PROFUNDIZACIÓN DE LA PEDAGOGÍA DE LA IGLESIA: LA PEDAGOGÍA DE MARÍA
4.2 El Princ i pio Mariano en la eclesiología de Balthasar
4.2.1 María es prototipo y arquetipo de la Iglesia
4.2.1.2 Contemplación de la experiencia trinitaria de Dios en María
La que se le llama inhabitada por el Espíritu Santo, fue la nueva <<Arca de la Alianza>> por cuanto llevaba en su seno a la misma Trinidad no sólo porque por definición esta sea un solo Dios y cada persona divina (en este caso el Verbo encarnado) sea portadora de las otras dos, sino porque como ya se mencionó, su
‘inseminación’ fue acción del Espíritu Santo que ‘vino sobre’ María y el poder del Altísimo que la ‘cubrió con su sombra’ (Lc 1, 35). Tal inseminación, si bien tiene su
fruto físico en la encarnación del Emanuel, permanece de manera espiritual en la madre como gracia que ha de posibilitar su ministerio en la tierra y en el cielo. Bien se había dicho en el capítulo I, No 1.1, que ‘los trascendentales son
inherentes al ser, porque son propios del ser de Dios y que de la contemplación de su Gloria, principalmente en la forma y figura de Jesucristo, vienen por la fe la sabiduría, las respuestas antropológicas y el sentido de vida del hombre en
relación con Dios que es El Amor’202. Cristo, igual que toda creatura, en su forma
humanada es el fruto del amor esponsal entre sus progenitores, Dios Trino y la Virgen; su belleza física es el consecuente resplandor del amor entre estas cuatro
199 Siguiendo Lc 1, 35, donde la explicación de la ‘inseminación’ está dada por acción del Espíritu Santo que “viene sobre”María y el poder del Altísimo la “cubrirá con su sombra” y así se cumplirá
el nacimiento del Hijo.
200 BALTHASAR Y RATZINGER, op. cit, p.83 201 LEHAY, op. cit, p.31
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personas (las tres divinas y María) y su figura y forma no serán otra cosa que reflejo de ese mismo amor. Por tanto, es el acontecimiento Cristo leído en
perspectiva Trinitaria el lápiz que traza a manera de reciprocidad al “sí” de su
madre, una sinfonía entre tres motivos del amor de Dios para con ella y su esposa la Iglesia: misterio, comunión y misión.203
Al leer el misterio pascual a la luz del relato del génesis sobre la procedencia de Eva de la costilla (costado) de Adán, desde la lógica perichorética Trinitaria, Cristo posee dentro de sí el elemento femenino. El Verbo por quien todo fue creado da a
luz de su costado abierto a la Iglesia;”204 por eso “el <<cuerpo-esposa>> que ha brotado de Cristo es caridad que refleja la vida trinitaria de amor”205. Ésta “no es
un bloque monolítico: como en el único Dios hay tres personas, así también la Iglesia es una realidad dinámica y multidimensional, hecha de diversos <<principios personificados>> (María, Pedro, Santiago, Juan y Pablo) que forman
un único cuerpo místico, esposa de Cristo”206; como también ‘múltiples
dimensiones y aspectos que ejercen unitariamente una interacción recíproca:
misterio, comunión y misión’207.
Porque ya es sabido que María es ‘portadora de las propiedades y dimensiones de la Iglesia’, así como la Iglesia está marcada por el marco de ‘misterio, comunión y
misión’208, María participa por el Espíritu de estos tres motivos, siendo así que su origen ‘está en el interior del misterio, ella es la mujer de comunión y su misión prosigue entre el tiempo y la eternidad.’209
4.2.1.2.1 Misterio:
“A causa de la caída, la humanidad estaba cerrada en la incapacidad de amar al Amor. Cuando la cima del amor debía ser derramada en la oscuridad de la
creación, había necesidad de un amor que aceptara este Amor”210. Por ‘preparación’211 María fue ese amor ya pensado desde el protoevangelio. Este
primero ha sido el desvelador de los misterios de Dios, pero sobre todo, de aquel plan divino que la misma Trinidad había decidido realizar en la plenitud de los
203 LEHAY, op. cit, p.43
204 Ibíd., p.56 205 Ibíd., p.59 206 Ibíd., p.60 207 Ibíd., p.11 208 Ibíd., p.95 209 Cf. Ibíd., p.67 210 Ibíd., p.70 211 Ver numeral 2.2.1.1.
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tiempos212. Entonces el misterio empieza a trazar una historia económica en el
intersticio de tiempo entre el acontecimiento del Paraíso y el inicio del fin de los tiempos; en este punto acontece María aceptando al Amor, y desde ella y con ella
la obra empieza a recorrer los últimos momentos hasta que, otra vez ‘la mujer
vestida de sol’ preceda la llegada del final del fin de la historia que se escribirá en
el juicio a la naciones.
