CAPÍTULO IV. LA TEORÍA DE LA HISTORIA: RENOVACIÓN HISTÓRICA DEL HUMANISMO.
4.1. E L NACIMIENTO DE LA HISTORIA COMO CIENCIA
Los rasgos básicos por los que se define la historia en el período humanístico son, por un lado, su carácter retórico y, por otro, un manejo de primera mano de las fuentes clásicas. La historia, por tanto, tiende a entrar en contacto con la poesía y la poética, debido a su reconsideración estética. También es importante destacar que la historia empieza a ser considera debido a su relación con la filosofía en cuanto ciencia auxiliar de ésta. Con estas premisas:
1. El movimiento historiográfico tiene su origen en Italia66 y sus precursores son Petrarca y Boccaccio, hacia finales del siglo XIV. En algunas de sus obras de tipo histórico se establecen principios básicos para la escuela florentina: la utilización de términos técnicos de la administración y la guerra propios de los romanos como si fueran expresiones utilizadas con normalidad; el apoyo en autores clásicos y el alejamiento de las invenciones de la Edad Media.
Abandonado, pues, el viejo esquema cristiano-medieval, los humanistas se esfuerzan en dar a la historia no sólo una dimensión más humana y menos impregnada de
66 “E dall’ Italia si difusse negli altri paese; e, como accade sempre che si trasporta un’ industria in un paese
vergine, che i primi operari o tecnici vengono chiamati dal paese d’ origine, cosí i primi storici umanisti delle altri parti di Europa furono italiani: e sono noto el veronese Paolo Emilio, che Gallis condidit historias, donó ai francesi la storia umanistica de Francia col suo De rebus gestis Francorum, e Polidoro Virgilio, che fece il simile per l’Inghilterra, e Lucio Marineo per la Spagna, e altri e altri ancora per altri paesi finché non suscitarono cultori indigeni del genere, che resero superflui gli operai italiani”: Benedetto Croce, Teoria e
providencialismo, sino una connotación literaria, retórica y pragmática, siguiendo el canon de la mejor historiografía clásica griega y romana.
Pero fue Leonardo Bruni, siguiendo los pasos de su maestro Coluccio Salutati, el fundador de la historiografía de corte humanístico. Surge con la llamada escuela florentina una tendencia que E. Fueter llama de publicistas, “una historia destinada ante todo al extranjero, que colocaba al autor ante un doble reto: por un lado dejar en buen lugar a su país frente al extranjero, y por otro, conseguir la gloria como artista, cautivando al lector con su bella expresión”67.
Así, no es extraño que Leonardo Bruni en el prefacio de sus Historiarum
Florentini Populi libri XII, sostenga que la conquista de Florencia no debía ser considerada
menos digna que las antiguas y que su registro en una obra histórica resultaba de gran utilidad, no sólo al hombre de estado sino al ciudadano privado. Si los antiguos se beneficiaban de la experiencia del pasado, ahora más que nunca es necesario presentar a los hombres de estado una historia diligente y escrupulosa que trate los problemas de las distintas épocas pasadas, mostrando al lector lo que debía ser seguido e imitado y lo que, por el contrario, debía ser evitado. En particular, los ejemplos de los personajes ilustres del pasado deben dirigir el ánimo del hombre de Estado al ejercicio de la virtud.
M. Jacoviello68 recoge en su libro los cánones historiográficos del humanismo, enunciados en una célebre reunión, en las faldas del Vesubio, con ocasión de la visita de Bernardo Rucellai al gran humanista napolitano Giovanni Pontano.
Después de un largo debate sobre la cuestión histórica, fueron establecidos los principios del movimiento, que pueden reducirse a estos dos principales, ya adelantados:
a) Dependencia de la historiografía antigua.
b) Ruptura con la forma eclesiástica de la historiografía.
De los historiadores clásicos que hay que tener como modelo fueron escogidos César, Salustio y, sobre todo, Tito Livio, considerado “par a los griegos que él emula y superior a los posteriores”69. Porque, como dirá algún tiempo después Bartolomé della
67 J. Costas, op. cit. p. 50.
68 M. Jacoviello, Storia e Storiografia. Dall’antichiá clásica all’etá moderna, Nápoles 20019, p. 122. 69 B. Rucellai, Sylloge Epistolarum a uiris illistribus scriptorum, Leída en 1727 (Sylloge II).
