V. La cortesía moderna Los modales en el inicio de la Edad Moderna
3. La cortesía moderna
El código que he llamado de la cortesía moderna abarca el siglo XVI y, aproximadamente, el primer tercio del siglo XVII. Sustituye al código de la cortesía bajomedieval y expresa la transición desde el mundo caballeresco típico del medievo hasta el mundo progresivamente pacificado de las primeras cortes urbanas relativamente fijas. La cortesía moderna, al igual que su predecesora bajomedieval, hace gala de una vocación moral que se manifiesta en un triple ámbito: en la necesaria y coherente ligazón que debe existir entre la exterioridad del ser humano -manifestada mediante las buenas maneras- y la disposición moral de su fuero interno; en su elección del infante como destinatario principal de los preceptos que propone a fin de instruirlo rectamente y en el modelo de sociabilidad que pretende instituir. Por tanto, la cortesía moderna no es simplemente preocupación por una cuidada apariencia o por unos modales depurados sino que más allá de esto alberga también un propósito de naturaleza moral. Comentaré a continuación cada uno de estos ámbitos.
La cortesía moderna fusiona la vertiente ética y estética de la conducta; esto es, al igual que sucedía con el anterior código, supone que las maneras son indisociables de la moralidad. Unas maneras adecuadas y decorosas son la señal inequívoca de que quien las posee hace gala, por añadidura, de una correcta ordenación moral.201 El decoro en el comportamiento ha de avenirse con un espíritu bien compuesto: a través de las formas se vislumbra la calidad de ese espíritu.
El código de la cortesía moderna entiende que la interioridad -el ánimo, el fuero interno, el espíritu, el alma- y la exterioridad -el comportamiento visible- se hallan directamente vinculados. Semejante vinculación es la responsable de que las maneras resulten moralizadas. El cultivo de las buenas maneras por sí mismas no hace sino desvirtuar y rebajar a la persona. Juan Luis Vives ilustra esa ligazón entre maneras y moral además de criticar a aquellos que descuidan el espíritu en nombre de unas formas elegantes:
201 Chartier (1993:254) abunda en esta idea de la conducta como indicio seguro de las cualidades del alma
"Flexíbulo: [Refiriéndose a las maneras] Todas esas cosas no son sino señales exteriores por las que se colige que dentro de ti hay algo que te hace amable; pero ninguno estima aquellas cosas por sí mismas. Porque si dejas el entendimiento inculto y silvestre, cuidando no más que del aliño y compostura del cuerpo, de hombre te conviertes en bruto" Vives (1959:133).202
Así pues, las manifestaciones corporales en general y, dentro de ellas las buenas maneras, son expresión y traducción del ordenamiento moral interno de la persona. El comportamiento visible y la disposición interna de cada cual se encuentran estrechamente vinculados de tal modo que cabe pensar, en tanto las manifestaciones corporales sean expresión de la interioridad, en la posibilidad de reformar la disposición moral interna de una persona ajustando, regulando y perfeccionando sus propias manifestaciones corporales en general y las maneras en particular. De este modo, las buenas maneras asumen un cometido de peso que no sería otro que el de reformar a través de ellas la disposición moral de una persona.203 Se preconiza la concordancia entre la interioridad y la exterioridad. La existencia de discordancia o tensión revela en una persona la ausencia de escrúpulos morales. Esa persona estaría actuando de un modo que en nada concuerda con su interioridad; estaría mintiendo a todos aquellos que le rodean. La mentira no tiene cabida en este código. En Galateo español es condenada porque embriaga el oído y el entendimiento. Incluso se corre el riesgo, a fuerza de oírla, de que pueda tornarse verdad para quien la escucha (Gracián Dantisco, 1968:126). En el ámbito de las buenas maneras, la mentira más habitual es el fingimiento: mediante las formas dejar ver o hacer creer algo que no es verdad. En otras palabras; apostar por la apariencia. La apariencia, según el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) del lexicógrafo Sebastián de Covarrubias (1539-1613), es "lo que a la vista tiene buen parecer y puede engañar en lo intrínseco y sustancial" (1979:130). El fingimiento y la apariencia no se entienden el uno sin el otro siendo ambos enfrentados y combatidos por la cortesía moderna. Vives, de nuevo, advierte los riesgos que lleva aparejado el fingimiento:
"Flexíbulo: Luego no es lo mismo fingir modestia que sentirla. Lo fingido, alguna vez se descubre o manifiesta; lo verdadero permanece siempre.
202 Erasmo (1985:19) se manifiesta en términos similares: "Pero aunque es cierto que aquel decoro
exterior del cuerpo procede de una alma bien compuesta, por descuido de los preceptores vemos que sucede a veces que esta gracia hemos de echarla en ocasiones de menos en hombres de bien y muy letrados".
