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Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” 19 Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado”.
20 Les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro le
contestó: “El Cristo de Dios”. 21 Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. 22 Dijo: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día”. 23
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Decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. 24 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. 25 Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? 26 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles. 27 Pues de verdad os digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios”.
(i) San Lucas coloca la interrogación de Jesús a sus apóstoles a continuación del milagro de la multiplicación de los panes, pero hemos de suponer que, incluso si nos atenemos solo a este evangelio, debe haber tenido lugar en otro momento aunque no muy lejano, puesto que ahora sí el Señor ha logrado quedarse a solas con sus íntimos, e incluso retirarse a rezar en soledad durante algún tiempo. Es probable que esto haya ocurrido en la misma región de Betsaida Julias, y muy poco después de la misión apostólica, puesto que la pregunta del Señor se entiende en el contexto de la vuelta de los apóstoles. La introducción de este pasaje con la referencia a la oración de Jesús indica que cuanto va a ocurrir tiene una especial densidad teológica, puesto que el Señor prepara el acontecimiento con una larga y prolongada plegaria.
(ii) Precisamente esa interrogación (¿qué dice la gente de mí?) alude a lo que los apóstoles habían escuchado durante su breve viaje misional, en el que, al predicar el mensaje sobre el Reino en nombre de Jesús, habrían recogido numerosos comentarios y reacciones de las gentes. Quizá uno de los motivos por los que Jesús no acompañó a ninguno de los grupos, además de que tuvieran la oportunidad de experimentar el poder del Espíritu Santo y la asistencia de la Providencia paternal de Dios, fuera el que tuvieran oportunidad de oír las impresiones de la gente, sintiéndose más libres en ausencia del Maestro. No porque Jesús los ignorase sino porque tomaría pie de ellos, como de hecho hace aquí, para dar un paso en su revelación personal ante los discípulos.
(iii) Estos habían recogido impresiones muy dispares, todas muy positivas, por cierto. Algunos pensaban que era Juan resucitado,
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lo que nos permite ver el alto concepto que tenían del Bautista. Otros pensaban que era Elías, de quien la tradición judía sostenía que no había muerto sino que Dios lo mantenía misteriosamente en vida hasta los tiempos mesiánicos. Otros no estaban tan seguros de su identificación por lo que decían que se trataría probablemente alguno de los antiguos profetas resucitado. Los apóstoles daban sus respuestas, sin embargo, en tercera persona, es decir, aludiendo a lo que los demás decían, sin involucrarse personalmente.
(iv) La pregunta de Jesús pasa entonces a ser personalísima, directamente dirigida a ellos: ¿y vosotros qué decís? El texto de san Lucas, muy resumido, no señala la reacción del grupo, por lo que no sabemos si todos estaban listos para responder cuando Pedro se adelanta, o si guardaron silencio y el primero que se animó a hablar fue Simón. En realidad nos hubiera gustado muchísimo saber qué pasaba por la cabeza de cada uno de los apóstoles y cómo fue dándose el descubrimiento de la personalidad de Jesús de parte quienes serían los fundamentos de la Iglesia. Dios no ha considerado esto necesario. O, mejor aún, ha querido que veamos el colegio apostólico, en este punto, como un bloque, con un solo pensamiento y una sola voz cantante: la de Pedro. Porque aunque Dios debe haber respetado la psicología de cada uno de los apóstoles, y por tanto también los tiempos de cada uno para llegar a la verdad y sus modos más o menos titubeantes o intuitivos, sin embargo, en este punto lo importante es lo que llegarían a ser con el tiempo (quizá a partir de este mismo momento), a saber: un cuerpo con un solo pensamiento formulado por la boca de este pescador galileo.
(v) Precisamente Pedro responderá, y su respuesta debemos tomarla como dicha en nombre todos, ya que ni intenta separar su opinión personal de la pregunta dirigida al grupo, ni los demás replican para matizarla o para tomar distancia de ella, ni Jesús parece querer oír otro parecer. Dicho de otro modo: Pedro toma su afirmación como de todos; los demás toman la de Pedro como también de ellos; y Jesús toma la de Pedro como respuesta al interrogante que ha planteado al grupo en su conjunto. Y esta respuesta es: ―El Cristo de Dios‖ ( Φ ο ο , tòn Jristòn
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el Mesías. En San Mateo la confesión de San Pedro es más explícita todavía, llamándolo ―el Hijo de Dios‖.