Fonte, en un discurso pronunciado en Florencia70, “Tito Livio superaba a todos los demás historiadores de la Antigüedad por la amplitud de la temática tratada, por la riqueza de la exposición, por la elocuencia y por el estilo” (cfr. Oratio in historiae laudationem).
Por consejo de Pontano, fue establecido además que el tratamiento de la historia debía tener como característica peculiar la breuitas y la celeritas y centrarse únicamente en los hechos de gran relevancia histórica: la política y la guerra, descrita según un rígido esquema clásico71.
La exacta imitación de los clásicos era el único medio que tenían los historiadores humanistas de conseguir un estilo impactante para sus lectores. De ahí, la revalorización de la doctrina de las antiguas escuelas retóricas y la idea ciceroniana de considerar a la historia como munus oratorium. Esta estricta imitación de los autores clásicos tuvo repercusiones importantes tanto en el contenido como en la forma de la historiografía. En el contenido porque al escritor:
“le interesan sobre todo aquellos acontecimientos que se prestan a un desarrollo dramático, como si se tratase de una tragedia de Séneca o un canto de la Eneida, sin dejar lugar para la exposición de un cuadro de todos los dominios de la vida pública, como había hecho la crónica medieval, pese a carecer de arte”72.
En cuanto a la disposición del contenido, la narración de cada conflicto debía estar precedida de una exposición preliminar sobre el carácter y la historia de los pueblos implicados en la guerra y seguida de una cuidada descripción de los antecedentes de la hostilidad. Sólo entonces el historiador podía pasar a la narración de la guerra. El requisito siguiente era un preciso recorrido topológico de la zona en la que tenía lugar la batalla, a la que debía seguir un breve catálogo de los principales jefes militares más una descripción de los puestos de mando y de las armas y máquinas de guerra de los dos ejércitos.
Esta elaborada construcción historiográfica hacía, pues, de la batalla el punto culminante de la narración. En este punto, es conveniente que el historiador inserte los
70 Este célebre discurso florentino del Fonzio puede ser considerado como el primer compendio de historia de
la historiografía. Como ha observado E. Trinkaus, la disertación de Fonzio “comienza a ver la historiografía en una prospectiva histórica y a presentar los rudimentos de una nueva concepción de la naturaleza de la historia”: E. Trinkaus, “A Humanist’s image of Humanism: the inagural orations of Bartolommeo della Fonte”, Studies in the Renaissence, VII, 1960, p. 105.
71 Giovanni Pontano, Actius de numeris poeticis et lege historiae, Neapoli 1597. 72 J. Costas, op. cit., p. 50.
discursos en la obra a fin de interpretar las motivaciones psicológicas subordinadas al curso de los eventos.
Los discursos servían para resaltar la importancia de un determinado suceso y en la narración histórica se colocaban regularmente al inicio de la batalla, cuando cada capitán era presentado arengando a su tropa o explicando las razones de la guerra que ahora se llevaba a cabo. Se utilizan también para indicar al lector las alternativas existentes en un determinado momento con las ventajas y desventajas de una posible línea de conducta. Poco o nada importaba al historiador humanista, como al clásico, que aquellos discursos hubiesen sido pronunciados en realidad.
La aproximación a este nuevo método de escribir historia se produjo, según E. Fueter, sólo después de que el “estilo humanístico” comenzara a encontrar una actuación práctica en las relaciones diplomáticas y en la política activa. En verdad -afirma el historiador suizo-
“sólo cuando Coluccio Salutati había procurado a la nueva cultura el acceso al departamento florentino de negocios extranjeros, su discípulo Leonardo Bruni pudo pensar en la fundación de una historiografía humanística publicista, destinada ante todo al extranjero. La tendencia estética y poética daría a la nueva criatura su impronta, de un modo muy contradictorio. Como políticos, los historiadores humanistas deseaban situar la historia y la política de su país en la luz y en el sentido del propio gobierno frente a lo extranjero; como estilistas buscaban dar celebridad al propio estado y a sus héroes, esto es, atraer incluso al lector no interesado a un argumento con una exposición deslumbrante”73.
El segundo principio enunciado, la ruptura con la forma eclesiástica de la historiografía tuvo “diversas repercusiones en cuanto a la concepción histórica”74. Todas ellas han sido ya esbozadas anteriormente:
- Se elimina la idea de que la Providencia divina interviene en el curso de los acontecimientos.
- Se eliminan también los hechos milagrosos.
- Se produce una separación entre historia regional e historia universal.
