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La insensatez de la paternidad

In document Padres Conscientes- Shefali Tsabary (página 97-103)

Aun reconociendo los aspectos maravillosos del viaje que supone tener hijos, el enfoque consciente de su crianza también abarca la locura de ese viaje, con plena conciencia del nivel de compromiso psicológico, emocional y espiritual que requiere educar a un hijo, así como de las posibilidades de que esto altere para siempre la conciencia que los padres tienen de sí mismos.

Como el parental es un viaje de extremos, puede sacar de nosotros lo mejor y lo peor. Por eso, nos corresponde a nosotros hacer frente a la dificultad que puede suponer este hecho para muchos padres, en especial para la madre. Aun aceptando que no todos los padres afrontan desafíos de la misma gravedad, resulta que todos experimentan una profunda transformación emocional y psicológica.

Como ya hemos empezado a ver en los dos últimos capítulos, nadie nos explica realmente cómo será el trascendental acontecimiento de ser padre. Nadie nos explica que el amor entre padres e hijos encierra la posibilidad de desgarrarnos el corazón y dejarnos a merced del destino de los hijos. Nadie nos explica que, si vamos a ser padres conscientes, dejará de existir la vida tal como la conocemos y el individuo que creemos ser se esfumará ante nuestros ojos. Nadie nos dice que deberemos soportar la muerte de nuestro viejo yo y que no tendremos pistas acerca de cómo desarrollar un nuevo sentido de identidad.

Criar a los hijos es uno de los empeños más difíciles a los que se enfrenta una persona en la vida. Pregúntale a la madre de un niño que se niegue a dormirse a las tres de la madrugada mientras está dándole el pecho a otro; por no hablar del esposo que espera que esté atractiva y guapa en todo momento. Pregúntale a cualquier padre que ha de hacer los deberes con un hijo distraído intentando todo el rato que se concentre en la tarea porque tiene que ir a recoger a otro al entrenamiento de fútbol antes de abordar el trabajo que se ha llevado a casa.

Quizá la paternidad nos lleva a cuestionarnos a nosotros mismos más que ningún otro papel de los que desempeñamos en la vida. Ponemos en duda nuestra competencia, nuestra valía e incluso nuestra cordura cuando nos preguntamos, por ejemplo: «Vamos a ver, ¿por qué pensé que quería tener hijos, si lo único que quiero es que se vayan a dormir y me dejen tranquilo?»

Dicho esto, si eres capaz de reconocer el potencial espiritual del viaje de ser padres, estarás preparado para sumergirte en sus profundidades sin oponer resistencia ni quedarte atascado, abrumado y confuso, peleándote con toda su complejidad. Por esa

razón, en vez de sentirte culpable por los sentimientos que surgen mientras te desplazas por el camino de criar a un hijo, se te pide que aceptes las locuras de la paternidad

sacando provecho del modo en que tener un hijo te abre; o, más bien, te rompe, hace

añicos tu antigua identidad y la sustituye por una expansión de ti mismo.

EL PAPEL PARTICULAR DE LA MADRE

Durante los años de crianza de los hijos, tanto el padre como la madre experimentan una transformación de su identidad. No obstante, para las mujeres el viaje parental tiene una importancia especialmente emocional y espiritual, pues alojamos en el cuerpo a ese ser mientras crece durante nueve meses. Gracias a esos meses de gestación, el vínculo madre-hijo tiene una intensidad excepcional, lo que da origen a una compleja relación que es muy simbiótica y profundamente personal. Esta es una de las razones por las que las madres suelen involucrarse con los hijos como no siempre lo hacen los padres.

Estirando no solo la piel sino también la psique, mientras participamos en la aparición de un espíritu nuevo, durante esos nueve meses somos testigos de que nuestra identidad empieza a cambiar a medida que lidiamos con ese milagroso suceso que está produciéndose en nuestro interior. La identidad se pone en entredicho cuando vemos que nuestra vida ya no nos pertenece, sino que ha sido entregada en matrimonio al hijo. Percibimos que a nuestro corazón le invade una actitud protectora tan estimulante como desconocida.

Sabemos que no somos la misma mujer que antes del parto, pero tampoco hemos articulado quiénes somos después. Por consiguiente, al transmitir a los hijos el entusiasmo y el fervor que solo las mujeres poseemos, nos perdemos en el papel de madres. En esta entrega, nuestro sentido del yo se desvanece y nos vemos a nosotras mismas cada vez más alejadas de quienes intrínsecamente somos. Nos vemos en tierra de nadie, ni aquí ni allá.

