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CAPÍTULO V. EL DE SCRIBENDA HISTORIA LIBER DE GIOVANNI ANTONIO VIPERANO

TERCERA PARTE: LA LENGUA Y EL ORNATO.

5.3. CONTENIDO DE LA OBRA

El comienzo del primer capítulo, de título Quid sit Historia?, refiere la definición exacta del vocablo Historia, destacando que la disciplina histórica desde su inicio es definida respecto a una realidad sobre la que se indaga, se testimonia. El autor remonta al origen griego del vocablo y resalta la importancia que tiene para la historiografía griega el hecho de que el conocimiento histórico esté relacionado con la observación y con lo oído. Partiendo de estas premisas básicas, expone la trayectoria que sigue el género

214 Para este estudio seguiremos la obra de J. M. Rozas, Significado y doctrina del “Arte nuevo” de Lope de

historiográfico, semejante al de muchos otros géneros: nacimiento, desarrollo y momento de máximo esplendor. Cada una de estas etapas está marcada por el ornato. Nombra a los primeros historiadores grecorromanos y reconoce que su estilo es poco elegante. Ya con Heródoto, en el mundo griego, y Antipater215, en el romano, la historiografía comienza a sobresalir, pero quienes verdaderamente la llevan a la cumbre son el griego Tucídides216 y los romanos Salustio y Tito Livio, ya que en ellos se une la pulcritud del estilo a la exactitud de lo narrado.

Teniendo muy claro el concepto de historia y su desarrollo como tal género en la Antigüedad, Viperano considera necesario matizar y ampliar el concepto; para ello ejemplifica con una cita de Aulo Gelio en la que incluye los anales en el género histórico, pudiendo así comprobar el cambio que existe en el estilo entre lo que él llama “vieja historia” y la historia actual. Lo que sí está claro es que los anales ofrecen material de primera mano a la historia.

La primera conclusión, por tanto, es que para escribir historia es necesario utilizar un estilo adecuado al género y buscar la objetividad de lo expuesto.

Una segunda idea es la de concebir la historia como un proceso meramente humano, en el que el hombre es el verdadero protagonista y que nada tiene que ver con circunstancias transcendentes.

Finalmente, el fin último de la historia es ser útil, al rey y al estado. En definitiva, es un elemento más de la política.

Quedan así resumidas las características básicas de la historiografía y de la teoría de la historia en la época en la que escribe nuestro autor.

El título del segundo capítulo es Quae sit materia et quis finis historici? No importa escribir sobre un conjunto de hechos históricos o sobre uno solo, lo importante es tener claro el material que debemos utilizar, el propósito que se busca y el método que se ha de seguir.

215 Recuérdese el pasaje del De Oratore ciceroniano (2,54): Paulum se erexit et addidit maiorem historiae

sonum uocis uir optimus Crassi familiaris, Antipater.

216

Cfr., QVINT, inst. 10,101 Nec opponere Thucydidi Sallustium uerear, nec indignetur sibi Herodotus

aequari Titum Liuium, cum in narrado mirae iucunditatis clarissimeque candoris, tum in contionibus supra quam enarrari potest eloquentem, ita qua dicuntur omnia cum rebus tum personis accommodata sunt; adfectus quidem, praecipueque eos qui sunt dulciores, ut parcissime dicam, nemo historicorum commendauit magis.

La materia de partida son las hazañas realizadas por el hombre sin intervención divina, ya sean individuales, ya conjuntas. Ciertamente, la filosofía, la poesía y la oratoria pueden sacar a la luz las acciones del hombre y su fin último es el deleite del lector pero la historia se caracteriza porque su fin último es enseñar mediante los ejemplos mostrados.

Sigue insistiendo en la dicotomía deleitar / ejemplificar y añade que en poesía el deleite del lector se superpone a lo narrado, en historia es necesario que sea justo lo contrario porque utilizar un estilo demasiado elevado o utilizar en exceso la amplificatio ocultaría la pretensión última del historiador.

El capítulo tercero lleva por título De laudibus historiae. Para elogiar el género histórico, comienza poniendo en la balanza los conceptos de cultura y conocimiento práctico (experiencia) como base para adquirir prudencia. El primero es universal y se aumenta con el estudio; el segundo se consigue con la edad y tiene carácter individual.