Fingiendo modestia, alguna vez en público o privado harás o dirás inadvertidamente -que no siempre serás dueño de ti mismo- algo con que declares el fingimiento y cuantos lo conozcan te aborrecerán tanto y aun más cuanto antes te amaron" (Vives, 1959:135).
La perfecta concordancia entre la exterioridad y la interioridad así como la superación de la mentira y el fingimiento se logran a través de la gracia. El Cortesano de Castiglione es la mejor vía para acceder a este concepto204. La gracia se refiere a una suerte de término medio entre el cuidado y el descuido en la conducta personal. El esfuerzo que puede suponer comportarse con arreglo a los preceptos de la cortesía moderna ha de quedar recubierto con un velo de despreocupación en el momento de actuar de tal modo que se genere la impresión de que la conducta es natural, que no es aprendida y que, por tanto, es consustancial a la persona y a su naturaleza. En el campo de las buenas maneras, la gracia prescribe un comportamiento en el que resulta vetado todo aquello que haga pensar a los demás que las maneras son fruto de un arduo trabajo personal. La gracia encubre el esfuerzo haciendo de la conducta cortés una conducta cuasi-natural:
"[…] por eso se puede muy bien decir que la mejor y más verdadera arte es la que no parece ser arte; así que en encubrilla se ha poner mayor diligencia que en ninguna otra cosa; porque es en el punto que de descubre, quita todo el crédito y hace que el hombre sea de menos autoridad" (Castiglione, 1984:103).
En El Cortesano se afirma que la gracia se transmite a través del linaje. Se trata de un don que se adquiere con el nacimiento y que viene avalado por generaciones de antepasados que unieron la gracia a unas maneras pulidas; antepasados por ello merecedores de elevados niveles de estimación social. La transmisión de la gracia mediante el linaje impide que ésta pueda ser aprendida o enseñada. Puede contemplarse, eso sí, materializada en la persona que la posee mas es de imposible aprendizaje. Desde esta óptica, la gracia sólo puede ser innata y patrimonio de personas pertenecientes a linajes distinguidos.
En cambio, Erasmo maneja implícitamente una noción de gracia que ignora lo innato y el buen linaje. Sus recomendaciones no observan distinción entre los hombres con o sin linaje distinguido; son recomendaciones que se extienden a todo el mundo,
204 Al respecto véase un tratamiento filosófico de la cuestión de la gracia en Saccone (1983). Básico
que cualquier persona, ya sea de alta o baja cuna puede satisfacer.205 De esta guisa se aproxima indirectamente a la noción de gracia al recomendar un aparente descuido en la conducta. Así, dice: "que admiren otros: tú mismo no sepas que vas bien vestido" (Erasmo, 1985:41). La contemplación vigilante que uno mismo puede ejercer sobre sí en el vestir elegante podría revelar que para la persona no es algo natural vestir así. La gracia es el elemento que permite eludir esa autovigilancia sospechosa sobre la conducta y consigue que ésta devenga en natural, no forzada y "graciosa".
Independientemente de que se atienda a Castiglione o a Erasmo, en ambos autores la gracia se erige en elemento de naturalización de la conducta e instrumento capaz de entretejer los rasgos físicos y morales de una persona. Como elemento de naturalización de la conducta permite huir de la afectación. La afectación es, según el
Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias, "el cuydado
extraordinario y demasiada diligencia que uno tiene o en palabras o en atavío o otra qualquier cosa. Y afectado, el notado deste vicio, especialmente en el hablar y pronunciar lo que dize, si se escucha" (Covarrubias, 1979:46). La gracia posibilita que las maneras de las personas no sean afectadas cultivando el desprecio, ese "cuidadoso descuido" en la conducta que indica que tras las buenas formas de alguien no se esconde un esfuerzo realizado para adquirirlas. Un esfuerzo evidente o un cuidado excesivo por comportarse decorosamente mutila la gracia que ha de impregnar las buenas maneras:
"Por eso tengo por determinado que esta facha de afetación o desordenado deseo de parecer bien no está menos en el descuido que en el cuidado, si entrambas cosas ecceden y pasan el medio" (Castiglione, 1984:104).
La autovigilancia constante sobre las maneras es un indicio evidente de que éstas no resultan ejecutadas con naturalidad y lo que no es ejecutado naturalmente comporta algún tipo de esfuerzo. El esfuerzo también revela inseguridad en quien actúa por cuanto no sabe nunca en última instancia si obra o no correctamente. Aquel cuyo comportamiento es "gracioso" en momento alguno deja traslucir inseguridad en sus maneras.
