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De Constantino a Teodosio

In document Historia de La Roma Antigua, Gonzalo Bravo (página 109-116)

1. Diocleciano y el bajo Im perio

1.2 De Constantino a Teodosio

1.2.1 La familia constantiniana

Durante m ás de medio siglo el Imperio fue regido por los m iem ­ bros de la familia constantiniana, pero fue Constantino, su precur­ sor, quien llevó a cabo las reformas más importantes. Considerado por un sector de la historiografía moderna como un auténtico re­ volucionario, Constantino consolidó el proceso reformista iniciado durante la Tetrarquía en los ámbitos militar, administrativo, m o­ netario y fiscal. Sólo en el ámbito religioso, su política no parece tener precedentes claros.

Siguiendo la reform a m ilitar diseñada por Diocleciano, Cons­ tantino aum entó el número de legiones reduciendo el contingente de soldados por legión — ahora de unos 1.000— con el fin de fa­ cilitar el desplazam iento de las unidades militares. Aunque sin cambios estructurales aparentes, se consolidó la estructura del ejér­ cito bajoim perial, integrado por dos clases de tropa: los lim itanei, así llamados por estar estacionados en las proximidades del limes, y los com itatenses, que formaban parte del comitatus del em pera­ dor, residían en las ciudades y acompañaban a éste en sus despla­ zam ientos interviniendo sólo en caso de emergencia. Esta diversi­ dad de funciones ha generado en la historiografía la imagen — no siempre real— de dos cuerpos de ejército diferentes: uno perm a­ nente, en las fronteras, y otro móvil, en el interior. Unos y otros, sin embargo, quedaron bajo el mando de dos nuevos jefes militares: el de la caballería (magister equitum) y el de infantería (magister

peditum). De ellos dependían otros oficiales y subalternos como los duces, comites, protectores y el nuevo cuerpo de los scholae pala- tinae que, en la práctica, reemplazó a la extinta guardia pretoriana

altoimperial.

En el ámbito administrativo, Constantino generalizó el princi­ pio de separación de poderes civiles y militares, que ahora alcanzó también al prefecto del pretorio, convertido en una autoridad civil con la m áxim a responsabilidad judicial de su demarcación, del que dependían a su vez gobernadores provinciales y vicarios. Sin ser una innovación constantiniana, los vicarii de las diócesis res­ pectivas se consolidaron también en esta época. Hacia el 320 el sis­ tem a adm inistrativo bajoimperial estaba plenamente configurado:

division jurisdiccional del Im perio en tres o cinco prefecturas; agrupación de las provincias en 12 diócesis con sus correspon­ dientes vicarios; sacralización de los altos cargos imperiales p ra e­

positus sacri cubiculi (asistente personal del emperador), quaestor sacri palatii (asesor del em perador en m ateria legal), comes sa­ crarum largitionum (responsable de las finanzas públicas); y cons­

titución de un nuevo cuerpo de funcionarios, los agentes in rebus, con funciones de policía, inspección, servicio secreto, correo im ­ perial, entre otras. En suma, un verdadero Estado burocrático, jerarquizado como la propia estructura civil, m ilitar y eclesiástica bajoimperial.

En el ámbito económico sobresalen dos importantes reformas: monetaria y fiscal. Basó el sistema de cambios en una nueva m o­ neda, el solidus de oro, acuñada con una ratio de 1:72 por libra, que puesta en circulación por la ceca de Tréveris en 309 se gene­ ralizó a partir del 324 y sobre todo del 331, cuando se expropió el oro de los templos paganos. También desde esta fecha el milia­

rense de plata (también a 1:72 por libra) desplazó de la circulación

al devaluado argenteus dioclecianeo. Finalmente, poco después del gobierno de Constantino se pusieron en circulación nuevas monedas: de plata, la siliqua (a 1:144 por libra), equivalente a 1/24 del solidus; de vellón, la maiorina, equivalente a 100 dena­ rios, y de bronce, el nummus centenionalis (a 1:120 por libra). Respecto a las finanzas, Constantino introdujo nuevos impuestos en el sistema fiscal con el fin de equilibrar el presupuesto estatal: el

crisárgiron o lustralis collatio, que gravaba las actividades co­

merciales; el aurum coronarium sobre los curiales, y otros dos sobre la clase senatorial: el aurum oblaticium y la glebalis collatio.

