3. REPRESENTACIONES SOCIALES
3.4. Conocimiento científico VS conocimiento social cultural
Uno de los problemas que comúnmente se trata de esquivar en las investigacio- nes de representaciones sociales es el encuentro-desencuentro entre el conoci- miento científico y el conocimiento social, esta puede ser la razón por la cual no siempre se las aborda. El problema perenne con respecto al conocimiento social es: cómo y por qué la forma de pensamiento y su contenido cambian en direc- ciones divergentes y complementarias. En días antiguos, cuando la filosofía ape- nas abría los ojos, los pensadores trataban el problema de cómo pasar del mito a la lógica, de la simple opinión al verdadero conocimiento (Ortega y Gasset, 1967
citado por Moscovici, 2001: 10). En días más recientes, para un pensador de la modernidad como Hegel, el pensamiento consiste en convertir supuestos y re- presentaciones en conceptos.
Actualmente, desde el advenimiento de la ciencia y la sociedad industrial, el pro- blema es cómo pasar de la filosofía a la ciencia moderna, de las creencias religio- sas a la racionalidad secular. Cada ciencia social o psicológica reformula el pro- blema en sus propios términos: la antropología lo ve como el de pensamiento primitivo VS pensamiento civilizado, la magia VS la ciencia; la sociología se plan- tea cómo pasar de la ideología a la ciencia, del conocimiento no racional al cono- cimiento racional (Moscovici, 1988); la psicología y especialmente la psicología infantil se pregunta cómo ocurre el desarrollo de lo no racional a lo racional. Todas estas son versiones del problema fundamental de la epistemología en rela- ción con la transformación del sentido común en ciencia, la transición de la cien- cia preparadigmatica a la ciencia paradigmatica.
Sólo en los anales de la psicología social (y no sólo en sus anaqueles), se piensa en cómo la ciencia, dispersándose a través de la sociedad, se transforma en conoci- miento común o conocimiento secular. Es decir, cómo la ciencia llega a ser parte de nuestra herencia cultural, de nuestro pensamiento, de nuestro lenguaje, y de nuestras prácticas diarias. Cómo y por qué incontables nuevas ideas, imágenes ex- trañas, nombres esotéricos, relativos al universo, a la economía, al cuerpo, a la mente, a la salud y a la historia llegan a ser ideas aceptadas, escapándose a hurta- dillas de los laboratorios y las publicaciones de una pequeña comunidad científica para penetrar la conversación, las relaciones, el comportamiento de una gran co- munidad y llegar a difundirse en sus diccionarios y temas de lectura. Es decir, cómo buscar el objeto perdido aguas abajo y no sólo aguas arriba en un río to- rrentoso y lleno de meandros que se precipita hacia un mar infinito y misterioso. Más sorprendente es el hecho de que una gran variedad de temas de los más di- versos de ciencia, trabajos científicos, y muchos estudiosos, se combinan y unifi- can en una visión compartida, conformada por las intuiciones, los intereses, y la experiencia ordinaria. Incluso, si todas las interpretaciones ilusorias y cuestiona- bles son tomadas en cuenta, tal visión se manifiesta como una nueva dimensión cultural. De esta manera paradójica, la teoría de las representaciones sociales apa- reció mientras se estudiaba la versión contemporánea de un problema que se mantiene.
Desde luego, no es por azar la coexistencia de las ideas científicas y sociales en el mundo que nos circunda, los sistemas de clasificación para enfermedades, grupos de personas, o incluso especies animales o vegetales. De allí que Moscovici, S.
(2001) asegure que: “todos sabemos cuales son las primeras palabras que nos dice un doctor: bien, ¿cual es el problema?. Esta pregunta presupone que, como pa- cientes, somos capaces de dar un diagnóstico en el lenguaje diario. Es entonces el doctor el que traslada este diagnóstico al lenguaje medico”.
Más o menos lo mismo ocurre cuando estamos en contacto con otros expertos, sea en el área de los negocios, problemas familiares, mecánica automotriz, etc. Nuestro sentido común incluye una cantidad de saber como, formas en las cuales hacer amigos, tener éxito en la vida, evitar crisis, comer bien, y todas concuerdan en que el sentido común es una genuina enciclopedia de lugares comunes relati- vos a la psicología, que sirven a su propósito en muchas situaciones donde pare- cen valiosos. Incluso, los negociantes en el mercado, que no tienen una ciencia exacta a su disposición, se apoyan en un grupo de lugares comunes tales como “los árboles no crecen hasta el cielo”, indicando que el valor de las acciones no aumentan mas allá de un limite, o “compre cuando oiga cañones, venda cuando oiga violines” para indicar que debe comprar cuando la situación parece empeo- rar y vender en un periodo favorable.
