Hablaré más extensamente de las cuatro funciones, pero veamos primero brevemente la función inferior. Pongamos que somos del tipo pensamiento (con ello quiero decir alguien cuya función superior sea el pensamiento). Como lo sabemos utilizar bien, casi siempre preferimos pensar antes que sentir. Incluso sustituiremos el sentimiento por el pensamiento en situaciones que claramente sugieren que lo indicado sería el sentimiento. Nuestra función de sentimiento, que ya desde un principio no marchaba demasiado bien, va empeorando por su falta de utilización.
Sin embargo, como necesitamos algo en lo que pensar, nos vemos empujados a utilizar o bien la sensación o bien la intuición para pertrecharnos de la materia prima que nuestra función de pensamiento refinará hasta conseguir un metal de primera calidad. Probablemente nos decidiremos casi siempre por alguna de las dos (sensación o intuición), pero no existe un conflicto inherente entre cualquiera de ellas y nuestra función superior de pensamiento. Aunque no podemos percibir e intuir a la vez, cualquiera de las dos cosas encaja cómodamente con el pensamiento. Por lo tanto, es posible que con los años vayamos desarrollando tanto la sensación como la intuición hasta un elevado nivel, aunque siempre al servicio de la función superior: el pensamiento.
Mientras que las tres funciones (en este caso pensamiento, sensación e intuición) son utilizadas conscientemente, la función inferior, la del sentimiento, se ha convertido en inconsciente. Llegamos incluso a dejar de darnos cuenta de que es posible sentir algo. Cuando las circunstancias nos fuerzan de manera absoluta a sentir, nuestros sentimientos están contaminados con todo tipo de materiales inconscientes, tanto buenos como malos. En momentos de debilidad, el inconsciente se desborda de nuestra función inferior y nos inunda. Nuestra función inferior se convierte entonces en nuestro portal de entrada al inconsciente, y el inconsciente es la fuente de todo lo que es mágico y maravilloso en la vida.
Si Freud hubiera tenido razón y nuestro inconsciente consistiera en nada más que recuerdos reprimidos, no sería mágico. Pero no la tenía: debajo de esos recuerdos reprimidos (el inconsciente personal), existe una enorme cueva, dinámicamente autorregulada, de recuerdos
colectivos. Al parecer no tiene límites de tiempo ni de espacio; supuestamente puede extenderse hacia el futuro así como hacia el pasado. En tiempo presente nos puede proporcionar información sobre acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros de distancia. El inconsciente colectivo nos conecta con todos y con todo lo que existe o jamás ha existido, y quizá que existirá. (Hablaré más sobre el tema en el capítulo dedicado al Sí-Mismo.)
Todo sentimiento espiritual, toda revelación mística, toda experiencia creativa, proviene del inconsciente colectivo. Si existe o no un dios que esté más allá de esa experiencia es una cuestión metafísica que todos nos tenemos que contestar en algún momento u otro de la vida. Pero no se puede negar la calidad numinosa de nuestra experiencia del inconsciente colectivo a través de la función inferior.
Numinoso es una palabra acuñada por el teólogo Rudolph Otto42 que viene del latín «numen», que significa energía o genio creativo. Otto quería una palabra que expresara el sentimiento de temor reverencial y misterio que todos experimentamos en diversos momentos de la vida. Independientemente de nuestras creencias religiosas (o la falta de ellas), invariablemente experimentamos el inconsciente colectivo como numinoso. Puede ser numinoso y terrorífico, numinoso y protector, numinoso y abstracto, pero siempre numinoso. Ésta es una señal indefectible de que estamos tratando con un aspecto de la realidad que va más allá de lo humano.
En su opúsculo The Inferior Function43 la distinguida colega de Jung,
Marie-Louise von Franz, dice que la función inferior conlleva una enorme carga emocional. Ello es debido a que contiene toda la energía que ha sido desviada hacia el inconsciente cada vez que el consciente se mostraba incapaz de enfrentarse a algo. Por ello las personas se vuelven muy emocionales cuando tocan su función inferior. Ello puede resultar negativo, pero también ofrece la esperanza de poder desenterrar un tesoro de profundidades emocionales que antes habíamos negado o descuidado.
Igual que a veces resulta difícil decidir si una persona es introvertida o extravertida, también puede ser difícil determinar su función superior. Ello es especialmente cierto si tienen una función secundaria muy desarrollada. En ese caso, es más fácil encontrar la función inferior y deducir la superior. El truco consiste en encontrar qué función le resulta más difícil a la persona utilizar con éxito.
Por ejemplo, si dudamos de si una persona es del tipo pensamiento o sensación porque maneja bien ambas funciones, descubramos qué le resulta más irritante, si alguien que aporta sentimientos a temas que deberían ser desapasionados, o bien alguien que nos sale con grandes
42Rudolf Otto, The Idea of the Holy, Londres, Oxford University Press, reedición en rústica, 1958.
teorías. Si la intromisión de sentimientos resulta más molesta, es que es del tipo pensamiento. Si lo que le desagrada son las grandes teorías (una señal de un intuitivo), esta persona es el tipo sensación.
Si la persona no está segura, pídale que se imagine que está muy cansada. ¿Qué pasaría si alguien le viniera con un problema personal (sentimiento) o le pidiera que le diera una opinión instantánea sobre un proyecto (intuición). ¿Cuál le resultaría más frustrante? A veces sirve de ayuda llevarlo al plano personal: haga que la persona le describa a alguien realmente irritante. Casi siempre esa persona será la representante de la función inferior. Diré algo más sobre el tema en el siguiente capítulo, cuando trate del arquetipo de la sombra.
Si todo lo demás falla, los sueños le aportarán la respuesta, con el tiempo. La función inferior se suele personificar de manera muy poco halagadora en los sueños. Por ejemplo, en la primera fase de un análisis junguiano, un intuitivo soñó que tenía que pasar entre unas criaturas semihumanas que carecían de frente, sentadas por allí, en el suelo, mordisqueando comida, sin prestar atención a la porquería que las rodeaba. Ésa era una versión onírica de la sensación, como sólo un tipo intuitivo podría imaginarla.