2. CONSTRUCCIÓN DEL CONCEPTO DE TECNOLOGÍA
2.2. EL CONCEPTO DE TECNOLOGÍA
2.2.3. Desde la construcción cultural
Al igual que la concepción de tecnología, la concepción de cultura ha variado con el tiempo, desde la idea de equipararla con el cultivo de la tierra bajo una perspectiva de relación con la naturaleza, de exclusividad de grupos minoritarios y privilegiados que tenían acceso al arte, o de ser sinónimo de civilización (Eagleton, 2000). Como lo señala Elkana (1983), el sentido común ha sido un elemento primordial para el análisis de las experiencias inmediatas, de acuerdo con juicios históricamente definidos. Así, es posible acercarse al concepto de cultura desde diversas perspectivas, que pueden variar, dando sentido a la existencia de un sistema cultural.
Se puede afirmar que la cultura es un concepto en construcción que se complejiza con el paso del tiempo y que debe responder a los cambios de diversos contextos que se transforman y en los que se complejizan las relaciones del hombre con su medio. El concepto de cultura, ha respondido a estos cambios a través de tres fases sucesivas: la fase concreta, la fase abstracta y la fase simbólica (Giménez, 2005). En la primera de ellas la cultura tiende a definirse como el conjunto de las costumbres, las formas o modos de vida que caracterizan e identifican a un pueblo, es decir, lo particular concreto, los escenarios locales en donde se referencia la cotidianidad de las personas.
En la fase abstracta, la atención se desplaza desde las costumbres hacia los modelos de comportamiento, por lo cual el concepto de cultura pasa a centrarse en los sistemas de valores y los modelos normativos que regulan los comportamientos de las personas pertenecientes a un mismo grupo social. Es decir, la cultura pasa a ser entendida como modelos, pautas, parámetros o esquemas de comportamiento.
La cultura se define como una telaraña de significados o una serie de estructuras de significación socialmente establecidas, en la fase simbólica (Geertz, 1992). La cultura empieza a concebirse como un texto escrito por los grupos sociales, mientras que los antropólogos hacen una interpretación de esas interpretaciones (Pasquinelli, 1993), y se ligan con la modernidad, en donde se entiende como una totalidad coherente y compleja que presenta múltiples significados.
La cultura se concibe como una dimensión analítica de la vida social, relativamente autónoma y regida por una lógica propia, que se particulariza y pluraliza en mundos culturales concretos, específicos y delimitados, de creencias, valores y prácticas. En este sentido hablamos
de “las culturas”, en plural, lo que da lugar a que por ejemplo, una cultura pueda contraponerse a otras.
Esta manera de entender la cultura corresponde a lo que Geertz (1992) denomina, la “concepción simbólica” o “semiótica” de la misma, en contraposición a la concepción definida como conjunto de pautas de comportamiento. La cultura tendría que concebirse entonces, al menos en primera instancia, como el conjunto de hechos simbólicos presentes en una sociedad, como “el estilo de vida” que incluye modos pautados y recurrentes de pensar, sentir y actuar, es decir un sistema conformado tanto por patrones aprendidos de comportamiento como por objetos materiales (Medina, 2003).
En esta línea de ideas, la arqueología moderna define cultura como
[…]“… la combinación de material, actividades y pautas que modo de vida de los miembros de una sociedad, incluyendo los valores que comparten … las normas que acatan y los bienes materiales que producen.” (Giddens, 1991:65, citado por Medina, 1998:39)
Desde el punto de vista de la psicología cultural, Cole (1999) se plantea una concepción de cultura que busca conciliar elementos teóricos y prácticos a partir de entender el contexto cultural como un artefacto de tercer nivel. A pesar de que el estudio de los artefactos denominados también “cultura material”, se considera en principio, diferente al estudio del conocimiento humano, este autor plantea que los artefactos también son ideales, es decir, han sido moldeados por su participación en las interacciones humanas y a su vez las moldean, a partir la construcción de símbolos aprendidos y sistemas compartidos de significado. La construcción cultural mediada por este tipo de artefactos, ya sean primarios (materiales), secundarios (representaciones mentales) o de tercer nivel (simbólicos), crea una relación estructural entre las rutas materiales y las rutas culturales mediadas.
La postura de Cole (1999), identifica elementos de articulación entre el enfoque externo, que ubica la estructura del medio cultural en redes de significación visibles en símbolos, rutinas y rituales públicos y los enfoques internos, relacionados con las estructuras mentales, fuente de la intersubjetividad y de los procesos de interpretación.
Los esquemas culturales como estructuras de conocimiento, los modelos culturales entendidos como esquemas compartidos intersubjetivamente, guiones o esquemas de acontecimientos generalizados de la vivencia de situaciones en un todo contextual entrelazado, modifican al sujeto en interacción con otros. La mediación cultural, por tanto, implica un cambio evolutivo en donde las actividades pasadas se acumulan en el presente.
