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conversacional dialógicoconversacional dialógico

conversacional dialógico

De una manera un tanto esquemática, toda investigación empírica puede abordarse como un conjunto de prácticas de comunicación a partir de las cuales obtener significados de experiencias o comportamientos que sirven para dar respuestas a las preguntas formuladas en torno a un determinado objeto de estudio. En esta propuesta, el lenguaje es el medio en el que inde- fectiblemente se desenvuelve el investigador, si bien el contexto donde se despliega el lenguaje lo articula e introduce el diálogo, lo que significa que el producto alcanzado empíricamente es siempre un producto puramente dis- cursivo, si se entiende por discurso el resultante de un intercambio intersub- jetivo a través de un proceso dialógico (Ricoeur, 1995:26 y ss.) cuya forma

expresiva puede o no ser traducida y/o interpretada numéricamente, tal como sucede en el caso típico de la encuesta estadística.

En la investigación social, lenguaje y contexto dialógico es propio tanto de la metodología cualitativa como de la cuantitativa. En ambos casos, la inves- tigación social corre indefectiblemente sobre un trasfondo cualitativo que las distintas técnicas y métodos cuantitativos han ignorado, e incluso han inten- tado suplantar en un esfuerzo imaginario, que no real, de autosuficiencia y autojustificación tecnocrática1. Algunos investigadores (Blanchet y Brom-

berg, 1987; Blanchet y otros, 1989; Ghiglione, 1986) han llamado la atención sobre el elemento contractual de toda comunicación desplegada a lo largo de todo el proceso de observación. Dicho antecedente o acuerdo situacional

1 Ejemplo sintomático y paradójico de la autosuficiencia cuantitativa puede observarse en el

análisis que realizan Atienza y Noya (1999) sobre la encuesta estandarizada como relaciones de comunicación. En el lindero del absurdo, los autores referidos utilizan la encuesta para estudiar la reactividad que esta misma produce como un tipo de interacción social entre encuestador y encuestado. Lo llamativo del asunto es que según los autores la reactividad que produce la situa- ción de encuesta es susceptible de ser observada y analizada “mediante otra encuesta posterior realizada a los encuestados y los encuestadores”. El problema, como se puede observar, no es si se tiene en cuenta la reactividad que la misma técnica produce en su aplicación mecánica, sino cómo se interpreta dicha aplicación y lo que esto implica desde el punto de vista evaluativo.

previo es lo que permite establecer una serie de principios2 dirigidos a con-

textualizar y dar referentes comunes con la intención de evitar que la reali- dad estudiada se vea sometida y/o violentada por modelos comunicativos contrarios al diálogo y el intercambio comunicacional.

En esta línea, lo que diferencia a ambos enfoques (cualitativo y cuantita- tivo) es el tipo de instrumentos metodológicos y técnicos utilizados para la producción de discursos orientados a la investigación. Mientras el enfoque cuantitativo utiliza instrumentos dialógicos que simulan un falso diálogo 3

entre sujeto y realidad objeto de estudio, el enfoque cualitativo se centra en reproducir un auténtico diálogo con la intención de acceder a un discurso producto de la reciprocidad de las existencias personales en juego, ya sea para re-crear dicho discurso o para rescatarlo del olvido o la indiferencia en que se encuentra.

Para un conjunto de aportaciones teóricas de corte posmoderno, proce- dentes de la terapia y el análisis clínico, la re-creación del discurso significa abogar por la utilización metodológica de un diálogo natural y espontáneo en el cual sujeto y objeto de investigación se ven implicados por igual en el producto discursivo resultante. Tal como señalan Goolshian y Anderson (1994: 301), “en esta visión posmoderna, los terapeutas se convierten en ex- pertos en involucrase y participar en los relatos en primera persona de sus consultantes”, lo que significa que el investigador es aquí un participante ac- tivo que re-crea y construye discurso junto con el sujeto objeto de la investi- gación. Es obvio que aparentemente esta forma de diálogo no difiere mucho del diálogo que comprende cualquier conversación común, salvo, claro está, que la provocación y utilización de dicha conversación responda a particula- res que tienen que ver con un tipo de preocupación poco común como es la investigación, el diagnóstico o la cura, etc.

Aunque esta perspectiva clínica de la co-autoría en la construcción del discurso surge posiblemente de las aportaciones inspiradas en la teoría psi- coanalítica, lo cierto es que el método de investigación psicoanalítico ve jus- tificada y oportuna esta forma de proceder sólo en casos extremos, y por motivos poco comunes relacionados precisamente con las dificultades de en- tablar contextos dialógicos para determinados sujetos que son refractarios o esquivos al proceso investigador 4. Fuera de este controvertido y limitado

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2 Blanchet y otros (1989) proponen los siguientes principios: el principio de pertinencia por

el cual se permite a las personas reconocerse como interlocutores potenciales, el principio de coherencia por el que se entiende que los interlocutores se atribuyen mutuamente unos saberes comunes, el principio de reciprocidad por el que cada interlocutor ejerce su derecho a la pala- bra, y el principio de influencia por el cual los interlocutores se influyen entre sí.