73 E. Fueter, Historia de la Historiografía moderna. Buenos Aires 1953, p. 26. 74 J. Costas, op. cit., p. 51.
- Se evita mencionar el papel que la iglesia había desempeñado en la historia medieval.
Pero sorprende que, pese a todas estas innovaciones, no se produjo un choque frontal entre la Iglesia y el Humanismo. Quizás la explicación resida, como resume E. Fueter, en que “la Iglesia romana no fue atacada, sino ignorada”75.
Parta terminar, al margen de los historiadores florentinos que, por magnificar la propia ciudad, se empeñaban en hacer historia por impulso y por el sentimiento patrio, en las demás ciudades italianas (Venecia, Milán, Nápoles) los humanistas reciben el encargo de escribir historia expresamente por parte del gobernante o de la corte a cuya exaltación han de ir dirigidos sus escritos.
En un recorrido por el panorama de la historia durante la época que nos ocupa, un importante grupo de historiadores aparecen a caballo entre los siglos XIV y XV, pero cuya obra se inscribe fundamentalmente en este último siglo y apuntan en ella las primeras muestras de la nueva concepción historiográfica. Leonardo Bruni (1370-1441),que ya hemos citado, canciller de Florencia y autor de los Dialoghi ad Petrum Paulum Histrum y de los Historiarum Florentini Populi libri XII, y Poggio Bracciolini (1380-1459), que escribió una Storia di Firenze, manifiestan en sus obra una estrecha vinculación entre historia y política.
En Nápoles, Lorenzo Valla (1405-1457), un humanista al servicio directo del rey de Aragón, no sólo es conocido como autor de una apologética Vida de Fernando I de
Aragón, sino sobre todo por ser el iniciador de la crítica histórica, al poner de manifiesto el
carácter apócrifo de una supuesta Donación de Constantino en la que los papas buscaban la legitimación de su poder temporal en Occidente (De falso credita et ementa Constantini
donatione declamatio, de 1440, pero editado en 1517).
En Milán, en Roma, en Venecia, aparecieron también historiadores que escribieron historia de su ciudad o de la familia aristocrática dominante.
Pero no es hasta finales del siglo XV, con el inicio del llamado “tercer humanismo”, cuya pauta viene marcada por la revolución florentina de 1494 -que derrocó el poder de los Medici e instauró la República-, cuando la historiografía renacentista italiana cobre su esplendor con dos autores de primera fila como son Nicolás Maquiavelo
(1496-1527) y Francesco Guiacciardini (1483-1540). El primero de ellos es, sin duda, más conocido como tratadista político y como político en sí mismo que como historiador. Pero sus aportaciones a la nueva concepción histórica son fundamentales, como lo muestra en la mayoría de sus obras y particularmente en sus Discorsi sopra la prima Decada di Tito
Livio, en su ensayo político Il Principe, que no se publicó hasta 1531, y en sus Istoriae Fiorentinae.
“Político beligerante, antiaristócrata convencido, amante de la libertad, ferviente republicano”76, Maquiavelo parte en su concepción histórica de los dos supuestos más importantes de la historiografía renacentista: en él la historia se seculariza casi por completo, y no es sólo la narración de guerras y de hazañas, sino también de los conflictos internos que conmueven a una sociedad. Por otra parte, la historia es una permanente lección de donde sacar enseñanzas políticas. Surge con él lo que se ha dado en llamar la historia ético-política.
Coetáneo de Maquiavelo, amigo y colaborador suyo, aunque bastante más moderado, hombre también dedicado a la política, el florentino Francesco Guicciardini (1483-1540) es el segundo nombre importante de la historiografía renacentista italiana, pero aunque a veces se le ha considerado superior a Maquiavelo en tanto que historiador, lo cierto es que prescinde de las valoraciones teóricas e ideológicas que en el caso de Maquiavelo representan una contribución fundamental en sus teorías históricas. En su obra máxima, Storia d´Italia, “la historia se convierte en análisis, en explicación y también en escuela de razonamiento político para el príncipe, tal como él lo concibe por su parte”77. En este aspecto, pues, Guicciardini sigue fiel a la tradición renacentista. Como Maquiavelo, se ocupa tanto de los aspectos externos de la historia como de los internos y aventaja a aquel en la utilización de las fuentes archivísticas, pero su contribución a la teoría de la historia es prácticamente nula.