Cierto, nos sentimos dispuestas a todo como madres. Los niños crecen, el esposo asciende en el escalafón de la empresa, pero somos nosotras quienes, en muchos casos, hemos interrumpido la vida y nos encontramos sin apoyo, es más, sin un objetivo personal. A medida que pasan los años, tal vez deseemos sentirnos seguras en una identidad aparte de los hijos, pero tendemos a no reconocer la vía para alcanzarla. Una parte de nosotras quiere con urgencia recuperar lo que éramos, mientras que otra se da cuenta de que lo que éramos ha muerto. Aunque aterradora, esta pérdida de identidad puede llegar a ser regeneradora.

A lo largo de la crianza de los hijos, muchas de nosotras acabamos casi irreconocibles cuando nos miramos al espejo. En las arrugas alrededor de los ojos

vemos el episodio en que el niño nos cerró la puerta en las narices porque no quisimos comprarle un videojuego, la ocasión en que se cayó y se rompió una pierna o el día en que lo perdimos en la feria. Si miramos con más atención, en esas arrugas también vemos la alegría y la emoción que supone ser la mamá de alguien.

Quizá pensemos que no podemos controlarnos cuando refunfuñamos sobre los hijos mientras fregamos los platos, nos quejamos de ellos a nuestra propia madre, le echamos la culpa de su ineptitud al cónyuge o lamentamos la mala suerte de que nos haya tocado a nosotros, de entre todos los padres del mundo, un niño tan difícil. Solo otro padre o madre sabe lo que significa realmente poner los ojos en blanco, ese gesto que haces al mismo tiempo que dices «quién iba a saber que los niños daban tanto trabajo», «menos mal que la casa estará vacía un rato» o «¡tengo unas horas para mí!».

Para muchas madres —así como para los padres que sufren las consecuencias de la educación de un hijo—, la labor parental puede llegar a ser agotadora desde el punto de vista emocional, psicológico, económico y físico, aunque pocas de nosotras explicamos con sinceridad lo exigente, duro y emocionalmente fastidioso que nos resulta. Estamos tan entregadas a la tarea de ser buenas madres que nos da vergüenza compartir los sentimientos con los familiares y amigos. Por miedo a ser juzgadas, solemos ocultar hasta qué punto las exigencias de los hijos nos dejan hechas polvo, destrozadas o exhaustas. En consecuencia, casi todas transitamos por el camino de la maternidad sintiéndonos solas, creyendo que somos monstruos por desear de vez en cuando ser las que éramos antes de ser madres. No obstante, si nos desprendemos del manto de perfección, descubriremos que somos como otras madres y nos daremos cuenta de que no somos en absoluto raras por tener esos sentimientos, solo mujeres normales.

Nadie entiende la mezcla de dedicación y angustia que experimenta un padre o una madre a menos que haya pasado por ello. Unas veces lánguidos de amor insaciable, otras demacrados por una fatiga inextinguible, hay momentos en que estamos tan comprometidos con los hijos que nos olvidamos incluso de nuestra existencia, y otros en que fantaseamos con huir, dejarlos con la ropa sucia entre montones de deberes escolares y una habitación desordenada. Como es lógico, en cuanto empezamos a soñar con estar tumbados en una playa tomando margaritas, nos sentimos avergonzados. Los hijos le preocupan a una madre, o a un padre que asuma un rol similar, casi todo el tiempo que están juntos. O los atendemos o los entretenemos o nos preocupamos por ellos. No es de extrañar que la relación con el cónyuge experimente un cambio drástico. Nuestro cuerpo se convierte en territorio desconocido, nuestro equilibrio emocional se parece al de un loco cuando vamos faltos de sueño, estamos irascibles, tenemos dificultades económicas y, de vez en cuando, nos convertimos en tiranos.

Llega inevitablemente el día en que caemos en la cuenta: «¡Cielos, soy como mi madre!» O bien, traducido: «Me he convertido en una obsesa del control.» Aquellas

ocasiones en que tu madre gritaba «¿por qué no haces lo que te digo?» adquieren sentido de pronto. También es fácil identificarse con cualquier padre o madre que haya perdido los estribos que va en un avión con un hijo que berrea sin parar. Antes de ser padres, irradiábamos una seguridad que venía a decir: «Si tuviera un hijo, nunca se portaría así.» Ahora sentimos compasión por aquel que ya no sabe qué hacer y tenemos ganas de coger al niño y encerrarlo en el baño.

