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LA ESPIRITUALIDAD Y LA MORAL DE JESUCRISTO Una prédica en el llano (6,17-19)

In document Comentario Al Evangelio de San Lucas (página 123-146)

17 Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran

multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, 18 que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. 19 Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

(i) San Lucas nos brinda un resumen de la doctrina moral y espiritual del Nazareno, apiñando en un solo bloque muchas de sus enseñanzas predicadas, con mucha probabilidad, en diversas ocasiones y lugares. Al igual que hace san Mateo con el sermón que denominamos ―del monte‖ porque toma como punto de partida uno de los discursos pronunciados desde uno de los montículos que rodean el lago de Tiberíades.

(ii) Lucas ubica el discurso en una llanura –el Sermón del Llano–, porque indudablemente Jesús había predicado repetidamente en los llanos, como lo había hecho sentado en la ladera de los montes, desde la proa de una barca o entre la columnata del templo. Lo seguían muchos de sus discípulos, es decir, sus apóstoles y el grupo más extenso de seguidores que ya se habían habituado a oírlo; y también una gran muchedumbre que venía incluso de regiones lejanas y no judías (se menciona, de hecho, a Tiro y a Sidón, tierra de cananeos). Lo buscaban para oír sus palabras y para recibir el alivio de su curación.

(iii) Había entre ellos enfermos y también personas

molestadas por espíritus inmundos. El verbo χ ω (ójleo) se

traduce por acosar, vejar, molestar. Espíritus impuros, o inmundos, no alude necesariamente a tentaciones de lujuria. Los demonios son inmundos por sugerir toda clase de pecados y porque muchas de las vejaciones a las que someten a sus víctimas tienen siempre algo de

sucio. Ignoro por qué san Lucas pareciera distinguir entre los vejados

por los demonios –de quienes habla como si todos ellos quedaran curados– y los demás enfermos –de los que no dice si todos, o

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muchos, o solo algunos, se curaban. Da la impresión de que Jesús sentía más compasión de los pobres atormentados por los demonios que del resto de los enfermos. O quizá pone este énfasis porque las expulsiones de demonios indicaban más el tenor de su misión liberadora del poder satánico y del pecado. Este episodio lo tomamos tal cual, entendiendo que todos, o la gran mayoría de aquellos que san Lucas llama aquí vejados por espíritus impuros, estaban sencillamente vejados por espíritus impuros. No eran lunáticos, ni esquizofrénicos, ni epilépticos, ni histéricos, como los interpreta la crítica liberal que no cree en los demonios, a pesar de a muchos de estos críticos les va de perlas la imprecación que los fariseos recibieron de Cristo llamándolos ―hijos del diablo‖. Yo veo endemoniados donde la Biblia dice endemoniados, porque no me consta lo contrario, y porque estos tíos se parecen a los endemoniados como un huevo al otro, y además porque llevarle la contra a un progresista que no cree en el demonio es, entre los placeres lícitos que Dios reserva al hombre, el más sano y gustoso.

(iv) La gente no solo se apiñaba en torno a Jesús sino que, según el médico Lucas, se afanaba por tocarlo, porque ―salía de él una fuerza que sanaba a todos‖. Ya he insistido en que, a diferencia de los que imaginan a Jesús como un mentalista que debe concentrarse para llevar toda su energía psíquica hacia un punto concreto y lograr efectos físicos o psíquicos (doblar una cucharita, mover una mesita sin tocarla o hacer resonar una voz de ultratumba…) Jesús sencillamente traspiraba una δ μ (dýnamis), es decir, un poder milagroso. Jesús no es como lo imaginan muchos. El que describe Lucas, que como médico sabía de qué manera se cura la gente, lo pinta tan naturalmente penetrado del mundo sobrenatural que los milagros los hacía con la misma llaneza con que un alma caritativa, que no quiere llamar la atención de nadie, desliza al pasar una limosna en la mano de un mendigo. Salía de Él una

dýnamis curativa, porque Él es Dýnamis, Todopoderoso Dios, que ha

creado el universo sin sudar la frente, y sin mover un dedo ni parpadear, también con su solo querer cura los enfermos y hace salir de sus tumbas a los muertos. Y como los paisanos de Galilea se habían percatado de esto, ni le pedían ya milagros; se limitaban a acercarse a Él tratando de tocarlo. Y esto llegaba a ser efectivo

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incluso, como pensará acertadamente aquella mujer que padecía hemorragias desde hacía una pila de años, cuando solo se alcanzaba a tocar un hilito del poncho de Jesús.

