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La constitución de la subjetividad en las patologías del lenguaje

Hernández, Rocío Belén: “La constitución de la subjetividad en las patologías del lenguaje”

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Ludwig Wittgenstein, Tractatus 5.6, 1922 El objetivo de este trabajo es reflexionar desde una perspectiva socio y psicolingüística sobre las relaciones, incidencias e implicancias entre los trastornos del lenguaje y los trastornos de la subjetividad. A tal efecto, haré primero mención al modo en que las ciencias médicas y las neurociencias entienden los vínculos en cuestión. Sin embargo, considerando el punto de vista restringido de mi formación, no corresponde entrar en la descripción o estudio de las patologías pero sí, en cambio, realizar lo indicado en el objetivo del trabajo.

¿Qué es el lenguaje?... una pregunta que no tiene nada de inocente. A lo largo de la historia, la manera en que ha sido interpretado ha ido variando considerablemente. Cristina Corredor Lanas, en el libro Filosofía del lenguaje. Una aproximación a las teorías del significado del siglo XX (1999), indica tres grandes hitos dentro del recorrido histórico: el primero signado por el ‘paradigma ontológico’, característico de la filosofía griega, donde el lenguaje aparece como un objeto más entre otros; el segundo regido por el ‘paradigma mentalista’, el cual comienza a surgir a fines de la Edad Media y cuestiona la adecuación conciencia-objeto presente en el primer paradigma; y finalmente, un tercer momento gobernado por el ‘paradigma del lenguaje’, donde la conciencia está subordinada al lenguaje. Éste “…pasa a ser un fenómeno de carácter único y fundante: las estructuras categoriales de la realidad, así como su apropiación por parte de los seres humanos–incluida su realización en el “habla callada” del pensamiento-, se comprenden desde el lenguaje”.1 Dos funciones centrales vienen a configurar esta nueva perspectiva sobre él: por un lado, su función comunicativa y por otro, su función epistémica. En tanto que la primera reclama atender al aspecto intersubjetivo del habla y a la comunicación que posibilita, la segunda requiere reconocer el valor del lenguaje como posibilidad de conocer el mundo. Dentro de las teorías de la comunicación, son de fundamental importancia las investigaciones realizadas por el Círculo Lingüístico de Praga, que siguiendo pero también apartándose de Ferdinand de Saussure, insistió en reparar en el funcionamiento del código lingüístico y en la naturaleza comunicativa del lenguaje. A través de su aporte teórico, Émile Benveniste estudió la puesta en funcionamiento del ‘aparato formal de la enunciación’ y la correlativa emergencia de la subjetividad en el discurso. A su vez, desde una mirada marxista, Valentín Voloshinov hizo

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su contribución significativa al evidenciar la relación existente entre lenguaje e ideología, es decir, al focalizar en la dimensión simbólica del signo lingüístico. Como explica Terry Eagleton, para este lingüista, “…el signo y su situación están inextricablemente unidos, y esta situación determina desde dentro la forma y estructura de una expresión”.2 De aquí, la célebre analogía de Voloshinov del signo lingüístico como “arena de la lucha de clases”. Lev Vygotski, si bien comparte el planteo ideológico de Voloshinov, centra sus estudios en el valor epistémico del lenguaje y así elabora una teoría en la que la interacción lingüística es fundamental. Destacó la filiación entre el pensamiento y el lenguaje, el ‘habla externa’ y el ‘habla interna’, poniendo de relieve el estatus lingüístico de la conciencia, definida, sin más, como “contacto social con uno mismo”. Para él, la adquisición del lenguaje es un proceso de aprendizaje gracias al cual el habla del otro deviene habla de sí y para sí, razón por la que el niño aprende a autorregularse y gana la posibilidad de interactuar con el otro–la voz del otro-: soporte, ayuda o guía fundamental para que surja el conocimiento.3

Otro es el punto de vista de las ciencias de la salud y el de las neurociencias, disciplinas que por lo general ven en el lenguaje un elemento anecdótico o circunstancial, habitualmente, un mero medio para interpretar la realidad. Dado esto, no es de extrañar que, en ocasiones, un trastorno del lenguaje sea en realidad interpretado como simple sintomatología de una enfermedad o lesión cerebral sin llegar a calcular los efectos inversos, es decir, los alcances que puede tener una afección del lenguaje en el sujeto psico-social y no en el sujeto empírico o biológico.