Por María inicia el tiempo del Jesús histórico el cual, en cuanto cumplimiento de la
promesa conduce la historia de la humanidad a ‘encontrar su puesto y razón de
ser en el drama de la Redención’213, que no es otro que “el drama del amor entre Jesucristo y el Padre en el Espíritu Santo”214, del cual hablan los evangelios. De
este drama, es María la creatura que mejor se encuentra con el misterio215, es su
sierva, es su depositaria y, en cuanto preparada por el misterio y para el misterio, es la mujer que mejor lo encarna.
4.2.1.2.2 Comunión:
Desde la estética Balthasariana, la comunión es la lógica que conforma toda realidad que hace visible la relación de Dios con la humanidad y viceversa; es el
modo de coexistencia propia de la Trinidad, que se puede describir como “el
<<dar>>, el <<recibir>> y el <<unir>> que constituyen el diálogo divino de
amor”216. Porque <<Dios trabaja sobre nosotros, por nosotros, con nosotros>> (Karl Batrh), es este espíritu de comunión el eje de la relación entre ‘Dios y la humanidad, entre el hombre y la mujer, y entre Cristo y la Iglesia’217.
Tal comunión ha sido plasmada en la creación de modo majestuoso en la unión del hombre y la mujer por la cual se hacen una sola carne; se trata de un acto que no se limita a la relación sexual que termina en la procreación de la especie, sino que requiere de la conciencia de sus partes para prolongar en el tiempo, dentro del marco de la alianza con Dios, la unión comunional de los cuerpos; y esto hace
de dicho encuentro algo divino. De los roles adquiridos para la ‘unión’ es la mujer
que es esposa la representación máxima del encuentro íntimo de la creatura humana con Dios, puesto que ella es la portadora de la fecundidad, es la receptora de la semilla masculina y es en aquella donde se engendra la nueva
212 Cf. Ibíd., p.44 213 Cf. Ibíd., p.47 214 Cf. Ibíd., p.47 215 Cf. Ibíd., p.48 216 Ibíd., p.50 217 Cf. Ibíd., p.52
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vida218, para de este modo “ser la gloria del hombre”219 y, por ende, la Gloria de
Dios.
En analogía con el papel de la mujer en esta vida de unicidad, las elegidas de Dios en la historia de salvación: Israel, María y la Iglesia son las esposas de Dios; con ellas Dios se hace uno dentro de ellas y de ellas hace brotar la salvación para todos los hombres. Es con ellas con quienes la Trinidad demuestra que así como la naturaleza que hace de las tres personas divinas un solo Dios se llama comunión, no hay otro motivo que pueda hacer que sus esposas (Israel, María, la Iglesia) cumplan su misión salvífica si no es por el de la comunión.
4.2.1.2.3 Misión:
Los personajes de la historia de la salvación participan en ella con notables intervenciones para la misma historia porque el papel que desempeñan, en cuanto enviados por Dios con una misión, contribuye a que dicha historia sea para la humanidad precisamente eso: salvífica. Tanto profetas como levitas, como sacerdotes, como el pueblo judío con sus respectivas instituciones y avatares han
hecho concurrir con éxito y sin saberlo la salvación para el mundo pues “todo sucede para el bien de los que aman al Señor” (Ro 8, 28); consecuentemente, en el tiempo del Nuevo Testamento toda la historia y sus personajes trabajan en función de Cristo y su misión de manifestar el culmen de la salvación.
La misión de Cristo es la de comunicar la vida del Reino y hacerlo posible en el tiempo (tanto Cronos como Kairós); pero si el que es todopoderoso decidió de manera mistérica hacerse hombre, depender en su vida de otros hombres y morir en una cruz, es consecuente que su voluntad fuera continuar luego de su resurrección su misión junto a su Iglesia220, la que nace de su costado, la que
acoge María, la que tiene su principio ‘en el cimiento de los apóstoles’ (San Pablo) y desde entonces es ‘sacramento visible de las tantas gracias invisibles’ que
fluyen para la humanidad del misterio pascual.