En medio de todas las tendencias mencionadas, Appadurai (Citado por Garcia Canclini, 2004), propone hablar de cultura como una dimensión que se refiere a contrastes, diferencias y comparaciones, que permite pensarla menos como propiedad de los individuos y mas como un recurso heurístico para hablar de la diferencia.
Esto implica desviar la atención del estudio de las culturas, para centrarse en las estrategias de diferenciación que organizan y articulan los rasgos de varios grupos para empezar a tejer las interacciones que se presentan entre ellos. Se está hablando entonces, como encuentro de significados de cultura pública, que sin embargo es interpretada localmente, como una red de significados tejida por actores en sus prácticas sociales cotidianas.
En este orden de ideas, las prácticas sociales cotidianas, al igual que todos los ámbitos de la vida del hombre, se han visto impactadas por la evolución de la tecnología. Esto ha generado el nacimiento de una cultura tecnocientífica, que ha impactado de manera intensa los procesos de construcción cultural (Medina, 2003). Los retos fundamentales de esta cultura están relacionados no solo con su comprensión y la de las innovaciones que genera, sino también con los modelos de valoración e intervención que suscitan, los impactos y las crisis resultado de las transformaciones y las globalizaciones tecnocientíficas. Esta situación ha llevando a pensar la tecnología como mediadora de significados, como un eje constructor de cultura, como un artefacto cultural (Cole, 1999).
En este punto se encuentran elementos comunes desde el enfoque de la construcción social de la tecnología y de la tecnología como artefacto cultural, que se ubican en las relaciones que se establecen entre tecnología, sociedad cultura y en donde cobra fuerza la idea de la participación social inmersa en profundos cambios de significado en la manera como se producen los procesos sociales y como circulan las relaciones entre personas, grupos y comunidades. Se puede afirmar desde una mirada de carácter constructivista, que el artefacto tecnológico es una construcción social que obedece a un conjunto de intereses que causan su producción e interpretación, dejando atrás cualquier supuesto de neutralidad (Broncano, 2000). La tecnología posee rasgos culturales interrelacionados que orientan la reflexión no solo de los discursos teóricos, sino también de sus prácticas, que transforman la manera como vivimos, como nos comunicamos y como construimos nuestro mundo (Winner, 2001).
Esto implica que la tecnología no solo es asunto de expertos, científicos o ingenieros que tienen derecho a decidir lo que es tecnológicamente “correcto y objetivo”, sino que requiere de la participación de la comunidad en toda decisión tecnológica (Osorio, 2003). La comprensión de la cultura como práctica humana, incluye todo aquello que recibe un colectivo mediante la transmisión de costumbres, las instituciones y por supuesto, las técnicas y los artefactos. Esta idea de cultura comprende cuatro dominios (Medina, 2003):
1) Un dominio simbólico, en el que están inmersas las representaciones, los discursos, el arte, los valores, entre otros;
2) Un segundo dominio referido a las técnicas, los artefactos y los materiales producidos por el hombre;
3) Un tercer dominio que incluye las formas organizativas de interacción social, económica y política;
4) Un cuarto dominio orientado a las prácticas y representaciones biotécnicas relacionadas con los seres vivos y el entorno. Estas no son entidades separadas sino complejos entramados de prácticas culturales.
Al interior de estos dominios, la técnica es entendida en su sentido amplio, como el conjunto de capacidades que se estabilizan mediante el concurso de agentes, instituciones y sistemas culturales, haciéndose manifiestas en la medida en que se actualizan, solamente separadas de los colectivos que las producen, mediante un proceso de transferencia a otros colectivos culturales. De esta manera, las técnicas se constituyen más allá de artefactos operativos, por constructos producidos por las diversas actividades humanas que a su vez modelan dichas actividades, una vez que se estabilizan en un contexto cultural.
De acuerdo con Medina (2003), el logro más significativo de las culturas humanas, consiste en la innovación y consolidación como sistemas culturales, a partir de la estabilización de las técnicas orales y los artefactos que constituyeron su base. Esto permite que las culturas humanas despeguen y se diferencien de los estadios animales.
