cuenta de la fuerza con que nos impulsa el
ego y no vamos dejando, poco a poco, de identificarnos con él, educaremos a los hijos partiendo de ese estado falso, lo cual nos impedirá conectar con su ser nuclear.
CÓMO FUNCIONA EL EGO
Hemos visto que el ego es un vínculo ciego con la imagen de nosotros mismos, con el retrato personal que tenemos en la cabeza. Las maneras de pensar, de exteriorizar las emociones y de actuar están enraizadas en ese autorretrato.
Para entender mejor el ego, recordemos algo que ya he comentado. Cuando les indico a los padres que para mejorar la conducta de los hijos deben cambiar ellos, insisten en
que estoy equivocada. Y luego me dan diversas explicaciones de por qué la relación con sus hijos es como es. Nos resulta difícil aceptar que pueda haber algo de nosotros que contribuya a que las cosas no vayan tan bien como nos gustaría; preferimos atribuir la responsabilidad de la situación a factores del mundo que nos rodea. Si lo único que conocemos de nosotros es esa imagen, la idea de cambiar amenaza nuestra identidad, razón por la cual nos encastillamos, a la defensiva, y esperamos en vano que sean los otros los que cambien.
El ego estará en funcionamiento siempre que nos veamos ligados a un patrón de pensamiento o a un sistema de certezas absolutas. Con frecuencia ni siquiera reconocemos esta ligazón hasta que algo nos provoca en un plano emocional. No obstante, cada vez que toman el mando la ira, el control, la dominación, la tristeza, la ansiedad —o incluso emociones positivas como la felicidad— y prevalece nuestro sentido de «lo que debe ser», estamos poniendo el ego por delante. Cuando actuamos partiendo de esta rígida posición de «lo que debe ser», adaptamos la realidad a un supuesto, un ideal o juicio ya formulados. Si una situación o un individuo no se avienen a nuestra voluntad, reaccionamos intentando controlar al individuo o la situación, llevándolos bajo nuestro dominio.
Si vivimos en un estado egoico, no vemos a los demás como son en su verdadero ser, en su esencia. Un ejemplo clásico es el de Stuart, cuyo hijo Samuel era un joven efervescente, lleno de energía, competente en todo lo que emprendía. Samuel destacaba sobre todo en interpretación y lo que más deseaba era ir a una escuela de arte dramático. Stuart se oponía. Inmigrante de primera generación, como toda la vida había tenido empleos no cualificados, inestables y mal pagados, lo que más quería para su hijo era la seguridad de un trabajo fijo, no la carrera inestable e incierta de un actor.
Cuando llegó el momento de ir a la universidad, Samuel quería escoger una con buenos estudios de arte dramático, mientras que su padre insistía en que se matriculara en una escuela de negocios. Discutían todos los días. Al final Stuart amenazó a Samuel diciéndole que si solicitaba plaza en una escuela de actores, no lo ayudaría a pagar la matrícula y lo apartaría de su vida para siempre. Samuel se dio cuenta de lo mucho que aquello significaba para su padre y cedió. Como era un joven brillante, lo aceptaron en la Business School de Columbia y pasó a tener una carrera próspera.
Aunque Samuel asume la decisión de haber renunciado a su carrera de actor, todavía lamenta la oposición del padre a su pasión. El estilo de vida al que se ha visto abocado por su actividad empresarial no tiene nada que ver, ni de lejos, con la alegría de espíritu y el sentido de plenitud que sentía al salir a escena. Actuar era su verdadera vocación, una expresión de su esencia, su auténtico ser. Y, sin embargo, ha acabado envuelto en hipotecas y préstamos estudiantiles, con poca libertad para cambiar de rumbo.
Stuart educó a Samuel partiendo de una proyección pura. En la raíz de su ansiedad sobre la elección de carrera de su hijo había un guion emocional incorporado que proclamaba que la incertidumbre es mala. Consumido por la angustia sufrida como inmigrante intentó controlar el destino de su hijo.
