Rafael Narbona*
*Escritor y crítico literario
“Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían”
(Lucas 19:40)
REllos y ellas
(Joseph L. Mankiewicz, 1955)
qué ese odio a la mujer? El cuerpo no es un saco de inmundicias. El cuerpo es lo que nos inserta en el mundo. No hay nada despreciable en el cuerpo. El cuerpo es hermoso en todas las etapas de su existencia. El cuerpo es hermoso en la infancia, la juventud, la madurez, la vejez e incluso en la muerte. Su finitud no le resta un ápice de dignidad. El cuerpo de un niño en- fermo o el de un discapacitado, el cuerpo de un anciano o el del que agoniza entre el afecto de los otros o en una inmerecida soledad, no ha perdido su belleza. Menospreciar nuestro cuerpo es menospreciar a la persona, al ser hu- mano, al hombre y a la mujer en su devenir por el tiempo. El cuerpo nos permite tener una his- toria, vivir y recordar que hemos vivido, ob- servar nuestra piel –fresca o deshidratada, elástica o cubierta de arrugas– y comprobar que la huella del tiempo no es una horrible hu- millación, sino un lenguaje que se escribe sin palabras.
Jesús de Nazaret se rodeó de mujeres y evitó una lapidación. Tal vez ahora no apreciamos el valor de ese gesto, pero en ese tiempo una adúltera era lo más despreciable y abyecto a ojos de la sociedad. No importa que el relato bíblico no se corresponda con hechos históri- cos. Defender a una adúltera significaba en- frentarse a judíos y gentiles. Jesús de Nazaret se rodeó de prostitutas y marginados y en su agonía sólo le acompañaron un puñado de mu- jeres, exceptuando al joven Juan. Fueron esas mujeres las que encontraron el sepulcro vacío. Pero luego apareció Pablo de Tarso, que no co- noció a Jesús ni leyó los evangelios, pues nació y murió antes de que empezaran a redactarse de forma colectiva. Pablo de Tarso no disimula su desprecio hacia las mujeres y hacia la vida. Nos dice que no hay que transigir con las fla- quezas de la carne, que las mujeres deben ca- llar en las iglesias y si quieren informarse deben preguntar a sus maridos (Corintios 14, 34-35), nos dice que la mujer debe aprender en silencio con total sumisión (Timoteo, 2, 9-15). Además, las mujeres son las responsables del pecado original y sólo se salvarán por la ma- ternidad. El Corán no se muestra más tolerante: Dios prefiere los hombres (4, 34); la mujer debe someterse a los deseos de su marido para que pueda “labrar su carne a placer” (2, 223) y el marido puede golpearla sin necesidad de jus- tificarse (2, 228). Incluso en caso de un litigio judicial, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre porque su credibi- lidad es menor. ¿Por qué ese odio a la mujer en
todas las culturas? En su Tratado de ateología (2006), el filósofo francés Michel Onfray, que ha concebido su obra como un ataque sistemá- tico contra el dogmatismo religioso, afirma: “Las mujeres son demasiado. Demasiado deseo, demasiado placer, demasiado exceso, demasiadas pasiones, demasiado desenfreno, demasiado sexo, demasiado delirio”. Hay algo que no me gusta en estas palabras, pues sólo aluden a la mujer como un irresistible polo de atracción sexual. Las mujeres son demasiado, en efecto, pero yo diría más bien que en las mujeres hay demasiada ternura, demasiada in- teligencia, demasiado equilibrio y sin duda de- masiada pasión. Pasión por la vida, por la igualdad, por la libertad. Pasión por ser mujer, pues como apuntó Simone de Beauvoir, “no se nace sino que se deviene mujer”. Se deviene mujer porque a veces la mujer nace con las dis- criminaciones interiorizadas. Ni siquiera Si- mone de Beauvoir escapó de esa trampa. Por eso escribió: “Hay mujeres que son alocadas y hay mujeres de talento: ninguna tiene esa lo- cura del talento que se llama genio”. Eviden- temente la frase es una estupidez. Los hombres también deberían devenir mujeres. No se trata de cambiar de sexo, sino de adquirir conciencia de la intolerable violencia que sufren las mu- jeres. Desde hace décadas, se está cometiendo un verdadero feminicidio en Ciudad Juárez (México). En España, nos hemos acostum- brado a que