4. Los enemigos del orden rom ano
4.4 Reacción de los provinciales
El sistema institucional romano contaba con m ecanismos adecua dos para poder controlar las diversas fórmulas de asentamiento ensayadas. Los códigos visigóticos y las leyes burgundias y ostro godas han dejado constancia fiel de las condiciones en que tales asentamientos se llevaron a cabo. Aunque no hay consenso entre los historiadores acerca de la forma concreta de asentamiento uti lizada en cada caso, no hay duda alguna de que la presencia de es tos grupos foráneos tuvo importantes repercusiones económicas para los provinciales. En efecto, los foedera romano-germánicos combinaban generalmente dos fórmulas institucionales existentes en la práctica común de las relaciones sociales romanas: el hospi-
Historia de la Roma antigua
tium, que desde antiguo había regulado las relaciones de romanos e
indígenas, y la hospitalitas que, desde época republicana, proveía el alojam iento de los soldados y oficiales del ejército romano. Cualquiera que haya sido la fórmula empleada no parece que haya sido la misma en todos los casos. Según la documentación jurídica de la época los ostrogodos de Italia recibirían 1/3 de las tierras de los propietarios provinciales m ientras que entre los visigodos se rían 2/3 y entre los burgundios de la Galia se proveería también con la cesión de 1/3 de los hom bres «vinculados a su explota ción». La puesta en práctica de estas medidas supondría expropia ciones masivas a los possessores provinciales, lo que no podría ha berse hecho sin resistencia. Sin em bargo, no hay quejas en el campo contra los bárbaros y sí las hay en cambio en las ciudades, lo que no deja de ser sorprendente. Por ello se ha propuesto como interpretación que las cesiones no habrían exigido repartos territo riales sensu stricto sino simple detracción de una parte de los be neficios de las explotaciones, probablem ente mediante la percep ción por los bárbaros de los im puestos de los provinciales que hasta entonces habían sido entregados a las autoridades imperiales. De esta forma, el Estado compensaba la pérdida de algunos ingre sos fiscales con la lealtad m ilitar de los foederati.
La reacción de los provinciales no se hizo esperar. Muerto Es- tilicón en 408, el control de los asuntos occidentales recayó en el patricio Constancio. Los visigodos de Alarico abandonaron el Nó- rico y volvieron a Italia, donde el em perador Honorio resistía en R ávena con la familia imperial y se negaba a entregar tierras para el asentam iento definitivo de éstos. Tales negativas provocaron el asedio de Roma — tres veces en sólo dos años— , el secuestro del Senado para proponer un nuevo emperador, el galo Prisco Atalo y, finalm ente, la tom a de Gala Placidia — herm ana de Honorio— como rehén para presionar al em perador a aceptar las condiciones exigidas.
La fragmentación del poder en estos años era evidente. Había llegado el momento de que las aristocracias provinciales tomasen la iniciativa. Sin apenas protección imperial y abandonados a sus propios recursos, los provinciales organizaron la resistencia contra los bárbaros, pero también tom aron medidas políticas para paliar en lo posible la indefensión en que les había dejado el poder cen tral. Entre 407 y 413 los aristócratas galos apoyaron los levanta
mientos militares en su territorio así como las correspondientes proclamaciones imperiales: Constantino III y su hijo Constante, Máximo — general de su ejército— , Jo vino y su hermano Sebas tiano, ambos aristócratas galos. También llegaron a la Galia los vi sigodos de Ataúlfo, quien se casó con Gala Placidia en Narbona y fijó su sede real en Burdeos algunos años después. Por otra parte, ya desde el 409 el grueso del grupo germánico que m erodeaba por el sur de la Galia había pasado a Hispania a través de los pasos practicables de los Pirineos. Aunque suevos, vándalos y alanos probablemente habían pactado la entrada en Hispania con el usur pador Constantino III o algún general de su ejército como Geron- cio, tuvieron que vencer la resistencia de los aristócratas hispanos Dídimo y Veriniano, primos de Honorio, que habían movilizado a sus esclavos y colonos para frenarlos. Tras algunos enfrentam ien tos en tierras de Lusitania, los bárbaros se impusieron finalmente a las fuerzas hispánicas en cam pi palentini, según Orosio. Como resultado estos nuevos grupos se repartieron el territorio peninsu lar: los suevos y vándalos asdingos ocuparon el área noroccidental; los vándalos si lingos se dirigieron hacia el sur y los alanos se re partieron por tierras de la Meseta y del Levante. Pero en 415, pre sionado por las fuerzas imperiales en el sur de la Galia, Ataúlfo de cidió trasladar su corte visigoda a Barcino (Barcelona), aunque moriría poco después. Su sucesor W alia concertó un fo ed u s en 415 con el emperador Honorio a través del general Constancio, en virtud del cual se cedía a los visigodos las tierras de la provincia Aquitania II para su asentamiento definitivo (418). Era el prim er reino bárbaro independiente en pleno territorio romano.
Otro importante factor de debilitamiento del Imperio romano de Occidente fueron las revueltas campesinas o urbanas, promovi das o sufridas por los provinciales.