Nos guste o no, todos estamos predestinados a sufrir provocaciones de los hijos, es así, y en algún momento vamos a perder los estribos. Levantaremos la voz, incluso chillaremos. Les diremos cosas que jamás habríamos imaginado. Si el hijo nos enciende, es importante aceptar que es normal. Cuando estoy así, me propongo admitir los aspectos que tengo amenazando en la sombra y lo que me enseña mi hija sobre mí misma. De una forma u otra, deberemos afrontar el «progenitor en la sombra», con su incontenible deseo de controlar.

Cuando ya hemos observado que a veces reaccionamos mal, perder la calma una y otra vez de la manera más infantil es humillante. No nos sienta bien gritarles a los niños. Cuando estamos a punto de perder los estribos así, sería de esperar que nuestros padres nos permitieran dejarlos en su casa, a ser posible hasta el año que viene.

La realidad es que por mucho que necesites estar presente cuando tus hijos manifiestan emociones, no es menos cierto que necesitas estar también presente contigo mismo, permitirte digerir los que estás sintiendo. Solo así evitarás proyectar tus sentimientos en los críos.

En situaciones en las que sientes que te vienes abajo, es tentador volver a la forma jerárquica tradicional de la crianza: padres-frente-a-hijos, pero ten en cuenta que si tomas ese camino, seguramente pagarás un elevado precio en los años adolescentes y después. Llegar a ser consciente del modo de educar pued​e ser doloroso al principio, pero a largo plazo es, con mucho, la opción preferible.

EDUCAR A UN HIJO ES UNA INVITACIÓN A SOMETERSE A UN RITMO DISTINTO

A algunos les cuesta aprender a someterse a la vida con niños. Por su naturaleza, los niños ponen a prueba nuestra paciencia; es lo que cabe esperar. Cuando llegan a la adolescencia, siguen haciéndolo, bien que de distinta manera. Ya no es cuestión de esperar a que se terminen los cereales o se aten los cordones de los zapatos, sino de tener conversaciones monosilábicas y, para tener acceso a ellos, ponerse en la fila detrás de sus amigos.

una oportunidad para entregarse al momento presente. Cuando los hijos requieren nuestra paciencia, se nos pide que dejemos la agenda a un lado, tomemos aire y prescindamos de las exigencias del ego para poder valorar el momento más plenamente. Por eso, el desarrollo de la paciencia es un ejercicio espiritual, con los niños al mando retándonos a vivir a un ritmo más lento y más consciente.

Dicho esto, también reconozco que a veces no hay tiempo material para tener paciencia. Simplemente hemos de ir de un sitio a otro sin tardanza. No obstante, sería una pena que fuera la manera habitual de funcionar. Con su tempo más lento, los niños nos regalan una joya valiosísima, pues su ritmo natural está más cerca del ritmo del alma que el de la mayoría de los adultos. Por este motivo, conviene recordar que no hay otro lugar donde estar que aquel en el que estemos en cada momento. En vez de apresurarnos, debemos estar con el alma del niño. Si nos sentimos ansiosos y no estamos realmente presentes, el mejor favor que podemos hacernos a nosotros y hacerles a los hijos es pasar a una fase de quietud y tranquilidad hasta recuperar la serenidad.

Si los hijos no siguen el plan preestablecido, haremos bien en recordar que no está escrito que deban seguirlo, pues no están aquí para esto. En momentos así, quizá sea mejor pensar en la posibilidad de cambiar de planes en vez de exigirles que acaten nuestros deseos.

Si un niño se pone de veras difícil y tú estás a punto de perder la paciencia, es fundamental escuchar la voz interior que te susurra: «No lo utilices como receptáculo de tus frustraciones.» Si el niño te exaspera, mejor que entables una conversación contigo mismo y te preguntes cosas como: «¿Por qué me enciendo ahora mismo? ¿Por qué soy tan desgraciado con mi hijo? ¿Qué está sacando a la luz mi hijo de mi forma de

ser interna?» Lo más inteligente quizá sería respirar hondo y abandonar la habitación.

Eso te brinda la oportunidad de reorganizarte mientras te recuerdas que en ese momento no es tu hijo quien necesita ayuda sino tú.

Si a veces pierdes la paciencia y proyectas la frustración en tus hijos mediante palabras fuertes o apretando la mandíbula, coge aire y perdónate. Luego echa el aire y vuelve a empezar. Si resulta que pierdes la paciencia a menudo, hay que analizar la situación. No hay motivo alguno para perder la paciencia continuamente a menos que estés demasiado agobiado, en cuyo caso toca evaluar las circunstancias y, si es posible, restablecer el equilibrio. En esta coyuntura, quizá debas darle prioridad a reestructurar tu vida.

Como ponerle fin al paso cíclico del dolor de una generación a otra es muy importante para el estilo parental consciente, en el próximo capítulo ahondaremos en el tema.

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