2. Fuera de Italia, la preocupación por la crítica y la veracidad históricas alcanzan un considerable relieve en el Estado francés, como se confirma en la obra de Étienne Pasquier (1529-1615) Recherches de la France, publicada en 1560. Pero es con Jean Bodin
76 P. Pages, Introducción a la Historia. Barcelona 1983, p. 132.
(1539-1596) cuando la historiografía renacentista francesa alcanza cotas más elevadas. Bodin, valiéndose de su notable capacidad especulativa y de su profundo conocimiento jurídico, se propone dar con sus Six livres de la République un sólido y robusto contenido jurídico al reino de Francia. En consecuencia, con esta obra, Bodin lanzó las bases para la creación de lo que en nuestros días es el estado de derecho; es decir, fue el fundador de la historia político-jurídica.
Así Jean Bodin, experto jurista e historiador de indudable valor, pudo aunque no descubrir, al menos fijar, de manera definitiva en la historia del pensamiento político el concepto de soberanía, que después es el tema fundamental de su obra política. La soberanía en la concepción de Bodin es absoluta, ilimitada e indivisible: los únicos límites son los impuestos por la ley divina y por la ley natural.
Es también autor de un Methodus ad facilem historiarum cognitionem, publicada en 1556, en el que construye una nueva teoría sobre la historia universal que intenta sustituir la que predominó durante la Edad Media. Para Bodin la historia depende también fundamentalmente de la voluntad humana, y al mismo tiempo que combate la idea de la progresiva degeneración del hombre, afirma el carácter permanentemente cambiante de las realidades históricas y el carácter progresivo de estos cambios.
3.- Por otra parte, en el siglo XVI europeo se observa la aparición de dos fenómenos históricos trascendentes cuyo impacto en la historiografía fue inevitable: la Reforma protestante con la consiguiente Contrarreforma y, sobre todo, el descubrimiento de América.
3.1. En lo que respecta a la polémica religiosa, la historiografía se vio utilizada en función de los objetivos que perseguían tanto protestantes como católicos. En palabras de G. Lefevbre, la Reforma “quiso volver a situar la Iglesia en sus orígenes, y recurrió a la historia para mostrar la decadencia de esa Iglesia y la forma en que la tradición no marchaba de acuerdo con la Antigüedad cristiana. Por supuesto, la Iglesia romana respondió con métodos de la misma traza, y durante más de un siglo hubo una oleada ininterrumpida de obras católicas y protestantes, cada una de ellas tratando de demostrar al lado de quién estaba la razón: la Iglesia, que su tradición concordaba perfectamente con sus
orígenes; los protestantes, justamente lo contrario”78. De ahí surgieron, por parte de los protestantes, las Centurias de Madegburgo, que estudiaban los trece primeros siglos de la historia de la Iglesia, y que fueron contestadas por la parte católica en los Annales
ecclesiastici, que llegan hasta 1198.
3.2. El descubrimiento de América, realizado en una fase de expansión europea, conmocionó por lo inesperado e insólito al Viejo Continente. Un nuevo mundo de una riqueza inimaginable en todos los aspectos se abría a la curiosidad de los europeos, ansiosos por conocer a aquellas gentes cuyas lenguas, formas de vida, costumbres, hábitat, etc., eran completamente diferentes a los conocidos en Europa. La propia existencia de un nuevo continente ampliaba considerablemente la geografía de la historia y cuestionaba todos los esquemas y todas las teorías universalistas formuladas hasta entonces. J. Fontana ha escrito con razón que en Castilla el descubrimiento de América creó “las condiciones que hubieran podido conducir a una renovación completa de la historia”.79 Y si, ciertamente, ello no se produjo y en líneas generales la historiografía castellana del siglo XVI estuvo muy por debajo de la que existió en el resto de Europa, el descubrimiento de América posibilitó la aparición de numerosos cronistas -viajeros, descubridores, evangelizadores, etc.- que dieron testimonio, tanto de las vicisitudes por que atravesaron los españoles durante la conquista, como de las atrocidades o de la nueva realidad que aparecía ante sus ojos. Bernal Díaz del Castillo (1495-1584), con su Historia verdadera de la
conquista de la Nueva España (1568); Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) con la Historia general y natural de la Indias, Islas y Tierra Firme (1535-1580) y Antonio de
Herrera, que fuera el cronista mayor de Felipe II, con su Historia general de los hechos de
los castellanos en las Islas y Tierra Firme de el Mar Océano, son tres ejemplos muy
significativos de las “crónicas de Indias” surgidas del descubrimiento de América, como significativa es también la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que escribiera fray Bartolomé de las Casas contra los abusos de los españoles.