Como instrumento capaz de entreverar los rasgos morales y físicos de una persona, en definitiva, capaz de entreverar la interioridad y la exterioridad, la gracia
205 Señala Erasmo (1985:77): "A quienes les tocó en suerte ser de buena cuna, deshonroso les es no
responder a su linaje con sus maneras; aquellos que Fortuna quiso que fueran plebeyos, de condición humilde y aun campesina, con más empeño aún les toca afanarse en que aquello que la suerte les rehusó lo compensen con la elegancia de sus maneras. Nadie puede para sí elegir padres o patria; pero puede cada cual hacerse su carácter y modales". (Énfasis mío).
permite que las personas no incurran en la mentira. Unas maneras aparentemente adecuadas desprovistas de gracia transmiten a los demás que la persona está actuando en el sentido literal de la palabra. Es decir, que sus maneras no revelan su auténtica interioridad; que se está disfrazando de apariencias a la vez que engañando: "Los ademanes y costumbres y otras cosas que apenas tienen nombre dan señal de la calidad de aquél en quien se ven" (Castiglione, 1984:166).
El sentido moral de la cortesía no sólo se avista en la fusión que pretende entre la ética y la estética del comportamiento. También puede rastrearse ese sentido atendiendo al que es, teóricamente, destinatario principal de las enseñanzas de los tratadistas: el infante, el niño de edad comprendida entre los siete y los doce años.206 El destinatario de los preceptos de buenas maneras queda en este caso mejor identificado que durante el bajomedievo, donde los preceptos se dirigen indistintamente a jóvenes y a adultos. Para la cortesía moderna, el receptor principal de sus consignas ha de ser el infante y para él se confeccionan tratados de buena conducta. Los textos bajomedievales se dirigían a un receptor difuso. Igual podían estar escritos para jóvenes que para adultos. Ahora ese receptor tiende a concretarse y no será otro que el niño, aún no maleado y en consecuencia terreno virgen en el que sembrar con mayores visos de éxito los preceptos de las buenas maneras.
El niño cobra a partir del siglo XVI una importancia que jamás tuvo durante el bajomedievo. Ariès señala que desde este tiempo puede comenzar a hablarse del sentimiento de la infancia. El sentimiento de la infancia se refiere a la toma de conciencia de la particularidad infantil; a la preocupación por el niño como preocupación moral. Por tanto, este sentimiento excede el simple afecto por el niño. Se trata de una preocupación por su formación integral, por todos y cada uno de los aspectos que resultarán decisivos en el desarrollo de su vida (Ariès, 1987:57-77).207 Juan de Mariana (1536-1623), en el manual que escribió destinado a la educación del futuro Felipe III y que fue publicado en 1599, ratifica con estas palabras la ambición educativa presente en el arranque de la Edad Moderna: "En la semilla está la esperanza de la mies; en la educación de la niñez, la felicidad de toda la vida" (Mariana, 1981:134).208
206 Revel (2001:171-172) identifica al infante como receptor principal del código.
207 Flandrin (1984:123-152; 157-166) relaciona este sentimiento de la infancia con la procreación y la
sexualidad en el matrimonio y el ámbito familiar.
208 Acerca de este tipo de publicaciones destinados a la educación del príncipe véase Galino Carrillo
El niño nace sin defensas y eso justifica su instrucción.209 Es maleable y en consecuencia, capaz de asumir cualquier contenido que se le enseñe. La literatura de la época lo denomina metafóricamente "cera blanda", "arcilla húmeda", "odre nuevo", "campo baldío", "agua que va donde la llevan" poniendo el acento en esa maleabilidad. Tal maleabilidad hace posible que tengan en él fácil arraigo enseñanzas conducentes a convertirlo en mejor persona, tanto en su fuero interno como en la manifestación externa de este fuero vía conducta. Del mismo modo que estas enseñanzas benignas tienen cabida en él, pueden tenerla otras muchas moral y estéticamente menos saludables: "Tan es verdad que son los cuerpecillos tiernos semejantes a las plantas, que, a cualquier forma que la horquilla o cordel las doblegare, así crecen y en ella se endurecen" (Erasmo, 1985:33). Ser conscientes de la maleabilidad del niño torna un poco más urgente la necesidad de instruirlo adecuadamente atendiendo a sus propias capacidades. La cortesía moderna tiene en mente esa urgencia educativa con la intención de procurar una persona ética y estéticamente bien dispuesta.
