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In document Renovación nº 21 Mayo 2015 (página 36-38)

menos recursos, sectores que, por regla ge- neral, pertenecen a los grupos sociales de menos ingresos dentro de la clase trabaja- dora. Es común, por ejemplo, referirse a estos sectores como “clase baja”, contrastándola con la “clase alta” y la “clase media”. Así, es común en los medios de mayor difusión, uti- lizar encuestas en las que se pide a la pobla- ción que se defina por su clase social, presentando como alternativas las categorías “clase alta”, “clase media” o “clase baja”. Pre- deciblemente, la gran mayoría de la pobla- ción se define como clase media, de donde los medios concluyen que la mayoría de la población en España o en EEUU es y se auto- define como “clase media”. Esta tipología lleva implícita una valoración jerárquica, se-

mejante a un sistema de castas, donde la casta más baja es la clase baja. Es el grupo po- blacional al que se definía antes como las cla- ses “humildes”.

Ahora bien, es interesante resaltar que cuando a la población se le pregunta si se considera de “clase alta”, “clase media” o “clase trabajadora”, la gran mayoría de la po- blación se define como clase trabajadora, tanto en España (incluyendo Catalunya) como en EEUU, término que, por cierto, ape- nas se utiliza en los mayores medios de infor- mación. Es más, cuando se utilizan términos más científicos, como “burguesía”, “pequeña burguesía”, “clase media profesional” o “clase trabajadora”, el porcentaje de la población que se define como clase trabajadora es in- cluso mayor. La misma situación ocurre en EEUU, donde los términos son distintos. En aquel país, los términos utilizados son “clase corporativa” (Corporate Class, término equi- valente a clase capitalista), “clase media pro- fesional”, “clase media” y “clase trabajadora”. Cuando esta tipología es la que se utiliza, la mayoría de la población se define como “clase trabajadora” (ver el excelente trabajo de Marina Subirats, Barcelona: de la necesi- dad a la libertad. Las Clases Sociales en los al- bores del siglo XXI).

El lenguaje como reproductor de las relacio- nes de poder

El hecho de que raramente se utilice el tér- mino “clase trabajadora” se debe a que el es- tablishment político-mediático, muy instrumentalizado por los grandes grupos fi- nancieros y económicos, quiere que se eli- mine el lenguaje de clases, sustituyéndolo

EL SESGO

IDEOLÓGICO DEL

LENGUAJE, INCLUIDO

EL ECONÓMICO

Vicenç

Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universi-

dad Pompeu Fabra, y ex Catedrático de Economía Aplicada. Universidad de Barcelona.

PÚBLICO.ES

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por el de niveles de renta (clase alta, media y baja), sin analizar el origen de tal renta, agrupando como clase media a la gran ma- yoría de la población que no es ni rica ni pobre, categoría muy poco científica, que deja de tener valor analítico por su gran di- versidad. En realidad, clase media es una ca- tegoría que en su definición científica representa a una minoría que, junto con la clase trabajadora, constituyen las clases po- pulares, que representan un 75% de la pobla- ción. Las clases altas (burguesía o clase corporativa) y las clases medias de renta media o alta (pequeña burguesía y clase media profesional) representan alrededor del 25% de la población, el cual tiene una enorme influencia mediática y política en el país.

El clasismo en el lenguaje económico: ¿qué es capital humano?

El clasismo aparece ampliamente en la ter- minología de la economía ortodoxa de corte liberal en el uso del término “capital hu- mano”. En un principio dicha expresión pa- rece razonable, pues se refiere al hecho de que la experiencia o el conocimiento o la educación que un trabajador tiene, añade valor añadido al trabajo que realiza, presen- tándose esta experiencia, conocimiento o educación como capital que le sirve al traba- jador para aumentar su renta.

De ahí la expresión ampliamente utilizada de “invertir en capital humano”, es decir, en las personas, para que, teniendo este capital, valgan más. De esta manera, todos somos ca- pitalistas. Unos tienen acciones bancarias en su haber, y otros tienen estudios. Tanto el uno como el otro tienen capital. Todo puede parecer razonable y lógico, excepto que se basa en una enorme falsedad. Supongamos que tenemos dos personas y que las dos in- gresan 50.000 euros al año. Pero uno los in- gresa como parte de su trabajo, consecuencia de su capital humano, según la terminología dominante, es decir, resultado de su conocimiento, educación o experiencia. El otro, por el contrario, los ingresa como parte de las acciones que tiene en el banco. Para el primero, conseguir estos 50.000 euros significa tener que trabajar 240 días al año y

ocho horas al día. En el caso del segundo, el individuo no tiene que hacer nada, repito, nada. El dinero procede de la propiedad del capital, mientras que para el primero pro- cede de su esfuerzo. La terminología de in- vertir en capital humano implica repartir capital y producir más capitalistas, lo cual transforma al trabajador en un apéndice del capital.