En sentido médico, cuando se habla de patologías del lenguaje, se hace referencia al conocimiento de enfermedades por las que el lenguaje o alguna de sus funciones se ven afectadas. Al respecto, Juan E. Azcoaga, Berta Derman y Walter M. Frutos, quienes trabajaron en el campo de la neuropsicología, de la fonoaudiología, y de la psicopatología, respectivamente, en Alteraciones del lenguaje en el niño (1971), señalan que “…una inhibición de funciones del lenguaje, en unos casos corresponde sólo a la elocución, mientras que en otros afecta a la comprensión del lenguaje”.4 Asimismo, indican que las causas de estos trastornos particulares pueden ser de distinto tipo: auditivas, neurológicas, o bien, psíquicas.

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Eagleton, Terry. Ideología. Una introducción. Trad. de Jorge Vigil Rubio, Barcelona: Paidós, 2005, pág. 251.

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El concepto de ‘Zona de Desarrollo Potencial’ es clave para comprender esto. Vygotski introduce dos conceptos: el ‘Nivel de Desarrollo Actual –reúne actividades que el chico es capaz de realizar por sí mismo– y el

‘Nivel de Desarrollo Potencial’ –reúne las actividades que el niño puede realizar con ayuda–. De la distancia

entre estos dos niveles nace la ‘Zona de Desarrollo Potencial’, que es la zona del aprendizaje por excelencia, ya

que en ella surge la aspiración a un nuevo estadio dentro del proceso evolutivo.

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Azcoaga, Juan E.; Derman, Berta; Frutos, Walter M. Alteraciones del lenguaje en el niño. Rosario: Editorial Biblioteca Departamento de Publicaciones de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1971, pág. 22.

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El conocido lingüista Roman Jakobson, entre 1939 y 1945, escribió una serie de ensayos sobre los trastornos afásicos, reunidos posteriormente en un libro titulado Lenguaje infantil y afasia. Del griego ‘a-’: “sin” y ‘phásis’: “palabra”, la afasia es la alteración en el dominio de alguna de las habilidades del lenguaje -la expresión y/o la comprensión– como consecuencia de un daño neurológico. A principios del siglo de XIX, se incrementó considerablemente la descripción del habla de pacientes con este tipo de alteración lingüística; sin embargo, no se supo muy bien qué hacer con todos esos datos. Más adelante, a comienzos de la década de 1860, el médico francés Paul Broca asoció la incapacidad de hablar con lesiones en un área determinada del cerebro. A su vez, en 1874, el neurólogo y psiquiatra alemán Carl Wernicke identificó otra zona cerebral vinculada a los problemas ligados a la comprensión. Estos hallazgos dieron lugar a la distinción entre las denominadas ‘afasia motriz’ y ‘afasia sensorial’, respectivamente. Para Jakobson esta discriminación es insuficiente puesto que no da cuenta del funcionamiento del lenguaje en uno y otro caso; por lo que “…los deterioros del lenguaje observados en la afasia pueden considerarse como formando un desorden general de una única dimensión”.5 La motivación que lo acerca hacia el estudio de esta patología se debe a que estima que “Los lingüistas se interesan por el lenguaje en todos sus aspectos –el lenguaje en actividad, el lenguaje considerado en movimiento, el lenguaje en su estado naciente, el lenguaje en disolución”.6 Argumenta que la lingüística es la disciplina más competente para el estudio de alteraciones de este tipo, puesto que conoce el funcionamiento normal del código lingüístico. Por este motivo, Jakobson insiste en clasificar desde este campo del saber los trastornos afásicos, de modo que se apele a la existencia de un criterio homogéneo y se evite tropezar con falsas interpretaciones. Decide tratar las afasias desde una perspectiva cualitativa y se vale de la siguiente justificación:

En la época del otro período–cuando la lingüística sólo desempeñaba un papel menor en el estudio de los trastornos del lenguaje- nacieron ciertas concepciones entre los no lingüistas, que revelan, por decir las cosas claras, una despreocupación total en cuanto al aspecto lingüístico de la patología del discurso (…). Por desgracia, muchos psicólogos han acabado creyendo que la afasia no presenta más que un único tipo, y que las diferencias que se pueden encontrar entre las diversas variedades de perturbaciones verbales no son nunca cualitativas, sino simplemente cuantitativas (…). Pero para ser capaces de contar seriamente es preciso saber lo que se está contando. Sería inútil contar sin haber definido características cualitativas, sin disponer de una clasificación de las unidades y las categorías que hay que contar.7

