encuentran tienden a ser menos personales y estar más arraigados en la experiencia de la herencia cultural del paciente, tanto si éste tiene o no conocimiento personal de la imagen o de la conducta.
Por desgracia, una palabra maravillosa como arquetipo parece ser demasiado filosófica y literaria para los científicos modernos; les trae recuerdos de las imágenes ideales de Platón y otros temas igualmente tabú. Naturalmente, Jung escogió la palabra arquetipo precisamente por esa razón, dándose cuenta de que mucho antes que la ciencia, nuestros grandes pensadores consiguieron atisbar debajo de la capa de la realidad física. Me gustaría utilizar un término más para arquetipo -invariante cognitiva- una expresión algo torpe que podría ser más aceptada y resultar más inteligible para la ciencia moderna. Cognición es el proceso mental de saber o percibir, invariante significa constante; de aquí esas constantes que en parte determinan nuestro conocimiento de la realidad.
Se está dando actualmente una serie de investigaciones que traspasan una amplia gama de ciencias, y que se reúnen bajo el término general de ciencia cognitiva. Howard Gardner, en su libro The Mind's New Science, describe la ciencia cognitiva como: «... un intento contemporáneo y basado en lo empírico de dar respuesta a antiguas cuestiones epistemológicas, en particular a aquellas relacionadas con la naturaleza del conocimiento, sus componentes, sus fuentes, su desarrollo y su despliegue.»23
Los arquetipos o invariantes cognitivas encajan en cualquier estudio así, puesto que si existen, son definitivamente «componentes» de conocimiento, «fuentes» de conocimiento, y están muy implicados en el «desarrollo» y el «despliegue» de nuestro conocimiento de la realidad. De acuerdo con ello, a lo largo de este libro utilizaré ocasionalmente la expresión invariante cognitiva en lugar de arquetipo, cuando me refiera a los arquetipos en general. Normalmente utilizaré la palabra arquetipo cuando hable de alguno en particular.
Mi ejemplo favorito de arquetipo (en este caso el arquetipo de la madre) se refiere al distinguido etólogo, ya fallecido, Konrad Lorenz y a una cría de oca que creía que Lorenz era su madre.24 Lorenz obtuvo el premio Nobel, en gran parte por su descubrimiento de la manera en que se detona la conducta instintiva en los animales. Descubrió que los animales (incluyendo a los hombres y a las mujeres, por supuesto) nacen con unas predisposiciones internas hacia unas conductas altamente específicas. Una conducta instintiva particular puede estar latente en el animal durante años, hasta que llega el momento en que es necesaria. Cuando llega ese momento, la conducta innata y colectiva es detonada por unos estímulos exteriores específicos. Lorenz denominó a este
23 Howard Gardner, The Mind's New Science, Nueva York, Basic Boolts, 1985, pàg. 6. 24Konrad Lorenz, King's Solomon's Ring, Nueva York, Signet, division de New American Library, 1972.
proceso «grabar o imprimir.» (Recuerde que arquetipo se deriva del griego «primer grabador.»)
En efecto, Lorenz estaba resucitando la teoría de los instintos, no muy en boga entre los científicos, pero él añadió una pieza más al rompecabezas: mediante la meticulosa observación de cómo se realizaba la grabación, fue capaz de ofrecer los detalles de cómo funcionan realmente esas conductas instintivas. Por ejemplo, mientras estudiaba la conducta de las ocas, ocurrió que Lorenz estuvo presente en el momento en que un polluelo de oca salía del cascarón. La cría imprimió el arquetipo madre sobre Lorenz; es decir, el polluelo decidió que Lorenz era su madre. El King Sobmon's Ring contiene una maravillosa fotografía de Lorenz caminando, absorto en sus pensamientos, con la cría de oca anadeando tras él, de la manera en que las crías siempre marchan detrás de sus madres.