se asesine a una mujer cada dos o tres días. Los periódicos apenas reservan una columna para la noticia. Se puede ser mujer sin haber nacido mujer. Se puede ser mujer de co- razón, identificándose con su sufrimiento, lu- chando por sus derechos, enfrentándose a cualquier forma de exclusión, exigiendo una igualdad plena, verdadera, real. La intransigen- cia es buena cuando no consiente ni una brizna de machismo, violencia o crueldad. La lucha por la igualdad comienza por las cosas peque- ñas. Por eso hay que escribir hombres y muje- res, padres y madres, hijos e hijas, diputados y diputadas, jueces y juezas, escritores y escri- toras, pintores y pintoras, poetas y poetisas. Ellos y ellassólo era una película, pero esos dos términos contienen toda la diversidad del ser humano. Ellos y ellas significa que la hu- manidad no es el hombre, sino tod@s los que sueñan con un mundo sin violencia, desigual- dades ni discriminaciones. Entre tod@s puede ser posible. Lo imposible sólo es un límite y los límites pueden ser destruidos y rebasados. Ningún muro puede resistir el empuje de una humanidad hambrienta de utopías. R
L
a denominación oficial en todo el mundo de la comunidad cuáquera es la de Socie- dad Religiosa de los Amigos. Este nombre surge de un texto del evangelio de San Juan,15:14: "Vosotros sois mis amigos...". La proyección de su ayuda denota el sentido más profundo de la compasión, cuando una per- sona es capaz de ponerse en el lugar de la otra y en la proximidad entiende su sufrimiento y busca las condiciones necesarias para rehacer la vida. Se trata de crear la comunión entre bondad y progreso. Se trata de dar, en la es- tricta medida de saber que se facilita bienestar o se restablece la normalidad y la salud. La ac- ción de dar no es la expresión de poder, sino que la generosidad se entiende como bien co- lectivo porque se busca la consecución global de bienestar de la comunidad. Bienestar ma- terial que ayude a vivir sin quedar atrapados en el exceso ni en la misma necesidad. Funda- mentalmente, los cuáqueros se oponen a las guerras y las injusticias sociales. En su trabajo interno como grupo, preside la revisión hu- mana de la labor realizada; buscan compren- sión e imaginación para encontrar el acierto en la ayuda real y poder llegar a los que lo necesi- tan. Esta ayuda no es para satisfacer a los que dan, sino porque creen que cada persona lleva una chispa divina, la luz interior, que hay que respetar. Es una organización religiosa cris- tiana que ayuda sin ánimo de lucro y no ejerce ninguna presión coercitiva sobre la población que trabaja, desde el punto de vista ideológico ni religioso.Isaac Pennington, cuáquero inglés nacido en 1616, escribía sobre uno de los temas del cua- querismo: la luz interior.
La Luz Interior, idea central del cuaquerismo, no es una frase abstracta. Es una experien- cia. Da lugar a un tipo de religión que se aleja de las áridas nociones teológicas y en su lugar insiste sobre una experiencia real y vital de Dios que se revela a las personas en su propia alma, en su propia vida personal. Cristo ya no representa el Ser que vino al mundo para efectuar un esquema de salva- ción, un esquema que pueda ser interme- diado de ahí en adelante por los hombres o por una iglesia autoritaria después de ser lle- vado a los cielos de donde vino. De este modo, Cristo es Dios mismo revelándose eternamente, es Dios en relación inmediata con los hombres. Cristo con su venida no cambió la actitud divina; en él Dios se reveló tal como es y ha sido esencialmente, e hizo constar el hecho claro de que es Dios mismo el que se revela y está presente en el interior de toda vida humana que se abre y le recibe. Ya no necesitamos más ir a ninguna parte para hallarlo, como no necesita el pez lan- zarse para encontrar el océano o el águila para encontrar el aire en que vuela. Si esto es cierto, hemos encontrado una imponente y gran verdad por la que, para sostenerla, vale la pena luchar y sufrir. Los primeros cuá- queros creyeron con toda su alma y todo su poder que algo así de veras era verdad, que