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A partir de aquí, establece una diferenciación entre dos tipos de trastornos afásicos. Señala que el lenguaje tiene un doble aspecto, puesto que para hablar hay que seleccionar y combinar. Si la primera capacidad es la que se ve dañada, es propicio hablar de un trastorno de la semejanza en el eje paradigmático -polo metafórico del lenguaje-; en cambio, si es la segunda capacidad la disminuida, cabe hablar de un trastorno de la contigüidad en el eje sintagmático -polo metonímico del lenguaje-. En el primer caso, el afásico pierde la ‘capacidad de conmutación del código’, no puede buscar sinónimos, ni heterónimos ni expresiones equivalentes en otros idiomas; en cambio, el contexto8 es fundamental: “Cuanto más dependan sus palabras del contexto, más éxito tendrán sus esfuerzos de expresión”.9 En el segundo caso, lo que se ve alterado es el contexto, o mejor dicho, “…la facultad de combinar entidades lingüísticas simples para constituir otras más complejas…”,10 esto hace que en la frase se manifiesten desorganizaciones sintagmáticas. Jakobson explica que en las afasias lo relevante no es la capacidad de producir o percibir sonidos, sino el valor lingüístico que se les otorga, y en este aspecto reside el quid de las cuestiones afásicas.

Si bien las descripciones de las patologías hechas desde la medicina separan entre trastornos del habla y del lenguaje, en general no emplean criterios cualitativos para hacerlo ni explicitan en ningún momento en qué medida se puede hallar comprometida la subjetividad del hablante. Asimismo, si bien es alentador que Jakobson como lingüista se haya ocupado de los trastornos afásicos y haya contribuido a lograr un orden para poder pensar las operaciones del lenguaje involucradas en las afasias, lo cierto es que al igual que los enfoques científicos, presenta limitaciones a la hora de deliberar acerca de la incidencia de un trastorno de esta índole en la constitución de la subjetividad. Si bien atiende al impacto que provoca la afasia en las unidades lingüísticas –morfema, sintagma, frase, discurso–, desatiende el impacto que produce en el sujeto. Al respecto, el hecho de que cifre la disolución del lenguaje en el afásico como un espejo de la adquisición, en el sentido de que el afásico perdería primero los últimos elementos lingüísticos que ha adquirido, da cuenta de que el lenguaje se entiende de modo acotado: Jakobson hace a un lado su dimensión subjetiva, lo cual no le deja advertir la distancia que separa a un afásico de un niño: una criatura que todavía no ha adquirido el lenguaje, no se encuentra subjetivada por él, es decir, no tiene conciencia de ‘yo’, recién se encuentra comenzando su proceso de socialización y sus relaciones con la palabra del otro, de

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Por ‘contexto’ se entiende un contexto estructural y exclusivamente lingüístico, referente a los distintos niveles

y no a un contexto socio-cultural, o sea que el morfema es contexto del fonema, la palabra es el contexto de los morfemas y la frase, contexto las palabras.

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Jakobson, Roman. “Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de afasia”. En Halle, Morris; Jakobson, Roman.

Fundamentos del lenguaje. Trad. de Carlos Piera, Madrid: Ayuso, 1973, pág. 7. [Disponible en internet].

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modo que está comenzando a funcionar en el lenguaje (Teoría de la Escuela de Campinas- Claudia Lemos); al contrario, la persona con afasia ya se encuentra subjetivada por el lenguaje, por lo que tiene conciencia de lo que le sucede y sufre por ello. Además, el afásico inicia su recuperación a partir de lo que ya sabe, en tanto que el niño no cuenta con conocimientos lingüísticos previos. De hecho, la función del lenguaje es tan importante que el pronóstico del cuadro clínico varía según la lesión se produzca antes o después de la adquisición. Se habla de ‘retardo afásico’ y de afasia, respectivamente. Azcoaga y sus colegas advierten la diferencia entre uno y otro caso:

…si el niño ha sufrido un traumatismo o tumor cerebral después de los 4-5 años de edad, las manifestaciones clínicas que presentará en este orden de cosas serán las que corresponden a un adulto afectado por una lesión similar (…). Pero si la lesión (…) [se presenta] dentro del primer año de vida, el niño no consigue organizar la elocución del lenguaje y como consecuencia, su desarrollo se caracterizará por la falta de expresión oral. En ambos casos, se ha comprometido el analizador motor verbal, pero la diferencia reside en la existencia o no de lenguaje integrado.11

De todas formas, cabe destacar que tampoco estos profesionales tienen en cuenta la incidencia del lenguaje en la subjetividad, ya que para ellos, “…el desarrollo del lenguaje en el niño es un proceso biológico, dotado de leyes internas, con etapas principales y con los correspondientes indicadores de esas etapas”.12 Consideran que una afección del lenguaje puede derivar en una complicación u obstáculo para el aprendizaje de tipo más abstracto, complicación sometida a variación según la gravedad del caso. Sin embargo, si la capacidad lingüística se encuentra alterada, no habría mayores inconvenientes para los aprendizajes de tipo concreto ¿Realmente importa si hay aprendizaje concreto cuando lo primero que debe aprender el niño es a vivir y actuar en sociedad? ¿Se puede interactuar sin lenguaje, es decir, sólo manejando ‘conocimientos concretos’? ¿Es posible que haya sujeto sin lenguaje?