Mientras los pilares de tu ego permanezcan intactos, como pasaba en el caso del padre de Samuel, te resultará difícil vivir de forma auténtica; y si no eres auténtico, te costará permitir que lo sean tus hijos. Criar hijos partiendo del ego es vivir con el mandato inconsciente de que tu camino es el correcto. Por consiguiente, instas al hijo —como ocurrió con Samuel— a entrar en tu mundo y dejar escapar la oportunidad de
entrar en el suyo. Por desgracia, es probable que te sientas más capaz cuando tu hijo
está bajo tu dominación, dispuesto a creer en tu palabra como si fuese el evangelio. Los vínculos con el ego son una máscara de nuestros miedos, el mayor de los cuales es el que tiende a rendirse a la misteriosa naturaleza de la vida. Cuando nos basamos en el ego más que en el ser puro, no conectamos con el ser esencial de los hijos, que, entonces, crecen desconectados de su esencia y, así, aprenden a recelar de su conexión con todo lo que existe. Afrontar la vida con miedo impide que aparezca su ser genuino, desinhibido, natural. Por tanto, el ego debe desmoronarse para dejar salir la autenticidad, la cual, a su vez, libera a los hijos para que crezcan fieles a sí mismos.
Si nos liberamos del ego y observamos el desarrollo de los hijos tal como lo impulsa la vida, se convierten en nuestros maestros. En otras palabras, vivir de forma auténtica nos permite dejar de considerar a los hijos lienzos en blanco en los que proyectar nuestra imagen de quiénes deberían ser para pasar a verlos como compañeros de viaje,
que nos cambian tanto como nosotros los cambiamos a ellos.
La pregunta es la siguiente: ¿estás dispuesto a dejar de pensar que sabes, a bajarte de tu pedestal egoico de autoridad y a aprender de esas criaturas perfectamente capaces de vivir en un estado de conciencia sin ego?
Vivir de una manera auténtica, no basada en el ego, supone aceptar la evolución continua, darse cuenta de que estamos siempre cambiando, de que somos una obra en marcha. La autenticidad nos exige acceder a este aspecto profundo, silencioso, de nuestro ser, que, sin embargo, es audible por debajo del barullo circundante. Aun estando respaldado y guiado por el entorno, ese estado auténtico del ser no necesita el medio exterior para sobrevivir. Lo que se requiere más bien es la sincronía con la mente y la conexión con el cuerpo en cada momento.
Si vivimos de manera auténtica, quizá conservemos la relación, la casa, el coche y otros lujos por los que el ego se siente atraído (las cosas que Stuart quería para su hijo), pero todo esto existe con una finalidad completamente distinta. Si para ser felices nos basamos en la relación, el coche, el empleo, la casa y otras cosas externas, seremos esclavos del ego. Si existen para que podamos atender a otros cumpliendo nuestros
objetivos, favorecen el compromiso con nuestro ser esencial.
Aunque el ego se manifiesta en cada persona de modo distinto, en su camino hacia la autoinducción hay patrones comunes, unos estilos universales que resulta útil conocer.
EL EGO DE LA IMAGEN
Una madre joven, tras recibir una llamada de la oficina del director en la que se le informaba de que su hijo de nueve años se había peleado con otro niño, se quedó desolada. Incapaz de creer que su precioso niño se hubiera convertido en uno de «esos», se sentía avergonzada y confusa. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? Claramente a la defensiva, enseguida se puso a echarle la culpa a todo el mundo. Discutió con el director, los maestros, los padres del otro niño, insistiendo en que se había culpado a su hijo por error. También le escribió al inspector del distrito para decirle que su hijo había sido objeto de una acusación injusta.
Sin darse cuenta, su ego hacía que el incidente girara en torno a ella, como si lo que estuviera en entredicho fuese su competencia. Incapaz de separarse lo bastante del comportamiento del hijo para verlo tal como era, hizo una montaña de un grano de arena. Era como si fuera ella la atacada, como si la hubieran llamado a ella al despacho del director y la hubieran regañado por no ser una buena madre. El resultado final fue que el niño de nueve años, en vez de ver las consecuencias naturales de sus acciones, se sintió culpable y avergonzado por la manera de actuar de su madre.