Es sobre la base de este conocimiento como las personas son conscientes de su situación en el mundo. Son criterios para la toma de decisiones, armados sobre la base de la geografía popular, la medicina popular, la economía popular, o la física popular que, en retrospectiva, todos han sido exitosos.
Y en este horizonte no debe extrañar que el conocimiento cultural sea la base del nuestra ciencia moderna. Deum (1903: 179 citado en Moscovici, 2001) escribió: “nuestro más sublime conocimiento está, al final, basado en nada más que los hechos de sentido común”, pero esto no impide notar las diferencias entre el co- nocimiento social y el conocimiento científico, dado que la verdad o el error epis- temológico son su única piedra angular, el sentido común es adquirido por cada uno en el curso normal de la vida, es el conocimiento madre que asimilamos, sin entrenamiento específico, similar a como aprendemos la lengua materna. Es pro- bablemente universal, compartido por la mayoría de los miembros en una comu- nidad y satisface en forma extraordinaria el propósito para el cual pensamos. Somos conscientes de que el sentido común se desarrolla y cambia y en buena medida precede al advenimiento del conocimiento científico y la educación. Se difunde entre lo que se llama protociencias populares, un proceso comparable a lo que ocurre en la sociedades tradicionales (Jodelet, D. 1991 citada en Moscovi- ci, 2001).
La más espectacular característica de los tiempos modernos podría bien ser, al menos en occidente, que el compromiso de todos por aprender a leer y escribir,
se basa en el supuesto, que tiene la fuerza de una convicción, de que de esto de- pende el progreso educativo, la declinación del analfabetismo, el conocimiento en general y la diseminación de las ciencias. El arduo proceso de aprendizaje es presumiblemente recompensado por la sabiduría que llega a la gente. No obstante, lleva, por un lado, a la degradación de las protociencias populares y el conocimiento popular, considerados triviales, superficiales y falsos. Esto va de la mano con la afirmación expresada, por ejemplo, en la frase actualmente usada “vulgarización de la ciencia”.
Por otro lado, existe la sólida creencia de que el pensamiento científico debe remplazar el pensamiento secular y el saber popular. En otras palabras, la disemi- nación y socialización de la ciencia apunta a remplazar y eliminar el conocimiento secular y todas las formas comunes de conocimientos. Esta creencia también apa- rece en el Marxismo y el Liberalismo en las actuales practicas educacionales que parecen ser el prerrequisito para la moderna racionalidad.
Para autores como Moscovici, Heastone y Farr, es esta una creencia desestimu- lante que causa una perplejidad general pues la comunicación y la diseminación de la ciencia no pueden remplazar y reducir el sentido común. A la inversa, don- de el conocimiento común es exitoso, la ciencia se alimenta de él y se transforma en un nuevo sentido común (Moscovici y Heastone, 1983; Farr, 1993), de tal forma que se crean postciencias populares y se genera una considerable industria con su propia significancia y criterios que incluso son empleados por numerosos científicos.
Lo más valioso es que el sentido común contemporáneo no es producido por in- dividuos pensantes sino por sociedades pensantes organizadas en clubes, museos, bibliotecas públicas, bibliotecas políticas, cafés, asociaciones económicas o políti- cas, movimientos ecológicos, sala de espera medicas, grupos de terapia, grupos de amigos, clases de educación adulta, y en una larga lista de colectivos de pensa- miento.
Siempre que las personas hablan, hacen intercambios de opiniones, información o experiencias, suelen escuchar a aquellos que saben, acerca de la salud, la mente, la sociedad, en busca de nuevos saberes. A través de los canales usuales de co- municación, nuevas ideas científicas y descubrimientos técnicos o médicos llegan hacer parte del intelecto y del lenguaje normal. Incluso, en una forma extrema- damente simplificada, muchas teorías y descubrimientos aparecen en libros sobre curaciones y prevención de enfermedades, a fin de enseñar a las personas a au- mentar su autoestima o mantener la salud, y dan claves de cómo trabaja la mente, en-
tre mil consejos de la ciencia para la vida cotidiana. Estos libros prolongan y a su vez alimentan las conversaciones que toman un lugar cada vez más destacado. Moscovici (2001) demuestra que el conocimiento ordinario, el sentido común, no puede ser producido por el proverbial hombre de la calle; el científico intuitivo que busca y piensa sólo acerca de la información existente. El pensamiento consiste en su mayor parte en la búsqueda de intercambios y acuerdos, procura el placer del grupo. El conocimiento común resulta de incontables transacciones de dialo- go pensante. En cualquier caso, la novela ilustra la idea de la transición de las nuevas ciencias a las nuevas postciencias populares que la cultura apropia, en un proceso por el cual la primera genera las segundas.