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CAPITULO II. MARCO TEÓRICO Y CONCEPTUAL

2.2 CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL GÉNERO: SUS IMPLICACIONES

MANIFESTACIONES DE VIOLENCIA

El enfoque que transversa esta propuesta de investigación es precisamente el análisis con perspectiva de género. Este análisis parte de una actitud crítica que busca historizar lo naturalizado. Considera que la experiencia específica de hombres y mujeres (en su contexto), las formas de organización social del trabajo, la organización de la vida sexual, y lo que se adscribe para los ámbitos público y privado, se gestan y desarrollan mediante prácticas, símbolos, representaciones, normas, valores, formas de control intra e intersubjetivas, que son construidos social y diferencialmente en razón del sexo.

Esta perspectiva permite contextualizar, describir y analizar el significado social de ser hombre y de ser mujer, explicándolo desde un plano simbólico y no a partir de una diferenciación biológica. De esta forma se ha develado que estas construcciones histórico-sociales y la subjetividad consecuente con el género asignado, en sus propias bases constitutivas han estado impregnadas de violencia, discriminación, desigualdad e inequidad a lo largo de la historia.

El estudio de la construcción social del género se ha enriquecido, sustancialmente, a lo largo de los años desde que empezó a utilizarse en las ciencias sociales. Inicialmente fue el investigador John Money quien utilizó el

término de rol de género en 1955, para referirse en ese entonces al conjunto de conductas atribuidas a los hombres o a las mujeres (Lamas, 1987). A finales de los años 60, Robert Stoller retoma el concepto y realiza la diferencia entre sexo y género: “… el vocablo sexo se referirá… al sexo masculino o femenino y a los componentes biológicos que distinguen al macho de la hembra; el adjetivo sexual se relacionará, pues, con la anatomía y la fisiología… esta definición no abarca ciertos aspectos esenciales de la conducta –a saber, los afectos, los pensamientos y las fantasías –que aún hallándose ligadas al sexo, no dependen de factores biológicos. Utilizaremos el término género para designar algunos de tales fenómenos psicológicos, así como cabe hablar del sexo masculino o femenino, también se puede aludir a la masculinidad y la feminidad sn hacer referencia alguna a la anatomía o a la fisiología.” (Stoller, 1968; cit. Por Millet, 1995, p.77)

Stoller (1968) planteó tres aspectos básicos del concepto de género: la atribución y asignación del género (dada a partir de la apariencia de los genitales externos al nacer), la identidad de género (con el reconocimiento de la división social entre hombres y mujeres, instaurada en la adquisición del lenguaje); y, el papel de género (normas y prescripciones sobre lo femenino y lo masculino en la sociedad).

Con este concepto se dio la base científica para sustentar una visión paradigmática que movimientos de mujeres, activistas, investigadoras e investigadores y grupos feministas enunciaron paulatinamente desde siglos anteriores; contribuyendo a develar las múltiples caras que tiene la violencia con direccionalidad de género.

A lo largo de la historia, diversas autoras y autores han buscado respuestas a las interrogantes relativas a las diferencias entre hombres y mujeres; especialmente las relacionadas con las condiciones de subordinación y asignación diferencial de poder social para ambos, instauradas en la subjetividad. Al respecto es evidente que no existe una respuesta simple. Su análisis requiere enfrentarse con complejas estructuras que no pueden explicarse desde lo biológico o lo psicológico individual,

desde los modos de producción o modelos de desarrollo económico; aunque los contempla a todos y cada uno, en una compleja trama que -con particularidades y variantes-, logra transversar geografías, culturas, etnias, edades, clases sociales y siglos (Ortiz, 2004).

Planteamientos como el de Engels, en El origen de la familia, la propiedad

privada y el Estado (1972), basado en propuestas antropológicas y en las teorías del

materialismo histórico, sitúan el fenómeno en el surgimiento de la propiedad privada y la instauración del poder del patriarca que se erige ante la necesidad de asegurar la paternidad y la herencia, conllevando la sujeción de la mujer como garantía de esta. Otros, como el de Simone de Beauvoir (Amorós, 1994), conciben que esta explicación (desde una categoría económica) es insuficiente, planteando que es más bien el dominio masculino de la naturaleza, a través del descubrimiento del bronce, la construcción de la herramienta y el trabajo que realiza, el que le permite afirmar su singularidad y expandir su ámbito de acción, ejerciendo su trascendencia, lo que deja en desventaja a la mujer por la limitación en su ámbito, dada su función biológica de reproducción y crianza.

Magallón (1988) asevera que en este proceso es devaluada la mujer que simboliza la creación de vida; en tanto se llega a valorizar todos aquellos elementos que desde lo masculino promueven la muerte. En el ejercicio del poder masculino sobre las mujeres se teme al cuerpo femenino (dador de vida) y se genera a partir de ello, con la violencia, una cancelación simbólica de su significado.