En las provincias africanas — y especialm ente en Num idia— desde mediados del siglo iv los circumcelliones habían generado tal inestabilidad que Agustín aludió a la ruptura de la unidad (fu
gitur unitas) para describir el proceso. Se llam aban así a los que
merodeaban las haciendas rurales o cellae, que, según el obispo de Hipona, se sumaban a los rusticani (campesinos) y servi fug itivi (esclavos fugitivos). Sus acciones eran de tal trascendencia que, se gún Optato de Mileve — otro autor africano contemporáneo— , en ocasiones lograban invertir el status social entre dueños y esclavos.
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A unque, de hecho, estas revueltas no sean tan revolucionarias com o algunos textos podrían hacem os creer, no hay duda de que pusieron en entredicho el orden social romano todavía vigente.
El caso más claro y trascendental en este sentido fue el de los bagaudas galo-hispánicos. Se llamaban así a unos grupos o bandas armadas que, sin aparente organización militar, durante casi trein ta años (407-437) controlaron gran parte de la Galia y durante más de diez (441-454) el territorio occidental de la provincia Ta rraconense en Hispania. En uno y otro caso, sin embargo, la ba- gauda surge en un clima de descontento generalizado que en los textos de la época — especialm ente de Salviano— se relaciona con la injusticia social, las desigualdades entre ricos y pobres, po derosos (potentes) y débiles (tenuiores). En tales circunstancias las revueltas sociales emergieron de nuevo con una virulencia inu sual concitando a individuos de m uy distinta condición social: campesinos armiñados, operarios urbanos sin trabajo, persegui dos por la justicia, bandidos y gm pos bárbaros que a menudo se cundaron estas rebeliones. Todos ellos parecen haber formado un frente común contra el Estado romano o lo que quedaba de él en las provincias, es decir, los representantes del poder imperial: la aristocracia terrateniente y los obispos. No obstante, el hecho de que en el movimiento bagáudico galo-hispánico no participaran ex presam ente colonos — como ha demostrado G. Bravo— y que, se supone, trabajarían en las haciendas de los grandes propietarios, ha suscitado recientemente la tesis — defendida sobre todo por R. van Dam — de que estos últimos serían los propios instigadores de la bagauda, lo que no parece probable. Tampoco parece que las re vueltas hayan atentado directamente contra la Iglesia por el hecho fortuito de que en la bagauda hispánica un obispo de Turiaso (Ta- razona) resultara muerto en la refriega del año 449 cuando se en contraba en su iglesia junto con unos federados, tal como nos lo transm ite Hidacio; pero en otras conexiones religiosas del con flicto los obispos galos aparecen a favor de la bagauda y no como sus enemigos. Las razones de estas revueltas no son claras, pero tam poco parece que puedan reducirse a una sola causa: sea de ca rácter social, como la opresión de los campesinos por los potentes, sea de naturaleza política, como las pretensiones autonomistas o se paratistas de ciertas regiones del Imperio tales como Britannia, Bretaña, Armórica, Aquitania y Vasconia. Ésta es la versión di
fundida ante todo en los textos galos de la época. Tibatón, un líder carismático de la revuelta considerado princeps del movimiento, fiie acusado de provocar la sedición (secessio) de casi toda la Galia
(omnia paene Galliarum servitia) hacia el 435, siendo reducido fi
nalmente en 437 por Litorio con la ayuda de la caballería de los hunos. A unos años antes debe referirse la situación de la Arm ori ca, referida en un texto dramático denom inado el Querolus, en el que se alude a la sustitución de la ley rom ana por el ius gentium y a la pretendida igualación social entre ricos y pobres. Más explíci to en este sentido es el De gubernatione dei de Salviano de M ar sella, en el que los bagaudas son justificados por la injusticia social de la época y los abusos de los potentes sobre los tenuiores o sim plem ente pauperes. Por su parte Hidacio recogió en su Chronica, aunque de forma esquemática, los sucesos de la bagauda hispánica entre 441 y 454, cuando fueron finalmente derrotados ex auctori
tate romana en algún lugar de la Tarraconense por las tropas fe
deradas de Federico, hermano del rey visigodo Teodorico II. Pero el movimiento revolucionario no se extendió a otras áreas, por lo que los efectos de éste fueron limitados a determinadas pro vincias y lugares. No obstante, la Armórica en la Galia y la Tarra conense en Hispania, y probablem ente tam bién Britannia y los Alpes, se vieron afectadas por estas revueltas. Incluso más, si se acepta la aparente continuidad de estas revueltas (Britannia: 407; Alpes: 408; Galia: 407-437, e Hispania: 441-454), puede decirse que durante la primera mitad del siglo v gran parte del Imperio Oc cidental conoció estos episodios cuando ya Roma había perdido el control político de la m ayoría de las provincias occidentales. De hecho, hacia el 441, cuando se produce la prim era manifestación bagáudica en tierras hispánicas, el gobierno central rom ano sólo controlaba ya la provincia Tarraconense de las cinco existentes en el área peninsular. Para entonces, a mediados del siglo v, el Im perio occidental, de hecho, ya no existía.
4. La Roma bajoimperíal