Pero la faceta más innovadora de Constantino es sin duda su política religiosa, que constituye un importante capítulo del con­ flicto religioso librado durante el siglo iv (cf. infra). Constantino suele ser considerado el primer emperador cristiano o, al menos, el artífice del Imperium Christianum. Según la tradición, él se habría convertido al cristianismo poco antes o inmediatamente después de su victoria frente a Majencio en 312 en el puente Milvio, cerca de Roma, que sería debida a la protección del crismón de los cristia­ nos que lucieron sus estandartes. No obstante, hay muchas dudas acerca de esta leyenda, elaborada a posteriori y recogida por Eu­ sebio como un sueño y una visión. La historiografía m oderna ha

4. la Roma bajoimperial

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Historia de la Roma antigua

especulado a menudo con el significado político de la conversión constantiniana, que relegaría a un segundo plano el conocimiento de sus convicciones personales en m ateria religiosa. Dos hechos plenam ente constatados, sin em bargo, apuntan hacia objetivos contradictorios. De un lado, la presunta conversión no modificó aparentem ente los símbolos tradicionales del poder imperial, que siguen nutriéndose en gran m edida de elem entos paganos (Soli invicto, en las leyendas monetales, iconografía) hasta el 326, en es­ tricta observancia del Edicto de M ilán del 313, que había procla­ mado la libertad de cultos en el Imperio; de otro lado, la victoria de C onstantino sobre Licinio — el emperador de Oriente— en 324 puso en m anos de aquél las provincias orientales, las más cristia­ nizadas del Imperio, a las que presuntamente el em perador consi­ deraría la base social de su poder. No fue una casualidad, por tan­ to, que en la últim a etapa de su gobierno decidiera trasladar la sede im perial a la nueva ciudad de Constantinopla, que llevaba su nombre.

La m uerte de Constantino en mayo del 337, en Constantinopla, planteó un problema sucesorio, a pesar de que él había asociado ya a sus cuatro hijos al poder nombrándolos césares (a Crispo y Cons­ tantino en 317, a Constancio en 324 y a Constante, el menor, en 333) y tam bién a Dalmacio otorgó el mismo título en 335 aun no perteneciendo a la familia imperial. Pero a su muerte, ninguno de los cuatro césares — Crispo fue ejecutado en 326— fue proclam a­ do augusto, por lo que se creó una extraña situación de interreg­

num que duró más de tres meses, hasta que en setiembre de ese año

los soldados de Constantinopla se amotinaron y tom aron la inicia­ tiva. Eliminaron primero a Dalmacio y proclamaron luego augustos a los tres césares, si bien se le asignó a Constantino II, el mayor, la tutela de sus dos hermanos (Constancio II y Constante) a juzgar por los títulos que se les otorgan: M aximus, el primero, pero sólo

Victor, los otros dos. En principio, en virtud de un reparto territo­

rial tácito Constantino II, desde Tréveris, controlaba la parte occi­ dental del Imperio; Constancio II, desde Antioquía, se ocupaba de los asuntos orientales, y a Constante se le asignó la conflictiva zona ilírica. Pero en 340 Constante reaccionó y dirigió sus tropas danubianas hacia Italia enfrentándose contra las de su hermano en Aquileya. La muerte de éste consolidó la incipiente división del Imperio: Constante gobernaría en Occidente mientras que Cons-

tancio II lo haría en Oriente. La situación se mantuvo hasta el 350, cuando el levantamiento del usurpador Magnencio en la Galia acabó con Constante. M agnencio fue proclam ado augusto y éste nombró césar a su hijo Decencio, solicitando el reconocimiento de Constancio II. Pero entretanto los soldados de Pannonia habían proclamado augusto a Vetranio y los senadores de Roma a N epo­ tiano, por lo que de nuevo el gobierno del Imperio dependía de cuatro emperadores simultáneos. Tras nom brar césar a su primo Galo encargándole de los asuntos orientales, Constancio II inició la marcha hacia Occidente contra Magnencio, que ya había eliminado de escena a Nepotiano. Con una hábil diplomacia Constancio logró congraciarse con Vetranio, a quien depuso sin ejecutar, y sobre todo el apoyo de los soldados danubianos. En 351 M agnencio, derrotado, tuvo que huir hacia la Galia, donde se suicidó en 353. Ya en 354, el césar Galo fue reclamado a Occidente por su mala gestión en Antioquía, pero fue depuesto en Panonias y decapita­ do poco después a su entrada en Italia. En 355, si no antes, Juliano — el hermano del césar Galo— fue enviado como césar a la Galia con la misión de detener el avance de las fuerzas germánicas. Ju­ liano fue proclamado augusto en febrero del 360, al parecer contra su voluntad. Consiguió la adhesión de las fuerzas alam anas de Vadomaro e informó a los provinciales y al Senado romano de la situación. Pero la muerte de Constancio II en Cilicia, en plena ex­ pedición, evitó una nueva guerra civil. Juliano quedó entonces como único emperador.

