pañas de captación” están siendo un medio eficaz de atracción no sólo de cara a personas fuera del ámbito de la fe, sino de forma espe- cial pescando en caladeros protestantes, donde los peces están ya agrupados y resulta mucho más sencillo atraerlos a sus redes.
Es indudable que los líderes de ese movi- miento han sabido captar las tendencias de las nuevas generaciones y están ofreciendo el “producto” que tiene la eficacia de responder a las demandas de una buena parte de la ju- ventud, alcanzando un éxito innegable, si iden- tificamos éxito con asistencia, especialmente porque al atractivo indiscutible de la música, se une la contundencia de la doctrina impar- tida desde un magisterio no sujeto a ningún tipo de cuestionamiento, que ofrece segurida- des y certezas a sus seguidores, evitando que piensen y actúen por sí mismos.
Salvando las distancias, no nos resulta nada extraño ese fenómeno, si lo comparamos con los miles o centenares de miles de personas que asisten a los encuentros musicales que se celebran a lo largo del año en diferentes ciu- dades de España y otras partes del mundo, en los que los cantantes de moda atraen a sus fans, con frecuencia durante largos fines de se- mana, acompañando la música con drogas, al- cohol, sexo y otro tipo de estupefacientes. No insinuamos que exista una total analogía, es- pecialmente en lo que se refiere a las drogas y el resto de prácticas anejas mencionadas, pero existen puntos en común en otros aspectos.
Y si de éxito hablamos, identificando éxito con asistencias masivas, ahí tenemos como ejemplo universal la convocatoria semanal del fútbol, que llena los estadios de hombres y mujeres entregados incondicional y pasional- mente a su equipo, dispuestos a matar si es necesario (sólo en algunos casos, afortunada- mente), por defender sus colores. Tal vez, cuando la furia por la música pase, a algún genio religioso se le ocurra transformar el culto en algún tipo de espectáculo deportivo de moda, con tal de mantener el éxito y con- gregar en torno a su liderazgo (por lo regular indiscutible e indiscutido) a tantos miles de personas como sea posible. La genialidad de algunos líderes seudo religiosos; empleada para atraer a diferentes grupos forzándoles a que asuman “sus valores” en sustitución de los valores del Evangelio, parece ser infinita. Nos informan que los jóvenes de la iglesia marginal
denominada Iglesia Universal del Reino de Dios en Brasil, adoptan estética y lenguaje mi- litar, bajo el nombre de “gladiadores del altar” (fuente: Protestante Digital) imitando, tal vez, a los “legionarios de Cristo” y otros grupos se- mejantes de la Iglesia católica, por no mencio- nar a determinadas organizaciones evangélicas de índole parecida. El problema no es “hacerse todo a todos” imitando con ello al apóstol Pablo (cfr. 1ª Corintios 9:19-23), sino sustituir el mensaje y los valores cristianos por otro mensaje y por otros valores.
No seremos nosotros los que cuestione- mos la importancia de la música como len- guaje universal de comunicación, incluso como medio transmisor de profundos impul- sos espirituales; tampoco defendemos la ne- cesidad de mantener incólume las formas de culto tradicionales propias de la época de la Reforma, aunque haya, como hay, himnos que transmiten una entrañable teología que nos vincula con nuestros antecesores. Adaptar el lenguaje a la realidad social, vincular el men- saje a los problemas cotidianos y desarrollar un tipo de relación más horizontal en los cul- tos, que sustituya el engolamiento y la solem- nidad de algunos predicadores del pasado, pueden y deben ser motivos de aggionar- mento en los cultos de las iglesias históricas. Ahora bien, todo ello sin olvidar algunos deta- lles que definen, desde sus inicios, los cultos en el movimiento reformado: 1) la lectura de la Biblia como elemento central; 2) la predica- ción como componente vertebrador; 3) los cánticos como expresión festiva comunitaria, no como lucimiento personal; y 4) la ofrenda, como respuesta de compromiso participativo. A todo ello, en su conjunto, en el lenguaje pro- testante se le denomina alabar a Dios, equiva- lente a rendir culto a Dios.