“…la plataforma cultural e ideológica construida a partir de esta desigualdad, conllevó un conjunto de normas, valores, costumbres y significados elaborados para dar legitimidad y continuidad al sistema de dominación masculina consecuente. Todo ello se reflejó en las nociones de familia, pareja, mujer, con variantes en los distintos momentos históricos, desde la noción de pater familias, el ciudadano, el soberano, el sacerdote, la noción de Dios, la mujer pecadora y sin alma, los discursos filosóficos, religiosos y científicos, todo ello fue consolidando la ideología que convirtió en natural o divina la autoridad masculina y el sometimiento y

subordinación femenina consecuente, así como de cualquier otro representado sin poder en la sociedad.” (Ortiz, 2004, p.3).

Autoras como Wollstonecraft (Amorós,1994), vieron en la ausencia de educación el origen de la problemática de desigualdad y violencia contra las mujeres. Millet (1995), desde el feminismo radical, plantea que la violencia de género es una manifestación de una política sexual que requiere la transformación de la familia como instancia del poder patriarcal. Desde el feminismo antropológico, Ortner (1996) considera que las mujeres y la vida doméstica simbolizan la naturaleza, y la humanidad representada por los hombres ha buscado trascenderla viéndola como inferior a la cultura. Las feministas radicales como S. Firestone, por su parte, afirman que la biología y la procreación dan la base de desigualdad natural para la opresión de las mujeres y son la fuente de poder masculino (Pateman, 1996).

Las sufragistas, como Virginia Woolf, Alejandra Kollantai y otras, inspiradas en la ideología liberal, asumían que hombres y mujeres por naturaleza tenían lugares sociales separados pero complementarios e igualmente valiosos. Se consideraba que las mujeres eran más débiles pero más morales y virtuosas que los hombres, por tanto asumían que su sola participación transformaría al Estado y promovería la paz (Pateman, 1996).

Independientemente de que el origen histórico exacto de las formas de comportamiento de subordinación y la discriminación de las mujeres, esté claro o no lo esté, la tendencia a la búsqueda de respuestas se ha desplazado de ubicar el origen a buscar las causas (Amelia Valcárcel, 2001). Estas no se encuentran en explicaciones individuales sino, como manifiesta Sau (1998), son la manifestación particular y específica de los malos tratos estructurales institucionalizados que forman parte del orden patriarcal.

Existe coincidencia en plantear que uno de los hitos que marcan la exclusión y subordinación de las mujeres proviene de la división social del trabajo, consolidada con la doctrina del liberalismo económico. Dicha división conlleva una partición del

transformaciones, de las ideas, de la calle, etc.) y en privado (el ámbito doméstico, de reproducción y crianza).

El mundo dividido así, no sólo ubica en territorios distintos a hombres y mujeres, sino que además construye una ideología que lo sustenta, entre otras, surge la representación del amor romántico en la pareja y hacia los hijos como la máxima realización de la mujer; construcción ideológica que encubre su exclusión social, la mistifica en su realización “natural” y la culpabiliza si no es consecuente con ello. Matamala (s.f., en INAMU, 2004) señala que el contrato social de la modernidad que instauró esta ideología, en realidad es un contrato sexual, que invisibiliza la dimensión erótica de la sexualidad de las mujeres, siendo ésta reconocida solamente desde la maternidad o desde la patología. Además oculta la sujeción de las mujeres a los hombres dentro de un orden aparentemente universal, igualitario e individualista.

La separación del mundo en público y privado ha justificado la no intervención social y estatal en lo privado, contribuyendo así a mantener un espacio de control masculino, y al silencio de toda clase de abusos cometidos al interior de este, en una especie de complicidad que legitima dejar del lado de lo privado todo aquello que se concibe como posesión masculina. Se produce así una división sexual asentada en una división de carácter político, al conllevar una forma de organización del poder en la sociedad.

Ana Sojo (1988) señala que la opresión se va convirtiendo en una especie de naturalidad al reiterarse cotidianamente, en especial en el ámbito privado, de modo que es indispensable modificar la vida cotidiana por el papel que cumple en la reproducción social. Es así como los cambios en las normas, valores y comportamientos inducidos, desde el ámbito público, podrán convertirse en cotidianos después de largos conflictos y a un largo plazo. Desde la perspectiva de esta autora y, en el caso particular de la violencia contra las mujeres, es políticamente necesario superar la división público-privado, como forma de ejercicio del poder de modo que más ámbitos sean lugares para la toma de decisiones democráticas.

Marta Lamas (1996) en una revisión amplia acerca del tema, se refiere a que lo fundamental para explicar las características de la asignación social del género está en la connotación que tiene lo que es considerado femenino o masculino en cada contexto cultural: “…que la diferencia biológica, cualquiera que esta sea (anatómica, bioquímica, etc.) se interprete culturalmente como una diferencia sustantiva que marcará el destino de las personas con una moral diferenciada, es el problema político que subyace a toda la discusión académica sobre las diferencias entre hombres y mujeres (Lamas, 1996, p. 103).