(vi) Esta confesión señala el fin de una etapa en la pedagógica revelación que Jesús hace de sí mismo: los apóstoles han llegado al mesianismo de Jesús; Él es el Mesías esperado, anunciado por los profetas. Las demás gentes opinaban que podía ser un profeta poderoso en milagros, o incluso el precursor del Mesías, pero quizá no iban más allá; tal vez solo llegaban a sospechar que podía ser el Mesías. Los apóstoles, liderados por Pedro, tienen fe en que es más que un profeta o que todos los profetas juntos; es el Mesías.
(vii) Quizá los apóstoles fueran más allá y sospecharan o
vislumbraran que era el Hijo de Dios, como materialmente Mateo
pone en boca de Pedro; pero, si no me equivoco, esta revelación la comprenderían plenamente solo después de la Resurrección, aunque Él se los había dicho muchas veces antes, y de diversas maneras (pensemos en algunos milagros, en los prodigios realizados basándose en la propia autoridad, en la transfiguración, en el discurso del Pan de vida y en el de la Última Cena: ―quien me ha visto a Mí, ha visto al Padre‖). Pero a pesar de todo esto llamará ―tardos de entendimiento‖ a los discípulos de Emaús, por no haber comprendido muchas de las cosas que había dicho durante su vida pública. En el tema de su filiación divina, Jesús interpelaba más directamente a los sabios y teólogos, es decir, a los escribas y fariseos, con los cuales será mucho más explícito, sobre todo, durante su juicio ante el Sanedrín, y ante el conjuro del Sumo Sacerdote de ser claro en este tema. Podemos decir, pues, que, respecto de los apóstoles, Jesús permitirá que su filiación divina, o su divinidad, sea comprendida solo borrosamente en un primer momento, y solo más claramente en un paso ulterior y definitivo, aun cuando la manifestara claramente muchas veces durante su vida pública. Con esto solo quiero decir que quizá Pedro no llegara a comprender toda la portada de la confesión que dijo movido ―no por la carne y la sangre‖, es decir, no por instinto natural, sino ―por el Padre celestial‖, como nos dice san Mateo (Mt 16,17) quien transcribe la fórmula semítica ciertamente pronunciada por el príncipe de los apóstoles: Φ Υ ο ο ο ο (sy ei ho Jristòs ho Hyiòs tou Theoù tou
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la razón por la que san Lucas no la transmite tal cual fue dicha, sino tal cual fue entendida por Pedro: el mesías de Dios.
(viii) Pero entre la revelación del mesianismo y la de la filiación divina, hay, sin embargo, otro aspecto intermedio que Jesús sí quería que sus apóstoles comprendieran explícitamente desde el primer momento: el de mesías sufriente. Si bien pedagógicamente – en caso de ser correcta nuestra interpretación– Jesús no se preocupaba por el momento de que Pedro comprendiera todo lo que realmente estaba diciendo, quedándole grande la confesión hecha en cuanto al carácter divino del Maestro, sí quería Este que no tuviera dudas, ni él ni los demás apóstoles, sobre el modo en que ejercería su mesianismo salvífico: como un mesianismo doloroso: ―Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día»‖. Esto también tenía valor de revelación sobre la identidad de Jesús, porque al aludir a su dolor y muerte no solo detallaba un aspecto futuro de su biografía, sino que se mostraba como el Mesías Sufriente profetizado por Isaías.
(ix) Pero tampoco comprendían, sus apóstoles, plenamente estas enseñanzas. De ahí que a los discípulos de Emaús –que no serían una excepción en el grupo de los discípulos– les dijera refiriéndose a sus sufrimientos y muerte: ―¿Acaso no os lo había dicho ya?‖ Y si no entendían lo de los sufrimientos y la muerte del Mesías, menos todavía el significado de aquel ί μ (anístemi) que nosotros traducimos por ―resucitar‖, entendiéndolo como volver a la vida desde la muerte, pero que literalmente significa levantarse o
pararse. Que fuera un volver de la muerte no cabe duda si se habla
de un ―levantarse‖ posterior a ser ―matado‖, pero que esto tuviese sentido para los discípulos del Señor es otro cantar. Ellos no estaban acostumbrados a tales profundidades. Sus enemigos, en cambio, sí. Y por eso recordarán a Pilato: ―Este dijo, mientras vivía, que iba a resucitar al tercer día...‖
(x) La importancia que para Jesús tiene su propio sacrificio, muerte y triunfo, queda resaltado en su mandato de guardar secreto sobre el carácter mesiánico que Pedro acaba de testimoniar. El mandato del secreto y la alusión a su pasión (versículos 21 y 22) no son en griego dos oraciones sino una sola, separadas por una coma:
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―Les prohibió decir esto a nadie, diciendo que es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y sea muerto y resucite al tercer día‖. Jesús no quería que las muchedumbres conocieran de modo patente su mesianidad hasta después de su resurrección, para que sus enemigos no encontraran obstáculos a la hora de condenarlo, fuera del que les ponían sus propias conciencias.
