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EN EL SER DEL DISCÍPULO-MAESTRO

5.1 Rasgos característicos de su pedagogía (cómo)

Ver y oír (Jn 3, 32) para ir y enseñar (Mt 28, 19s). Tal como el mismo Jesús lo dice de sí y lo encomienda a los otros, su conocimiento se da por el oír y ver al Padre y su acción pedagógica se resuelve en un trasmitir, según su contexto, eso que vio y oyó como un fiel mensajero. Por sus palabras se tiene la certeza que el método bebe de la Fuente Fontal de todo conocimiento, el Padre, pero además la intuición de seguir unas características particulares en su persona, que garantizan tal aprendizaje por el ver y oír como lo son: una manera de ser atractiva que posibilita influenciar por amoroso respeto de quien ve y oye hacia la persona que enseña, y de que la existencia de la persona que enseña es reflejo del fin de aquello que se

259 A demás de la mirada estético-teológica balthasariana de la pedagogía de Jesús, para la

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enseña y como se enseña ya que el maestro se autoimplica en el ejercicio de enseñar: enseñando con la misma existencia, amando ‘hasta el extremo’ como al

dar su único Hijo para la redimir al mundo. Es un ver y oír que Cristo refleja en su

‘ven y sígueme’ (Jn 1, 38s) para que el discípulo experimente por la percepción de

sus sentidos a Jesús, pero que así mismo como Dios Padre con el Hijo, se

convierte en el ‘ir y enseñar’ o el mandato de trasmitir aquello que se ha aprendido por el uso de los sentidos y que finalmente, para el caso de los discípulos de Cristo, continúa por el ‘yo estaré con ustedes siempre’ (Mt 28, 19) para que así el discípulo pueda ir y enseñar “todos los días” (y en ellos la Iglesia “hasta el fin del mundo”).

Formación permanente. Se trata de ser siempre discípulos del maestro para poder ser siempre maestros de nuevos discípulos. El conocimiento es inagotable, máxime si es el que proviene de la fuente de todo conocimiento, el Padre; de manera que resultaría siendo irresponsable consigo mismo y la vocación de maestro aquel docente que no procure permanecer en constante aprendizaje de su saber y en perfeccionamiento de su modo de ser a la hora de enseñar lo que sabe. Y si aquel de quien aprende es Jesús mismo, el más atractivo de los maestros en su ser, la capacitación se hace fácil y seductora.

En escucha del maestro interior. Un buen maestro es aquel que se forma al pie de otro gran maestro; pero para el caso de permanecer junto al arquetipo de maestro, sólo se es un buen discípulo suyo si más que seguirle, se le deja inhabitar (de nuevo es menester repetirlo) en lo más profundo del ser para dejarle así actuar de modo mejor como maestro interior que es260 (Rm 7, 22). Si por el bautismo se presupone la presencia trinitaria en el ser del bautizado, para la escucha de este maestro interior basta sólo con ‘entrar en tu aposento y, después de cerrar la

puerta, orar al Padre que está allí en lo secreto’ (Mt 6,6). Se trata esto de una actitud en la cual ha de darse el perfecto conocimiento, de la cual ya había hecho mención San Agustín a propósito de éste maestro:

“incluso en las cosas que se contemplan con el alma, todo aquel que no puede contemplarlas por sí mismo, en vano oye las palabras del que las ve, a no ser porque es útil creerlas mientras las ignoramos. Por el contrario, el que las puede contemplar, en su interior es discípulo de la verdad, en el exterior juez del que habla

260 “En cambio, cuando se trata de aquellas cosas que contemplamos con el alma, es decir, con el

entendimiento y la razón, hablamos sin duda de lo que vemos en aquella luz interior de la verdad,

con la que se ilumina y goza el mismo hombre llamado interior” En: SAN AGUSTIN. El maestro o sobre el lenguaje y otros textos. Madrid: Trotta. 2003. p.125

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o más bien de la misma locución. Pues con mucha frecuencia sabe éste lo que se ha dicho, y lo ignora el mismo que lo ha dicho”261

“Por el contrario, una vez que los maestros han explicado con palabras todas esas disciplinas que profesan enseñar, e incluso las relativas a la misma virtud y la sabiduría, aquellos que se llaman discípulos se preguntan a sí mismos si se les ha dicho la verdad; y lo hacen contemplando, en la medida de sus fuerzas, aquella verdad interior, pues es entonces cuando aprenden”262

Cierto es que el aprendizaje depende más del discípulo que del profesor pero, una vez identificado aquel que enseña en y desde el interior, por vía de la seducción y enamoramiento del docente y su sabiduría, ha de llegar a ser Jesús: santo y justo, porque todo conocimiento ha de llevar al hombre a la justa medida de lo que debe ser. Pero esto, estimulando y facilitando un aprendizaje que se da por medio de la reflexión y por la reflexión a la contemplación.