4.2.1.2.3.1 Los Principios en la Iglesia
Que la Iglesia sea sacramento para la humanidad significa que ésta misma es institución, espíritu y carisma, que se manifiestan e integran entre sí como cuatro
218 Cf. Ibíd., p.53
219 Ibíd., p.53 220 Ibíd., p.59
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principios que interactúan en perfecta comunión; para esto, entiéndase por
‘principio de la Iglesia’ cada una de las “dimensiones fundamentales de la naturaleza de la Iglesia.”221 Desde Vaticano II se entiende que la Iglesia como
sacramento contiene una unidad externa, petrina (el principio externo) y una unidad interna, mariana (el principio interno); la primera es el principio jerárquico
de la Iglesia mientras que la segunda es “la presencia esponsal y materna de
María, que otorga una unidad mariana en el núcleo de la Iglesia celeste y terrena, donde el orden de la naturaleza es perfeccionado por la gracia, el eros por el
ágape, el cosmos creado por el amor eclesial.”222 Es por la conjunción de María y ‘Pedro’ junto con otros tres pilares (‘Santiago, ‘Juan’ y ‘Pablo’), que la Iglesia
visible e invisible actúa de manera sacramental para el mundo en todos los
tiempos. De los cinco principios, los otros tres principios ‘se hallan en los trazos de
la Iglesia primitiva descrita en el Nuevo Testamento y señalan la estructura fundamental de la Iglesia; sin embargo, a la luz de toda la Sagradas Escrituras el principio mariano los abarca a todos por cuanto el amor de esta mujer es anterior
a todo en la Iglesia’.223
Puesto que en la contemplación estética los ojos nunca dejan de observar el ser de Dios, es evidente que tales principios sean reflejo de su modelo: la Trinidad. Como ella, la Iglesia es una sola aunque pero se compone de cinco principios, que por la misma acción divina funcionan de manera comunional aunque con distinción de misión, para mostrar así cómo la Iglesia es Una y la única Iglesia de Cristo224. Dentro de dicha distinción de funciones, se llama principio petrino a ‘la
continuación de la misión de Pedro en la predicación del credo a ‘todas las gentes’
mediante el ministerio jerárquico e institucional225. A la luz de la teología estética
dicho principio, que es institucional, no se entiende de manera distinta a la de ser
“la garantía de la <<cristalización del amor>> en la predicación de la Palabra, en la Tradición y en los sacramentos, en la jerarquía y en los otros elementos
eclesiales, como también el derecho canónico”226. Su fin, al que ordena su existencia es el de “formar un pueblo que pueda participar en el aspecto <<subjetivo>> del amor recíproco entre el Padre y el Hijo. Y ésta es la realidad en que María toma parte de modo particular. La Anunciación, la Cruz y Pentecostés
apuntan a María, a su receptividad frente a este gran don del Espíritu.”227
El principio paulino pretende continuar la misión de Pablo en su modo de evangelizar y expandir el Reino de Dios, de la mano de nuevos carismas y nuevas
221 Ibíd., p.12 222 Ibíd., p.37 223 Cf. Ibíd., p.61 224 Cf. Ibíd., p.8 225 Cf. Ibíd., p.62 226 Ibíd., p.116 227 Ibíd., p.116
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‘espiritualidades’ en las fundaciones y asociaciones surgentes; es la explicitación
del obrar libre del Espíritu Santo pero siempre en sumisión a ‘Pedro’ como signo
de autenticidad en las misiones228.
En línea con la ‘diversidad de ministerios y carismas’, el principio joánico
compendia los elementos petrinos y paulinos dentro de un estilo de vida contemplativo a semejanza del mismo Juan. Pertenecen a esta dimensión de la Iglesia todos aquellos que cumpliendo los consejos evangélicos dedican su vida a
la oración en ‘clausura’ por amor a Dios, a la Iglesia y por ende al prójimo.229
Desde la historia Neotestamentaria, “teniendo Juan una mano en la mano de Pedro y la otra en la de María, tiene la misión de unir a maría con Pedro”230, sin
olvidar que María es para la Iglesia la más alta mediación y por eso en la tradición
popular se le llama la ‘omnipotencia suplicante’.
