10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían
hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida. 11 Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. 12 Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado”. 13 Él les dijo: “Dadles vosotros de comer”. Pero ellos respondieron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. 14 Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: “Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta”. 15 Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos. 16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. 17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.
(i) Al regreso de su misión, Jesús se retira con sus apóstoles a la soledad, quizá para hacerlos descansar, pero también para
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instruirlos en verdades más altas tomando pie de las muchas enseñanzas que la misión les habría dejado. De hecho, es lo que vemos que sucede después del episodio que comentaremos ahora. Se retira el Señor a las cercanías de Betsaida, al norte de Cafarnaúm. Betsaida significa, etimológicamente, ―casa del pescado‖. Hasta el día de hoy se discute sobre la ubicación exacta, habiendo dos lugares posibles para la ciudad o quizá, incluso, dos localidades con el mismo nombre: una a sur de Cafarnaúm, en el lugar que hoy se conoce como Tabga, en que la tradición coloca este episodio de la multiplicación de los panes, y otro al norte de Cafarnaúm, al este del Jordán, que correspondería a la Betsaida a la que Filipo, hijo de Herodes, añadió el nombre de Julias.
(ii) No les duró mucho, sin embargo, el descanso, pues ni bien se enteraron las gentes acudieron al lugar buscando que curaran a sus enfermos, quizá también deseosos de oír predicar a Jesús. Son las dos actividades que Jesús se puso a hacer inmediatamente. En esta labor se les fue el día (es de suponer que la multitud habría llegado muy de madrugada) y aquella gente había acudido sin pensar en el tiempo que les llevaría y sin proveer para sí mismos y para sus familias. De ahí que los apóstoles –en parte quizá también deseosos ya de encontrar la paz que habían ido a buscar allí– sugirieron a Jesús que los despidiera para que fueran a procurarse alimento en las aldeas vecinas.
(iii) Jesús les responde de modo sorpresivo diciéndole que ellos mismos les den de comer, a lo que aquellos adujeron que solo contaban con muy poca cosa: tan solo cinco panes y dos peces. San Lucas nos dice entonces que había allí unos cinco mil hombres. Lo que mueve a Jesús, dicen algunos, es la compasión por aquellas gentes. Y sin duda que Jesús sentía compasión. Pero en este caso concreto no me parece que fuera mera conmiseración con el hambre de las turbas, pues ni llevaban varios días sin comer, ni estaban en una situación irremediable, ya que los apóstoles mismos sugieren que podían encontrar alimento en los poblados vecinos. Jesús ya estaba golpeado en su corazón por el hambre del alma que había empujado a estos pobres a mendigarle alivio para sus dolores llevándole sus enfermos, y también por la ignorancia espiritual en que los tenían abandonados sus maestros judíos. Entraba en sus planes, además,
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este signo de un parte revelador de su poder, y, de otra, preparatorio de su autorrevelación como Alimento de los hombres, a la que este milagro preparaba el terreno, como queda en claro en el relato de san Juan (6,1ss) quien pone a continuación de esta multiplicación de los panes, el discurso en la sinagoga de Cafarnaúm sobre el ―pan de vida‖, que es una clara alusión a la Eucaristía.
(iv) El Señor los hizo acomodar por grupos de unas cincuenta personas cada uno. Y luego bendijo los panes y los peces mientras miraba al cielo, como para que entendieran de quién venía el portento del que iban todos a beneficiarse, y comenzó a partirlos pasando los pedazos a sus discípulos para que estos los sirvieran a la gente. El resultado fue que comieron todos hasta saciarse y al recoger las sobras, quedaban todavía doce canastos. Algunos comentaristas, y Barclay entre ellos, reducen este milagro a un ―milagro moral‖ en el cual no se venció ninguna ley de la naturaleza sino la dureza del corazón. En efecto, según estos capitostes, la gente habría llevado de comer, pero eran todos tan egoístas que no querían poner nada en común y por eso guardaba cada uno su comida para sí; al poner Jesús a disposición de todos lo poco que tenían Él y sus discípulos, los demás se sintieron tocados y sacaron los que escondían. De milagro nada. Convengamos que de explicación propiamente dicha menos. Deberíamos suponer que los Doce eran realmente tontos, tan tontos que no se habían dado cuenta de que la gente tenía comida. Además deberíamos suponer que todos tenían el mismo temor de sacar su comida y ponerse a comerla, por no verse obligados a ponerla en común. ¿Por qué? ¿En qué momento se dice que aquello era un picnic comunitario? Si alguno tenía comida y hambre, no tenía más que meter mano en su zurrón, sacar su pan y llevárselo a la boca, o repartirlo entre sus hijos. Por último, esto exigiría pensar que aquellos salieron a una excursión por las praderas con su canasta bajo el brazo, cuando lo que parece es simplemente que se corrió la voz de que Jesús andaba por allí y la multitud se puso en camino para buscarlo, probablemente pensando que ser trataría un momento, como había ocurrido otras veces, pero resultando, a la postre, que la jornada se estiraría más de la cuenta entre curaciones y sermones. Por tanto, lo más lógico es pensar que no cargaban nada consigo, y que, por tanto, no tenían qué llevarse a la boca.
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(v) Claro que resulta más difícil explicar un milagro en serio que un milagro moral, el cual, sin negar la maravillosa obra de la gracia, no hubiera tenido ningún valor de signo. En todo caso el hecho no habría servido a Jesús para predicar de la divina providencia, pero sí para dar una buena lección de comunismo bonachón.
(vi) Esta es la única multiplicación de los panes que relata san Lucas; en los evangelios de Mateo y Marcos hay, en cambio, dos. Algunos consideran que esto demuestra que nuestro evangelista consideraba ambas relaciones como un duplicado del mismo hecho. Es cierto que hay algunas coincidencias, pero esto exigiría, además, que fueran falsas las palabras puestas por Marcos en boca de Cristo cuando alude a dos milagros distintos: ―Cuando partí los cinco panes para los cinco mil, ¿cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?‖ ―Doce‖, le dicen. ―Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?‖ Le dicen: ―Siete‖. Y continuó: ―¿Aún no entendéis?‖ (Mc 8,19-21). El silencio de Lucas puede responder, pues, a otras razones. Por ejemplo, al hecho mismo de que este milagro ya contiene la enseñanza que Jesús ha querido transmitir con él, y por tanto, no hacía falta, en la perspectiva que Lucas se impuso, relatar el segundo, el cual, siendo distinto, contenía, sin embargo, un mismo signo. Es el mismo motivo por el cual solo menciona un endemoniado geraseno, cuando en realidad sabemos por otros textos evangélicos que eran al menos dos.
LA CONFESIÓN DE PEDRO