Saber difiere de conocimiento. Del mismo análisis de la vida del Jesús histórico se conoce que su fuente de sabiduría fue el Padre y la fuerte fe que tenía en él. Es así como aparte de lo que ya había contemplado por el ver y oír en su estado de preexistencia, luego de encarnarse no tuvo mayor estudio en las ciencias del hombre que el de las escrituras y la oración de cara a hacer la voluntad del Padre. Porque Cristo forma maestros en sabiduría más que en una ciencia particular, son tales fuentes (escrituras, oración y fe) las que iluminan en el interior del hombre lo que debe saber, ser y hacer en su camino de santidad; ellas mismas son las que hacen vigentes en todos los tiempos la enseñanza de Jesús. De igual manera, esas luces que da el maestro interior por la reflexión de las fuentes a la luz del nuevo imperativo categórico que es el del mandamiento del amor, aseguran que el discípulo maestro sepa prepararse en el conocimiento de los problemas cognoscitivos, prácticos, religiosos, psicológicos y espirituales de la población a la que ha sido enviado, para que su labor sea más efectiva, a la vez que humana, por razón de que la sabiduría de la fe le obliga a la reflexión de los problemas educativos en todos sus escenarios pero sobre todo el de la formación primera de casa, y luego, ya vendrá la aplicación del conocimiento particular.

Autoridad. Toda autoridad proviene de Dios (Rm 13, 1). Pero no una autoridad entendida como ejercicio de poder sino, desde el “prestigio que se requiere para poder influenciar positivamente o enriquecer a sus interlocutores”263. Enseñar con

261 Ibíd., p.128 262 Ibíd., p.132

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autoridad significa entonces comunicar con la sola presencia la suficiente confianza en el interlocutor, como para que éste deposite su voluntad de aprender en las manos de su maestro; lo que se traduce en una relación de atracción entre el aprendiz y el conocimiento que emana de su maestro. Sólo tiene autoridad quien recibe su ser maestro de la Gloria de Dios y la relación inhabitada del Glorificado. Por la misma razón, sólo puede ayudar a dar vida en abundancia quien deja al mismo creador dar vida en sus creaturas y allí, en el traslucir del creador en el ser del maestro, se trasparenta una autoridad que seduce y atrapa sin condiciones a sus oyentes.

Estilo propio. “El estilo pedagógico de Jesús es Él mismo” por cuanto se implica con todo su ser divino y humano en la tarea de ser maestro. Un estilo no nace de adoptar actitudes, acciones y modos de enseñar sino sirviéndose de éstos y creando otros tantos para ser la misma persona a través de la enseñanza. Si, como se ha dicho, ‘los elementos principales de la enseñanza de Jesús surgen de

la relación entre la conciencia que tiene Jesús de sí mismo y el hondo sentido de

su vocación y misión’264 igualmente los elementos que conforman el estilo de su

discípulo enviado a enseñar: desde la plena conciencia de quién se es y el sentido de su vocación y misión, para que en su labor magistral pueda propiciar un verdadero encuentro entre maestro y discípulo en el que le transmita su testimonio de vida como la primera enseñanza vital que puede recibir quien percibe al maestro.

Intérprete y transformador de la historia. La pedagogía de Jesús es la pedagogía de Dios Padre quien hace uso de la historia de los hombres para propiciar, por vía activa o pasiva y con ayuda de la libertad de cada hombre, situaciones de vida que generen experiencias significativas y, por lo mismo, aprendizajes seguros. Con independencia de la labor magisterial de sus discípulos, el Maestro de Maestros sigue enseñando en la historia con la confianza que aquello que no se alcanza a oír ni ver (Mt 13, 10-17), sus discípulos lo sepan interpretar para hacer ver y oír. Por otro lado, la Palabra de Dios no regresa a la boca de Dios vacía (Is 5, 10) sino que es acción y Gloria de manera tal que aquel que se encuentra con ésta, ante su seductora belleza, no puede menos que hacer metanoia (Gal 2, 10) y, en apremio de la caridad de Cristo, moverse al encuentro amoroso por el otro. Y dónde hay amor, hay edificación, enseñanza, pedagogía de Jesús que hace del ser encontrado, uno mejor capaz de enseñar a amar y transformar a otros.