Las bienaventuranzas lucanas (6,20-23)

20 Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:

“Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

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Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. 22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. 23 Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas”.

(i) También Lucas, al igual que Mateo, comienza su síntesis de la predicación moral de Jesús con las bienaventuranzas. Pero a diferencia de Mateo, san Lucas solo nos ha legado cuatro bienaventuranzas: las que tienen por destinatarios a los pobres, a los hambrientos, a los que plañideros y a los maltratados.

(ii) Comienza por declarar bienaventurados a los pobres, a quienes asegura el Reino de Dios. No se trata de los pobres sin más, sino de los anawim, término que ya en el Antiguo Testamento designaba al pobre oprimido pero piadoso y resignado con su suerte ante Dios. No se restringe ciertamente a los que quieren ser pobres y eligen la pobreza como modo de vida, los cuales son muy pocos (y no se encuentran masivamente ni siquiera entre todos los religiosos que se supone hacen voto de pobreza, la cual, a menudo no es tal sino una pobreza puramente retórica). El grado mínimo para pertenecer a esta categoría alabada por Jesús es el vivir resignadamente la pobreza; el máximo es el de aquellos que, como san Antonio, renuncian a todo lo que tienen en favor de los pobres y se dedican a vivir de la Providencia divina y de la caridad ajena. Resignación no significa que no se sufre o que se comprende racionalmente el porqué de la situación que le toca a uno vivir, sino que no se recrimina a Dios por ella y se renuncia a pedir respuestas que no

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provienen de la fe. Hay pobres y pobres. Hay pobres que viven muy resentidos con su estado, y se quejan de Dios y lo acusan, o envidian a los que tienen y llegan a aborrecerlos, pero no recurren a ningún medio ilícito para salir de su miseria. A otros la pobreza los vuelve rencorosos y los empuja al delito. Para muchos la pobreza es ocasión de mala vida. Entre estos hay casos muy diversos. Algunos delinquen o se prostituyen empujados por la desesperación. Cuando la desesperación hace presa de un corazón humano, ¿quién, fuera de Dios, puede juzgarlo? ¿Quién pueden comprender, desde afuera, y desde una cómoda situación, los resortes secretos que empujan a la persona abatida y desmoralizada –a lo que generalmente se debe añadir, poco educada en los valores morales– a transgredir las normas morales? ¿Quién puede juzgar los manotazos del que se está ahogando que golpean y ponen en peligro la misma vida del que quiere sacarlo del agua? Jesús se acercó a algunos de esos pobres

malvivientes y los invitó a que cambiaran de vida; tuvo mucha

piedad de ellos, pero no una piedad que justificara sus acciones, ni un juicio que los condenara sin más.

(iii) No es de ellos, sin embargo, de quienes habla aquí, sino de los que sufriendo su pobreza y sus desagradables consecuencias no la maldicen sino que la toleran, como se tolera una enfermedad o el mal tiempo, y se continúa alabando a Dios. Y con mucha más razón, la bienaventuranza les calza a los que no se limitan a tolerarla sino que la quieren, la aman y la eligen, como el Poverello de Asís; pero esos ya son grados heroicos. Se dice de estos que les pertenece el Reino de Dios. La pobreza los hace herederos de un premio eterno. Y es lógico, porque han renunciado (los últimos) o simplemente no les ha tocado (los primeros) reino alguno en este mundo; a veces, ni un acre de tierra para plantar su tiendita y ordeñar su vaca, otras sin tanta penuria pero con su cotidiano rocío de apreturas.

(iv) Le sigue la bendición de los hambrientos. Y como se pasa hambre a causa de la pobreza, no podemos entender esta bienaventuranza en el mismo sentido que la anterior. Si Lucas ha seleccionado cuatro de las pronunciadas por el Señor, debemos pensar que no se propondría, encima, usar un par de sinónimas. Debe, pues, tratarse de hambre de justicia, como aparece explicitada en Mateo. Tener hambre de justicia es desear la justicia con ardor. Lo

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contrario de desear algo con ardor es apetecerlo tibiamente. Se tiene ardor por una causa cuando se está dispuesto a luchar por ella. Se la quiere tibiamente, si al menor esfuerzo uno agacha la cabeza y se marcha, aunque se marche triste, como el joven rico.