Una vez definidos estos términos y sirviendo de comparación la filosofía se inician las alabanzas del género. La filosofía, por una parte, se fundamenta en la ciencia de carácter universal; de otro lado, la historia presenta las experiencias ajenas para que puedan ser imitadas. El autor llega a la conclusión de que la experiencia se une al conocimiento práctico y éste es el que queda plasmado en el género de la historia, que consigue dar actualidad al pasado. Recuerda, para ejemplificar, a personajes históricos cuyos actos han estado marcados por las acciones de otros: Luculo, Filomenes, Escipión el africano, Alejandro Severo. Con ello pretende la búsqueda de la virtud, resaltando la importancia de conocer el pasado para no vivir en la ignorancia.

En cuanto al método que se ha de utilizar, el historiador debe exponer su material sirviéndose de un discurso suave y fluido. Para ellos, necesita el apoyo de otras artes y ciencias. Se sirve de la oratoria para persuadir, de la lírica para deleitar, de la épica para las historias narradas. La relación que se establece es recíproca.

Por último, refiere las ventajas de conocer y leer historia. El conocimiento del pasado abre las perspectivas del futuro. Su lectura provoca deleite porque aviva el deseo de aprender y de conocer cosas nuevas y diferentes, sentenciando con una hermosa cita de

Cicerón: “la historia es el testigo de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida, la mensajera de la vejez217.

En el capítulo cuarto (De inventoribus historiae), Viperano intenta encontrar cuál fue el nacimiento de la historia. Señala que su origen es oscuro. Expone varias opiniones al respecto: unos se remontan a los egipcios, otros a los judíos, otros al imperio babilónico. Pero dejando a un lado las distintas teorías sobre el nacimiento de la historia, él da su propia opinión: en un primer momento, se transmitía de forma oral cualquier hecho bélico y hazañas importantes, luego, para que quedarán en el recuerdo se anotaron con símbolos, hasta que apareció la escritura.

El título escogido papa el capítulo quinto es el de Quod oratoris munus sit:

historiam scribere. Las tesis argumentadas por Viperano son las siguientes: no todo el

mundo está preparado para escribir historia, aunque el material histórico esté ahí para ser utilizado en cualquier momento y por cualquiera. Pero escribir historia debe ser además un trabajo artístico, no inspirado por una fuerza divina, sino realizado y trabajado por alguien preparado para este menester. El autor sugiere que el orador es el indicado para llevarlo a cabo218, contando con el respaldo de la dialéctica y la retórica.

Desmenuza a continuación cuáles son los preceptos que marca la retórica para construir un obra digna de ser considerada como literaria: captar en todo momento al lector y hacerlo partícipe de la narración. Ésta, a su vez, debería ser breve, clara, verosímil y agradable. Vuelve los ojos a su venerado Cicerón, de donde toma la idea de la vinculación entre el orador y el historiador, presentando a éste como el orador por excelencia, digno de ser imitado. Con Cicerón vuelve de nuevo a insistir en que a pesar de que son los eruditos los conocedores de la historia, sin embargo escribir historia es una tarea propia del orador219.

217 CIC. de orat. 2,36,1: Historia uero testis temporum, lux ueritatis, uita memoriae, magistra uitae, nuntia

uetustatis.

218 La idea de que sea el orador el que se dedique a escribir la historia aparece en Cicerón, concretamente en el

de orat. 2,62: Sic illuc redeo: uidetisne, quantum munus sit oratoris historia? Haud scio an flumine orationis

et uarietate maximum; neque eam reperio usquam separatim instructam rhetorum praeceptis; sita sit ante oculis. Cicerón es un autor, como ya hemos dicho en numerosas ocasiones, admirado, estudiado e imitado por

Viperano.

219 CIC. de orat. 1,187: in grammaticis poetarum pertractatio, historiarum cognitio, verborum interpretatio,

Con el capítulo sexto, De rerum delectu, comienza la que hemos denominado en la estructura de la obra segunda parte. Es de vital importancia para el escritor de historia la elección y disposición de los hechos que han de ser narrados.

A. La elección: el principio del que parte el historiador es la investigación puesto que los hechos no pueden ser ficticios. El material se escogerá con objetividad, no ha de ser demasiado común, ni insignificante sino fundamentado, con abundantes ejemplos de virtudes, variado y sorpresivo para el lector.

La naturaleza del material histórico es la misma ya desde los clásicos, pero siempre matizando. No está Viperano de acuerdo con Heródoto en el hecho de que incite al historiador a escribir sólo las acciones favorables para la patria y critique a aquellos que han plasmado en su obra otro tipo de hazañas. Las razones de su desacuerdo están fundamentadas en las enseñanzas transmitidas por dichas acciones, aunque no debe ser expuesta ningún tipo de historia deshonrosa (crítica que dirige a Suetonio).