Muchos caemos en la trampa de dejar que la valoración que hacemos de nosotros mismos acabe enredada con la conducta de los hijos. Si se comportan de una manera que se sale de la norma, nos sentimos responsables; incapaces de despegar el ego de la situación, sacamos las cosas de quicio.
A nadie le gusta que piensen que no es una madre o un padre competente. Nuestro ego necesita que se nos considere padres superlativos. Si en algún momento nos sentimos menos perfectos de lo que desearíamos ser, sentimos ansiedad porque creemos haber sido «deshonrados» públicamente. Y entonces reaccionamos por instinto.
EL EGO DE LA PERFECCIÓN
Casi todos creemos ser perfectos, pero el apego a esa fantasía nos impide fluir con la vida tal como es en realidad. Por ejemplo, una madre que planificaba el bar mitzvá de su hijo se gastó más de treinta mil dólares en los preparativos, con atención a cada detalle. Pese al hecho de llevar meses de acá para allá, cuando llegó el día estaba
preocupadísima.
Al final, la celebración fue, a ojos de la madre, un desastre tras otro. El día comenzó con una tormenta inesperada. Menos mal que había previsto esa contingencia y contaba con una carpa de reserva. Además, el encargado de la música se quedó atrapado en un atasco y llegó con una hora de retraso. Poco después, la madre advirtió que el hijo se había achispado un poco y estaba alborotando delante de los familiares y amigos de la alta sociedad.
Ella se sentía totalmente avergonzada y desconsolada; y furiosa. Aunque logró mantener la imagen de madre perfecta mientras hubo invitados, una vez que se hubieron marchado dio rienda suelta a su furia contra todos y echó a perder la fiesta de su hijo, al que puso en ridículo delante de sus amigos, que iban a pasar la noche en la casa. Inmediatamente después de la explosión, se enzarzó en una pelea con su marido y luego le montó un número al encargado de la música. Como el acto no había estado a la altura de lo que esperaba, le amargó la fiesta a todo el mundo.
Si cuando la vida no nos va según lo planeado reaccionamos con resistencia y alterándonos, es porque nos sentimos amenazados. Como nuestra fantasía sobre cómo debe ser la vida se viene abajo, aparece la necesidad egoica de controlar las cosas. Incapaces de aceptar que nuestros seres queridos y la vida misma no son autómatas que obedecen a nuestra voluntad, imponemos el deseo maníaco de mirar todo y a todos de determinada manera. Pero lo que no vemos es que aferrarnos a la ilusión de que la vida ha de tener un final de cuento de hadas suele poner en peligro el bienestar de los seres queridos.
Al educar con el enfoque tradicional, animamos a los niños a admirarnos y respetarnos porque así es como nos educaron a nosotros. Para ser buenos padres, sentimos la necesidad de ser omniscientes y todopoderosos. No nos damos cuenta de que cuando hacemos ver que que somos perfectos, fomentamos en los hijos la inhibición y el temor. Nos miran y ven una imagen tan inalcanzable que se sienten desmesuradamente pequeños. De este modo, grabamos en ellos la idea de que son menos que nosotros, lo que impide que establezcan contacto con su propia competencia. Cuando los hijos notan que siempre lo sabemos todo, que siempre tenemos una solución perfecta o una opinión correcta, crecen creyendo que ellos también tienen que ser así. Incómodos con nuestras imperfecciones y reacios a dejar ver nuestros defectos, les enseñamos a disimular sus imperfecciones y a compensar en exceso sus puntos débiles. Sin embargo, lo que de verdad necesitan aprender es que la perfección es el ideal de los idiotas.
El objetivo no es ser impecablemente perfecto, como intentaba la madre en el bar mitzvá de su hijo, sino aceptar nuestro yo perfectamente defectuoso. En el caso de aquella madre, aceptar el hecho de que su hijo es tan imperfecto como ella y que quizá
meta la pata en el momento más inoportuno. Es importante liberar a los hijos de la falsa impresión de que siempre lo tenemos todo claro; y eso solo podemos hacerlo si nos hemos liberado de la obsesión por ser padres perfectos.