El problema consiste, entonces, en que en las diferentes culturas se parte de una diferenciación dada a lo femenino y a lo masculino (actitudes, actividades, roles, capacidades, etc.), y desde allí se da una organización de la sexualidad. Todo ello es considerado como parte de realidades biológicas, no como construcciones sociales, lo cual permite justificar la discriminación y la desigualdad. Es decir, las bases de la subordinación y la violencia contra las mujeres se sustentan en la construcción social del género. Gayle Rubin (1996) denomina a esta construcción el sistema sexo-género, ubicando distintas características de este sistema en diversas culturas, planteando que el predominante ha sido el sistema sexo género con dominación masculina.

Ortner y Whitehead (1996) argumentan que al distinguir culturalmente lo masculino de lo femenino, se realiza una jerarquización que muestra una organización social del prestigio en cuanto al género y a la sexualidad. Según señalan las autoras, los sistemas de prestigio son parte del orden político económico y social. Así, el parentesco, el matrimonio y las relaciones de producción tienen un lugar dentro de estos sistemas de prestigio. Para las autoras un sistema de género es, ante todo, un sistema de prestigio, lo que evidencia que aunque la estructura de la sociedad sea patriarcal y las mujeres como género estén subordinadas, los hombres y las mujeres de un mismo rango están mucho más cerca entre sí que de los hombres y de las mujeres con otro estatus.

Otras autoras feministas han optado por referirse a relaciones de género en vez del sistema sexo-género, para enfatizar en el carácter relacional del concepto y ubicar que la misma categoría de sexo es producto de la cultura (Facio y Fries, 1999).

En el nivel microsocial esta construcción del género se realiza en el ámbito privado; contexto que al nombrar el sexo del bebé está asignando un conjunto de expectativas hacia su desempeño como hombre o como mujer en la sociedad. Durante la socialización (que se realiza en forma diferencial de acuerdo con el signo preestablecido) la niña o el niño adquieren la identidad de género, antes incluso de que hayan captado cognitivamente la diferencia biológica por sexo. Se construye así una subjetividad que elabora sentimientos, comportamientos y pensamientos; todo ello acorde con su identidad asignada que, además, conlleva una estratificación y un uso diferencial del poder implícito y explícito en las pautas de relación ente hombres y mujeres. La identidad de género se confirma, además, en el desempeño de los roles adscritos, esperados, censurados y las reacciones sociales consecuentes en busca de la adecuación del rol (Lamas, 1996).

Cada persona realizará su particular síntesis de todo ello, con la posibilidad de aportar variantes a la cultura; no obstante, el peso histórico tradicional es fundante en la construcción de su historia y se mide en función de los ideales y abstracciones culturales que le sustentaron; es decir, hombres y mujeres se comparan o son comparados con los ideales y símbolos de la masculinidad o feminidad hegemónica a lo largo de su vida.

Para Lagarde “la representación del orden genérico del mundo, los estereotipos sociales y sus normas, son fundamentales en la configuración de la subjetividad de cada quien y en la cultura. Se aprenden desde el principio de la vida y no son aleatorios… Están en la base de la identidad de género de cada quien y de las identidades sociales asignadas y reconocidas al resto de las personas. La vida cotidiana está estructurada sobre las normas de género y el desempeño de cada uno depende de su comportamiento y del manejo de esa normatividad.” (2004, p.19)

De esta manera, “…cada mujer y cada hombre sintetizan y concretan en la experiencia de sus propias vidas el proceso sociocultural e histórico que los hace ser precisamente ese hombre y esa mujer: sujetos de su propia sociedad, vivientes a través de su cultura, cobijados por tradiciones religiosas o filosóficas de su grupo familiar y su generación, hablantes de su idioma, ubicados en la nación y en la clase en que han nacido o en las que han transitado, envueltos en la circunstancia y los procesos históricos de los momentos y de los lugares en que su vida se desarrolla.” (Lagarde, 2004, p.27).