El interés por la educación del infante revela la vocación moral de la cortesía moderna, esto es, su pretensión de formación, mediante preceptos sobre buenas maneras, tanto de la exterioridad como de la interioridad. La consecuencia directa de esta pretensión es el logro de una sociabilidad dulcificada. Las buenas formas traducen un ánimo bien dispuesto y así, los hombres pueden conseguir la benevolencia de sus congéneres gracias a las cualidades interiores que se vislumbran a través de una conducta cuidada. De esta manera, los contactos entre las personas quedan mediados por la cortesía como factor capaz de dulcificar y armonizar la convivencia. La cortesía moderna, en su intento por lograr una sociabilidad amable y pacificada, propone un lenguaje gestual que a las personas resulte reconocible y aceptable. Se evita así que se desarrolle una sociabilidad opaca que limite la libre circulación de signos corporales o que favorezca el ocultamiento, la distancia o el resquemor entre los hombres. La sociabilidad que propugna la cortesía moderna se basa en el aprendizaje de un código de buenas maneras no centrado en la particularidad o 'intimidad' de cada cual sino en el desarrollo de aptitudes sociales que, aunque requieran esfuerzo y trabajo sobre uno
209 En la instrucción de los niños, ante todo la de los pertenecientes al estamento noble, es fundamental la
figura del ayo como preceptor y tutor del infante. Antonio de Guevara en su obra Relox de Príncipes, publicada en el año 1529, fija su atención en esta figura. Es el ayo quien se preocupa de la adquisición por parte del discípulo de las formas correctas así como de que éste erradique sus vicios. Debe actuar desde la más tierna infancia "porque los árboles, quando son pequeños y tiernos, más necesidad tienen de
mismo, siempre se orienten al desarrollo de un vínculo saludable y fructífero con el prójimo.210 Los encuentros entre las personas, y sobre todo aquellos que se producen con ocasión de actos sociales, son el mejor exponente de este tipo de sociabilidad que predica la cortesía moderna.
En un convite, por ejemplo, resulta preciso adoptar pautas de comportamiento conducentes al logro de una situación agradable. Para ello, es necesario que impere la cordialidad y se imponga un cierto tono festivo y alegre enjugando los asistentes "las penas" antes del convite. Erasmo lo advierte claramente: "En el convite ni es bien estar triste ni entristecer a nadie". Gracián Dantisco en Galateo español se extiende más al respecto:
"Por donde en los regozijos y fiestas, ni en las comidas, no se deven contar historias melancólicas de plagas, muertes, infortunios ni pestilencias; ni se haga memoria o recuerdo de materia dolorosa; antes, si alguno huviese caído en contar algo desto, se debe por buena y dulce manera desviar aquella tal plática, y ponelles en las manos otro sujeto más convenible y alegre" (Gracián Dantisco, 1968:123).
La cortesía moderna defiende un modelo de sociabilidad amable e ingenua en comparación con la que propone el código que le sigue, el de la prudencia, destinado al cortesano que quiere medrar en la corte. La cortesía moderna condena la mentira y en consecuencia, el fingimiento. No se trata de fingir alegría sino de cultivar una predisposición favorable al encuentro entre las personas y a que este encuentro devenga en algo armónico y agradable. He calificado de ingenua y amable la sociabilidad que fomenta la cortesía moderna porque este tipo de recomendaciones -mostrarse alegre- no responden a una concepción defensiva y estratégica de los contactos entre las personas, como ocurrirá en el caso del código de la prudencia. En el caso de la cortesía moderna, unas formas inadecuadas no serán nunca motivo absoluto de desaprobación social de la persona que las haya exhibido. Antes bien, se ha de mostrar condescendencia ante los fallos que puedan presentar las personas en sus maneras. Estos fallos no son corregidos en público sino que las correcciones tienen lugar exclusivamente ante el interesado. Una corrección en público supondría dejar en ridículo a una persona, degradarla socialmente señalando a los demás sus errores en las maneras. Los errores deben ser tolerados,
(1994:602). Varela (1983:28-49 y 83-104) consigna este notable interés presente en la época por la educación del niño.
máxime aquéllos que son alumbrados por la inexperiencia. Este margen de condescendencia contribuye, de nuevo, a generar un tipo de contactos sociales más distendidos y relajados.211 En boca de Erasmo, "sienta bien a la convivial compaña la libertad" (Erasmo, 1985:63); libertad referida a la condescendencia para con los fallos de los demás en sus maneras. Cabe pensar que esos fallos que alguien denuncia, al observarlos en otra persona, puedan ser, en otra situación, fallos propios.
La vanidad y el orgullo también pueden echar a perder este tipo de sociabilidad y trato afable entre las personas. Aquellos que se vanaglorian de sus hazañas, linaje o condición siembran la desconfianza entre todos los que les rodean puesto que parecen intentar competir con los demás amén de recordarles que su linaje, condición y hazañas son superiores a los del resto. Con la intención de evitar la quiebra de la sociabilidad que anhela la cortesía moderna, se recomienda el cultivo de la humildad y la modestia. La humildad requiere la represión y el disciplinamiento de la ambición de honores y grandeza. La modestia abunda en esta línea de contención y recuerda que el