Una vez elegidas cuidadosamente las historias, habría que tener en cuenta la proximidad o lejanía de éstas en el tiempo. Para las que se producen en tiempos remotos hay que basarse en las fuentes, proporcionadas por los autores clásicos, lo que les dará autoridad y autenticidad. Por su parte, las más cercanas al autor se basarán en la investigación de campo: el historiador tendrá queconversar, dudar, refutar, afirmar...

B. La disposición: hay que realizar dos tareas esenciales, ordenar el material y narrar lo ordenado. Para formar el cuerpo de la obra se ha de clasificar el material, decidir el principio y el fin, es decir, qué hechos exactamente ha decidido narrar y, finalmente, el encadenamiento de los hechos, que deben aparecer como un todo ordenado en perfecta armonía.

Este proceso se sigue no sólo para obtener el conjunto de la obra sino para cada una de las partes porque el objetivo último de la obra historiográfica es la utilidad y brevedad. El último consejo es no apartarse del camino de la narración inicial, bien por un exceso de información o bien porque la información aparezca incompleta.

Continuamos con el capítulo séptimo que Viperano titula De rerum dispositio. Para obtener una buena historia es necesario que exista un hilo argumental con principio, progreso y fin. Al hablar de principio es necesario remontarse a las causas, definidas como las emociones que mueven a hacer algo, frente a proyecto, que sería la construcción mental

de un proceso posible de llevar a cabo. Lo más importante para el historiador es la explicación de la gesta, pero la narración sumaria y breve de las causas la clarifica. Ejemplifica con Salustio, que se remonto a los orígenes de Roma para explicar un hecho reciente.

Habla también del final de la narración, en el que debe aparecer las consecuencias que se han producido y por supuesto en la narración hay que utilizar todo tipo de procedimientos, siempre y cuando su objetivo principal sea proporcionar datos clarificadores: límites, lugares y épocas.

Otro tipo de aderezos que no puede olvidar el historiador es la inclusión de cualquier tipo de prodigio, fenómeno natural, adivinaciones, etc., que amplíe la visión de lo narrado.

Por último explica y distingue el proceso de escribir biografía y el de escribir historia. A modo de conclusión y ejemplificando con la obra de Polibio vuelve a referir, esta vez de manera resumida, el proceso que debe seguir el historiador para la narración de hechos: estructurar mentalmente todo el material, explicar a continuación, mediante la narración ordenada, dicha estructura. La unión de ambos procesos forma el cuerpo de la historia.

En el capítulo octavo (De multiplici actione), divide las acciones en simples, con un solo hilo argumental y complejas, con varios argumentos aunque un mismo tema. El estilo, en el primer caso puede ser recargado para evitar la falta de interés por parte del lector; en el segundo caso, por el contrario, ha de ser sencillo para evitar confusión. El escritor debe discernir perfectamente épocas y lugares, siguiendo un orden cronológico exacto. Una parte del capítulo está dedicada precisamente a las etapas cronológicas y a la importancia que tiene presentar la historia por épocas bien diferenciadas, con el fin de dar cohesión y conectar un hecho con el otro, una hazaña con otra. Reciben alabanza, por parte de Viperano, la trabazón de las historias de Heródoto y Tucídides. Y de nuevo retoma la forma de estructurar una acción compleja y esta vez cobra importancia las causas que han originado la historia y el final, que son iguales aunque existan argumentos múltiples y variados. Lo ejemplifica usando la imagen de un cuerpo: cada miembro cumple su misión y forma parte de un todo.

¿Qué se puede insertar en el discurso histórico para hacerlo más fluido y más atractivo para el lector? Este es el problema que plantea en el capítulo noveno (De

digressionibus, descriptionibus, concionibusque interponendis). El historiador se vale del

método de amplificación y adorno. Viperano analiza los tropos más utilizados en historia: las digresiones, que define como el paso de un asunto a otro. El objetivo es que el lector se recree. Como el objetivo de la poesía es precisamente deleitar, compara ésta con la historia. La diferencia radica en que la inserción de estas pausas ha de ser moderada y medida hasta sus últimas consecuencias. Salustio es el autor que mejor ejemplifica al hablar de las costumbres de César y Catón.

Las descripciones, segundo tipo de interposición, se dividen en dos bloques, las descripciones de pueblos y las descripciones de personajes destacados. Ayudan también las que se detienen en los lugares, para las cuales es aconsejable que el historiador los conozca personalmente (como Salustio, que visitó África para describirla), las de épocas, muy convenientes para establecer una visión panorámica o de cualquier otra cosa, siempre que en ellas prime la objetividad y un trabajo serio de investigación.