(xi) La mención a su futuro sufrimiento da pie al Señor para hablar del modo particular que debería revestir el discipulado de un tal Mesías y Maestro: consistirá en seguirlo a Él en el dolor. Por eso decía todos: ―Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles‖. No dice aquí el Señor que ellos, sus discípulos y apóstoles allí presentes, serían atormentados y muertos junto con Él durante la prueba particular a la que lo someterían los ―ancianos (jefes) del pueblo‖. Por el contrario, deja de lado esa alusión autobiográfica y pasa a aludir a otro género de sufrimiento: el diario y general que acompañaría a todos sus seguidores. Les habla de cargar diariamente su cruz; no se refiere, pues, a sufrimientos extraordinarios, sino al peso cotidiano y a las luchas diarias contra el pecado, las tentaciones, los defectos, las contrariedades... y quizá, en algún momento, dolores más notables y hasta persecución y muerte.
(xii) Siguen tres sentencias que son aplicaciones y derivaciones de esta decisión de hacer virilmente frente al propio sufrimiento. La primera: para salvar la vida hay que estar dispuesto a perderla por Jesús. ―Vida‖ aquí está usada en dos sentidos diversos: vida física y vida espiritual y eterna. Si se pone la vida física como valor supremo y se sacrifica todo por conservarla, se pierde la espiritual y eterna y, probablemente, esto tampoco alcance para resguardar la física. Si se está dispuesto a perder la vida del cuerpo por Cristo, se salvará la eterna y espiritual; y a la postre, también la del cuerpo, en la resurrección gloriosa. La segunda: ganar el mundo
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entero no sirve de nada si uno no es capaz de ganarse a sí mismo, es decir, librarse de la ruina del alma, que es ruina eterna. Tercera: quien se avergüence de Jesús y de la verdad que Él ha predicado, Jesús se avergonzará de él a su retorno en gloria, ante su Padre y ante los ángeles. Tales exigencias –de dar la vida por Él, de no avergonzarse ante el mundo de Él y de su verdad– ¿no son una declaración explícita de su divinidad? ¿Puede un hombre, aun profeta o mesías, exigir una fidelidad hasta el extremo de que den la vida por él? ¿Puede un mero hombre prometer dar testimonio ante el Padre eterno y ante todos los ángeles de la dignidad de otro hombre según la fidelidad o infidelidad que este último le haya guardado? Jesús está hablando aquí como solo Dios puede hacerlo. Pero es muy probable que los apóstoles solo hayan podido ser capaces de guardar en sus corazones estas palabras sin comprender completamente la portada.
(xiii) Termina el Señor anunciando que algunos de los que allí estaban no gustarían la muerte antes de ver el Reino de Dios. ―Gustar la muerte‖ es un semitismo que significa ―experimentar‖. No se refiere Jesús a su segunda venida sino a la instauración de la Iglesia, el reino eclesial. Y alguno interpreta que el comienzo del tiempo exclusivo de la Iglesia, cuando ya no rijan más que sus leyes, caídas las del Antiguo Testamento, coincide con la destrucción de Jerusalén, o sea, del Templo. Mientras el Templo estuvo entre los hombres, coexistieron los dos sacrificios: el de Cristo, en la ―fractio panis‖, y el del culto judío. Los mismos apóstoles subían diariamente al templo a orar. Pero la destrucción del templo, en el 70 d.C., significó el final del culto judío y la unicidad del único sacrificio. Ni aun los que no aceptaban la venida en carne del Verbo, ni menos todavía su muerte salvífica, podían ya ofrecer víctimas figurativas. Es el tiempo eclesiástico, el de la Víctima Verdadera.
LA TRANSFIGURACIÓN 9,28-36