Por supuesto Lorenz no se parece en nada a una oca. Ni tampoco habla como una oca, ni actúa como una oca, etc. Por lo tanto, el arque- tipo de la madre no puede estar archivado dentro de la cría como una imagen que le diga qué aspecto debería tener una madre oca. El arque- tipo tiene que ser lo suficientemente flexible para adaptarse a una expe- riencia personal de la madre tan diferente de una madre oca normal como fue el caso de Konrad Lorenz. Eso es a lo que Jung se refería al insistir en que los arquetipos no tienen una forma determinada.
Jung se encontró con arquetipos del exterior en el interior, a través de su estudio de los complejos. No obstante, como hemos visto en el caso de la cría de oca, es claramente el arquetipo lo que aparece primero. Imaginemos a un bebé humano en lugar de la cría de oca. Debe de contener un arquetipo de la madre que pueda grabar sobre su propia madre. Ese arquetipo al parecer contiene toda la historia humana sobre la interacción de madre e hijo, y probablemente toda la historia animal también. Una relación que ha sido tan importante durante tanto tiempo atrae energía, energía que da forma a la relación del recién nacido con su madre física.
Cada bebé es único y cada madre es única. Por lo tanto, cada bebé tiene que adaptar su relación individual con su madre al arquetipo colectivo de la madre. Por ejemplo, ya desde el nacimiento el niño sabe cómo mamar. Como todo niño criado con biberón sabe, ese comportamiento es perfectamente capaz de adaptarse a un biberón en luchar de a un pecho. Todo bebé sabe cómo llorar y cómo sonreír. (Todos hemos oído el argumento de que lo que llamamos
sonrisa es sólo una reacción a los gases. No obstante, investigaciones más recientes parecen indicar que un bebé sonríe para atraer a sus padres.) Si un bebé llora y descubre que inmediatamente la madre está allí para ver cuál es el problema, crecerá con una adaptación diferente a la vida que un bebé cuya madre ignora el llanto y mantiene un horario regular de horas para dormir y para comer.
Durante los años que un bebé tarda en desarrollarse hasta llegar a adulto, adquiere una gran cantidad de recuerdos de su madre que se agrupan alrededor del arquetipo de la madre para formar un complejo de asociaciones relacionadas con ella. Esencialmente hemos formado una madre interior que tiene tanto características universales como características específicas de nuestra madre en particular
Cuando tenemos que tratar con situaciones similares a las que vivimos con nuestra madre, nos basamos en el complejo materno. Por ejemplo, cuando un bebé hembra se convierte en una niña de tres años y empieza a hacer algo que sabe que es malo, podría decir en voz alta: «Niña mala». Ésa es la madre interior que está funcionando. Si se cae y se araña la rodilla, irá corriendo hacia su madre para que ésta la consuele. Si la madre no está disponible, probablemente se abrazará a sí misma como si fuera la madre quien lo estuviera haciendo.
Cuando esta niña finalmente se convierte en adulta, seguirá basán- dose en el complejo materno cuando la situación lo requiera. Si su relación con la madre ha sido positiva, podrá extraer consuelo y atención de su madre interior cuando sea necesario. Si la relación con la madre no ha sido buena, es probable que tenga dificultades para confiar en alguien porque ella verá cualquier situación en que se requieran cuidados a través del cristal de sus propias y tristes experiencias.
Recuerde que el complejo materno tiene en su núcleo un arquetipo colectivo de madre que no tiene nada que ver con la madre concreta. En los últimos años, los psicólogos han empezado a estudiar niños con trasfondos familiares terribles que de alguna manera lograron convertirse en personas sanas y de éxito (muchas veces llamados «superniños»). Éstos se dirigen hacia otros adultos para obtener el cariño y el apoyo que no obtienen de sus padres. A veces logran encontrar un adulto o un profesor especial que se puede convertir en padre o madre sustituto. Más frecuentemente, se las arreglan para construir el padre y la madre que necesitan con las diversas características de varios adultos distintos. Esto es realmente asombroso y sólo explicable si estos niños ya tienen alguna plantilla interior de la madre y del padre que puedan comparar con sus experiencias de la vida exterior.