De esta estructura se deriva la construcción de una ideología para mantener la familia como núcleo central de la sociedad bajo la égida masculina, lo que es completamente justificado y coherente con la búsqueda del control. La reproducción social del trabajo encargo de la mujer en el ámbito privado de la familia, queda invisibilizada dentro de un modelo predominante de familia fusional que basa las relaciones en función de la institución. Desconoce, además, la realización personal de los miembros, lo que tiene impactos diferenciados según el sexo y la edad. “El hombre, cabeza de familia, se siente poseedor de un patrimonio, la familia y los hijos. Los hechos no le desmienten esa creencia, salvo que se produzca la ruptura matrimonial por iniciativa de la mujer, situación que lleva al hombre a experimentar el sentimiento de desposeimiento que frecuentemente desata su violencia.” (Izquierdo, 2000, p.89)

Aún con los cambios notorios en la participación de las mujeres en el trabajo, fuera del ámbito doméstico y con la reivindicación de sus derechos legales, los núcleos de esas representaciones se mantienen, e incluso, como señala Izquierdo: “… una parte importante de los conflictos familiares tiene su origen en la resistencia de los hombres a aceptar la nueva posición social de la mujer y hay un núcleo de conflicto difícilmente evitable.” (Izquierdo, 2000, p.93)

márgenes de libertad y de síntesis particular, puede reproducir también una especie de ciclo generacional de la violencia en que se socializaron.

En ese nivel micro, en opinión de Grossman y otros (1989) existen características de las familias que favorecen la aparición de los fenómenos violentos. Según estos autores: cuando se da una organización jerárquica fija e inamovible, el poder se organiza por jerarquías en relación de dominación y subordinación autoritarias, con relaciones que coartan la autonomía, existe una fuerte adhesión a los estereotipos y modelos de género hegemónicos y se mantiene la tendencia a invisibilizar o naturalizar los abusos; se genera un espacio donde se reproduce fácilmente la violencia.

Ante las presiones económicas, la ideología de consumo que valora el tener (posesiones materiales) por encima del ser y ante las exigencias del mundo competitivo actual, también las familias construyen sus representaciones en medio de múltiples presiones y contradicciones, que terminan siendo depositadas en formas de violencia vertical u horizontal dirigidas a los hijos e hijas.

Otros espacios también mantienen condiciones que discriminan y violentan en función del género: el trabajo, el estudio, la iglesia y cualquier otra institución va a reflejar la estructura macrosocial ya descrita. No obstante, como bien plantea Foucault (1983) el poder conlleva también formas de resistencia y, pese a las exclusiones, al abuso y al escaso reconocimiento social de la capacidad y el desempeño de las mujeres, las resistencias han permitido que se participe cada vez en más ámbitos y que se genere la conciencia de que se tiene el derecho de vivir la masculinidad y la feminidad fuera de los estereotipos convencionales que tanto daño generan.

Muchos de los alcances mencionados hasta aquí presuponen condiciones compartidas en las dimensiones macro y microsocial; pero las particularidades socioeconómicas, educativas, de empleo, de etnia, de edad, de apoyo o desamparo

social o de acceso a servicios, generan condiciones particulares para hombres y mujeres de distintos contextos.

Ahora bien, en lo que al género masculino se refiere y tomando como base los avances realizados desde la perspectiva de género femenino (en particular desde el feminismo) cada vez se dan mayores logros en la comprensión de las implicaciones que tiene esa construcción desigual en la vida de los hombres. Es a partir de los años 70 del siglo XX que aparecen los primeros grupos de estudio sobre hombres y masculinidad (Salas y Campos, 2002).

Salas y Campos aseguran que la forma en que está construida la masculinidad requiere de una feminidad que la soporte, en tanto los géneros están referidos a categorías que se excluyen el uno del otro “… las estructuras de poder masculino, se interiorizan en la personalidad, por medio de sutiles y efectivos mecanismos de socialización primaria y secundaria, en ella los actos violentos son una expresión ritual de las relaciones de poder que el patriarcado impone a hombres y mujeres” (Salas y Campos, 2002, P.21).

En este sentido Kaufman (1989) enuncia la existencia de una tríada de la violencia masculina: violencia contra otros hombres, violencia contra las mujeres y otras poblaciones asumidas como débiles y violencia contra sí mismo; a lo que Salas y Campos (2002) agregan: violencia contra la naturaleza. Estas formas de violencia se ponen en juego en sociedades basadas en dominación y control típicamente patriarcales.

“La masculinidad alude a una manera, sobre todo en los hombres, de vivir la sexualidad, la afectividad, el trabajo, la vida diaria, entre otros, de cumplir con roles sociales y sexuales, y además, a un símbolo de jerarquías sociales en el cual los varones ejercen poder sobre otros hombres, los niños y las mujeres. Por eso podemos afirmar que se asocia la masculinidad con el poder y con la autoridad.” (Connell, 1997, cit. por Salas y Campos, 2002, p.24).

Para Gilmore (cit. por Salas y Campos), los hombres deben adecuarse a un ideal cultural. “La masculinidad verdadera requiere dramáticas pruebas. Es un desafío, un premio por ser ganado. Destaca, como encargos asignados a los hombres y comunes en diversas culturas: el fecundar, proveer y proteger, con sus consecuentes emblemas masculinos: autosuficiencia económica, proveer, proteger (esto incluye el coraje físico, enfrentar peligros). Para ello debe evitar que se le note

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