3 Tal como señala Prini (1982: 34), “hay un diálogo auténtico donde nace una verdadera re-

ciprocidad de las existencias personales, y hay un monólogo disfrazado de diálogo donde los in- terlocutores son tales sólo en apariencia, porque en realidad hablan siempre solamente cada uno consigo mismo”. Por eso, la encuesta tiene una idoneidad allí donde la realidad es muda, o no habla con nadie más que consigo misma como es el caso del mundo de los hechos.

ámbito, el modelo de diálogo psicoanálítico es contrario y del todo opuesto al delirante re-construccionismo que impide encontrar y/o rescatar un verda- dero discurso en el cual se haya minimizado el riesgo de las inferencias por parte del investigador, y donde sean los propios sujetos investigados quienes organicen y ordenen sus propios significados.A su vez, este discurso depurado se podría caracterizar a grandes rasgos por su carácter testimonial (Prini, 1982), especialmente en el sentido de distinguir- se y oponerse a un discurso objetivo al que le importa más el procedimiento de- mostrativo que lo demostrado. Es decir, un discurso situado en un contexto aparentemente dialógico que permita su reconstrucción y repetición tantas ve- ces como fuera necesario para alcanzar la constatación o convalidación inde- pendientemente de lo constatado o convalidado. Este discurso objetivo, que nada tiene que ver con la re-construcción ni el rescate, se estructura en torno a “un repertorio de preguntas y respuestas ‘acerca de algo’ frente a lo cual los in- terlocutores, el que pregunta y el que responde, ‘pueden intercambiarse los pa- peles del preguntar y del responder’ [...]. El discurso objetivo es la función de una ‘invariante’ en la viabilidad independiente de los interlocutores, vale decir, de los ‘puntos de vista’ o los sistemas de referencia” (Prini, 1982: 21).

Por otro lado, es el discurso objetivo el que la ciencia define como verda- deramente objetivado. Y por difícil que parezca, es también el ideal de dis- curso que toma como referente el enfoque cualitativo cuando habla de re- dundancia discursiva5, sin darse cuenta de que en realidad la validación del

discurso cualitativo es la que se pone de manifiesto para todo discurso testi- monial, que por cierto no es posible validar objetivamente porque no existen como tal procedimientos repetibles, ni es esta su finalidad. Efectivamente, para el mencionado discurso testimonial la validez es privada y no pública, porque en realidad el contexto dialógico no permite el intercambio de papeles, ni hay un acceso público al dato, es decir, reproducible por terceros. El que responde no tiene que ponerse en lugar del que pregunta, ni el que pregunta debe ponerse en lugar del que responde para poder controlar la pertinencia e idoneidad de las respuestas. En el discurso testimonial, la validez exige que no se separen las funciones de preguntar y responder de aquellas condicio- nes singulares que caracterizan a cada sujeto como tal, y que hacen del dis- curso algo único e irrepetible.

Con más frecuencia de lo deseable, la investigación social se erige en vi- caria o representativa de lo que sólo los sujetos observados conocen y segu- ramente podrían validar. Porque en definitiva, en el discurso testimonial, discurso cualitativo por definición, no se puede deslindar y separar el dato del sujeto de la datación. El discurso cualitativo coincide plenamente con el

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5 La redundancia discursiva se apoya en la idea de que existen tantos discursos como grupos

sociales, lo que en cierta forma es una idealización del grupo y de las diversas e irrepetibles si- tuaciones grupales que se producen en la realidad social. Desde este punto de vista, lo único re- dundante son las estructuras discursivas resultantes de aplicar los objetivos de la investigación.

sujeto que lo enuncia, y sólo reconociendo y comprobando dicha correspon- dencia el investigador lo estará validando testimonialmente6. En este senti-

do, el discurso cualitativo no es sólo discurso lingüístico que sólo atañe al enunciado, es también el acto mismo de la relación conversacional, el acto de presentación y manifestación del otro en cuanto otro. Nada de lo dicho tiene valor para la investigación si los sujetos, objeto de observación, no es- tán presentes como existencia a parte. “Sin duda sería una ingenuidad creer que la ‘prueba’ de un testimonio veraz pueda ser separada del acto mismo de testimoniar y pueda ser presentado perentoriamente como un procedimiento analítico-formal” (Prini, 1982: 41). Efectivamente, el discurso cualitativo, en cuanto dato que objetivar, requiere de la autentificación del mismo acto que lo engendra y testifica. Es en el mismo acto del diálogo intersubjetivo donde se pone a prueba el discurso, donde el otro se presenta como tal, como sub- jetividad que el investigador habrá de respetar y objetivar para no traicionar

lo que tiene de genuina y de fidedigna.