Por último, los discursos y arengas son muy valorados en historia. De ellos podemos destacar dos clases: los directos en los que habla directamente el personaje y los indirectos en los que el historiador es el trasmisor de las palabras. En la forma de presentar y escribir discursos, se demuestra la habilidad del historiador, porque caracteriza con ellos a un personaje ilustre, habla sobre asuntos de importancia y ayuda a una mejor explicación de los hechos. Para Viperano los verdaderos maestros del discurso son, en el mundo griego, Tucídides, y en el latino, Tito Livio. El último consejo está en elegir el tipo de discurso según la situación: no es lo mismo arengar a los soldados antes de una batalla que dirigirse al Senado o criticar una situación.

En el capítulo décimo (Quod ueritas fundamentum et uita Historiae sit) el tema que trata es el de la verdad como base de la historia. No existe lugar para la invención en este tipo de género. Se refiere a las críticas que recibe la historia por parte de algunos escritores al interponer discursos en estilo directo y lo que esto afecta al concepto de verdadero. Pero para Viperano, evidentemente, tal proceder tiene justificación, pues el historiador no es el que pronuncia estas palabras (que no pueden recogerse bajo ningún concepto) sino que su misión es presentar los hechos (que sí se han producido), basados en

la verdad para evitar estas críticas y ganar en fuerza y autoridad. La mejor forma de explicar el concepto es recurrir, una vez más, al tópico de la historia como un espejo que devuelve la imagen de las cosas.

El historiador debe tener clara la diferencia entre poesía, cuya base es el deleite, y la historia, basada en lo verdadero. La única forma de conseguir la verdad es la objetividad. Nos sirve de ejemplo el favoritismo de Livio hacia los romanos, o la animadversión de Salustio por las alabanzas del Senado a Cicerón, que oprimió el levantamiento de Catilina. Dirige además sus críticas hacia la historiografía griega, falta de objetividad y cuya finalidad es alabar a los suyos.

En el capítulo anterior había recomendado nuestro autor escribir acontecimientos de significativa importancia para la acción: presagios, milagros.... Esta afirmación no casa con el concepto de verdad. Busca la solución en Livio y Dión, ambos consideran que sea el lector el que juzgue la credibilidad que pueden llegar a tener.

En el capítulo undécimo (De interponenda scriptoris sententia) dilucida si el escritor debe dar su opinión e intervenir en la historia o no. Viperano está completamente a favor de la intervención directa del autor en el escrito y estructura cómo se ha de hacer. En primer lugar, es necesario exponer al lector todos los antecedentes y explicaciones para ir analizándolas una por una. La segunda regla que el historiador ha de tener presente es que en la desmembración primará sobre todo la objetividad. Como última recomendación sugiere al buen escritor usar el género laudatorio, mejor que la crítica. Pero, tanto si se elige una como otra, la brevedad y proporción son importantes (considera una buena crítica la que Salustio hace sobre Metelo220). El capítulo continúa hasta finalizar con diferentes ejemplos de distintos escritores y su opinión acerca de determinados acontecimientos. Luciano, por ejemplo, analiza los caracteres de los personajes como si él tuviera algín tipo de poder divino sobre ellos; Livio, Salustio, Justino opinan sobre la escasa necesidad de apelar a las divinidades en historia; Plutarco, el más admirado por Viperano, da su opinión sobre filosofía, describe las costumbres, los caracteres, los debates y es un magnífico biógrafo.

Después de elegir bien los hechos que se van a narrar, es conveniente tener en cuenta la forma de escribir y a esto está dedicado todo el capítulo duodécimo (De cura

verborum)

Viperano recomienda siempre el uso de vocablos latinos peculiares y variados, que no sean excesivamente complejos porque la razón última del estilo del historiador debe ser la claridad. En segundo lugar, a la hora de elegir, debe buscar las más aptas, dignas y serias y a continuación las más amenas, brillantes y elegantes.

Acerca de la creación de nuevos vocablos, considerando el latín de esta época, no está a favor de la invención de palabras, ya que malogran la lengua latina, a no ser que su creación resulte indispensable para cosas que no se puedan expresar en latín. Recomienda algunas técnicas para la correcta formación de palabras, como la analogía, la onomatopeya o la imitación de palabras de otros autores.

Hay que tener en cuenta además que existen palabras propias del género histórico y particulares de historiador. Viperano presenta algunos ejemplos en autores concretos (“pacificar” es una palabra propia de la historia, Salustio utiliza “levantar la vista” por mirada, etc). Todo contribuye a dar coherencia y cohesión al discurso histórico.

No está de más el uso de figuras poéticas en historia, como en los géneros