Si te sientes cómodo al reconocer tus defectos y tus errores cotidianos, no flagelándote sino con toda naturalidad, les transmites a tus hijos que los errores son inevitables. Al reírte de tus errores y admitir al punto tus inseguridades, te bajas del pedestal. Y al dejar a un lado las jerarquías, animas a tu hijo a que se relacione contigo de ser humano a ser humano, de espíritu a espíritu.
Lástima que aquella madre que organizaba la fiesta de su hijo no se riese de todo lo que salió mal. Si lo hubiera hecho, le habría enseñado a su hijo una de las lecciones más valiosas que el chaval podía aprender: aceptar la realidad, incluso su conducta poco adecuada.
Lo único que tenemos que hacer es modelar. Si los hijos se dan cuenta de que nos sentimos a gusto con nosotros mismos, brotará en ellos un sentimiento de competencia. Si nos deleitamos en nuestras insensateces, les enseñaremos que no deben tomarse demasiado en serio. Si estamos dispuestos a probar cosas nuevas y hacer el ridículo, los animaremos a explorar la vida sin que importe mucho lo que parezcan o cómo actúen.
Me pregunto si la madre que planeó la fiesta de su hijo con tanto afán llegó alguna vez a hacer tonterías adrede ante su hijo, como cantar y bailar, algo fuera de lo común para demostrar que era humana y falible. Estas cosas estimulan a los hijos a salir de su zona de confort y adentrarse en territorio desconocido. Me pregunto si jugó con su hijo y los amigos de la fiesta, sin importarle arrodillarse y rebuznar como un burro o convertirse en el príncipe rana. Cuando los hijos nos ven ponernos a su nivel, nos igualamos, lo que a ellos les permite conectar con nosotros de una manera lúdica, inocua. También me gustaría saber si esta madre se permitió alguna vez tropezar, caer, venirse abajo, ceder, mancharse, chapotear, llorar o echar humo delante del hijo, en forma moderada, en lugar de esconder estos aspectos de su humanidad. ¿Alguna vez le dio a entender que le parecía bien que la casa no estuviera perfectamente limpia, no llevar las uñas perfectamente arregladas o que su maquillaje no fuera el idóneo? Cuando obramos así, les comunicamos a los críos que «no está mal» significa «estupendo».
Al admitir nuestras limitaciones y rebosar aceptación, nos hacemos un favor a nosotros mismos y se lo hacemos a los hijos, de tal modo que los estimulamos a sentirse cómodos con lo que son, capaces de ver el humor y la claridad en su interior, y, por tanto, despegarse de la intolerable rigidez de su ego.
El estatus es para muchos padres un problema enorme. Por ejemplo, como un alumno no fue aceptado en ninguna de las escuelas de la Ivy League en la que había solicitado plaza y, en cambio, sí lo fue en la escuela estatal local, los padres experimentaron una sensación de vergüenza inconsolable. Conmocionados por la noticia, no tenían ni idea de cómo contar a los parientes y los amigos que su hijo asistiría a una escuela de baja
calidad, sobre todo teniendo en cuenta que ellos se habían graduado en Yale y
Columbia, respectivamente.
Cuando le comunicaron su enorme desengaño al hijo, este se dio cuenta de que los había decepcionado. A juicio de los padres, el chico no solo les había fallado sino que también había dilapidado un preciadísimo legado familiar. Cargado con este sentimiento de vergüenza, el chico entró en premedicina y se esforzó como nunca para demostrar a sus padres que se merecía su aprobación, con lo que aún perdió más contacto con su verdadero yo.
Muchos de nosotros tenemos una idea muy rígida de lo que significa triunfar. Tenemos criterios externos, como un empleo bien pagado, un coche llamativo, una casa elegante, el barrio perfecto o amigos con clase, entre otras cosas. Así pues, si fracasamos en una tarea, perdemos el trabajo o nos vemos obligados a aceptar que los hijos no van a ser triunfadores, sentimos que hemos fallado en algo fundamental. Imaginamos la esencia amenazada, y entonces explotamos.
Si estamos apegados a ciertos prejuicios, se los imponemos a los hijos, insistiendo en que así es cómo tiene que ser una persona competente y cuidadosamente construida. Pasamos por alto el hecho de que cada uno de los hijos es un ser con su propia