Ahora bien, estos planteamientos suponen renunciar a entender el diálo- go como una forma de argumentación. Su objetivo aquí es otro bien distinto que coincide en esencia con lo que plantea el método de investigación psico- analítico. Para el analista, el diálogo cumple una serie de requisitos cuyo fin es perseguir el conocimiento de una subjetividad que se vuelve escurridiza en la inextricable y compleja situación reversible del diálogo7. En el diálogo el

discurso se expresa, pero también se enajena, se confunde y se pierde en la reciprocidad de intereses y particularidades de los interlocutores que son in- ducidos mutuamente por la misma estructura dialógica que los aúna y los enfrenta a un proceso con vida propia.

La problemática que surge de dicho enfrentamiento es precisamente la ingerencia de los presupuestos del investigador en las interpretaciones del sujeto observado. ¿Hasta qué punto el observador impone su particular pun- to de vista a las convicciones o percepciones del sujeto? La respuesta a esta pregunta depende de la actitud del investigador. En algunos casos éste se abstiene de contaminar u obstruir la expresión del sujeto y su mundo (Webb, Campbell, Schwartz y Sechrest, 1966). Lo que se busca es el relato puro del sujeto, por ejemplo, a partir del registro de documentos u obras personales del sujeto (cartas personales, diarios, objetos fabricados por él mismo, etc.) que ya están ahí e independientemente de las intenciones o requerimientos del investigador. Obviamente, desde el punto de vista dialógico, la conversa-

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6 Como señala Prini (1982:35), el discurso testimonial no consiste ni hace referencia a lo que

judicialmente se entiende por pruebas testimoniales, es decir, el derecho a ser creído, y el recur- so a obtener pruebas cuando el tipo de pruebas objetivas son insuficientes. Lo testimonial aquí está más cerca de la huella o vestigio que presiente al sujeto por el vacío que deja su presencia.

7 “La perpetua reversibilidad de diálogo, el hecho de que cada uno de sus momentos sea in-

ducido e inductor, hace imposible el estudio de la ‘una’ subjetividad en el diálogo, porque su ajuste a la otra es puesto en cuestión constantemente por la inestabilidad del otro y por los pro- pios titubeos” (Amado, 1965: 81).

ción o encuentro que entabla el investigador es con el producto y no con el sujeto productor de la información (que sólo está presente indirectamente a través de sus actividades). Este problema hace que no siempre sea posible ajustar dicha información a los objetivos que plantea el estudio, y que por este motivo sea necesario cierto grado de intervención que permita adecuar (y elaborar) en lo fundamental el tema tratado en la investigación.

A partir de este punto, la contaminación u obstrucción es una cuestión de grado, alcanzado el máximo contaminante en el empleo del cuestionario o en el límite donde el investigador no deja hablar al sujeto porque éste ya sabe lo que dirá (o más bien supone lo que tiene que decir). Se trata de in- vestigaciones donde el modelo o teoría del investigador sólo busca la verifi- cación, es decir, que el sujeto confirme o niegue lo que el investigador ya sabe de antemano. La utilización de técnicas cualitativas como el G. D. pue- de moverse en este gradiente de lo más contaminante a lo menos, aunque lo ideal sería alejarse lo más posible del polo donde sólo se encuentra el monó- logo del investigador. No obstante, este propósito no resuelve por sí mismo las complicaciones del diálogo intersubjetivo donde el sujeto observado pue- de verse inducido (influenciado) por el investigador.

Para abordar la inducción intersubjetiva, y la consecuente contaminación discursiva, el observador se coloca en situación asimétrica respecto al sujeto observado, en el sentido de no mostrarse como un interlocutor particular- mente activo, sino todo lo contrario, como un sujeto que tiende a captar el verdadero discurso de los sujetos a través de lo que Amado (1965: 82) llama

la manera estéril de trabajar, es decir, cierta pasividad elástica consistente en vigilar y poner en cuestión a la persona del analista o investigador.