Durante los dos años siguientes (361-363) Juliano gobernó el Imperio, si bien su atención se centró especialmente en los asuntos orientales. Fue el último representante de la familia constantiniana y, en cierto sentido, pretendió dar un vuelco a la situación genera­ da por la política de su precursor Constantino. Las primeras medi­ das tomadas por Juliano fueron encaminadas a recuperar la sim- bología religiosa pagana, fundamento de la cultura clásica, pero resquebrajada tras casi cincuenta años de gobiernos procristianos. Muchas de estas medidas iban en contra claramente del poder que había adquirido la Iglesia mediante inmunidad o exenciones fisca­ les, incremento de patrimonio, presencia de los cristianos en el ejército, la escuela o la burocracia imperial. Ya en 363 organizó una campaña contra los persas en colaboración con Procopio, pre­ sunto heredero, a quien Juliano había entregado simbólicamente

Historia de ia Roma antigua

antes de partir un manto de púrpura. La rotunda victoria de Juliano, que llegó hasta Ctesifonte — la capital del reino persa— , se vio em ­ pañada por la muerte del emperador a su regreso, víctima de una emboscada.

1.2.2 Los Valentinianos

El problema sucesorio se planteó de nuevo y con nuevos elementos. A la tradicional indecisión de los soldados se sumó la clara escisión de los oficiales en dos grupos dominantes: el asiático, en tom o a Procopio, y el galo, liderado por el prefecto del pretorio de Oriente Saludo Secundo. La rivalidad entre ambos dio la oportunidad de consenso al grupo de oficiales de origen ilirio, al que pertenecía el jefe (primicerius) de los domestici, Flavio Joviano, que fue procla­ mado emperador como solución de compromiso para evitar el vacío de poder. No obstante, en favor de Joviano estaba su condición de cristiano y su actitud de tolerancia hacia los paganos. En pocos meses restableció la estabilidad política ayudado, en Occidente, por su suegro Luciliano y un oficial de origen panonio llam a­ do Valentiniano. La inesperada muerte de Joviano en Galatia dio a Valentiniano la oportunidad de coronar su brillante carrera militar con el trono imperial. Aclamado por el ejército en febrero del 365, Valentiniano fue aceptado por la cúpula de oficiales con la condi­ ción de que nombrase inmediatamente a un colega que no fuese de origen ilirio. Pasado un mes Valentiniano I proclamó augusto a su hermano Valente sin resistencia aparente. Este, desde Constantino­ pla, se ocuparía de los asuntos orientales, centrados en dos frentes simultáneos y muy diferentes: la rebelión de Procopio, que ayudado por una facción del ejército oriental y los visigodos de Atanarico se consideraba el heredero legítimo de Juliano, y las arduas disputas entre cristianos y arríanos en las Iglesias orientales. Eliminado Pro- copio, Valente tuvo que reforzar la defensa de las fronteras frente a los godos del norte del Danubio y a los persas del limes oriental. En 373 logró derrotar a un ejército persa, por lo que el rey Sapor II se vio obligado a aceptar un armisticio. En 376 firmó un tratado con Fritigemo, en el que se permitía el asentamiento de los visigodos en tierras próximas al limes. Pero en uno de estos enfrentamientos murió en la batalla de Adrianópolis luchando contra los visigodos

4. La Roma bajoimperíai

en 378, derrota que fue considerada por los contemporáneos «un de­ sastre para el Imperio» y que permitiría el asentamiento masivo de grupos germánicos en territorio romano.

Entretanto, en Occidente, su hermano V alentiniano I acabó enfrentándose con los grupos que inicialmente le encumbraron al poder imperial. Tolerante en m ateria religiosa, Valentiniano eligió a menudo a sus colaboradores entre los paganos, hasta el punto de que desde el 365 al 375 los altos cargos de la adm inistración im­ perial (prefectura de Roma, prefectura del pretorio) fueron confia­ dos a miembros de la tradicional nobleza romana, todavía pagana: Símaco, Volusiano, Pretextato o Petronio Probo. Pero entre 368 y 370 el em perador tomó una serie de m edidas en favor de los gru­ pos inferiores y, en consecuencia, abiertamente en contra de los in­ tereses senatoriales: creación del defensor civitatis, con jurisdicción sobre préstamos, deudas o abusos fiscales; ordenó la confiscación de los bienes de m uchos aristócratas, asignó un im puesto a las tierras públicas de las ciudades y responsabilizó de los gastos m u­ nicipales a los honorati. Además modificó la tradicional escala de status personal situando los rangos de vir illustris y vir specta­

bilis — reservados a los miembros del comitatus imperial— por en­

cima de los viri clarissimi senatoriales.