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Según los contextos. Lejos de fundamentalismos y absolutismos contra los que luchó el mismo Jesús en sus días de historia, en éstos tiempos vale mucho centrarse en el aprendizaje de ‘misericordia quiero que no sacrificio’ (Mt 9, 13) para comprender que por vía de la seducción del amor se lleva mejor el hombre a la Gloria que por el mero cumplimiento de los preceptos farisaicos. Su actitud fue de comunión en las mesas de los pecadores (Mt 9, 10) haciendo ver que es sólo en el ágape con el hermano como realmente se enseña el sentido de la ley más que la ley misma; ágape que acontece en todo tipo de mesas con sus costumbres y que busca antes que violentar, dialogar y fraternizar. No obstante, para evitar

que la fe degenere en el sincretismo, ‘el teólogo tiene la grave responsabilidad de

investigar de nuevo la revelación de Dios a la luz de la tradición de la Iglesia y la explicación que hacen los Padres de la Iglesia y el magisterio de la Iglesia, pero incorporando la sémina verbi a la idiosincrasia de cada cultura’’ (AG22).

Desde la pedagogía de la cruz. Porque al enseñar no se puede amar plenamente al otro si no es en el despojo de sí mismo y a sabiendas que dejar algo para sí es egoísmo. La muerte de sí mismo es demanda de la inhabitación de Dios en el ser maestro porque el amor no es tibio ni frío sino caliente como la acogida que propicia. No es posible amar a medias como no se puede cumplir una vocación a medias y menos la de enseñar a los otros para, a fin de cuenta, ayudarlos a salvar mediante el uso de las ciencias del hombre o la de Dios que es la ciencia del Evangelio. Así pues, no es maestro como Jesús aquel que no muere a sí mismo por amor y, si no es como el único maestro que es Jesús, no se puede ser maestro de nada.

A semejanza de María. Dispuesta a aprender de su propio Hijo así como del Padre del Hijo, todo lo que veía en su historia con referencia Jesús “lo guardaba y meditaba en su corazón” (Lc 2, 19), no como quien archiva y olvida lo archivado

sino como quien lo reflexionaba y permanece a la expectativa de un nuevo aprendizaje que complemente y esclarezca mejor el anterior. María fue la primera discípula por cuanto por primicia del ángel tenía plena conciencia que el fruto de su seno era el Emmanuel esperado (Lc 2, 10); por su discipulado se hace la primera maestra de discípulos pero con la peculiaridad de ser además su madre, así como Dios es padre y madre (Mt 7, 7-11), por la pedagogía innata de la naturaleza que le faculta para tal tarea; pero también por la fe y la confianza de que no es en sus fuerzas sino en las de Dios mismo y así se constituyó en maestra de su Hijo y maestra de los hombres. Así también el buen maestro está ávido de aprender de sus discípulos e hijos (algunos en la fe) dado que no hay aprendizaje absoluto ni quietud en las culturas de los pueblos y mucho menos en medio de un escenario globalizado; pero también sabe que cualquier labor de

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maestro que ejerza, sea donde sea, siempre será de la mano del Maestro que es Padre y madre a la vez. No por eso, debe olvidarse de ser como la misma María: la Esposa que porque es fiel a su marido es su ‘ayuda adecuada’, sierva al cumplir libremente con la vocación del maestro y dejarse moldear por él para ser el buen maestro que necesitan los demás, y madre por la fecundidad de su enseñanza con lo cual sabe que un hijo suyo (alumno) no ha sido amado como hijo si algún día no tiene que dar gracias a su madre por ser quien es.

Dentro del sentir de la Iglesia. Porque el cristiano ha de pensar y amar ‘no como los hombres sino como Dios’ (Mt 16, 23), lleva por el bautismo el llamado de ser en la Iglesia como María: Dentro del marco de un servicio que implica estar siempre disponible como al pronunciar ella su “fiat”, de igual modo el maestro a todo lo que el otro bien sea, el discípulo, los compañeros maestros o instituciones necesiten en función de una educación de calidad; de igual manera acompañando y fortaleciendo toda labor de la Iglesia de la que se es miembro para, en el ámbito de la relación esponsal con el Maestro, lograr la comunión en el vínculo discípulo- maestro que posibilita todo tipo de enseñanza. Finalmente, como María madre, paciente, cuidadosa, diligente y amorosa con sus hijos, así el maestro sobre todo para con los pobres del Señor, no sólo los que no tienen el pan material sino para todo tipo de pobreza.