En cuanto al principio jacobeo, sobre todo a la luz de su papel en el Primer Concilio de Jerusalén, éste representa la continuidad entre la Antigua y la Nueva Alianza y, por ende, la Tradición y el Derecho Canónico, que señalan con constancia la importancia de importante volver a los orígenes de la historia para desde allí iluminar los caminos de la Iglesia de acuerdo con los tiempos que cruza.231
Finalmente el principio mariano, es el <<sí>> de María dado por respuesta al mensajero de Dios, el cual no pretende ser otra cosa que ser reflejado en la vida de cada miembro de la Iglesia y de esta como cuerpo místico de Cristo. Para este fin, hace uso del principio petrino, ya que requiere de una fuerza que unifique la labor de cada miembro en función de la misión que le compete y de la estructura que es.232 No obstante, dicho principio antecede al petrino por cuanto que no
puede haber unidad ministerial y jerárquica si previamente no hay una misma fe que se manifiesta en el <<fiat>>. Que garantiza la unidad en María de los otros principios.233 “María es, pues, ese principio de la Iglesia que lo abraza todo, el
punto en que todos los demás perfiles de la Iglesia encuentran el centro de la
gravedad de su unidad interna”234porque en ella ‘ya personificada la Iglesia antes de que esté organizada en los demás principios’.235
228 Cf. Ibíd., p.62 229 Cf. Ibíd., p. 62 230 Ibíd., p.129 231 Cf. Ibíd., p.63 232 Cf. Ibíd., p.12 233 Cf. Ibíd., p.8 234 Ibíd., p.63
79 4.2.2 María es la Iglesia
El recorrido histórico-teológico de la preparación del Pueblo de Dios y su comportamiento ante el mundo desde la forma eclesial que Cristo demanda de este, hacen concluir que la Iglesia de Cristo no ‘es como’ o ‘debería ser como’,
sino que es una persona236, María, especialmente desde su ser mujer, virgen, madre, sierva y esposa del Verbo. Sus características son el fruto del
discernimiento del ‘automostrarse’ del actuar divino en la historia salvífica, particularmente desde el espíritu que mueva a la institución que fundó. Su
personalización es consecuencia de tanto el ‘ser’ como el ‘deber ser’ de tal
fundación en el tiempo y en lo escatológico.
Es persona porque es ‘el cuerpo místico’ de una cabeza viva, que también es persona. En cuanto cuerpo de ‘la cabeza’, por vía de la inducción se encuentra
que posee también conciencia, voluntad y libertad propia que determinan su manera de ser en el mundo y de relacionarse con su cabeza. Es por este último
manifestarse que en cuanto su ser ‘persona’, se califica la Iglesia como ‘mujer’,
pues para su cabeza es también sierva237 y esposa238, así como en cuanto al
mundo es sierva, madre y maestra.
La Iglesia es mujer, pero no una mujer corriente. Así como se reconoce a María
como la Segunda Eva que, en igual obediencia que la de Cristo al Padre, ‘repara
lo que la primera había arruinado con su desobediencia. Sin embargo este papel
‘reparador’ se da de dos maneras particulares: como recipiente virgen de la Iglesia que a la vez es madre239. Porque María fue portadora en su corazón de una fe fuertemente creída por la cual se dio lugar en su seno a la encarnación de La Palabra, así también la Iglesia cree fuertemente en la Palabra de Cristo y la porta en su seno como la elegida de la cual se ha de dar a luz no sólo la salvación a los hombres (puesto que engendra a Cristo en el mundo240), sino también hombres
nuevos que por el Bautismo han de iniciar su camino sacramental (y porque es sacramental se supone que es existencial) como ‘eclesia’. Una vez que la mujer
da a luz, como mujer responsable del fruto que portó en su seno, le proporciona los cuidados necesarios para que a su tiempo cumpla con la misión escatológica
por la cual son sus hijos ‘traídos al mundo’: para ser salvos.
Es pues innegable que María es madre como la Iglesia, pero su maternidad acontece de manera virginal como su prototipo. Con cuidado es preparada en el
tiempo para el momento en el que en Pentecostés ‘el Espíritu Santo viniera sobre
236 Cf. RATZINGER. En: LEHAY, op. cit, p.183 237 Cf. BALTHASAR Y RATZINGER, op. cit, p.110 238 Cf. Ibíd., p.113
239 Cf. LEHAY, op. cit, p.22 240 Cf. Ibíd., p.22
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ella y el Poder del Altísimo le cubriera con su sombra’; así pues, el Verbo se hace
el don predilecto de esta madre al mundo y por él adquiere como María junto a la
cruz la maternidad de todos los hombres sin que para esto ‘haya conocido varón’.
Y así entonces la Iglesia es “virgen y madre a la vez: virgen, pues preserva su
cuerpo para la encarnación de su fe, o de la Palabra divina, con esa fe mediante la
cual precisamente llega a ser madre de manera inimitable.”241
Dios, al pronunciar su Palabra sobre los hombres por medio de los profetas, posteriormente en medio de los hombres por medio del mismo Verbo Encarnado
y, por su resurrección continuó su labor por los apóstoles, se dignó a “tener necesidad” de los hombres para llevar a cabo su proyecto de salvación. Es por eso que desde la estética teológica se puede ver a la Historia de Israel, a María y
a la Iglesia como “la mujer”242. Sin embargo, por un gracioso designio divino su identidad ‘perichorética’, es decir, por “la inhabitación mutua de María y de la
Iglesia, tan unidas que no se puede comprender plenamente a la una fuera de la
otra y sin la otra.”243