Desde entonces y como resultado de este proceso, las categorías de tecnología, sociedad y cultura perdieron su integridad disciplinaria y ontológica, pues en el ámbito de la práctica se entrelazan y penetran mutuamente. Actualmente, esas diferencias se encuentran en una nueva base de conexión en procesos que las vinculan en una inmensa complejidad. La estabilización y transmisión de estas prácticas, supone representar circunstancias, anticipar sucesos, recordar, tejer narraciones y transmitir discursos, mediante recursos simbólicos, lo que implica que cada una de ellas, se mezcla de manera reiterada, en un complejo entramado que es punto de partida de la concepción de tecnociencia en el siglo XX:
[…]“En la complejidad de la cultura no hay practicas puras, o sea, que correspondan a un solo dominio cultural, sino que toda práctica cultural es hibrida,…. Mediada artefactualmente, estabilizada e interpretada simbólicamente, articulada y realizada socialmente y situada ambientalmente.” (Medina, 2003:48)
Estos sistemas culturales, como entramado de prácticas por parte de un colectivo de agentes portadores de capacidades culturales específicas y su entorno material, simbólico, social y ambiental, tienen componentes comunes con otros sistemas, para conformar una red cultural, concatenada de forma reticular, es decir, que comparten agentes o elementos de sus diversos entornos. Innegablemente, una cultura está constituida por un conjunto de diversos sistemas culturales que forman una red cultural. Así, el medio cultural está conformado por un conjunto de sistemas culturales o subculturas que integran una red global, una super-red cultural o supercultura y su medio supercultural está constituido por las restantes culturas del grupo.
La gran diversidad de prácticas humanas transforman constantemente sus entornos, técnicas, artefactos, formas de organización y discursos, los cuales una vez estabilizados pasan a formar parte de la cultura. La cultura se desarrolla gracias a esa continua interacción que se da entre las prácticas y entornos, entre los elementos que componen el sistema. Esto implica
que ninguna cultura es estable, puesto que el mayor o menor grado de transformación produce innovaciones, que surgen como resultado de su producción interna, la apropiación de elementos de otra subcultura o de su imposición. Así,
[…]“… innovación y estabilización no representan etapas separadas sucesivas en un desarrollo lineal, sino que se trata, de hecho, de realizaciones entrelazadas en un proceso interactivo. Los procesos de innovación/estabilización son característicos del modo de desarrollo propio de cada tipo de cultura o subcultura.”(Medina, 2003:53)
Las prácticas y entornos en los que intervienen e interactúan de forma conjunta los procesos de elaboración conceptual, teórica, la producción y uso de artefactos y procedimientos tecnológicos, se integran de forma dinámica tanto en sus dimensiones simbólicas, representativas, interpretativas y valorativas, como en aquellas de carácter tecnológico compuestas por artefactos materiales, procesos y procedimientos, así como con las dimensiones sociales de los entornos e interrelaciones organizativas y las dimensiones naturales.
Bajo esta perspectiva, los sistemas tecno-científicos se generan y estabilizan como sistemas culturales en las respectivas subculturas y son susceptibles de ser exportados y estabilizados en otras tecnoculturas (Aronowitz, Martinsons y Menser, 1998). Esta visión es sintetizada desde la comprensión de los sistemas tecnocientíficos como:
[…]“… sistemas culturales que tiene por objeto,… la máxima
controlabilidad, reproducibilidad y previsibilidad
computables de sus prácticas y entornos mediante el procedimientos, junto con teorías, interpretaciones y procesamientos teóricos. “ (Medina, 2003:63)
Su carácter multidimensional se manifiesta en una espiral interpretativa de ciencia, tecnología y sociedad, en la cual los límites entre unos y otros se esfuman gracias a la presencia difundida de las TIC , al igual que la separación entre naturaleza, tecnología y cultura.
En la actualidad, el reto fundamental se centra en torno de la necesidad de contar con modelos de comprensión, valoración y resolución de impacto de los avances tecnocientíficos y de las crisis planteadas por los desarrollos contemporáneos. Esto muestra que un modelo cultural de desarrollo compatible con los avances actuales, ha de tener por objeto tanto las prácticas mencionadas, como los recursos materiales, capaces de estabilizar la diversidad de formas de vida y sus desarrollos (Medina 2003). De esta manera, la innovación de la cultura tecno-científica y las subculturas inmersas en ella, de interpretación, valoración e intervención han de integrarse dando paso a lo que se ha denominado culturas hibridas de desarrollo compatible, en las cuales sea posible fomentar el bienestar conjunto de humanos y no humanos en la diversidad de las prácticas y los entornos particulares de todas y cada una de las culturas.
Así, los avances que proporciona la tecnociencia, se podrían asociar a lo que comúnmente se ha llamado desarrollo, permitiendo alcanzar un alto nivel de calidad de vida, moral y cultural. Acudiendo a las palabras de Borgman (2005), la tecnología vista desde esta perspectiva:
[…]“busca maximizar la felicidad para la totalidad de la población de una sociedad en particular” (Borgmann, 2005:88).
Cabe en este punto preguntarse por las características de los sistemas culturales actuales mediados por la tecnología y la forma como se configuran. La evidencia más clara sobre la manera como el concepto de cultura se transforma, gracias a la mediación de la tecnología, particularmente gracias a la mediación de las tecnologías de la información y la comunicación, es el de cultura digital o cibercultura.