Pero la situación es incluso peor, pues lo que se define como capital humano varía enor- memente de un trabajador a otro, pues el valor añadido que el trabajador incorpora mediante su experiencia, conocimiento o educación depende, no solo del trabajador, sino del lugar y sector de la estructura eco- nómica en el que desempeña sus tareas. Un trabajador con igual nivel de educación que otro puede añadir más valor al producto en el que trabaja según el lugar donde trabaje, el tipo de puesto de trabajo, el sector econó- mico, el equipamiento existente y un largo etcétera, circunstancias que escapan a su propio control. Esta observación viene a cuento cuando constantemente se hacen comparaciones de la productividad laboral entre países, concluyendo que los salarios más altos de los países nórdicos se justifican por su mayor productividad, cuando la que se compara no es la del trabajador, sino la del sector económico, es decir, la estructura eco- nómica es más productiva en los primeros que en los segundos, estructura que tiene poco que ver con el trabajador en sí. Y ahí está la raíz del problema. El problema no es, como constantemente se subraya, la menor productividad del trabajador español, sino la estructura económica del país que expresa las relaciones de poder (incluyendo de poder de clase) existentes en España, estructura responsable de su menor desarrollo y su po- breza.

Estos son ejemplos de que el lenguaje que se utiliza, tanto en la vida académica como en los medios de comunicación, es un lenguaje que reproduce en sí las relaciones de poder existentes en nuestra sociedad, tema del cual raramente se habla ni en los foros académi- cos ni en los medios de comunicación y per- suasión del país. R

C

uando el culto se con- vierte en espectáculo, la predicación en con- ciertos musicales, las ofren- das en fuente de enriquecimiento personal, la enseñanza deja de ser un medio de liberación para mutarse en adoctrina- miento, la libre participación se transforma en someti- miento al líder, la vida entera es absorbida por la institución religiosa, tenemos el derecho a preguntarnos si se trata de una iglesia de Jesu- cristo o estamos hablando de otra cosa; en tér- minos religiosos, de una secta.

Los movimientos-espectáculo en torno a sectores conocidos como evangelicalismo, no cesan. En ocasiones sirviéndose de

métodos taumatúrgicos, simu- lando implantes de muelas con diamantes o anun- ciando sanidades espec- taculares que no es posible verificar, una co- rriente que, por cierto, está dejando de ser pro- tagonista en ese mundo maravilloso para dejar paso a otras expresiones con mayor afinidad con las demandas de las nuevas genera- ciones, como es el espectáculo musi- cal.

Nos referimos a una corriente que ha irrumpiendo en las iglesias con fuerza, hasta el punto de que una de las instituciones religiosas de moda, la Hillsong Church, se ha convertido en poco tiempo en el foco de atracción de miles de feligreses, especialmente jóvenes, que acuden con fervor a sus cultos y “confe- rencias” desde Australia a Barcelona, pasando

por Londres, Kiev, África del Sur, Nueva York, Francia, Estocolmo, Alemania, Amsterdam, Co- penhague, Los Ángeles, México, Brasil y, muy pronto, Argentina y otros lugares del mundo, entre ellos, tal vez, alguna otra ciudad espa- ñola, tal vez Madrid, teniendo como foco de atracción la música. Según datos difundidos sobre los cultos y conferencias de ese movi- miento, la edad de sus participantes no supera por lo regular los 30 años.

En el lenguaje de las nuevas generaciones la música ha desplazado a la palabra, que se bate en retirada, refugiándose ésta, en el mejor de los casos, en un lenguaje con fre- cuencia críptico, a través de un vehículo inva- sor conocido como wassapp. La fuerza de la llamada “alabanza” ha supuesto ya un cambio notable desde hace unos años en todo tipo de iglesias, incluidas las “históricas”, en cuyos cultos ha desplazado en buena media a la predicación, pero la irrupción de movi- mientos como la Hillsong Church hace pensar que no estamos nada más que en los prolegómenos de una nueva era que amenaza con arrasar con fuerza las tradiciones más conspicuas del protestantismo refor- mado, sea el procedente de la Reforma Magisterial o el de la Re- forma Radical, también conocida como Anabautismo.

En torno al pensamiento religioso la pro- ducción musical de la Hillsong Church se ha abierto brecha entre las grandes discográficas del mundo, con incidencia especial en el mundo religioso. Se ha dicho que no se sabe bien si se trata de una iglesia que vende discos o de una discográfica que ofrece consuelo a sus parroquianos. Sus “conferencias” o “cam-

Máximo García Ruíz*

*Máximo García Ruiz es licenciado en teología, licenciado en sociologia y doctor en teología. Profesor de sociología y religiones comparadas en el seminario UEBE y profesor invitado en otras instituciones académicas. Por muchos años fue Presidente del Consejo Evangélico de Madrid y es miembro de la Asociación de teólogos Juan XXIII.

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