Aunque la muerte y el adulterio suelen considerarse acontecimientos capaces de perturbar la cotidianeidad, en Ante varias esfinges no logran trastocarla, tan sólo le imprimen algunos cambios que matizan la dinámica familiar. La escena que transcurre al mismo tiempo que la muerte de Marcos —que, como ya he dicho, ocurre fuera del escenario casi al final del segundo acto— nos ayudará a comprender la función crucial que la cotidianeidad desempeña en la obra. Mientras Marcos se está muriendo, los demás personajes están abstraídos en banalidades; hablan, sí, pero no se puede decir que se establezca entre ellos una verdadera comunicación:11 Rosa se corta un pedazo de carne, en vez de la uña; Alejandro recuerda un traje azul muy bien hecho que vio en un aparador, y Marta ve pasar un coche amarillo huevo.Después de que Marcos muere, Elena entra en escena para darles la noticia “con sencillez y sin emoción” (II, 175).
El concepto de acontecimiento de Lotman es pertinente para comprender por qué es necesario considerar el contexto de un hecho antes de clasificarlo como acontecimiento: “La mínima unidad indisoluble de la construcción argumental es el acontecimiento, que representa siempre la trasgresión de una prohibición, un hecho que ha sucedido pero que
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Vicente Leñero, op. cit., p. 48.
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podría no haber sucedido.”.12 Así pues, la muerte de un personaje principal no necesariamente es un acontecimiento. Esta perspectiva ofrece nuevos contrastes entre la muerte y el adulterio. La brevedad de la muerte y el hecho de que ésta ocurra fuera del escenario, pero no entre actos, contrasta con la continuidad de la relación adúltera, la cual perdura aun concluida la obra porque no se resuelve: se manifiesta una y otra vez, sin que haya muestras de intolerancia por parte de la familia o la sociedad, y sus repercusiones se limitan al plano de la existencia individual. Contrario a lo que normalmente cabría esperar, ni la muerte, un suceso natural que sólo se presenta una vez en la vida, ni el adulterio, una relación cuya probabilidad de ocurrir es relativamente baja, repercuten de modo sustancial en la familia. Por lo tanto, ni la muerte ni el adulterio funcionan como acontecimientos; la primera porque no va aunada a ningún valor, y el segundo porque no transgrede el sistema moral del que forma parte.
La muerte da pie a reflexiones sobre el paso del tiempo, si bien éstas no dejan de estar inmersas en un mar de nimiedades: Tere se lamenta de tener que esperar cuando menos nueve días para ir al cine y observa que hace dos o tres años tenía muchas cosas qué hacer; Elena rememora la muerte de su marido y la asocia de inmediato con el hambre que siente; Beatriz le hace ver a Carlos que hasta hace poco Tere le gustaba, y él le replica que las cosas han cambiado porque ahora se conocen (III, 177-183). Al final de la obra hay una metáfora que transmite a la perfección la trascendencia del tema de la cotidianeidad:
BEATRIZ: Esto es la cena. No es gran cosa. Está formada con lo que sobró de ayer, y de antier, y del día anterior, y que hemos de tomar, aunque no nos guste, porque es lo que hay […](III, 194)
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La cena adquiere un valor semántico que simboliza el paso del tiempo; un tiempo amplio y antiguo que trasciende la existencia individual y nos remite a la vida y la muerte. La cena de cada día, habitual y cíclica, es la suma de todos aquellos momentos que, triviales o no, conforman la vida misma y confieren a la cotidianeidad el carácter de conflicto existencial, que encierra un tiempo circular y recurrente.
En cuanto a la relación adúltera entre Tere e Isidro, no hay duda de que se ha incorporado a la dinámica familiar y que forma parte del acontecer diario, es decir, de la propia cotidianeidad; sólo Beatriz, casi al final del tercer acto, hace un intento por alterar su curso:
BEATRIZ: Yo puedo darte dinero, para que hagas un paseo cerca
del mar.
ISIDRO: […] ¿Qué voy a hacer cerca del mar? Lo único que yo
quiero es Tere, Tere y Tere.
BEATRIZ: Pues busca otra. Sal a la calle. Ventílate. No es posible que vivas aquí metido, elucubrando, esperando paciente como un gato, para caer sobre el ratón (III, 187)
La cotidianeidad es uno de los elementos que permiten establecer similitudes claras entre Ante varias esfinges y el teatro de Anton Chéjov. Al indagar la relación entre la importancia de un suceso y el lugar que éste ocupa en la vida cotidiana, Chéjov descubrió que dicha relación es inversamente proporcional, es decir, que en la vida, lo esencial abarca una parte mínima de la existencia.13 Entre las peculiaridades del teatro chejoviano destacan el hecho de que los sucesos de mayor trascendencia ocurren fuera del escenario y la preocupación clara por exponer las relaciones que conforman la estructura fundamental de la vida y la manera como suceden las cosas, más que las causas y los efectos, lo cual explica el consabido no ocurre nada con que suelen describirse sus obras.
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En Ante varias esfinges, el suceso más importante —la muerte de Marcos— también ocurre fuera del escenario y, desde luego, ocupa una parte mínima de la existencia de los personajes. La vitalidad que se percibe en la obra reside en que la estructura profunda de una familia queda expuesta y las causas y los efectos de la muerte de Marcos son relegados a un segundo plano u omitidos. Éstas son, a mi juicio, pruebas valederas de que la influencia de Chéjov que se ha reconocido en la obra14 obedece a una intención dramática precisa y no está “incorrectamente asimilada y neutralizada en sus virtudes por la influencia destructiva y estéril de Williams y aun de Inge”, como le escribió Rodolfo Usigli a Ibargüengoitia casi un año después de haber recibido el manuscrito.15 La intención dramática descansa precisamente en la cotidianeidad y la antitensión; al acaparar la atención que de otro modo recaería en la muerte y el adulterio, estos elementos realzan las relaciones entre los personajes, tema que abordo en el tercer y último capítulo.