Dicho cuestionamiento se refiere a lo que en términos clínicos se denomi- na transferencia, y que extrapolado al ámbito de la investigación social se puede traducir por abordar lo desconocido a partir de lo ya conocido o expe- rimentado por uno. Con este propósito, el diálogo que despliega la investiga- ción psicoanalítica se concentra en la persona del analista y no en la persona del analizado. Se ciñe a poner entre paréntesis la parte enajenante del diálo- go; auque no de manera negativa, esto es, rehusando el investigador a acep- tar la parte más humana y natural que se trasluce en cualquier proceso con- versacional, sino más bien de manera positiva, es decir, como elemento accidental que es consustancial a toda relación de comunicación, y que con- viene conocer y manejar para su aceptable aprovechamiento.

El diálogo, por tanto, gira en torno a la denuncia de la subjetividad de un investigador que trata de conocer algo de la realidad objeto de estudio, y esa denuncia supone a su vez abdicar de las pretensiones del sujeto investigador sobre el objeto investigado, pero como señala Amado (1965: 56), “denun- ciando de esta manera la actividad propia del sujeto, descubre una verdad nueva que es, justamente, la verdad del sujeto”, es decir, trabaja por liberar a la realidad observada de las propiedades que el investigador pretendía impo- nerle como propias.

A través del diálogo se comunica el acto verbal, el dato proposicional, tex- tual, que de manera inmediata se reconoce como dato a registrar. Pero no cabe duda que otros aspectos del acto verbal se ponen de manifiesto al mis- mo tiempo y con efectos que conviene señalar cuanto antes. Estos sutiles as- pectos indisociables de la locución no se corresponden ni reducen a los evi- dentes enunciados expresados por los interlocutores, sino más bien se centran en poner de relieve la verdadera intención a la hora de enunciarlos. Como el lector ya se imagina, a través del diálogo los interlocutores ponen de manifiesto lo que hablan desde un punto de vista locutivo, y lo que quieren decir como actos que intentar dar cuenta de lo que éstos hacen al hablar. Es- tos actos se pueden categorizar en dos grupos: los actos ilocutivos, que hacen algo al mismo tiempo que dicen, y los actos perlocutivos, que producen efec- tos añadidos por el mismo hecho de decirse. En el primer caso, los interlocu- tores se hacen felicitaciones por el simple hecho de decir felicidades entre ellos, en el segundo caso, el hecho de felicitar puede ser el correlato, nunca del todo claro ni previsto, de querer agradar, convencer o animar, etc.

En cualquier caso, estos tipos de actos son mucho más que intencionali- dades que discurren por encima o por debajo de las locuciones informativas, son también “un tipo de ‘estímulo’ que genera una ‘respuesta’ en el sentido del comportamiento” (Ricoeur, 1995: 32). Estos estímulos intencionales, es- pecialmente los actos ilocutivos, lo que pretenden es que se reconozca como tal dicha intencionalidad: “la intención de producir en el oyente un cierto acto mental por medio del cual este habrá de reconocer mi intención” (Ibíd, 1995: 32). Esta particularidad hace que el diálogo en investigación tenga que mostrarse como un tipo de interacción social benigna; alejada del tipo de diálogo cotidiano que acostumbra a empujar y atropellar, que impone la ne- cesidad inexcusable de la réplica, la frustración de lo que no se ha llegado a decir, de los retrasos para decirlo, de la respuesta adelantada, etc.

En definitiva, se trata de restablecer la comunicación, y no la parte que por sistema y/o accidentalmente se viene enajenado; es decir, lo que para la investigación social se trasluce en una dificultad o resistencia técnica para reconocer y comunicarse con el otro, llámese grupo, entrevistado, organiza- ción o comunidad, etc. Con este propósito, el lector podrá encontrar en las siguientes páginas un aprovechamiento de la experiencia investigadora psi- coanalítica para la aplicación de los instrumentos técnicos y metodológicos del enfoque cualitativo, y especialmente del G. D. Aunque esta propuesta ado- lece de todas las limitaciones que se quieran, lo cierto es que su finalidad sólo tiene por objeto dar a conocer un sentido general para los manejos técnicos del investigador cuando pone en práctica una determinada técnica de obser- vación como es el G. D. Es obvio, por ejemplo, que un G. D. no tiene por qué coincidir teóricamente con la forma de aplicación concreta8. Al hecho técni-

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8 De hecho, la forma de diseñar y conducir un grupo puede transformarlo en algo tan aleja-

co y abstracto de realizar un G. D. hay que añadirle indefectiblemente los comportamientos que despliega el propio sujeto investigador cuando lo realiza en el trasfondo común de la conversación grupal. Estos comportamientos, que son aplicaciones prácticas de las técnicas, no pueden estar en contradic- ción con la finalidad general de los métodos y las técnicas cualitativas, por lo que es necesario mostrar en qué sentido éstos coinciden con la impronta del enfoque que los identifica y agrupa9.

No obstante, de todo lo anterior se desprende también la posibilidad de en-