Para responder esta serie de preguntas, se hace necesario cambiar la perspectiva de análisis sobre él: la socio y la psicolingüística proporcionan una mirada ventajosa en este sentido. Ellas, en su intención de superar un análisis estanco y disciplinar, a la hora de hacer su interpretación sobre el lenguaje, logran combinar las dimensiones comunicativa y epistémica, propias del tercer paradigma. Desde este punto de vista, el lenguaje no vehicula sólo un mensaje confeccionado según reglas del código, sino también información social -edad, sexo, zona de pertenencia, etc.- e incluso emocional -estados de ánimo-. El lenguaje no es un simple instrumento de comunicación sino condición por la que el ser humano se constituye en sujeto

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social e individual. El lenguaje no es aquello que siempre dominamos sino aquello que en ocasiones nos domina y, en este sentido, acudiendo al psicoanálisis, cabe preguntarse si hablamos un lenguaje o si acaso es él quien nos habla. El lenguaje no es medio sino condición de conocimiento. Entonces, teniendo en cuenta la cantidad de direcciones en que disemina, ¿es lícito pensar en que un trastorno del lenguaje implique sólo una afección de tipo lingüístico?

En verdad, podríamos pensar en la existencia de una dinámica interna entre el proceso de subjetivización y el lenguaje, dinámica que en algunos casos lleva a que haya síntomas en el lenguaje provenientes de problemas derivados de las dificultades de subjetivización; y viceversa.

Dado esto, podríamos cuestionar la clasificación clásica o usual de las patologías del lenguaje. Estaríamos en presencia de una de ellas sólo cuando la constitución del sujeto se ve afectada por alguna ‘falla lingüística’, o bien, cuando la ‘falla lingüística’ es signo de una complicación dada en la dimensión subjetiva. Desde este punto de vista, la sordera, por ejemplo, no sería una patología. En cuanto a los anacúsicos e hipoacúsicos, la mayoría de los médicos coinciden en señalar que sólo pueden relacionarse con los elementos más concretos y directos del ámbito cultural, en tanto que carecen del pensamiento abstracto o bien de matices que sólo posibilita el lenguaje. Sin embargo, esto puede ser cuestionado ya que los sordo- mudos no están por fuera de una relación con el signo lingüístico. De hecho, investigaciones actuales en las que se utilizan mapeos cerebrales demostraron que el cerebro se vale de ‘plasticidad compensatoria’ y que la corteza auditiva -región cerebral que normalmente procesa el sonido- de las personas sordas, no se ocupa del sonido:

…. La corteza auditiva de los sordos que leen los labios realmente empieza a responder a movimientos de la boca (…). Del mismo modo, la corteza auditiva de las personas sordas que se comunican mediante el lenguaje de los signos empieza a responder a movimientos de las manos.13

Igualmente, las personas con deficiencia mental o con Síndrome de Down, tampoco padecerían una patología lingüística, puesto que se encuentran subjetivados por el lenguaje, razonan y se comunican gracias a él.

En definitiva, las patologías del lenguaje no remiten sólo a problemas de tipo biológico ni plantean relaciones mecánicas y universales entre lo natural y lo simbólico: a tal lesión, tal patología lingüística, sino que involucran también la dimensión psico-social del sujeto, y esto sucede porque el lenguaje participa activamente en su constitución: el sujeto se constituye en y por el lenguaje. A modo de cierre, corresponde señalar que los matices de la

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Blakemore, Sarah-Jayne; Frith, Uta. Cómo aprende el cerebro. Las claves para la educación. Trad. de Joan Soler, España: Ariel, 2005, pág. 224.

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relación entre el proceso de subjetivización y el lenguaje son muy complejos y requieren de una investigación de envergadura, capaz de dar cuenta de tal complejidad.

Bibliografía

Azcoaga, Juan E. et al. Alteraciones del lenguaje en el niño. Rosario: Editorial Biblioteca Departamento de Publicaciones de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1971. Blakemore, Sarah-Jayne; Frith, Uta. Cómo aprende el cerebro. Las claves para la educación.

Trad. de Joan Soler, España: Ariel, 2005.

Corredor Lanas, Cristina. Filosofía del lenguaje. Una aproximación a las teorías del significado del siglo XX. Madrid: Visor, 1999.

Eagleton, Terry. Ideología. Una introducción. Trad. de Jorge Vigil Rubio, Barcelona: Paidós, 2005.

Jakobson, Roman. Lenguaje infantil y afasia. Trad. de Esther Benítez, Madrid: Ayuso, 1974. ---. “Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de afasia”. En Halle, Morris;

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