Y una nota más para cerrar esta reflexión. De los conciertos de rock u otros géneros mu- sicales, así como de los encuentros deportivos, no se espera que se rijan por reglas éticas o valores cristianos, pero de un movimiento que se autodenomina Iglesia de Jesucristo, sí se es- pera y desea que incorpore reglas de conducta adecuadas a una ética cristiana homologable, de la que se exige respeto hacia las iglesias ya establecidas, no cayendo en un proselitismo seductor, para captar a los jóvenes ya vincula- dos a iglesias donde han gestado su fe y des- arrollado su vida espiritual hasta ese momento. R
E
llos y ellas no es una redundancia que podría simplificarse con un solo tér- mino. Ellos y ellases una forma de re- ferirse a los hombres y las mujeres, evitando un concepto que delata una interpretación ex- cluyente del ser humano. Ellos y ellas (Guys and Dolls, 1955) es una divertida comedia mu- sical de Joseph L. Mankiewicz que recrea la guerra de sexos. Es una película deliciosa, donde se puede disfrutar de un desenfadado Marlon Brando cantando y bailando, pero es una película que ofrece la perspectiva de una época donde persistían infinidad de discrimi- naciones y estereotipos. Sería absurdo descali- ficar una comedia por estas razones, atribuyendo a sus creadores la capacidad de an- ticiparse varias décadas a un cambio social que aún no se ha producido. Sin embargo, ya no hay excusas para no adoptar una posición beli- gerante en la defensa de una igualdad total, real, entre hombres y mujeres. La humanidad está compuesta por hombres y mujeres y el len- guaje debe reflejar esa diversidad. Especial- mente porque muchas mujeres no se sienten representadas por una hemiplejia del idioma que no establece distinciones entre sexos. Durante muchos siglos, el menosprecio de la mujer disfrutó del apoyo de la teología cris- tiana. Tertuliano (160-220) describió a la mujer como “la puerta del demonio”. San Agustín (354-430) afirmó que no apreciaba nada esti- mable en la mujer, “salvo la función de conce- bir niños”. San Ambrosio (340-397) aseguró que en el corazón de la mujer “reina una mali-cia insondable”. En su Encíclica Casti conubbi (Del matrimonio casto, 1930), Pío IX declaró que la causa de la emancipación de la mujer era “un crimen horrendo”. En esas fechas, ya se había aprobado el dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) y la palabra del Santo Padre se consideraba la palabra de Dios. Martin Lutero (1483-1546) no presumía de infalibilidad, pero su forma de hablar reve- laba la inspiración de un energúmeno que re- petía argumentos escandalosamente similares: “si la mujer muere en el parto, no hay que afli- girse. Para eso está. Es la voluntad de Dios”. Ya en nuestra época, el pastor evangelista Pat Robertson, amigo personal de George Bush y presentador de un influyente programa televi- sivo, afirmó que “el feminismo es un movi- miento socialista contrario a la familia, que estimula a las mujeres a abandonar a sus ma- ridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y a convertirse en les- bianas”. El apoyo de Pat Robertson a la candi- datura de Bush fue decisivo. Bush ha declarado en repetidas ocasiones que Pat Robertson es su fuente de inspiración. Yo creo que el machismo no expresa odio hacia la mujer. El machismo expresa odio hacia el ser humano, hacia la vida, hacia el cuerpo, hacia la libertad. El Papa Ino- cencio III (1161-1216) escribió en De miseria humanae vitae: “Tú, hombre, andas investi- gando hierbas y árboles; pero estos producen flores, hojas y frutos, y tú produces liendres, piojos y gusanos; de ellos brota aceite, vino y bálsamo, y de tu cuerpo esputos, orina y excre- mentos”. ¿Por qué este odio al cuerpo? ¿Por