5.2 Porqué

Porque el hombre ha sido creado libre y para permanecer libre. Dios hizo al hombre libre y busca garantizarle tal valor desde la manifiesta compasión para los oprimidos (Mc 6, 30-34). Hoy en día hay muchos tipos de esclavitud además del pecado personal, que impiden el pleno desarrollo de la persona humana dentro de su capacidad de autodeterminación responsable y uno de los más grandes es dejar al prójimo en la ignorancia; ella paraliza al discípulo en su capacidad de ser consciente de sí mismo y de lo que le rodea, así como también lo limita para tomar decisiones correctas. Por el contrario, el conocimiento es dominio de sí y de cuanto está a su alrededor para que cada quien sepa allanar por gracia de Dios sus propios caminos y los modos de cumplir, dentro de los propósitos que determinan la felicidad personal, la vocación universal a la santidad. Por tal razón, es obligación del maestro proporcionar en su enseñanza situaciones o experiencias significativas que impulsen a confrontar la vida y el ser del discípulo con las directrices del maestro interior, cuestionándolo sobre todo en los paradigmas que son propios de su manera de pensar avistas de su ser.

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Porque el mejor camino hacia la libertad que da el Reino consiste en ser discípulos-maestros. La constitución ontológica de los hijos de Dios se manifiesta y permanece en el mundo mediante la dinámica discípulo-maestro; esto es, el discipulado permanente del único maestro pero que en determinado punto del camino implica ser maestro, en nombre del maestro, de nuevos discípulos. Quien ama responsablemente a quien es su cabeza y se deja inhabitar por él, sólo se dedica, por amor, a ayudar a su esposo en su labor salvífica de ser educador del reino por obra en el ser del único maestro. Sin importar la profesión civil de las personas, por la dinámica descrita todo discípulo es maestro que busca ejercer su magisterio en determinadas pastorales, aun entendiéndose por ésta el testimonio

de vida, pues así como ‘no hay cristiano sin cruz’ tampoco lo hay si no sigue a su

maestro. De manera que es importante que cada discípulo encuentre su forma de ser maestro e implemente las acciones pedagógicas necesarias para llevar a cabo su vocación según sea su escenario, con el fin de hacer de sus futuros discípulos, maestros del Reino sin importar que otro conocimiento adicional le haya sido impartido.

Porque todo conocimiento edificante es salvífico para quien lo recibe. La escritura muestra el camino con palabras que resuenan en el tiempo porque sus enseñanzas responden a los avatares de la historia personal y de los pueblos, haciéndose para éstos y sus protagonistas historia de salvación. Como Israel, de la conciencia de sí mismo, de su vocación y misión, se elabora una pedagogía (la de Dios Padre) que se prolonga en el tiempo y se re-interpreta con constancia en las directrices del magisterio. Su fundamento no está puesto en un tercero sino en la misma autoridad de Cristo y su papel no es otro que el de ser conocedor de la sabiduría de Dios, para ejercer como traductor de su maestría, aunque también el de interpretador de los signos de los tiempos y que así se adecúe lo mejor posible el mensaje del Reino. Si el mensaje recibido no libera y suscita una verdadera conversión estereotipada en una nueva actitud de vida, entonces tal no procede del único maestro y no es más que un bien aparente que en nada educa ni salva. Por ello, corresponde al buen maestro ser cuidadoso y preparado en aquello que enseña para que sus palabras y acciones no se queden en la vaciedad de las vanidades (Qo 12, 8) sino que garanticen personas mejor formadas y dignas de ejemplificar el plan salvífico de Dios.

Porque brille la Gloria de Dios en su Reino peregrino. Cada manifestación de amor del hombre hacia sí, el prójimo y Dios es una manifestación terrena de la Gloria de Dios; sin embargo, dicha Gloria trasluce cada vez más como mayor sea el grado de abnegación y muerte a sí mismo por el otro, sobre todo, los enemigos. Ser maestro es el producto del amor de Dios, esto es, de dejarse amar primero por él

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para que, habiendo sentido hasta las entrañas la pedagogía de tal amor, amar en la misma analogía divina a todos los hombres. El cambio hacia un mundo mejor se encuentra en la educación de calidad, pero entendiendo por esta, más que infraestructuras modernas y pedagogías más humanas, la formación en valores humanos (y por ello evangélicos) en el maestro para que al trasmitirlos suscite cultura en quienes le escuchan porque únicamente quien encarna los valores del Reino es reflejo de la Gloria de Dios en sí mismo y fiel trasmisor de ésta a los