(v) La justicia bíblica no es tan solo la justicia social, aunque esta forme parte del concepto. Un varón justo es, en lenguaje bíblico, un hombre recto principalmente para con Dios; pero no se puede ser recto para con Dios si no se es justo con el prójimo. Esta es una camisa que a ningún liberal le encaja, porque los católicos liberales creen que se puede ser buen católico y pertenecer a media docena de sociedades de piedad al mismo tiempo que se paga tarde y poco a los propios empleados, o desentendiéndose de si estos pueden mantener dignamente a sus familias. Dios aborrece profundamente las disociaciones de la justicia que hacen la mayoría de los hombres cuando tienen poder y dinero. La justicia es una virtud compleja que tiene múltiples direcciones: hacia Dios, hacia el bien común, hacia los súbditos y hacia los semejantes… pero es indisociable. Basta que se tuerza una de las líneas para que uno ya no sea un varón justo. Si cumples con Dios y defraudas al bien común, eres un injusto. Si pagas tus impuestos –como los fariseos el diezmo del comino y de la menta– pero te importa un bledo el ciego que te pide para comer el peso que a ti te sobra, eres un injusto. Si te desvives por los huérfanos y las viudas de tu pueblo pero no cumples con tus deberes religiosos, eres un injusto.

(vi) Justicia, en la Biblia quiere decir, además, santidad. Porque la primera justicia es el orden de la misma persona: la obediencia de las pasiones –cuanto estas pueden ajustarse– a la razón, y de la razón –por la gracia– a la ley divina. Alcanzó su máxima expresión en el estado de justicia en que Dios creó a Adán y a Eva: justicia original. Y la imitan, con una cierta semejanza pálida pero valiosa, todos los santos que logran dominar la vida afectiva y pasional a través de las virtudes morales, y sujetar plenamente el alma a Dios por las teologales, la gracia y el completo abandono a la voluntad divina. A hambrear esta justicia nos invita Jesús proclamando dichosos a sus buscadores.

(vii) A estos les promete la saciedad, porque no puede ambicionar tanto el hombre la santidad, el orden y la justicia, cuanto

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Dios quiere darlas. Que si se sirve de tenues deseos del alma para derramar infinitas gracias, podemos deducir cuánto le dará si halla a un alma devorada por un hambre canina de perfección y caridad.

(viii) También recoge san Lucas la bienaventuranza de los que lloran, que encierra en esta abreviada metáfora a los que sufren en cuerpo y alma y a los que se arrepienten de sus pecados. No dejará el Señor ninguna lágrima sin enjugar fuera de la que derrama el impío ante la impotencia de no poder seguir pecando o ante la rabia de ver esfumarse la causa de su mal gozo. Pero el llanto del que sufre, el gemido del probado, del enfermo, del abandonado, del que es víctima de la crueldad ajena, del que yace en el lecho de la aflicción, en la oscuridad de la mazmorra, en el calvario de la angustia interior… no es ignorado por Dios, aunque su respuesta tarde mucho tiempo humano (porque los tiempos de Dios no son como los de los hombres). Y aún menos indiferente es ante quien se aflige por haber pecado y llora, con lágrimas de sincero arrepentimiento –esas que queman la escoria de las culpas con el deseo de la mortificación–. A todos estos promete la risa, la alegría expansiva que invade desde el corazón hasta las periferias de nuestro cuerpo en la más asombrosa de las manifestaciones exclusivamente humanas: el gozo incontenible de la carcajada.

(ix) La cuarta y última bienaventuranza lucana corresponde a la octava de Mateo: la de los perseguidos por la causa del Hijo del hombre. Es decir, por creer, profesar y proclamar el misterio de la Encarnación: que Dios ha venido en carne mortal, ha muerto, ha resucitado y se está viniendo nuevamente para juzgarnos. Desde que el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre, muchos de los que han acogido en su corazón esta verdad han sido odiados, expulsados, injuriados y proscriptos. Al demonio esta verdad le gusta tanto como un ladrillazo en medio de los dientes. Y reacciona como si se lo dieran con buena puntería. Aunque no siempre es el diablo el autor de las persecuciones, que en esto tiene tantos y tales émulos que no se sabe con cuál quedarse y uno piensa realmente, como Jesús de los fariseos: es el Uñoso el padre que los dio a luz. Y de tal palo tales astillas, que son las que se clavan en cada época los que intentan ser íntegros cristianos.