Pero la faceta quizá más saliente de este em perador de origen panonio fue la infatigable actividad militar en las fronteras y fren­ tes occidentales: alamanes, cuados, sármatas, francos, pictos, sa­ jones, mauritanos. En casi todos ellos, pero especialm ente en Bri­ tannia y Africa, contó con la colaboración de un oficial de origen hispano, a quien nombró magister equitum, llamado Flavio Teo­ dosio, el padre del futuro emperador. Muerto Valentiniano I a fi­ nales del 375 en Brigetio (Panonia) en plena campaña contra los sármatas, su hijo Graciano — ya elevado a augusto en 367— le su­ cedió en el gobierno de Occidente, que ahora debió com partir con su herm anastro Valentiniano II, proclam ado augusto en A quin­

cum con tan sólo cuatro años, pero que gozaba del reconocimiento

de su tío y tutor, el emperador Valente, y del apoyo de la em pera­ triz Justina y de un nutrido grupo de militares panónicos. Ya a co­ mienzos del 376 el nuevo emperador, que se había educado en el círculo galo liderado por Ausonio, se vio comprometido en la ex­ traña ejecución del magister Theodosius en Cartago, un suceso que tendría importantes implicaciones políticas.

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1.2.3 Teodosio y sus sucesores

La inexplicable muerte de Flavio Teodosio hizo que su hijo — el futuro em perador— abandonara su cargo de dux Moesiae y re­ gresara a Hispania, al parecer sin intención de proseguir su carrera política. Pero dos años después fue reclamado por el propio em ­ perador Graciano para ocuparse de la frontera danubiana. En la de­ cisión de Graciano influyó probablemente la presión del círculo galo —-si no hispano— que pretendía así resarcirse de la ofensa infligida a la familia del destacado magister hispano. A la muerte de Valente en 378, Graciano tuvo que aceptar la proclam ación de Teodosio en Sirmium como augusto en 379, vencedor sobre los sármatas. Pero hasta finales del 380 el nuevo emperador no llegó a Constantinopla, después de negociar la paz con los godos de Ata- narico. Precisamente una de las primeras medidas políticas fue concertar mediante fo ed u s el asentamiento en territorio romano de los godos «vencedores» en tierras de Tracia, lo que se llevaría a cabo en 382.

En 380, en Occidente, el em perador Graciano fue incapaz de im ponerse con sus tropas a las del usurpador M agno M áxim o — tam bién de origen hispano— , quien le derrotó en Lyon en 383, convirtiéndose así en corregente con Valentiniano II, en su sede fronteriza de Sirmium. En vano intentó M áximo conseguir algo más que el reconocimiento formal de Teodosio, pero éste no le otorgó la legitim idad solicitada. La familia imperial danubiana tuvo que desplazarse a Tesalónica y pidió protección a Teodosio. Éste organizó una expedición occidental contra las tropas de M á­ ximo y su hijo Flavio V ictor — también proclamado augusto— , que tras varios combates se enfrentaron definitivamente en Aqui- leya en agosto del 388, donde murió Máximo. Entre 389 y 391 Teodosio fijó su sede imperial en M ilán para seguir de cerca los asuntos occidentales. Su ausencia en Constantinopla quedó cu­ bierta m ediante el nom bram iento de su hijo Arcadio como augus­ to. La estancia en Italia de Teodosio supuso periódicos enfrenta­ mientos dialécticos con el poder de la Iglesia, representado por la influyente figura de Ambrosio, el obispo de Milán, y con el Sena­ do romano, en el que todavía existía un grupo de paganos recalci­ trantes que seguían reivindicando la libertad de cultos que el em ­ perador parecía rechazar. En el verano del 391 el em perador

regresó a Constantinopla. Pero al año siguiente la situación de Occidente se complicó de nuevo. Valentiniano II murió probable­ mente a manos del franco Arbogasto, que nombró augusto al usur­ pador Eugenio en Lyon en agosto del 392, a quien Teodosio se negó a reconocer. En su lugar elevó a augusto a su hijo Honorio en 393. En 394 Arbogasto y Eugenio lograron el apoyo del Senado de Roma — liderado por Nicómaco Flaviano y su hijo— para enfren­ tarse a las tropas imperiales de Teodosio que se dirigían a Italia a través del Ilírico. Aunque los oponentes se hicieron fuertes en el norte de Italia, Teodosio logró una fácil victoria sobre todos ellos a las orillas del río Frígido, restaurando así por segunda vez la unidad imperial. Ya en la sede de Milán, Teodosio reclamó la presencia de sus hijos Honorio y Gala Placidia, que le acompañaron hasta su muerte, el 17 de enero del 395, no sin antes haber institucionaliza­ do la partitio imperii, que ya funcionaba de hecho, entre sus dos hi­ jos, poniendo fin a las luchas dinásticas que habían caracterizado la política imperial de las últimas tres décadas.

2. Paganos y cristianos: claves de una polémica

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