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(x) Eso de la persecución a los fieles de Cristo, es algo que muchos entienden referido a lo que se lee en las hagiografías y martirologios; o sea, hechos propios de un pasado remoto, o, a lo sumo en circunstancias muy especiales de guerra y regímenes persecutorios del tipo que impusieron las dictaduras comunistas. Y no se percatan de que la persecución de la fe pertenece a lo cotidiano y a lo inevitablemente ordinario de la vida de todo cristiano. Por eso no atinan a comprender que no sería extraño que Dios les pida a ellos que sean confesores de la fe cada mañana, después de haber tomado pacíficamente su desayuno. Entienden el martirio del obispo chino que lleva quince años en una celda, y no aciertan a comprender que a ellos les ha de tocar algo análogo cuando los echen de sus trabajos o no los contraten por negarse a enseñar a fornicar a sus pequeños alumnos, como impone el programa del ministerio educativo; o cuando no puedan ejercer como farmacéuticos, a pesar de tener los mejores promedios de su facultad, porque las autoridades les exigen vender anticonceptivos; o cuando deban cerrar tienda de diarios porque las editoriales no les traen periódicos a menos que vendan también revistas pornográficas; o cuando se vean obligados cultivar camotes siendo excelentes contadores, porque ninguna empresa los contrata a menos que estén dispuestos a hacer chanchullos en sus balances... Estos son los modos de padecer por la fe en nuestros días: no encontrar trabajo, ser expulsados, relegados, no tener con qué mantener la familia... por obedecer a la ley de Dios antes que a las leyes de los hombres cuando estas se vuelven inicuas. A muchos se les escapa que son estas dificultades profetizadas por Jesucristo y las saludadas en esta bienaventuranza, quizá porque sus mentes están sofocadas con las hermosas imágenes de los tormentos de Lorenzo, Lucía, Justino, o Perpetua y Felicidad.

(xi) Jesús nos anima a alegrarnos y saltar de gozo cuando las cosas se pongan negras, porque esa es señal que estamos en el camino que ya transitaron los profetas y los santos que nos han antecedido. Es una pena que tantos cristianos que padecen muchísimo por la fe que profesan, vivan entristecidos por su situación. Porque la mayoría de nosotros vive en ambientes cristianos que han perdido el sentido martirial de la vida. Muy distinta es la situación de los cristianos que viven en sociedades violentas y

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agresivas, lo que les hace inevitable tener conciencia martirial, porque allí profesar el cristianismo de cualquier modo, equivale a exponer el pellejo (como los que padecen la intolerancia y los extremismos religiosos y anticristianos en Paquistán, Egipto, Irak, Arabia Saudí, Indonesia, India…). Ellos entienden que la vida es un testimonio de Cristo, y se resignan a darlo; y a menudo son muy felices de su suerte. En cambio, los que creemos que vivimos en una sociedad occidental “cristiana”, pensamos que solo se trata de un poco de mala suerte, de dificultades laborales o de incomprensiones… y maldecimos nuestra mala estrella o suponemos que las cosas cambiarán. Aun no nos hemos enterado de eso que tantos autores vienen denunciando como cristianofobia. Pero no digamos que Jesús no nos avisó.

Los Ayes de Cristo (6,24-26)

24 “Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro

consuelo. 25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. 26 ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas”.

(i) Si san Lucas pone menos bienaventuranzas, sin embargo nos ha dejado algo que no encontramos en los demás evangelios: los

Ayes de Cristo. También son cuatro y los dedica a los ricos, a los

ahítos, a los divertidos y a los famosos. A ninguno de estos los condena, pero los pone en guardia y les avisa de los grandes peligros que entrañan aquellas fuentes de seguridad y gozo mundano: si no reflexionan y se convierten y buscan lo único necesario, aquello que ahora los gratifica, se descubrirá quizá al modo de pesadas piedras de molino que los hundirán en el mar.

(ii) El primero es el Ay de los ricos. Jesús no dice que la riqueza sea un mal; a los acaudalados no les echa en cara que estén pecando por ser ricos. Simplemente les dice que las riquezas que poseen les adelantan el premio y el consuelo. Por tanto, si no buscan a Dios al margen de sus riquezas y, a menudo, a pesar de ellas, solo

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tendrán en herencia este gozo terreno, fugaz y efímero, pasajero y volátil. Es decir, a la postre de la vida: inútil. Cien años de lujo por una eternidad de infortunio es el peor negocio. Y no se diga que la solución es ser ricos pero no descuidar a Dios. Esto en la teoría marcha; pero en la práctica, ser santos y ricos al mismo tiempo no es moco de pavo. Claro que un águila real puede volar con un cabrito entre las uñas, pero porque es águila real, y no todos los ricos que

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